Renovación Española, revista semanal ilustrada
Madrid, 9 de abril de 1918
 
año I, número 11
páginas 3-4

Eloy Luis André

El ideario de la nueva generación
 

Regeneración y renovación

Entre los viejos y envejecidos de la restauración que nos llevaron a la derrota del 98 y a la paz de París, y estos mozos de veinte años que van a ver con sus ojos y sentir con su corazón la nueva cosecha de vida y de cultura, que va a rejuvenecer el mundo, media un abismo. Por algo los caducos, los podridos, los raquíticos y entecos, suspiraban por la regeneración, que da vida a lo viejo a expensas de los nuevos. Por algo los rebeldes, los ansiosos de hoy, que sienten enardecido el corazón por un nuevo ideal y una nueva forma de vida, emplean la palabra renovación, que substancialmente significa la transmutación de los viejos valores en los nuevos. Y es verdad, la historia cuando quiere ser madrastra y no maestra de la vida, apela a la terapéutica. La naturaleza, fuente purísima y eterna de vida, renueva todos los seres, manejando la muerte como instrumento y vehículo de la vida, como tránsito imprescindible para hacerla perdurable, según afirmaba Goethe. ¡Bendita tú, mil veces guerra santa, mensajera de la muerte, heraldo de la vida, en cuyo crisol se fundieron los más puros ideales, que son estímulo y alimento de los jóvenes, de los verdaderamente nuevos. La emoción de la guerra ha sido un bautismo de humanidad para todo corazón, y de sangre para los pueblos que han sido instrumento de la Historia para la cultura. Dice el más grande historiador alemán –entre los últimos cultivadores de la historia– Carlos Lamprecht: «Quien se haya hecho cargo de un modo consciente de las primeras semanas, de los primeros momentos de esta lucha, habrá recibido seguramente un bautismo para toda su vida.»

Voluntad

¿Y cuál es la nueva vida que comienza? El mismo Lamprecht la considera como una nueva fase histórica de Europa. Como un clasicismo nuevo, como un nuevo romanticismo. La clave de la nueva vida es la voluntad, su forma de manifestación, el desenvolvimiento, el llegar a ser, o devenir, el trabajo, la cultura, la restitución del hombre a la Naturaleza.

No se trata de un pragmatismo utilitario a lo Dewey, o a lo Jaurés, que es en el fondo un racionalismo hedónico de la voluntad, sino de ver en la voluntad, en la energía, el supremo valor de las actividades humanas, coordenado al de las actividades naturales. La voluntad es la suprema forma de la energía.

El sentimiento y la voluntad según la nueva psicología experimental son humanos. El ideario sólo es un coeficiente de la motivación. Aquella filosofía de la renunciación, predicada por Schopenhauer, aquella nostalgia de la nada por plétora de vida regalona, se ha convertido en una nostalgia colectiva de felicidad, por considerar estúpida e inmoral una resignación ociosa, de la cual nos ha de redimir el trabajo primero, y la cultura espiritual después.

Nuevo intelectualismo

Es indudable que al viejo intelectualismo de biblioteca, ese que ha forjado generaciones enormes de filisteos, de parásitos, de tontos sabios, tiene que sustituir un nuevo intelectualismo. El intelectual de ayer era un pedante, un escéptico o un sofista. El intelectual moderno tiene que ser un hombre capacitado por la ciencia para hacer algo.

El saber de ayer era un proceso de alimentación destructiva, de glotones intelectuales. El saber moderno es un proceso de generación consciente de los nuevos valores, que han de enriquecer y dar significación a la vida y a la cultura, que es su forma suprema.

La vida afectiva de la mentalidad de los viejos, tenía por denominador común el egoísmo, por coeficiente el instinto de conservación.

Un cultivo abstracto y universalista de la inteligencia, había empequeñecido el corazón cortándole las alas; le había convertido en ave de corral.

La comprehensión del ideal se había desvanecido por el espíritu de crítica; la imaginación, cuyas locuras prohijaron los inventos, se había hecho demasiado prudente y juiciosa. Sus frutos más sazonados, fueron la extravagancia y la paradoja, cuando no el remedo simiesco. Se prefería merodear en el cercado ajeno, a roturar el campo propio para sembrar en él. Gustaba más la piratería intelectual que el esfuerzo humilde, para hacerse propietario en el dominio del arte o de la ciencia.

¿Qué emociones se pueden despertar, cuando la razón raciocinante y la memoria son las dos alas del intelectualismo? Emociones que enervan, que se destruyen a si mismas, que se alimentan en el rescoldo de la envidia, que tienen como la ostra dos valvas: miedo e instinto de conservación.

El dinamismo afectivo

Pero la voluntad, que se convierte en fuerza sintética y creadora de la vida y de la cultura, exige emociones que den aliento y calor, potencia expansiva para el movimiento, que sean viscosidad lubrificante para el movimiento mismo, que mantengan a máxima tensión las calorías del cuerpo y las actividades del espíritu en empresas que exigen perseverancia, que sean dóciles manos al ideal, que empujen a la voluntad misma en su empresa, sillares firmes en que se apoye en su proceso de ascensión resortes sagrados que sepan ofrecer la vida en sacrificio, cuando la conciencia de la especie las suscita. ¡Esperanza, deseo, piedad, magnanimidad, humanidad, amor, entusiasmo! Estos son los nuevos valores afectivos. ¡Miedo, aversión, tedio, envidia, rencor, egoísmo, pesimismo, nerviosismo, apatía! Estos eran los viejos valores, Con este equipaje ¿cómo podía caminar la voluntad? Por el camino del estoicismo se había llegado a la renunciación del placer por miedo al dolor. Por el camino del hedonismo se había huido de la vida efectiva por cálculo. El cinismo y la crueldad tenían la primera víctima en quien lo sentía o padecía. Todo procedió de suponer, que la vida de cada uno era un fin en sí, que tenía en sí misma su propio centro de gravedad, que no podía transcender en sí misma, encontrando en este proceso de transcendencia y transferencia humana su más alto valor, su más genuina significación.

Activismo ideoestético

El voluntarismo, como forma suprema de activismo, que tiene en la energía natural, en el trabajo y en la cultura, sus tres categorías específicas, exige dos coeficientes nuevos: una nueva ideología, un nuevo ideario, y un nuevo caudal de emociones, una transmutación de valores mentales y de valores efectivos. Así, la esencia y la vida serán sus verdaderos coeficientes. Son los vínculos que atan la humanidad a la naturaleza y a la cultura, haciendo que la humanidad sea una continuación de la naturaleza, la historia de los pueblos una continuación de la historia de la tierra, como dice Pablo de Lagarde; y la cultura un vínculo que nos restituye a la naturaleza, por el trabajo y por el amor de la naturaleza y de los hombres. He aquí un nuevo sistema filosófico que yo pienso [4] desarrollar más ampliamente: el activismo ideoestético. Es la expresión y comprensión de las nuevas formas y de los nuevos tipos de la vida humana.

Solidaridad y libertad

La idea y la emoción son coeficientes de la voluntad. La voluntad es fuerza vivificante para la idea y para la emoción. La voluntad es el centro focal de todas las energías cósmicas y psíquicas del universo. Es la fuente de donde proceden, como esencia o transformación, todos los procesos. En la vida colectiva, cada individuo es un núcleo parcial de voluntad. Cada pueblo se instituye en núcleo colectivo históricamente persistente y subsistente. La humanidad total, como consorcio concreto y vivo de los pueblos, no como noúmeno ético, es el punto central de conjunción y conjugación de todas las actividades, y debe ser el centro de irradiación y comprehensión, para los individuos para vivir en maridaje (de amor y de trabajo, por el vínculo de la cultura), con la naturaleza. Así, pues, cada individuo ya no es un fin en sí, sino fin y medio para los demás. La vida adquiere un sentido, cada vez más social y cada vez más personal. Solidaridad y libertad son los dos grandes conceptos que condensan este proceso de emancipación del grupo a que pertenecemos y de restitución y consagración a él. Cada individuo, como tal, tiene dos valores. Es unidad y es número.

Se mide su significación y su valor, por los valores que crea, por las actividades que desarrolla. La significación y el valor histórico de los pueblos se determina en función de sus individualidades, nativas o formadas por la educación y en función de su capacidad organizadora de su potencia cultural, asimiladora, expansiva y proyectiva ante el consorcio de los diferentes pueblos históricos.

Trabajo, juego, arte y guerra

Las formas específicas de la actividad son el trabajo, el juego, el arte y la guerra... Las cuatro son órganos de cultura, como proceso creador, como forma de conservación y como necesidad imperiosa de renovación y propagación.

Cada individuo ha de ser, pues, un centro personal de trabajo, juego, arte y lucha. Cada pueblo un sintagma, una síntesis histórica, una comunidad personal subsistente, para la creación, conservación y difusión de la cultura, para atesorar sus viejos valores y enriquecer la humanidad con otros nuevos.

Este es el evangelio de la nueva generación. Si quiere aspirar el perfume de las nuevas flores, que salga del jardín de Epicuro, que se meta en la selva. Si quiere vivir la verdadera vida y cosecharla en su alma y en su corazón, que se deje impregnar por estos ideales, que son problemas, que tiene que resolver, de no ser obstáculo para que otros a pesar suyo los resuelvan.

Eloy Luis André

Toledo, Abril 1º de 1918.

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