Renovación Española, revista semanal ilustrada
Madrid, 12 de marzo de 1918
 
año I, número 7
páginas 8-9

Eloy Luis André

Juventud: sus maestros

Los hombres del 98
 

Los hijos de la Revolución

Desde las Cortes de Cádiz (1812) hasta la paz de París (1908), España fue un poseso de la cultura francesa y de la piratería inglesa domesticada por la escuela de Manchester.

Los hombres representativos del espíritu nuevo tenían el corazón subyugado por las halagadoras perspectivas de la Revolución, y la despensa nacional entreabierta para que otros se colaran en ella.

Del año 12 al 23, del 23 al 68 y del 68 al 75, la vida nacional se mantuvo oscilante, como un péndulo que, al desmayar, no produce ondas isócronas.

La historia de España en el siglo XIX, el tic tac del metrónomo, con cuya varilla juega el diablo para que parezca loco, es la historia de las diabluras europeas, apoyadas en la vanidad y la codicia de nuestros pobres de levita, para consolidar el régimen del comediage en la vida pública y hacer representaciones entretenidas.

Acercándonos más, veremos que el fracaso del régimen instaurado por la revolución del 68, y el fracaso de los hombres del 98, son un mismo fracaso. Por eso conviene analizar la contextura espiritual de estos hombres, que cambiaron de vestido sin suprimir por una intensa ortopedia cultural las deformidades del esqueleto. Los hombres que hicieron la paz de París son los mismos que proclamaron la Revolución. Eran sexagenarios todos, y, lo que es peor, eran de espíritu sexagenario. Ni un pensador, ni un poeta, capaces de volar hacia las cumbres del pasado o hacia las cumbres del ideal. Sólo hubo cosecha de críticos y comentaristas.

Los nietos de la Revolución

Así se explica que los sazonados del 98, los hombres de treinta años, sus hijos, tuviesen el mismo denominador común afectivo; y así como aquéllos hicieron la Revolución para traicionarla con la Restauración, éstos predicaron la Regeneración para fundirse y codearse con los mismos que criticaron.

Tenían más hueso que meollo en la sesera y por eso doblaron la cerviz. Sólo que estos primeros vástagos no se sintieron con entraña para hacer una Revolución; hijos de comediantes, y comediantes ellos, verter sangre en escena era un episodio muy caro.

Valía más hablar de la educación nacional y mantener el pueblo entretenido: hablar de la economía nacional, y vivir a ración con despensero de fuera. Y la raíz de todo fue la pobreza espiritual, la mala herencia que por selección artificial y al revés, se consolida en el imperio de los mediocres.

Miseria espiritual

La ideología de estas clases directoras es jerga filosófica de decadencia o de atavismo, jerga krausista o férrea sobriedad escolástica, la audición libresca que esclaviza, y, sobre todo, el fetichismo que se inspira cuando se posee una lengua que ignoran los demás. A mis veinte años, para ser sabios había que saber inglés o alemán, y se contaban los sabios por los dedos, como se cuentan ahora, aunque muchos españoles, millares de españoles, ya sepamos alemán.

Con tan pobre ideología, se asociaba una vida afectiva en estado nativo, intensa, violenta, berroqueña. El salvaje que llevaban dentro, los redimía y caricaturizaba; pero la nota fundamental de su carácter era la abulia, la falta de voluntad, que se acusaba en razón inversa del instinto de conservación. Con estos hombres, incapaces de crear nada y bien dispuestos para representarlo todo; con estos pobres de espíritu, aunque no limpios de corazón, la vida pública tenía que ser una farsa en su contenido y un escenario como continente, un modo de ganarse el pan como otro cualquiera, para ostentar la vanidad, hacer clientela, vender los específicos de la propia botica... recursos todos para llenar la despensa y el granero de la vida privada.

Lo que más nos llama la atención en ésta vida publica, que ellos forjaron, en cuanto con la cultura nacional se relaciona, es la falta de integración entre el régimen jurídico, que es codificación de exóticas ficciones, y el régimen económico, que es captación de realidades nacionales, por manos extrañas, por esos cacicatos más punibles, que el pobre cacique rural, que es gorrión enjaulado en su propia codicia.

Las dos vidas

Y todo ello procede de la falta de armonía entre la vida interior, entre la vida espiritual –la que forja los valores eternos de la cultura, que son los que hacen subsistir eternamente la nación– y la vida pública, la vida nacional, mar siempre rizado por la brisa del ideal, adonde van a anegarse todas las vidas ciudadanas como gotas dóciles de su masa, para formar una sola vida, con la confianza de que, lejos de perderla van a centuplicarla.

Pero los hombres del 98, los sazonados en aquella fecha, eran escépticos, eran incapaces de creer e incapaces de afirmar. Su vida era una incesante inquietud, un caleidoscopio de probabilidades, un contraste de la consecuencia.

Dóciles al ambiente, se dejaron moldear por él, contradiciendo a Lester Ward, que asigna al animal humano la misión de modificarlo con procesos sociales de adaptación activa. Pero sólo pueden creer y afirmar de veras los que disponen de voluntad y entendimiento propios. La convicción, por nosotros elaborada, nos obliga a ser leales con ellos, a no desertar de nosotros mismos, a hacer obsequio a otros de nuestra confianza, que no equivale a hacer entrega o hipoteca vil y servil de la persona.

Vanidosos, estériles y sofistas

Y el hombre que es capaz de elaborar una convicción, siente los limites del propio esfuerzo, de la potencia personal conceptiva. No será para él ridículo inclinarse ante el misterio, como el matemático se inclina respetuoso ante la X de la ecuación que va a resolver. Quien se siente en contacto con el misterio, ¿cómo no va a postrarse de hinojos ante él? Para hacer estas ofrendas es preciso saberse inmergir en lo más recóndito del misterio mismo; saber volar, como águila caudal, por el espacio inmenso.

Los sazonados del 98 sabían cosas, pero no sabían hacer cosas. Aves corraleras que incubaban sus polluelos en el gallinero que detestaban, forjaron clases directoras, híbridas en su influjo e inermes para el esfuerzo, y sobre todo distanciadas del pueblo, que le volvió las espaldas, con la experiencia funesta de su incapacidad para amarlo y dirigirlo. Estos intelectuales del 98 son hijos de abogados, y unos y otros, sofistas. Toda sofistería es forma mental de decadencia. No olvidemos que los regeneradores de ayer son los renovadores de hoy.

Las tres estrellas

De aquellas tinieblas de la mediocridad, de aquel marasmo, solo se destacan tres estrellas que brillan con propia luz: Costa, Menéndez Pelayo y Cajal. Los dos primeros elaboraron gran parte de nuestra conciencia histórica. El último organizó entre nosotros la investigación científica, fue un gran explorador de lo desconocido. Aquéllos hicieron revivir la tradición eterna. Este incorpora nueva vida al viejo organismo de nuestra sacrosanta tradición. La solidaridad en los esfuerzos hace que las águilas que vuelan hacia el pasado y el águila que vuela hacia el porvenir, fijando sus ojos en un punto, persiguen la misma aspiración y se inspiran en un ideal único.

La filosofía y la poesía, que debieran ser las reinas del espacio, estaban para aquella generación en manos de los epígonos de Quintana, de Campoamor o de Enrique Heine. Los filósofos de la restauración fueron, en las derechas, Ortí y Lara y el Padre Zeferino; y en las izquierdas, los epígonos de Sanz del Río, Giner y Salmerón, que en sus postrimerías ribeteaban el krausismo con tendencias positivistas o neo-kantianas. [9]

Cultura francesa

Es cierto que llovieron traducciones a porrillo; pero el espíritu filosófico sólo pueden cultivarlo e inspirarlo los filósofos, así como el espíritu poético sólo pueden cultivarlo e inspirarlo poetas. El movimiento de la cultura europea llegaba a nuestras almas yertas como onda que desmaya en playas arenosas. Francia fue siempre nuestro banquero intelectual. Francia nos arregló la peluca con las vistosas flores de trapo de su intelectualismo, siendo Voltaire, por su postura antirreligiosa, uno de los más afamados peluqueros. Y sin embargo, los verdaderos valores del espíritu francés, Augusto Comte, Hipólito Taine y Carlos Renouvier, eran cosa demasiado fuerte para nuestros paladares, hechos a manjares aguanosos y dulces.

Esfuerzo cultural en España

Balmes y Sanz del Río, a mediados del siglo XIX, hicieron un soberano esfuerzo para destilar a través de su mentalidad las esencias para ellos las más puras del espíritu moderno: Leibnitz, Descartes, Krause. Emprendieron una cruzada de europeización, antes que Costa vocease la palabra.

No pudieron formar una tradición porque el primero se malogró, y de su herencia se nutren no pocos búhos, y porque los sucesores del segundo sólo aceptaron la herencia a beneficio de inventario y enterraron a Krause, no para resucitar a Kant, sino para roer como ratones de biblioteca en los comentaristas de Kant.

Al fin y al cabo, una visión española, directa, personal, en vivo de la obra de aquel solitario de Königsberg, consagrado a vivir su pensamiento y a vivir para el pensamiento, aportaría al Kantismo su nuevo valor, y a la mentalidad española la dispondría para crear nuevos valores, porque toda filosofía que de propedéutica mental nos sirve es estimable como eugenesia espiritual. Entre nosotros hay gente que se contenta con la mueca, el retruécano, la paradoja, el énfasis y las citas.

Estilistas y pensadores

Estas gentes, que andan a caza de palabras para jugar con las ideas, que tienen la obsesión de la elocuencia o de la maestría en el estilo, son hoy los directores espirituales de la mentalidad española, víctima de un nuevo conceptismo, que es signo indudable de pobreza y de fuerza espiritual. Los refinados en el savoir faire, confunden el estilo con la técnica, y así hay gentes que escriben admirablemente y no nos dicen nada; y hay otros en cambio que por basar su estilística en la biología, consiguen la originalidad sin buscarla, porque el estilo en ellos es el diagrama preciso para conjugar el alma del escritor con el alma colectiva: con el público.

Disociadas la cultura espiritual y la investigación científica, y ambas de la vida pública, a aquélla le faltan nuevas perspectivas y tiene que morirse de anemia, y a ésta poder difusivo en las masas, y tiene que ser planta de invernadero.

En tal disyunción el escritor, el pensador y el investigador tienen que ser tres solitarios y dejar hueco al grafómano, al filósofo de periódico y al sabio de revista, que eructan los dichos o los hechos por otros investigados.

¡Qué maestros más funestos para una juventud, cuyo porvenir le impone la responsabilidad de vivir de veras!

Eloy Luis André

Toledo, Marzo 3-918.

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