Renovación Española, revista semanal ilustrada
Madrid, 30 de mayo de 1918
 
año I, número 18
páginas 1-2

Ramón Gómez de la Serna

Nuevas greguerías

Cuando se derrama el tintero parece que hemos derramado inútilmente sangre de Cristo.

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En la nuez hay algo de cerebral. La nuez es un pequeño cerebro que nos comemos, es una sesada vegetal, en cuya vida, en cuya cerrazón había pensamientos herméticos que correspondían a las distintas circunvoluciones que hay en ella.

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Ese modo tan cariñoso y paternal que tiene el doctor de cubrir con el embozo al pobre paciente al que acaba de reconocer, es algo que da ánimos. El doctor se acerca, ve y tapa, tapa de un modo sistemático e impasible, que consuela, en medio de todo, que da fe en la serenidad con que se porta en medio de toda la vida.

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Una de las cosas que más nos ha sorprendido, la cosa que es el más puro saber de la experiencia, es el haber visto ya varias veces en sucesos transcendentales que ha sucedido lo que parecía que no iba a suceder, lo que no había sucedido nunca, y eso de un modo sencillo y terminante.

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Esa coz que mata como un rayo es una coz providencial.

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¡Qué cordial y qué calmoso el reloj de torre iluminado entre la nieve! Su luz es amarilla, es luz de incendio sobre la luz de la nieve, luz blanca y fría.

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Esas cabezas de muñeca de porcelana y sin cabellos que esperan quien las necesite para la muñeca rota, parecen cabezas de niña que han tenido el tifus.

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Son como algo faltas de contenido y, sin embargo, de una intemperancia y de una dominación profunda, esas mujeres de cejas y ojos pintados sobriamente con carbón, las cejas muy dibujadas –como se escriben los paréntesis– y los ojos muy pequeños, pero muy hondamente punteados... Parecen un dibujo pintado en una valla.

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Esas mujeres muy galantes y, sin embargo, muy reservadas, nos aventajan... Aunque seamos completamente extraordinarios y las palabras que les digamos sean de una perfecta originalidad, sonreirán como quienes han estado ya con otro completamente igual y que las ha dicho completamente lo mismo. Por no encontrar a ese otro no aceptaremos sus sonrisas.

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Pidamos al Señor todos los días que no nos dé esa terrible enfermedad, que debe ser el escorbuto, más terrible, indudablemente, que la peste negra.

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Esos hombres malignos de caderas ceñidas.

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¡El ruido más terrible del mundo es el que produce un sombrero de copa al caerse!

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No hay que comparar los aeroplanos con las águilas ni con ningún otro pájaro majestuoso... Es sencillamente un murciélago; un murciélago descolorido y transparente al medio día, un murciélago de líneas agudas y angulosas con esos salientes del varillaje, y en la noche más murciélago aún... Al hombre no le podía salir sino un pájaro mamífero.

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La oropéndola tiene una misteriosa jovialidad. Basta pensar en la oropéndola para sentirse en un jardín primaveral, templado y regocijante. Hay álamos, en ese jardín y la [2] oropéndola está en esa aguja seca que tiene el álamo en su punta. La oropéndola es la felicidad, y hasta en su nombre de oropéndola hay felicidad y ternura. La oropéndola no sé por qué está ligada al tiempo. Ella vuela en el tiempo más que en el aire, vuela sobre los árboles del tiempo, dándole puerilidad y seducción. La oropéndola es el pájaro optimista. En el fondo de los relojes como pareja del cuco, en vez de la abubilla, debía haber una suave y graciosa oropéndola. Serían más felices esos hogares. Serían más alegres esos relojes. La oropéndola no sé por qué canta en el fondo de las alegres casas de campo:. ¡Oropéndola, oropéndola, oropéndola! Este es su nombre, su corazón, su esencia, sus variaciones, su bondad.

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Ella se quejaba de aquel hombre, pero era injusta, porque había que verle jurar como por lo más querido, por su mujer. «Por la salud de mi mujer», y ese era su juramento más importante. Eso debía serle inefable.

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Sobre que sea o no elegante, queda mucho más cursi toda mujer cuando se desnuda.

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Un landó tiene siempre algo de coche de muertos, la familia se mira apiñada dentro de él; con un cariño de muertos; y si se pasa yendo en el landó frente a un cementerio, se envuelven en cariño porque van como cuando presiden el duelo de uno de ellos y, sin embargo, van todos aún.

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Ese manojo de globos color carmín que lleva la globera, parece un manojo de guindas mollares y monstruosas cogidas con sus rabos.

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En los jorobados se sospechan malicias extraordinarias como la de guardar en su joroba su fortuna el avaro, pasteles el ayudante de pastelería, de todo el cocinero de gran hotel.

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Al ver las grandes madejas de lanas preciosas como cabelleras de unas mujeres fantásticas, sentimos deseos de comprar unas madejas y esas hermosas agujas de madera o de concha o de ámbar y ponernos a hacer labor de punto.

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Las carreras de hojas nunca son tan veloces como en los primeros días del año, estaban deseosas de correr que se precipitan y se desbocan.

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Una de las cosas que más admiramos y que más nos ha atacado de esa emoción que producen esas cosas, ha sido la soldadura autógena. El amor debía ser algo así tan fuerte como una soldadura autógena entre ella y él.

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Siempre un automóvil parecerá una cosa que se ha vuelto loca.

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Un saltamontes en la ciudad es el ser más perdido y más desorientado que se conoce... Está asustadísimo... En vez de un campo raso, el campo abierto en que daba saltos inacabables siempre hacia delante se encuentra con que todo está vallado, tapiado, encrucijado... Nadie se atreve a matarle, y, sin embargo, asusta porque si se le matase se mataría algo rústico, silvestre, bueno, realidad de las tierras de labor, un simpático animal lleno del sentido de la tierra como nada y que no hace daño a nadie. Le conduciríamos hasta el campo de tierra sana.

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Sentados frente a la luna en el viejo landó, nos parece como si llevásemos por el hilo una gran cometa que corre detrás del coche, dirigida por el hilo atado al dedo índice.

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De muy lejos viene a mí la idea de una respiración de quien se muere, de quien bastaría remover para salvarle... Pero está muy lejos, está remota, y a ella que hubiera bastado sacudirla, removerla, despertarla, nadie la salvará de ese modo sencillo, y respirará así toda la noche –lo digo, o oigo– hasta que a la mañana me comunique el telégrafo la noticia.

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Nuestra idea de la herencia es demasiado abstracta, y así no nos explicamos ciertas cosas, ese temor que tenemos a las fieras como aquellos que las ven, algo que es muy claro en nosotros como el haber vivido en pueblos lacustres, ese recuerdo del saurio y del reno después, y mis próximos recuerdos el de un candil, el de una puerta de cuarterones, superpuesta a estas modernas puertecitas de cristales... ¿No hay también entre nosotros uno que tiene toda la cara de Adán, que ha salido a su padre Adán más que a ninguno de sus numerosos abuelos?

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El traje de boda es demasiado efímero. ¡Tenerlo que guardar inmediatamente después de haberlo estrenado! Se debía usar por los jardines, asomada la casada al balcón, por casa durante bastantes días, en los palcos de los teatros durante una larga temporada... Pero no, se pierde, se acaba, se descose, se deshace, se cae a pedazos en cuanto se ha usado, inmediatamente después de la última prueba, se va al cielo como la imagen de una D.ª Inés espectral, después de decir sus últimas palabras a D. Juan se escapara, vuela, ya no está en los baúles, ni en los armarios, ni en las tumbas... A lo más queda un velo para unos visillos, unos visillos que yo quisiera tener en mis cristales para ver un paisaje tenue, vago e iluminado, a través de ellos.

Ramón Gómez de la Serna
 

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