La Época
Madrid, sábado 21 de noviembre de 1925
 
año LXXVII, número 26.805
La Época del domingo, año VI, número 258

Melchor Fernández Almagro

El iberoamericanismo de Vasconcelos

El paso por Madrid, hace unos meses, del político y escritor mejicano José Vasconcelos determinó, bien a pesar suyo, cierta agitación del espíritu liberal español. Y fue a su pesar, porque Vasconcelos no podía venir, y no vino, en efecto, en calidad de propagandista político –actitud que no hubiera sido correcta en un extranjero–, sino con el ánimo del viajero que trata de realizar una ilusión de antiguo acariciada: conocer la cuna de su raza. Por lo demás, lo ocurrido no era sorprendente; cuando se halla en suspenso el ejercicio de las libertades constitucionales no es extraño que los elementos de oposición se valgan de cualquier pretexto para manifestar ideas y sentimientos reprimidos a disgusto. Mas, a despecho de la presión de ciertas circunstancias que trataron de convertir a Vasconcelos en símbolo y bandera, la valía personal de este hombre es de naturaleza tal que recibió homenajes de los más contrapuestos elementos, oficiales inclusive. No podía por menos de ocurrir así. Vasconcelos nos pertenece a todos, porque es una ilustración prestigiosísima de la común ejecutoria hispánica.

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Viene a cuento esta alusión porque acaba de publicar un libro de Vasconcelos la Agencia Mundial de Librería. El título es triple, porque realmente la materia es varia: «La raza cósmica. Misión de la raza iberoamericana. Notas de viajes a la América del Sur». Y basta leer el prólogo para sentirse ganado por el mayor interés hacia la totalidad del volumen. La seducción no viene precisamente de la novedad de temas, y si de la «temperatura» que caldea las páginas. Temperatura de espíritu poseído por nobles cualidades humanas. Temperatura de hombre americano y español... ¡Cuántas sugestiones alientan en esta prosa enérgica y vivacísima, que acusa de continuo al hombre de acción...! Cuantos fían el porvenir del iberoamericanismo a la Retórica de circunstancias, tienen mucho que aprender en el libro de Vasconcelos. Lo que no quiere decir que se borre el margen a la discrepancia, sino que de las diferencias como de las afinidades se obtenga la ejemplaridad subsiguiente.

Para el hispanoamericanista de pan llevar, América es una hija de España que la debe incondicional acatamiento, aplicando a las relaciones exteriores conceptos del derecho de familia que únicamente son valederos hasta cierto punto. Pero supuesto semejante no complace del todo a los americanos, ni tampoco es necesario para que España pueda alegar sus altos e incomparables títulos históricos. El hispanoamericanismo no puede concebirse como un imperio dentro del cual ejerciésemos la hegemonía. Hay que imaginarlo como una liga, puesto que los intereses de lo porvenir y del presente pesan tanto o más que la comunidad de origen. Desde este puntó de vista, España no pierde un ápice de los prestigios que el pasado le ha conferido, ni los pueblos americanos tienen por qué ceder un adarme de la personalidad que en buena lid han ganado.

José Vasconcelos ha sido mirado con cierta prevención por cuantos no comprenden otro celo patriótico que el propio. ¿A quien puede extrañar ni doler que los americanos, aun reconociendo a España la magnífica merced de su incorporación al mundo moderno, rastreen en su historia precolombina hasta descubrir los vestigios de remotas y posiblemente espléndidas civilizaciones maya, quichúa o tolteca?

Ahora bien: la América que todos conocemos data del hombre blanco, y del español en primer término. Española es la levadura de su grandeza, y no puede ser otra la divisa que abandere su futuro. Aquí no tiene por qué objetar ya lo más mínimo el españolista más puntilloso. Oigamos a Vasconcelos: «Nosotros no seremos grandes mientras el español de la América no se sienta tan español como los hijos de España.»

Porque no suele ocurrir así, tiembla Vasconcelos ante una posible sajonización del Nuevo Mundo. Adviértase que Vasconcelos es mejicano y testigo, por tanto, de la rapacidad yanqui, al acecho siempre. Mientras el norteamericano forma un cuerpo de cierta unidad moral con el inglés de Inglaterra y el inglés de Australia, los españoles que se extienden a las dos bandas del Atlántico no se entienden ni aun se miran. «Despojados de la antigua grandeza –nos dice Vasconcelos– nos ufanamos de un patriotismo exclusivamente nacional, y ni siquiera advertimos los peligros que amenazan a nuestra raza en conjunto. Nos negamos los unos a los otros... Se perdió la mayor de las batallas el día en que cada una de las Repúblicas ibéricas se lanzó a hacer vida propia, vida desligada de sus hermanos, concertando tratados y recibiendo beneficios falsos, sin atender a los intereses comunes de la raza... El despliegue de nuestras veinte banderas en la Unión Panamericana de Wáshington deberíamos verlo como una burla de enemigos hábiles. No advertimos el contraste de la unidad sajona frente a la anarquía y soledad de los escudos iberoamericanos...»

De aquí que Santiago de Cuba y Cavite asuman para Vasconcelos un triste valor simbólico, y de aquí también el lógico precipitado –utópico de hecho– de una amplia Confederación iberoamericana, según las entrevieron Bolívar y Sucre. Vasconcelos considera que hubo un momento de hacerla posible: el momento aquel en que las Cortes de Cádiz significaron una rehabilitación política de España. Con los legisladores de 1810 a 1812, América podía haber tratado dignamente. Con Fernando VII, de ninguna manera. No España, el absolutismo era el enemigo natural de aquellos pueblos jóvenes.

Razonamiento muy justo, a nuestro juicio, que es precisamente el contrario al formulado, como se sabe, por monsieur Marius André.

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Vasconcelos sueña con que la civilización americana sea la partera de una nueva raza, síntesis de las cuatro que le son anteriores en el tiempo. Sueña, decimos. ¿Qué razones de experiencia científica pueden mediar para creer que el suelo de América está predestinado a servir de cuna a la quinta raza que dé expresión al anhelo total del mundo, modificando la Historia, por la superación de todas las estirpes y mediante un amor auténtico? No creemos que en el vasto laboratorio americano se haya podido hasta ahora crear otra especie distinta a la del mestizaje, insuficiente sin duda para cumplir la misión que Vasconcelos, generosamente, imagina. Pero no es cosa que los españoles le volvamos a la razón –si, en efecto, Vasconcelos no la tuviera–, porque la gratitud debe acallar nuestra desconfianza. En esa gestación de la Humanidad futura, el gran hombre mejicano nos asigna el mejor de los papeles. Nosotros seremos el agente de esa quinta raza que puebla sus sueños. El recuerdo de nuestra colonización es la más segura de las prendas. «El inglés –dice Vasconcelos– siguió cruzándose solo en el blanco y exterminó al indígena; lo sigue exterminando en la sorda lucha económica, más eficaz que la conquista armada.» En el español, por el contrario, se advierte el amor con que sirvió los más altos destinos históricos; prodigó su sangre a través del soldado que se incorporaba a la familia indígena, y su cultura a través del misionero.

El español como base de una nueva formación racial; he aquí algo más que un tema de controversia académica: un motivo de ardiente fe y de ardiente esperanza. No estamos muy sobrados de ellos para que desdeñemos el regalo que nos hace el mejicano José Vasconcelos, vate injerto en político, representante de un iberoamericanismo de largos alcances, que cuenta ya con una víctima: Edwin Elmore, asesinado por Santos Chocano.

Melchor Fernández Almagro

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José Vasconcelos
1920-1929
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