Renovación Española, revista semanal ilustrada
Madrid, 12 de febrero de 1918
 
año I, número 3
páginas 7-8

Margarita Nelken

La vida artística

La exposición del Círculo de Bellas Artes
 

Margarita Nelken: Milada Sindlerova, Motivo de Escocia
Milada Sindlerova: «Motivo de Escocia»

La primera impresión que da la XIV Exposición organizada por el Círculo de Bellas Artes, es de pobreza; la segunda, es de muerte, o más bien, de negación de la vida. Sí; por triste que esto sea, no encontramos, para definir el espíritu general de las obras expuestas en los salones de la Plaza de las Cortes, palabras más apropiadas que estas; pobreza, es decir, carencia de medios técnicos y de condiciones espirituales, y muerte, es decir, carencia de potencia vital, de impulso, de energía. Y esta definición que nos hacemos espontáneamente primero, y que volvemos a hacernos después de razonarla con el más vehemente deseo de rectificarla, resulta aún más triste cuando se piensa que la mayoría de los expositores están en la edad de las audacias y de los intentos.

No hay estudio ni reunión de artistas jóvenes en donde no se profieran las más violentas diatribas contra el academismo, contra la producción rutinaria de los mayores; he aquí un grupo de obras de jóvenes, he aquí lo que nos presentan, como resultado de sus luchas y de sus revoluciones, muchachos que no encuentran desprecio bastante para hablar de «los viejos»; y son obras aún más viejas que las de los académicos, porque los académicos, los pompiers, allá, en sus años de estudio, a veces intentaron, precisamente con esas obras que hoy nos parecen inútiles, renovar el arte y el mundo; si no lo consiguieron, fue porque no supieron, no por falta de voluntad; y estas obras de la exposición del Círculo no pretenden, no intentan, más que seguir de la manera más cómoda y más provechosa, los caminos ya hechos.

Excepción hecha de tres o cuatro artistas, que mencionaremos luego, ¿qué significación pueden tener estas producciones, hechas, aplicada y fácilmente, conforme a las fórmulas más vulgares del arte más vulgar? No hablemos ya de esos paisajitos y de esas «figuras de estudio» que han venido a sustituir las flores a la acuarela que pintaban hace unos años las señoritas ociosas, y que quedan sin aplicación en todas partes, fuera de la casa de los papás de esas señoritas; pero ¿y todo lo demás? ¿No es una terrible paradoja el ver a Maximino Peña y a Covarsi rodeados en una exposición joven, de producciones a la altura de sus cromos?

Hubo un tiempo en que se padecía lo que pudiéramos llamar «el mal escolástico»; un mal que daba todos esos «frutos de escuela» –(fruits secs d'école)– que, a fuerza de empeño, de trabajo y de recetas, aparecían con la apariencia superficial de la obra de arte. Era el desbordamiento del academismo, de las pinturas sabias y huecas. Hoy, padecemos el mal contrario, no por eso menos dañino; así, como no hay estudiante que no se atreva con unos versos, no hay muchacho bien que no se atreva con su pinturita o con su dibujito.

Anch io son pittore! La frase del Corregio ha pasado a ser frase corriente, ¡todo Dios se la apropia y la usa a su antojo! La mayoría de los estudiantes se contentan con recitarse sus versos a sí mismos, o, todo lo más, con recitárselos a la novia; la mayoría de los señoritos con disposiciones –(¡tiene disposiciones! ¡Todo el mundo las tiene!)– necesita, por lo menos, exponer. Los grandes maestros, o más sencillamente los artistas de verdad, no vacilan en destruir multitud de obras, y exponen pocas y sin satisfacción; pero estos artistas, en cuanto han dibujado correctamente una nariz de perfil, se apresuran a exponerla para que las muchedumbres disfruten de ese maná ideal. Luego, viene la frase consagrada: «No tiene pretensiones; es una cosita agradable...» ¿Cómo se les podría entrar en la cabeza, a todos esos desgraciados, que una obra que se expone debe tener muchas y muy grandes pretensiones, y que, para ver cosas agradables, se va uno al Museo y las ve estupendas?

Nadie puede pedir a obras de muchachos la fuerza de obras de maestros; lo que se les pide, porque es de la más elemental exigencia, es que esas obras signifiquen algo, algún esfuerzo, alguna esperanza de lo que un día podrán hacer sus autores. En el Munich y en el París de avant-guerre, en el Barcelona de estos últimos años, las producciones de artistas jóvenes pecaban de impacientes, todas querían ser de última hora, todas querían, a toda costa, ser revolucionarias, inventar o imitar el arte de la última revolución; así, eran superficiales, inconsistentes, pobres también. Pero ¡cuánto más valía su pobreza trepidante y activa que la miseria muerta, sin jugo y sin ideal, de las obras de esta Exposición! Porque se puede perdonar todo a una obra joven menos que haya nacido vieja y sin fuerzas para vivir. Y así como no hay cosa más fácil que escribir unas líneas con consonantes, no hay cosa más fácil, con algo de disposición, que colorear un paisaje o una figura cualquiera. Pero el exponer estas majaderías caseras es de una presunción que merece que rotundamente se envíen a la basura. ¡Todo, las elucubraciones más disparatadas, los intentos más locos, todo antes que esa invasión de las obras de aficionados! Que el Arte es una cosa muy seria, muy dolorosa y muy grande para consentir que usen de ella unos cuantos niños sin aprensión. [8] Hay bastantes entretenimientos en la vida para no tener que recurrir a ese y nosotros no queremos creer que, efectivamente, el arte joven en España sea incapaz de un esfuerzo.

Decíamos que había tres o cuatro artistas dignos de ser tomados en serio. El primero es Carlos A. Castellanos, que presenta dos cuadros cálidos de color y armoniosos de composición. Sin deseo de imitación recuerdan, por su vibración, por la sensualidad de su pasta y por el naturalismo de su voluntad decorativa, el espíritu de las composiciones que Albert Besnard trajo de la india. Son, estos cuadros llenos de ambiente, obras que viven, y entre la generalidad de obras femeninas –obras de mujeres y de hombres pintadas como si fueran encaje de bolillos– se destacan con un ideal fuerte y varonil.

La señorita Milada Sindlerova presenta cuatro obras, dignas de consideración por su buen deseo y su sinceridad; una de ellas, «Motivo de Escocia», tiene una buena simplificación de modernismo bien entendido. Es un buen paisaje. Y también es un buen paisaje, sentido y emotivo, el que presenta Blanco Recio. Bujados, que ha hecho grandes progresos, presenta una escena galante, con deliciosos tonos de esmalte..., y esto es todo.

De la escultura, más vale no hablar, y lo mismo de la arquitectura, pues aunque ésta presente algunas preciosas láminas perfectamente imitadas de los anuncios que los ebanistas chics de Londres publican en las revistas inglesas, la cosa nos resulta algo pobre para arquitectos españoles. Hemos buscado en vano, entre tanto «Interior», tanto «Hall» y tanta «Biblioteca» –hay algunos proyectos ingenuamente destinados a la «Casa de un noble»– un conjunto, o siquiera un detalle que nos recordara que los autores son españoles. Ya sé que los interiores ingleses son modelos de decoración, y sé también que las revistas inglesas no suelen publicar más que láminas, anuncios de casas inglesas; pero ¿no es España uno de los países más ricos en cuanto a sus estilos decorativos, arquitectura y mobiliario? Uno de los últimos Salones de Otoño presentaba una habitación estilo español; ya que nuestros futuros arquitectos se reconocen tan francamente incapaces de crear, siempre resultaría menos servil que se inspiraran en los estilos españoles que no que trataran de hacernos vivir según las estampas extranjeras. Aunque esto resulta más fácil.

Margarita Nelken
 

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