Renovación Española, revista semanal ilustrada
Madrid, 26 de marzo de 1918
 
año I, número 9
páginas 1-2

Eloy Luis André

El ideario de las viejas ficciones
 

Espíritu de la Revolución

Las supersticiones mueren; pero el espíritu de superchería las ostenta para cada generación, más o menos disfrazadas. Sólo la guerra, que es la forma suprema del dolor y la superstición más fuerte de la vida, al poner en contraste los viejos idearios con los nuevos, nos revela con sincera emoción las viejas ficciones y las nuevas verdades. Y en esta guerra se debaten verdades y ficciones, que es preciso analizar para que la nueva generación –la generación renovadora– forje su símbolo de la fe y se prepare sobriamente para un apostolado fecundo, ya que el de los viejos maestros ha resultado estéril. Pablo de Lagarde ha dicho que la Revolución francesa, la de 1789, es en el fondo la transformación de la propiedad, es decir, el escamoteo de la propiedad territorial francesa. Aquellas verdades teoremáticas, aquellos principios de los intelectuales de la Enciclopedia que fundamentaron el espíritu nuevo y el derecho nuevo, tuvieron como substrato una evolución económica substancial que prohijó las grandes oligarquías internacionales: el capitalismo, el socialismo, la democracia.

Los dogmas de la Revolución

¿Y cuál es el fondo de este espíritu nuevo, del espíritu de la civilización? Una declaración de derechos, ignorando que la conciencia de los deberes en cada uno la hace formalmente innecesaria, una fundamentación jurídica de la vida pública, así como la Reforma de 1518, había pretendido ser una fundamentación ético-religiosa de la conciencia social de los pueblos europeos.

Según estos principios, el hombre es un ser abstracto; el individuo, la unidad formal de la ciudadanía, con libertad, igualdad y fraternidad hipostáticas, y la humanidad un supuesto unitario que ha de congregar a todos los hombres en una sociedad humana sin fronteras ni rencores, viviendo en paz perpetua una dicha paradisíaca. El concepto vivo, histórico de la nación, con sus agregados naturales, la familia, el municipio, la ciudad, la región y las asociaciones libres de cultura, se polariza en dos conceptos abstractos: el individuo, el ser jurídico y la humanidad, fruto del espíritu cosmopolita; de un internacionalismo, en el cual la conjunción se sustantiva adjetivando a ella la sociedad histórica de las naciones, cuyas relaciones se basan en la histórica convivencia.

El pueblo no es la sociedad nacional unida por vínculos sagrados, no es la unión santa como quería Goethe. El pueblo es un conglomerado de seres humanos, todos iguales, todos dotados del mismo grado de libertad, todos fraternalmente unidos en filantrópica armonía. El pueblo es el soberano y la soberanía colectiva es fruto de la soberanía individual tácita y furtivamente captada por unos pocos. El poder es la fuerza, la ley es la voluntad. A ese Nazareno, al cual han puesto manto, cetro y corona, le han crucificado en su propio trono con el parlamentarismo, la banca y la prensa.

El dogma de la soberanía popular ha vivido para usurpar el poder hereditario de los reyes, transmitido históricamente por histórica selección y para instaurar esas nuevas dinastías plutocráticas que, como el dios de Plotino, tienen su centro en todas partes y el límite de su esfera de acción en el infinito. Esas dinastías son las oligarquías internacionales que, superfetando sobre la nación viva, se hipertrofian después en ella y la convierten en órgano, en instrumento para su actuación y desarrollo. Ya dijimos antes que el Inter se ha sustantivado de modo que las naciones se convirtieron en adjetivos. Este sustantivo es tan sustantivo que se ha ido tragando poco a poco los adjetivos. ¡La historia y los poetas patrióticos exhalan guturalmente interjecciones! Sólo la guerra, esa suprema verdad para nosotros, la que, al quitarnos el velo de los ojos, nos hace mirar cara a cara la vida con todo su realismo contenido, con la plena comprehensión de todos sus valores, esta guerra actual dialoga con el ínter... en trágicas escenas de reivindicación nacional. Y así el instinto de conservación es la raíz suprema de todas las ansias de perpetuación, siendo la guerra, además de la verdad en sí, el camino más seguro para la verdad, que es la vida en plenitud: en plenitud de fuerza, de idealidad y de emoción.

El internacionalismo y sus valores

Los tres personajes con los cuales dialoga actualmente la fuerza son: el capitalismo internacional, el socialismo internacional y la democracia internacional. Ellos nos hablan en nombre del derecho y de la libertad de los pueblos; ellos son el fruto deseado de la civilización. Aspiran a destruir la fuerza con la fuerza. Quieren redimir al pueblo esclavo, al enemigo de sus propios tiranos. Lo quieren por humanidad. Ya no se nos habla invocando los derechos del hombre, sino apelando a las necesidades del hombre. El proletariado, hijo de la economía individualista, que al hipertrofiar en las ciudades la vida industrial, dejó los campos yermos al adquirir conciencia de los derechos, que es cuando se empieza a poseerlos, en vez de hacer frente al capitalismo en organizaciones concretas, en organizaciones nacionales, internacionaliza su acción, que es lo mismo que hacer irresponsable el papel de sus elementos directores. No es paradoja: los falsos defensores del proletariado, son los mejores guardianes del capitalismo. Mientras las reivindicaciones del proletariado no se nacionalicen dentro de los elementos orgánicos de la Nación (la familia, la ciudad, la región, las asociaciones de campesinos, los sindicatos profesionales), serán siempre estériles. Para concretar la responsabilidad de un hombre hay que poder y saber vigilarle. Cuando se cazan anguilas a mano en la charca, se escurren; hay que tener maestría para clavar el tenedor.

El capitalismo internacional

¿Qué es el capitalismo? Es la racionalización de la producción económica, de modo que el móvil económico, el lucro, se instituya como fin en sí, como valor supremo de todos los valores económicos y culturales, al cual se adjetivan el agente productor y la satisfacción de las necesidades que con el producto se logra. [4] Dice Werner Sombart que «el capitalismo es aquella forma de economía, cuyo tipo específico es la empresa industrial.» Schmoller califica la era capitalista, considerándola como una fase de economía fiduciaria. Sustantivación del crédito, sustantivación del lucro y racionalización abstractiva de la producción en si, son los caracteres fundamentales del capitalismo. Al descentrarse la vida económica del sintagma cultural, de los sintagmas concretos de cultura, que se dan en la Nación, transciende de los límites de la Nación misma y adquiere una significación internacional con potencialidad infinita. Por el hecho de adquirir la evolución capitalista, un desarrollo hipertrófico, en relación con los elementos éticos y jurídicos de la vida nacional al romperse el equilibrio, el organismo de vida nacional es el que padece las consecuencias de tal proceso, actuando sobre cada individuo como elemento disgregante al imponerle como único móvil el lucro, como único ideal el goce, como valor supremo el dinero.

Racionalización de la economía y suprema eficiencia cultural del capital, son los resultados inmediatos del régimen capitalista y el más grave y sintético de todos éste: deshumanización del individuo como hombre, desintegración de la Nación como sociedad natural y cultural de hombres. El capitalismo y la democracia marchan paralelos en su proceso intelectualista. Son hermanos gemelos, hijos ambos de la revolución. Este carácter intelectualista de la economía moderna, esta desviación de la realidad natural e histórica, esta ficción transcendental, la descubre Sombart en tres aspectos de la vida económica: 1º, en la organización de la explotación industrial; 2º, en el fin de la misma; 3º, en la regularidad matemática de la contabilidad, en el balance.

La suprema verdad, la suprema significación y valor de los procesos económicos está en la inmanencia vital de los mismos, en aquellos organismos y grupos humanos en que se producen, debiendo subordinarse siempre al crecimiento y defensa de la vida misma.

El proletariado y su organización internacional

La consecuencia inmediata de este desequilibrio en la producción es el nacimiento del proletariado, como enfermedad endémica y colectiva de los centros industriales. El incremento del capital en sí mismo es el logaritmo de la difusión de la miseria es proporcional a la miseria producida por las necesidades que deja de satisfacer en los agentes de producción que lo crean. A la concentración capitalista de carácter internacional corresponde la difusión de la miseria en la familia obrera y en el mundo internacional. Al considerar el trabajo como una mercancía, ¿qué valor tienen los derechos del hombre y del ciudadano? Capacitan a uno para morirse libremente de hambre. Haciendo gravitar el trabajo y el capital en torno de los imponderables, que se llaman piedad, humanidad, religiosidad, patriotismo, los dos irreductibles enemigos se abrazan en un consorcio común de esfuerzos y de satisfacciones. El hegeliano Carlos Marx, el racionalista y panlogista Carlos Marx, olvidó la eficacia de estos imponderables, que tan hábilmente supo pulsar Bismarck. El iluso Federico Nietzsche veía mejor la realidad cuando a la masa del proletariado, internacionalmente organizada, la consideraba como rebaño, y al movimiento de la defensa del proletariado como la insurrección de los esclavos en moral. ¡Cuánto mejor es hacerles señores de sí mismos, que instrumentos de la Revolución, donde con ellos puede perecer todo lo pasado y lo presente, menos el porvenir, acotado por el capitalismo internacional y por sus instrumentos!

Democracia y plebeyismo

La organización de la masa para la defensa, trascendiendo a la vida pública era el empeño de hacer prevalecer una sola clase social en el gobierno del pueblo.

La democracia es el ideal de estas masas organizadas por hombres que en el fondo son instrumentos de dominación y en la forma apóstoles y redentores del pueblo, ¡del pueblo, integración armónica de clases! Las clases sociales evolucionan pero no mueren. El gobierno de la sociedad, el Estado, ha de ser producto de una colaboración de elementos sociales, no de castas. Las estructuras sociales son fruto del proceso de diferenciación individual y a mayor variedad de estructura, más riqueza de contenido orgánico, más potencia de renovación. La nación es el único aglutinante de las clases sociales, para cuya defensa todos deben colaborar. La familia es el hogar donde se forjan las clases y se renuevan. Siempre el plebeyismo y la tiranía fueron hermanos. Estas son las ficciones creadas por la Revolución, símbolo de la fe de los viejos maestros.

Eloy Luis André

Toledo, 15 3-1918.

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