Renovación Española, revista semanal ilustrada
Madrid, 26 de febrero de 1918
 
año I, número 5
páginas 3-4

Eloy Luis André

Educación Nacional
 

¿Hacerse «hombre» o forjar un «nombre»?

Jóvenes de veinte años, los que en el año terrible del 98 visteis por vez primera la luz del sol, abrid bien los ojos y poner atento el oído: La lucha, que presenciáis desde lejos, esa guerra, que a pesar vuestro, templa vuestro espíritu, al calcinar la escombrera de civilizaciones caducas en su incendio devastador, os está enseñando una generosa lección de cultura.

Valórate a ti mismo

Antes, el imperio de la ficción, el histrionismo en todo; ahora el triunfo de la realidad –brutal, inexorable, pero sincera– sobre las mentiras caducas, sobre los engaños marrulleros.

Tenéis limpio el corazón. ¡Que no se os nublen los ojos! Hay cantos de sirena, que hace naufragar el navegante distraído. Del mar sólo se triunfa, caminando sobre su lomo. Tenéis la perspectiva de un ideal humano en vuestras almas y en vuestros corazones, llenos de lozanas alegrías y de entusiasmos fecundos; os han enseñado en las cátedras de filosofía este aforismo: nosce te ipsum. La guerra os enseña este otro, predicado mucho antes de la guerra por Max Stirner: valórate a ti mismo.

Acción y contemplación

Los pedagogos de viejo cuño os rellenaron la mollera de nombres y de textos. Su misión era la de trasegadores del vino viejo de los odres viejos, al odre nuevo de vuestras almas inmaculadas. Al fin y al cabo el ideal contemplativo de un Sócrates, podría llevaros a meter el pico debajo del ala, a exploraros a vosotros mismos, viendo, a lo sumo, cómo en vosotros se refleja el mundo.

El espectador suele llevar un perezoso dentro, o un cobarde para las grandes inmersiones espirituales, o para las grandes transgresiones cómicas. ¡Cuánto mejor es impregnarse de la vitalidad del Universo y darse a él en holocausto de la vida eterna! ¡Cuánto mejor es documentarse en la acción por la experiencia, que forjar experiencias a priori en la inacción! Si ésta puede llevarnos a vivir la vida en un solemne bostezo académico, es incapaz de inspirar a las almas y en contacto con la nuestra se ponen nuestras intimidades, nuestras inquietudes, nuestros ideales, los más hondos recovecos de nuestro propio ser, en pura y sencilla diafanidad, en sincera comunión espiritual que edifica, conforta y regenera.

Ficciones y valores

Dos tipos de vida en disyunción: ficciones y valores. Hay que escoger, o ser decorativos, comediantes, mentirosos, sofistas, pedantes, embaucadores; o ser hombres representativos, protagonistas reales de las tragedias vivas de la existencia, sinceros, amantes de la verdad, sencillos y generosos –y también crueles– al comunicarla o al imponerla: de ella acérrimos defensores, siempre apóstoles, siempre cruzados.

No hay alternativa: o nos proponemos hacernos hombres o forjar un nombre; o aspiramos a valer o deseamos soñar; o proseguimos el éxito o laboramos por el prestigio; o nos fascina el ruido o nos enamora el silencio. Y así seremos, o de la gente que bulle o de la gente que vive en el sentido de Espinosa, con la noble ambición de ser cada vez más, de hacer nuestra la eternidad en forma eterna de conducta y de carácter.

¡Ser o parecer! ¡Idealidad o apariencia! ¡Aflorar a la vida o dejarse moldear por ella! ¡Crear valores propios o cotizar valores ajenos! En un caso seremos el sello de bronce que imprime relieve a la cosa dócil, la mano que esculpe, el espíritu que caracteriza; en otro caso seremos el elemento femenino de la vida, adjetivado a la dirección o pensamiento de los grandes, pequeños y medianos conductores de la humanidad.

Hidalgos o escuderos

Venimos a parar, pues, a que el ideal de vida que nos tracemos trasciende necesariamente a una clasificación fatal de hidalgos y escuderos, según Cervantes; esclavos y señores, según Federico Nietzsche. Porque sólo se vive la verdadera vida cuando está basada en la libertad de espíritu, compañera inseparable de la verdad.

El gran poeta alemán Hebbel, citado por Gurlitt, ha dicho: «¿Qué nos cuesta más caro, la verdad o la mentira? Esta exige en precio la persona, aquélla nos trae, gastando lo mismo, la felicidad.» Muchos maestros de sinceridad he conocido, que la presentan con los labios y la tienen prisionera en su corazón. El zorro, cuando quiere, parécese al perro que esconde la cola.

Las tres dimensiones del carácter

Oímos pregonar todos los días: hay crisis de hombres. Pero, ¿quién los hace? Los pocos autodidactos, del propio carácter no se cotizan en la feria de los discretos o mediocres; se acorralan en la despensa de los tontos, o se enjaulan en la soledad, para que resulten inofensivos y se mueran de asco, haciéndoseles entierro de primera con panegírico. Eso es una burla sangrienta.

El empeño en formar caracteres en la juventud exige cierto ascetismo en ella y en sus maestros, circunspección, recato, religiosidad, cordialidad; aglutinantes necesarios del que aprende y del que enseña. Las tres dimensiones del carácter son fortaleza, corazón e inteligencia. Hacer un hombre y hacerlo de pies a cabeza, sin castrarle las cualidades innatas del carácter –el carácter inteligible, que diría Schopenhauer–, para formar en él, por una falsa educación mental, un carácter empírico ad libitum del educador, un producto de troquel y no un rosal producto de simiente.

La escuela ha de ser más semejante a un campo de cultivo, a un jardín, que a un almacén de productos alimenticios, de esa harina lacteada del espíritu, que es el pobre recurso a que apelan las nodrizas [4] que no sienten manar la leche en su seno, para regenerar el raquitismo de los vástagos engendrados sin amor y sin fortaleza.

Las tres dimensiones del renombre

Las tres dimensiones del renombre son: vanidad, cobardía y falta de ingenio. Me refiero al renombre que se busca, no al prestigio que lo engendra y ennoblece. En el insensato, que sólo se preocupa de que hablen de él, llegando muchas veces al asesinato, precisamente para que hablen, predomina un falso instinto de vida y pervivencia, sobre la confianza en si mismo, cualidad inseparable del hombre de carácter.

Suele ser astuto y abrigar instintos de parásito aquél, así como en éste se manifiestan espontáneamente sentimientos de sinceridad y generosidad. Inclina la cabeza y doblega la cerviz, indicando ésta en su tendencia a la horizontalidad el grado de inteligencia. Es un destructor de energía, el primero, y un creador de valores, el segundo.

Si el cultivo del renombre se toma en antropofagia, primero, y en autofagia, después, y el cultivo del ser, del carácter, da significación y valor verdadero a la vida, ¿por qué no cambiar de rumbo? ¿No hay caracteres porque no se cotizan, o no se cotizan porque no los hay, y no los hay porque no se hacen?

Los maestros del carácter

Pollinos cargados de erudición, de falso saber, son muchos, que nuestro mundo social admira como sabios. La memoria, que es la inteligencia de los tontos, es para ellos un oráculo, mientras que para el hombre de talento se convierte en sarcófago de ideas vivas.

Si un pueblo carece de capacidad estimativa del verdadero carácter, si en vez de admirar envidia, si en vez de aupar, impide una laboriosa ascensión, no hay que culparlo a él, sino a los directores de su vida, de su cultura espiritual.

Con maestros esclavos, los romanos, señores en el arte de la guerra, sólo lograron esclavizar el propio espíritu a la cultura griega, hija de la espontaneidad, de la libertad, del espíritu poético que no consiente tiranías.

Los verdaderos maestros, para formar el carácter, además de un maestro por lo menos que lo tenga, son: la adversidad, el dolor, el amor y el trabajo como crisol ascético que los funde en una firme confianza en sí mismo, en el ansia de vencer que desprecia del adversario el halago seguro del propio triunfo.

Los grandes mentores de los individuos que eligen una profesión son sus hombres representativos. Los grandes mentores de los pueblos deprimidos o degradados son esos pueblos representativos, que llenan con su nombre y con su esencia la historia Universal, por haber creado o dado forma a una cultura y que se llaman pueblo judío, pueblo griego, pueblo romano, pueblo alemán, pueblo español.

Los peligros

Para quien comienza a vivir, los mayores peligros son el éxito fácil, la vida fácil, el bombo mutuo, el socorro mutuo y la excesiva protección ajena y el engaño.

El gran químico alemán Guillermo Ostwald solía criticar en sus discípulos el que las cosas les hubiesen salido demasiado bien o él haberlas encontrado demasiado pronto. Entre nosotros, los niños de la bola suben porque flotan, no porque pesan. ¡Cuántos niños de la bola, rodando, rodando hacia las alturas, al llegar a ellas, sienten vértigo y descienden por las grandes laderas de la vida social como si fueran cantos rodados! ¡Cuántas eminencias se hunden con la fotografía y el rotativo, que no resisten el más ligero choque de la adversidad, compañera inseparable de los inmortales!

El balance

Toda la vida del pueblo español es una anteeducación en la adversidad. Cuando más muerto parece el ideal, la adversidad lo hace retoñar y da nuevas cosechas de frutos y de flores. Esos desgraciados, que juegan con el engaño, que suman a su estatura la de su sombra, que saben colocarse en las perspectivas sociales, para que todo el mundo los vea, admire y aplauda, esos hombres de escaparate, que todo lo vinculan en que el nombre suene, son las primeras víctimas de la mentira. Porque hay muchos que comienzan por hacer ver a los demás lo que no son y haciéndoselo creer, terminan siendo engañados por sus propias mentiras.

Hagamos, pues, un balance de todos los valores y de todas las ficciones. La guerra actual sirve de cernidora. Quien quiera coger cosecha rechace la cizaña.

Ideal de vida

La vida se nos presenta como esencia y no como mera forma. Todo papel de comedia que en ella representemos será germen de hondas tragedias para nosotros o nuestros hijos. Lo que da significación y valor a la vida es el ser dardo al ser plenitud, contenido, energía, potencia creadora, carácter. Lo que más nos fascina a los veinte años, no es el perfume de la rosa, sino el color, y hay muchas flores en el jardín que tienen color y que no tienen aroma ni simiente.

Quien comienza a vivir su vida con seriedad, con serenidad, con confianza en sí mismo, tarde o temprano ha de triunfar. Decía Napoleón que el mundo era de los flemáticos. Los flemáticos que derrotó en Jena, le vencieron en Sedán.

El ideal de vida espiritual para quien quiere hacerse hombre ha de ser éste: serenidad, confianza en si mismo, dominio de si mismo, criterio propio, magnanimidad, fortaleza, nobleza, hidalguía, pureza de intenciones, inspección clara, sencilla y perseverante de la realidad, que ha de vivirse removiéndola, recreándola, interés por todo, por lo humano, lo natural y lo divino, piedad para los débiles, ayuda para los vencidos, valor para la adversidad, amor para el trabajo, desdén para los cobardes, emulación para el vencedor, cálida cordialidad, humanidad generosa, buena voluntad para todo. Vivirlo todo, vivir en todo y serlo todo.

Eloy Luis André

Toledo, 18 Febrero 918.

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