Renovación Española, revista semanal ilustrada
Madrid, 19 de febrero de 1918
 
año I, número 4
páginas 4-5

Edmundo González-Blanco

La guerra y el porvenir del mundo
 

El esfuerzo y el gesto

Es curiosa y frecuentemente cómica la actitud que quieren ofrecernos las naciones beligerantes.

Reconozcamos que mientras los aliados, desde el principio de la guerra se están devanando los sesos para adivinar lo que piensan sus enemigos, éstos no parecen preocuparse demasiado en averiguar los planes contrarios.

Aliados y alemanes contienden en el terreno del tiempo y del espacio, de la celeridad y del número; arrojando, unos plomo, y otros azogue, y mientras que los aliados hacen guerra mecánica y de tardanza, los alemanes hacen guerra dinámica y de ejecución. En una escrupulosa clasificación de los países interesados en el espantoso conflicto (que en mayor o menor grado lo son todos), y atendiendo, para realizarla, al modo cómo reaccionan las energías de cada nación, hallamos que los alemanes, atentos principalmente a su propósito militar, desdeñan bastante el uso de las actitudes teatrales y se esmeran poco en el arte del gesto, en que son consumados maestros los aliados.

En vez de conferenciar y discutir, obran, obedeciendo a planes premeditados y bajo el impulso de una voluntad única, y presentándolos con claridad y precisión, a guarismo seco, con una lógica que no tiene escape ni puede ser por nadie controvertida.

Sócrates y Platón

Luciano de Samosata, en el libro II de su Historia verídica, pretende haber percibido, en una visión de los Campos Elíseos, cómo son felices en la otra vida los diferentes sabios y héroes, cada uno de ellos a su modo. Sócrates es objeto del disgusto del gobernador de aquella feliz región, quien le había amenazado con arrojarle de ella si no cesaba en su charlatanería y se dejaba de ironías durante los festines. Platón, empero, no se hallaba en aquellos lugares, sino que habitaba en la república fundada por él, y en la cual vivía según sus propias leyes.

Paréceme que, en este infierno de la guerra, la Entente desempeña un papel semejante al de Sócrates, y Alemania uno semejante al de Platón.

La Entente tiene de la vida un sentido finito y estacionario y un concepto de la felicidad y de la civilización por completo languideciente y egoísta. Alemania, adelantándose al porvenir y consciente de que la vida es verdad y sinceridad, no quimera y engaño, se ha creado su propio ideal y va derechamente a dar mayores vigores y energías a las supremas aspiraciones económicas y sociales. Verdad es que, para lograrlo, lucha y luchará contra el mundo entero, que se obstina en conservar la diversidad de sus diferentes tipos de cultura; pero sólo las montañas que se llaman inaccesibles son las que suben con gusto y con honor. Cualquiera está orgulloso de haber ascendido hasta la cúspide del Pico de Tenerife, pero nadie se alaba de haber trepado las laderas de la Isleta de Las Palmas.

Los alemanes son fuertes, imperiosos, valientes, organizados, y en el diccionario de sus aspiraciones no existe la palabra imposible, porque lo imposible, o al menos lo más difícil, es lo que más desean. Su voluntad no encuentra límites para hacer verdaderos milagros de ejecución, en la paz y en la guerra, pero el hada que los realiza está al servicio de todo el mundo, y se llama perseverancia. Desde la cumbre de la nueva civilización contemplan a Alemania, no cuarenta siglos de pasado, sino cuarenta siglos de porvenir.

El factor moral

La ventaja en las guerras, una vez que se insinúa, va creciendo en proporción geométrica, determinada por los temores y el recelo del que flaquea, por el orgullo y reanimación del que gana terreno, siquiera sea moral, y esto ocurre a los gobernantes de la Entente, que, al fin, han adquirido el convencimiento de que no serán aplastados por los ejércitos de una nación con la que el mundo entero ha roto las hostilidades.

Pero ¿saben esos políticos si se ha manifestado todavía el máximo esfuerzo de la voluntad teutónica? ¿No parecen creer más bien en un recrudecimiento de las energías tudescas, fecundo en acciones decisivas, cuando les vemos uno y otro día dar de mano a sus improvisaciones infecundas y sustituirlas por una organización de más racional desarrollo, copiada servilmente de la organización germánica?

Por desdicha para ellos, es muy de temer que semejante imitación no les dé la victoria a que aspiran, y que se cumplan en perjuicio suyo las profecías pesimistas de algunos de sus más videntes ciudadanos, como se ha cumplido ya la hecha por el socialista francés Delaisi en su opúsculo titulado La guerre qui vient, publicado en 1911.

Una profecía y un presentimiento

Delaisi anunciaba con tristeza que ríos de sangre de sus compatriotas iban a verterse por una causa que, realmente, no interesaba a Francia. Véase cómo se expresaba, al pensar en tal contingencia: «Los ingleses han dicho: No tenemos soldados, pero Francia los tiene. Allá abajo, más allá del paso de Calais, hay un ejército numeroso, maniobrero, bien disciplinado, bien armado, capaz, en suma, de hacer frente a Alemania. Los franceses son valientes, son belicosos, les gusta la guerra y saben hacerla. Con tal que se les saquen a relucir las grandes palabras de honor nacional y de intereses superiores de la patria y de la civilización se pondrán en marcha. Tratemos de hacer nuestro el ejército francés. No será difícil.»

Muy poco antes de estallar la guerra europea, escribía Le Bon su libro sobre La Révolution Française et la psychologie des revolutions, libro que termina por las siguientes palabras: «En el centro de Europa se desarrolla una potencia formidable que aspira a dominar el globo, con el fin de hallar salida a sus productos y a una población creciente, que pronto será incapaz de alimentar.» Y al señalar y apuntar tan sobriamente el hecho magno, Le Bon se proponía sencillamente advertir a sus compatriotas, que si Francia continuaba rompiendo su cohesión «por luchas intestinas, rivalidades de partido, persecuciones religiosas rastreras y leyes que pongan trabas al desarrollo industrial», su significación en el mundo terminaría en breve plazo y se vería obligada a ceder el sitio «a pueblos sólidamente unidos que hayan sabido adaptarse a las necesidades naturales, en vez de pretender remontar su curso».

Bien puede afirmarse, que si no hubiera estallado tan pronto el cataclismo, habría sido por haber querido Dios que las naciones europeas estacionarias se hubieran podrido lentamente, y se hubieran pulverizado todas en basura, para mayor fertilidad de la flora que habría venido después.

Germanófilos conscientes

No faltan espíritus desmayados y superficiales que dicen: «Amamos a Alemania, pero no a la vencedora de las naciones vecinas; no al gigante, que espuela en bota, cubierta la cabeza con el férreo casco, se pasea triunfante por la Europa estremecida, sino a la tierra generosa en donde el idealismo sentimental forma parte integrante de la vida diaria hasta de los más humildes e ignorantes; en donde perduran en el pueblo, bajo transparentes disfraces cristianos, las leyendas de Odín, de Thor, de Sigfredo y de Brunilda, y en donde la canción popular, como inmortal nodriza, arrulla en su regazo, consolándolas y alegrándolas, a las generaciones que pasan [5] sobre el haz de la tierra, peregrinas hacia el sepulcro como las ondas de los ríos a la mar.»

Los que usan este lenguaje de romanticismo trasnochado (sin perjuicio de increpar a Alemania con todos los vocablos insultantes, groseros y desvergonzados de la lengua española), ignoran u olvidan la razón, por la que, en los países neutrales, nos llamamos sin rebozo germanófilos, los que lo somos de un modo genuino y consciente.

Decía el gran Bolívar, defendiéndose de acusaciones de ambición partidista y de seducción intrigante, que él no era partidario ni de Cristo, y que si le seguía no era por espíritu de partido, ni porque le siguiesen naciones enteras, sino porque estaba íntimamente penetrado de la santidad de su doctrina, y de que era el verdadero Dios.

Tampoco nosotros fundamos nuestra germanofilia en preocupaciones políticas, ni en admiraciones irrazonadas, ni en preocupaciones religiosas, ni en ansias reaccionarias; y sí, por lo contrario, en el convencimiento de que el mundo necesita una renovación radical, y que esta renovación sólo puede conseguirse por medio de los procedimientos pedagógicos, económicos, científicos, técnicos y sociales que en Alemania imperan.

El triunfo trascendental

Sin que merezca el calificativo de cruel, la Alemania militar y guerrera viene manifestando energía y tenacidad de carácter que adquirió en las empresas civiles y en el estado de paz y que cuesta trabajo concebir en los países donde ese género de mentalidad es desconocida. Conscientes de ello, los aliados se han opuesto una y otra vez a que la contienda termine sin la realidad de una Alemania vencida e impotente para toda lucha futura (no sólo marcial, sino económica).

Quien aún dudara de que esta guerra había de convertirse en pugna de aniquilamiento, debe variar de opinión.

Con toda la perversidad que dan las supremas exigencias de la vida, la inmensa falange de pueblos que componen la Entente no vacila en mirar frente a frente a una nación sola, considerando una vergüenza rendir su superioridad de fuerza y de número y los infinitos recursos de que dispone ante un pueblo taponado por estrechísimo bloqueo.

También el gobierno alemán se ha dado cuenta de que el pueblo alemán debe esforzarse por contener la avalancha enemiga, y que para ello no cuenta más que con sus propias fuerzas y con el auxilio de las tres únicas naciones que se han puesto a su lado. Y para dar efectividad a semejante esfuerzo, decretó la movilización civil por una ley que hizo obligatorio el servicio nacional, y en cuyo cumplimiento no establecen las categorías sociales la más leve diferencia. Si esta patriótica organización (que ha tenido gran repercusión en la vida económica del país, y que encuentra un apoyo formidable en la intensidad, cada vez mayor, de la campaña submarina), consigue su objeto, el fracaso de la Entente no es dudoso.

Y entonces callará la envidia y enmudecerán el resentimiento y la parcialidad.

A Alemania se deberá la terminación honrosa y la trascendencia venidera del conflicto, y los que infatuados presagiaban la desaparición de aquel Estado, se verán confundidos y llenos de vergüenza.

Edmundo González-Blanco
 

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