Acción Española
Madrid, 15 de diciembre de 1931
tomo I, número 1
páginas 88-107

Lecturas

The Mysterious Universe,
por Sir James Jeans

El problema capital del hombre –la existencia de lo espiritual– acaba de recibir valiosas aportaciones que creo de gran interés en el momento presente. Se ve, en efecto, el público español, anegado en una ola de literatura barata y de producciones pseudocientíficas de tendencia marcadamente materialista. Un desdichado y característico, fruto de estas nefastas influencias, se destacó en cierta proclama en que se definía a Dios en nombre de aquella falsa ciencia primaria, como un «producto prerracional» humano.

Entretanto los más ilustres sabios del mundo proclaman, una vez más, su creencia en lo sobrenatural. Me refiero a la orientación marcadamente espiritualista de recientes escritos y obras de algunos grandes físicos y astrónomos ingleses, que están llegando a las extremas conclusiones y a las más cuidadosas comprobaciones de los últimos avances de la ciencia. Es tanto más notable esta tendencia de la alta mentalidad científica inglesa de hoy, cuanto que por su ambiente de desarrollo –el método riguroso experimental– y por sus antecedentes –el positivismo clásico de Stuart-Mill, de Spencer, de Darwin– pudiera tenerse aquélla por poco propicia al desarrollo del espiritualismo.

Así como las diversas ramas del pensamiento filosófico moderno, en sus más recientes aspectos: Bergsonismo, Intuicionismo fenomenológico de Husserl, Idealismo neo-Kantiano, pueden considerarse, en efecto, como espiritualistas, el Positivismo ha sido, por [89] el contrario, el refugio de todo el materialismo moderno. Lo espiritual no existía para los positivistas; no se consideraba necesaria su existencia (o mejor dicho se prescindía a priori de su existencia) para una explicación positiva del mundo. Por eso estimo especialmente interesante la evolución que subrayo en estas líneas. Que en los más selectos círculos de este positivismo científico, cuyo obstinado apriorismo fue siempre la «no consideración» de lo sobrenatural, se afirme hoy, con autoridad máxima, que una explicación racional y científica de la totalidad del Universo exige, imperativamente, la presuposición de una suprema Inteligencia creadora. Que no es en las cátedras de Filosofía, es en los observatorios astronómicos y en los laboratorios más adelantados del mundo donde surge esta afirmación de lo espiritual.

Veamos algunos testimonios decisivos.

Decía hace poco el ilustre Eddington en una conferencia sobre «La ciencia y el mundo invisible»:

«Comparando la certeza de las cosas espirituales y las cosas temporales no olvidemos esto: el alma es, el primero y más directo objeto de nuestra experiencia; todo lo demás es inferencia remota.»

Y, agrega más adelante: «El materialismo, en su sentido literal, ha muerto hace tiempo.»

Pero lo que deseo señalar más especialmente ahora son las notables conclusiones de dos libros que han causado sensación en el mundo culto inglés, como los de las mejores obras de seria divulgación científica del día. Su autor es el ilustre astrónomo Sir James Jeans, profesor de la Universidad de Cambridge, y sus títulos: The Universe Around Us y The Mysterious Universe. («Cambridge University Press.»)

Estas dos obras que se completan –la primera más analítica y detallada, la segunda más sinóptica y abstracta– constituyen, ciertamente, la más autorizada mirada inteligente sobre el Universo a través del instrumental delicadísimo de los últimos adelantos, tanto matemáticos como experimentales.

Los que hayan seguido –aun sin profundizar en el detalle matemático– la evolución de la Física y la Astronomía en estos últimos tiempos, saben que se han modificado profundamente sus métodos dotándolas de instrumentos matemáticos de eficacísima seguridad y flexibilidad con la nueva Mecánica relativista de Einstein y su esquema espacio-temporal de cuatro dimensiones, [90] con la teoría de los Quanta de Planck que introduce en la estructura íntima del Universo un nuevo y fecundo principio de discontinuidad, con la Mecánica ondulatoria –por último– del Principio de Broglie, que complementa los sistemas electrónicos con sus «trenes de ondas», en un esquema espacio-temporal de siete dimensiones.

La ardua, paciente, admirable tarea de observatorios y laboratorios, es hoy la comprobación de estas abstractas hipótesis matemáticas por medio de los más refinados, poderosos y exactos métodos experimentales. En el mundo infinitamente pequeño, R. T. Wilson fotografía las trayectorias de partículas radiantes cuyas dimensiones son de «dos millonésimas de millonésima de milímetro» (2x10-12 m/m). Y por el lado de lo infinitamente grande, Humason, observa espectroscópicamente y calcula velocidades relativas de nebulosas espirales situadas a cincuenta millones de años-luz, o sea a unos «cuatrocientos setenta y tres millones de millones de millones de kilómetros (473x1018 kilómetros).

Los grandes experimentadores, en la comprobación de aquellas hipótesis, con un instrumental tan perfeccionado, han podido llegar a sondear con considerable garantía de certeza los extremos límites de los dos grandes abismos entre los que el hombre se encuentra suspendido: el Macro-cosmos o mundo astronómico de hiperbólicas magnitudes, y el Micro-cosmos, infinidad inconcebible de infinitamente pequeños sistemas electrónicos u ondulatorios.

En sus dos notabilísimos libros, Sir James Jeans realiza una inteligente, clara y metódica revisión –en lenguaje accesible a los «no especializados» de todas estas cuidadosas, delicadísimas investigaciones.

Y esta revisión, este balance general del estado actual de la Ciencia, le conduce a conclusiones decisivas.

Dejémosle la palabra:

«A mi juicio –dice–, las leyes a que obedece la Naturaleza se parecen menos a las que obedece una máquina en su movimiento, que a las que obedece un músico al escribir una fuga, o un poeta al componer un soneto...»

«Si esto es así –continúa el ilustre astrónomo–, entonces el Universo podrá ser descrito, aunque aún muy imperfecta e [91] inadecuadamente, como consistiendo en puro pensamiento: el pensamiento de quien, a falta de palabra más amplia, debemos describir como un Pensador matemático...»

«Comenzamos a sospechar que tal vez debemos saludar a la Inteligencia como creadora y legisladora del Reino de la materia...»

Y para que no puedan tacharse de panteístas estas ideas del autor, he aquí otro pasaje en que distingue claramente entre el Pensamiento creador y la creación modelada por Él:

«La Ciencia moderna nos impulsa a pensar en el Creador como elaborando fuera del tiempo y del espacio, que son parte de su creación, justamente como el artista está fuera del lienzo «Non in tempore, sed cum tempore, finxit Deus mundum.»

Perdónese lo largo de estas citas por su extraordinaria importancia.

No se olvide que Sir James Jeans pertenece a la docena escasa de hombres de todo el mundo que poseen la profundísima cultura matemática y la técnica experimental refinadísima que son necesarias para poder abarcar, en su casi inaccesible complejidad, una visión científica total del Universo.

Es notable –pudiera decirse conmovedora– esta decisiva afirmación espiritualista de uno de los más ilustres astrónomos de hoy. Parece como un eco que responde, a través de los siglos, a aquel místico: «Opera manum tuarum enarrant firmamentum» con que el piadoso Kepler culminaba reverente, al comienzo de la ciencia moderna, su descubrimiento inmortal.

José Pemartín

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Poniente Solar,
por Manuel Bueno

Un libro, un artículo de Manuel Bueno, es siempre un motivo anticipado de placer intelectual. En su comunicación casi diaria con los lectores de ABC, el ilustre critico, el agilísimo pensador, ha conquistado sectores tan amplios del público que si aplicásemos al juicio de los méritos de un escritor el procedimiento democrático del sufragio, es seguro que Manuel Bueno obtendría un triunfo rotundo. Y este procedimiento, absurdo para ser empleado en la gobernación de los pueblos, no lo es en el caso del periodista que, [92] obligado a dialogar continuamente con la actualidad, debe llegar a todos los rincones del espíritu popular, y a ellos llevar la luz del suyo propio, elevando en esta tarea ininterrumpida el nivel intelectual de su público, abriendo horizontes a quienes, de costumbre, viven en la niebla de la pereza, de la rutina, del amor propio de sus estrechas convicciones, o de las supersticiones sociales y políticas. En este sentido la dilatada labor de Manuel Bueno es admirable, pues a través de su ingenio siempre verde, de sus paradojas agridulces, de su elegante escepticismo literario y de su honda cultura, nos da una versión de la vida, generosa y cordial; la versión del luchador de alma aristocrática anclada fuertemente en el pueblo, que sabe que nada es digno de ser tenido en cuenta más que lo persistente en el tiempo y lo ungido por el perfume irisado de las ideas.

De su juventud, de aquella juventud dorada y violenta de los desafíos y del hambre, de las historias amorosas y de las luchas políticas, es esta novela Poniente Solar, con que, sensible a la dramática pendiente por que España venía deslizándose, ha querido dar en una página vieja y actualísima-de la historia patria su voz de alarma en las incertidumbres del presente.

La generación del 98 fue insensible a la gran tragedia nacional que conoció en una tarde de toros, desgarrada e inútil. Juan Herrera, el protagonista de Poniente Solar, poseedor de un patriotismo desarmado, de un patriotismo de libro de texto, no puede comprender el pesimismo de su amigo Suances, y en la España dividida en esas dos mitades, por un entusiasmo estéril e ignorante y un fatalismo enfermizo, la catástrofe pasó tangencialmente, como si no fuese con ella.

No se salvaron de esta indiferencia mortal los escritores de aquel entonces, que si no supieron prevenirla con sus plumas, tampoco acertaron a recoger posteriormente toda la grandeza moral de los sacrificados en la contienda, ni dándonos, al menos, un tipo de guerrero digno de pasar a las antologías. Como tampoco lo hicieron los escritores contemporáneos en la epopeya de África, no habiendo juzgado merecedor de su atención el de nuestro soldado colonial moderno, mitad héroe y mitad diplomático, ni siquiera la página, de trascendencia histórica ecuménica, del desembarco de Alhucemas.

El libro de Manuel Bueno, repleto de conciencia histórica, [93] está esmaltado de bellezas literarias, de frases sutiles, de penetrantes descripciones de tipos y paisajes. Y termina con una escena conmovedora, en que el hombre más que el artista, el patriota que vive hace años en París, deja estampado su hondo sentimiento racial:

«—¿Te gusta Ciudad Rodrigo, Juan? –preguntó el Conde de Vellando a su amigo.
—Con delirio... Es lo mejor de Castilla –pronunció el poeta.
—Y Castilla lo mejor de España –añadió el otro con penetrante acento.
Y los dos amigos se miraron sonriendo, como dos adolescentes que acaban de decir una gran cosa que no es pecado.»

C. de S. del R.
[Conde de Santibañez del Río =
Fernando Gallego de Chaves y Calleja]

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De Vita et Moribus,
por Antonio Sardinha

Antonio Sardinha, como esas estrellas que se apagaron hace miles de años y siguen enviándonos su luz, nos da todavía destellos de su inteligencia y aromas de su sensibilidad. De la colección de obras que editan el Dr. Hipólito Raposo y algún otro amigo del maestro, acaba de aparecer De Vita et Moribus, fragante colección de crónicas y ensayos, inéditos unos, publicados en diarios y revistas otros, y palpitantes todos de la gran emoción nacional-tradicionalista, en que el poeta de Chuva da tarde, el pensador de Na feira dos mitos y el historiador de A Aliança Peninsular, ha sabido impregnar toda su obra gigantesca y ardorosa.

No vamos a describir a nuestros lectores la personalidad de Antonio Sardinha, de sobra conocida por su leal y valerosa hispanofilia, al par que sus excepcionales méritos de escritor. Una ojeada por las páginas de su De Vita et Moribus impondría al lector que jamás se hubiese enfrentado con la palabra escrita de este portugués enamorado de su patria y de sus gloriosas epopeyas, del vario talento del ilustre escolar formado en Coimbra en las disciplinas liberales y democráticas y escapado pronto hacia los climas más fecundos de la autoridad, del orden, de la permanencia...

Antonio Sardinha fue, vivo, el mentor de la juventud universitaria portuguesa, y muerto, sigue siendo el faro de los jóvenes y el guía de las generaciones de intelectuales que se han sucedido en los tres lustros pasados. [94]

Hay páginas en la última obra editada de Sardinha que fueron escritas en 1913 otras en 1924, días antes de su prematura muerte. La unidad política, la unidad sentimental de esta y de todas sus obras es inaudita, sin embargo de abarcar un plazo que, aunque breve pues Sardinha murió a los treinta y siete años, fue violento por la lucha en el interior de su patria, y por la gran guerra europea que hizo estremecer las opiniones y las creencias más sólidamente ancladas. La evolución fue rápida, como queda dicho, y después el camino, tortuoso para tantos, fue para él llano y florido. Lo recorrió lleno de ímpetus levantados; lo jalonó con la generosidad del fundador, repleto de visiones certeras.

El libro que comentamos tiene fragmentos tan llenos de poesía, tan doloridos de saudade, como Natal do exilio, impresión de la Nochebuena madrileña del destierro, en 1919 ó en 1920; y, otros tan finos como O casamento de meus avós, en que los padres de los contrayentes, los bisabuelos del autor, el uno miguelista calenturiento y liberal furioso el otro, se reconcilian en la sacristía de la iglesia, ante la pregunta indiscreta y jovial de uno de los testigos: «¿Quién tendrá al cabo razón, señor José da Silva, usted o su consuegro?» «La respuesta –contesta el reaccionario dando una enérgica y cariñosa palmada en el hombro al azarado liberal– nos la darán los que nazcan de esta boda.» Y, afirma Sardinha, lleno de una deliciosa ironía en que apunta su fe de misionero: «Tardó un poco la respuesta, pero llegó al fin en la persona de un biznieto de ambos. En verdad, quien tenía razón era mi bisabuelo, José da Silva Lobâo Telo, capitán de Voluntarios Realistas y convenido de Evora-Monte.»

La pluma de poeta de Antonio Sardinha le permite escribir en ese delicioso cuadro que se llama Monsenhor: «Subía al terrado en la hora mansa del crepúsculo, con el breviario abierto en la lección del Salmista y ya con la catedral llevada en triunfo por los fulgores del sol que moría. Muy apretada en el color ceniciento de los muros, la ciudad imprimía en la sombra creciente el cuño nobilísimo de su perfil militar. Allá en la lejanía, las serranías de España recordaban vagamente en el advenimiento de la noche una nube posada en la extrema línea del horizonte.» Es su Elvas natal, con su acueducto «que galopa en la llanura», con su catedral manuelina, con su vista del remoto Badajoz, en el paisaje enneblinado. Allí vivió, amó y laboró Antonio Sardinha. Todo español amante de la [95] tradición de nuestra patria debe ver en esa villa fronteriza portuguesa uno de los santuarios de nuestro rescate.

C. de S. del R.
[Conde de Santibañez del Río =
Fernando Gallego de Chaves y Calleja]

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Liautey,
por André Maurois

He aquí un libro limpiamente escrito y bien repleto de argumentos antidemocráticos, como lo están –es preciso subrayarlo– el noventa por ciento de los libros que hoy se publican en el país vecino. Liautey, un gran soldado, de formación católica y monárquica, es la historia colonial de Francia: Tonkin, Madagascar, Argelia, Marruecos...; es el remoto Río Claro y la sociedad mundana de Hanoi, y la estampa quimérica de la Reina Ranavalo y las cabalgadas de Aïn-Sefra y los días angustiosos de Fez. Leyendo las páginas de esta obra de Maurois, repasando, entre otros, aquel momento –diplomático y guerrero– en que Liautey lucha tanto con la anarquía marroquí como con la astucia y estrategia de Muley Abd El Hafid, no he podido menos de evocar la figura llena de majestad del que fue el último gran poder de la tierra, de aquel Sultán culto, bondadoso y versado en Historia, de cuyos labios oyó una tarde en su casa de Madrid, Antonio Sardinha, el relato de la batalla de Alcazarquivir, donde junto con su antepasado, el Emperador Mohamed el Negro, cayó para siempre el Rey D. Sebastián.

Liautey viene de una gran familia, de abolengo nobiliario y militar, que a mediados del siglo pasado vivía su vida patriarcal en las proximidades de Besançon. Eran entonces, padre e hijos, cuatro generales Liautey, respetados por sus colonos, quienes decían aludiéndoles corrientemente: «C'était de la belle race.» El nieto, el mariscal que da nombre al libro, nació en Nancy en 1854.

Toda su infancia se vio matizada por las luchas políticas que la nación venía sufriendo y que agitaban a sus familiares, y el hombre que al fin tuvo que colaborar con la tercera República, escuchó cierto día del 1889, y de los labios exangües de una de sus abuelas, quien reunía sesenta descendientes entre hijos, nietos y bisnietos: «Hijos míos, yo doy gracias a Dios de que entre vosotros, siendo todos tan diferentes, no haya ningún republicano.»

Él mismo, alumno del Liceo de Naney, tenía un círculo de amigos que, pese a su edad temprana, ardían todos de pasiones religiosas y políticas. Con uno de ellos, llamado Margerie, cuyo padre [96] tenía una gran notoriedad como católico y como hombre de letras, redactó una profesión de fe legitimista, que, escrita cuidadosamente y encabezada con el dibujo de las armas reales de Francia, decía así: «Por qué somos realistas... No podemos ser bonapartistas a causa del asesinato del duque de Enghien. No podemos ser orleanistas a causa del asesinato de Luis XVI. No podemos ser republicanos porque ningún hombre honrado puede pertenecer a este partido. De modo que no podemos ser sino legitimistas.»

En Saint-Cyr, años después, y a las órdenes del capitán De Mun, se dedica con entusiasmo a la obra católica y social. Pasa el tiempo; estrellas de oficial; guarnición de provincia; un escuadrón en África; retorno a Francia... Por fin, el Extremo Oriente y toda la gran carrera, exótica y maravillosa.

El 13 de diciembre de 1916, el residente general de Francia en Marruecos es nombrado ministro de la Guerra, en condiciones en que, si bien iban a pesar sobre sus hombros las enormes responsabilidades del cargo y del momento, se le escapaban los medios legítimos de ejercer el Poder al separar del Ministerio y adjudicarlas a otras carteras, materias tan importantes como «fabricaciones de guerra», «armamentos», «transportes» y «aprovisionamientos», creándose además un «Comité de Guerra» que, con el «Gran Cuartel general», complicaba los servicios y anulaba la unidad de dirección. Entenebrecido su espíritu por tristes presagios, hace Liautoy el viaje a París y torna, tras no cortas negociaciones, el puesto que se le había asignado. Son los días angustiosos del «plan Nivelle», concepción parlamentaria desprovista de probabilidades de éxito, que se trama y aproxima ante los ojos temerosos del ministro, impotente para hacerla fracasar y con ello alejar la seguridad de una gran derrota indudable.

Con ocasión de haber sido fijada para el 14 de marzo una interpelación sobre la aviación, Liautey, fatigado de su impotencia, dolorido del espectáculo político, imagina un discurso creyendo ingenuamente que el Parlamento iba a darle la razón y a hacer pública contrición de sus pecados. El Gobierno había convenido con él, no aceptar que la Cámara se reuniese en Comité secreto como consecuencia de la interpelación. Liautey sale para Londres con objeto de asistir a una reunión interaliada, y regresa a París el mismo día 14, informándose de que el Gobierno, contrariamente a lo con él pactado, aceptaba al fin la sesión secreta. [97]

Durante ella, Liautey no habla, a pesar de los requerimientos de Briand, de Barrés, del propio Dechanel. Reanudada la sesión pública, por el contrario, sube a la tribuna y desde ella expresa su convencimiento de que semejante debate no debió entablarse, pues perjudicaba a la organización recientemente creada por él, impidiéndola dar sus frutos en sazón, y también, el de no poder exponer la defensa nacional con revelaciones técnicas hechas ni aun al propio Comité secreto. La Cámara no le dejó terminar su honrado discurso. Un diputado gritó que «aquello era una provocación». Otro, que «el Parlamento había salvado a Francia». La sesión se levantó a los gritos de «¡Viva la República!». Liautey presentó aquella misma noche su dimisión. Dos días después caía el Gabinete Briand. Painlevé, su sucesor en la cartera de Guerra, intentó también en vano impedir la ofensiva de Nivelle. Todo el mundo recuerda qué sangriento fracaso constituyó para Francia. ¡Un tanto más que apuntar a favor de la democracia parlamentaria!

C. de S. del R.
[Conde de Santibañez del Río =
Fernando Gallego de Chaves y Calleja]

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Historia del Arte Hispánico,
tomo I, por el Marqués de Lozoya

Desde hace unos treinta años, la historia del arte español entró en una era de reconstrucción a fondo, mediante nuevas investigaciones de todo género. Todos estos diez lustros han sido una verdadera preparación para el libro espléndido que nos ha dado el Marqués de Lozoya. Síntesis apretada y diáfana al mismo tiempo, de las manifestaciones artísticas sucedidas desde el período cuaternario hasta la época romántica inclusive. Y esto no sólo en España y Portugal, sino en los países colonizados por castellanos y portugueses, siempre que el arte producido en tierras extra-peninsulares «responda al impulso recibido de las metrópolis, y no exclusivamente a la actividad de las razas indígenas».

Mano maestra se necesitaba para deducir las líneas, limpias, de puro valor arquitectónico, directrices constantes de escuelas y modas sucesivas, del enorme acervo de monografías, artículos de revistas, notas de arte esparcidas en multitud de publicaciones españolas y extranjeras. El Marqués de Lozoya ha hecho acopio, more benedictino, de cuantas piedras finamente labradas le ofrecía la erudición y la crítica artística. Sobre este rico material ha [98] ejercido con certero criterio un trabajo previo de selección y depuramiento. Luego ha sabido apartar a un lado todo lo problemático, lo hipotético e inseguro, y por último, ha trazado la ordenación del contenido artístico de cada período histórico.

El docto Marqués quiere en vano vestir de modestia su parte personal en la obra. «Apenas hay en este libro nada de original», nos dice en el prólogo, con sincera pose de verdadero sabio. La originalidad de una síntesis tan vasta no podía consistir en la investigación propia y personal del autor. Tenía que ser la que es: originalidad de arquitecto, que impone la marca de su genio al conjunto, de trabajos aislados.

En efecto, el plan del libro es claro en su concepción y bello en su desarrollo. Al principio de cada capitulo, encuentra el lector definido y delimitado el periodo de que se trata; vienen después sus características fundamentales y acaba el capítulo con la bibliografía más completa que hasta ahora existe. La exposición prescinde sabiamente de un excesivo tecnicismo y pone el asunto al alcance del gran público. Por último, la parte gráfica, por su riqueza cuantitativa y de calidad, contribuye a dar al libro de Lozoya todo su valor.

De la utilidad práctica de esta Historia del Arte Hispano, baste decir que a las contadas semanas de haber salido de las prensas, era un libro familiar a la clase estudiantil, un libro clásico, al modo del Santa María de Paredes o del Muñoz Ribero. La necesidad de un libro de esta clase se dejaba sentir de tal manera en las aulas de Filosofía y Letras, que ya era de temer que un escritor extranjero viniera a llenar el vacío, y tuviéramos otro caso como el de Fitzmaurice-Kelly. Por fortuna, el ilustre catedrático de la Universidad de Valencia ha servido bien a la patria y a la cultura nacional, acometiendo tan oportuno trabajo, y dándole cima tan felizmente.

El Marqués de Lozoya puede estar satisfecho de su labor. El éxito de su Historia irá cada vez en aumento, y por muchos años su nombre estará entre los consagrados en el mundo culto.

E. V. L.
[Eugenio Vegas Latapié]

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Técnica del golpe de Estado,
por Curzio Malaparte

Las ideas políticas del mundo, en los siglos que precedieron a la revolución francesa, podían concretarse en la afirmación [99] monárquica hereditaria como regla general, y, en casos rarísimos, el régimen electivo circunscrito a un número muy reducido de personas, que lo ejercían no como delegados del pueblo en concepto de masa numérica, sino como derecho propio de ellos.

El concepto que del gobierno se tenía era el de un arte de gran dificultad, cuyo aprendizaje había de comenzar desde la cuna; arte que suponía una obligación ineludible del Monarca de procurar el progreso y bienestar de sus pueblos. El oficio de Rey gozaba de grandes preeminencias, pero también constituía una verdadera servidumbre, «una gleba sublime» en beneficio del pueblo. El aforismo medieval «Populus prior princeps» fue siempre tenido en cuenta por Reyes tan absolutos como Felipe II y Luis XIV, pues el absolutismo de éstos se refería a que en los problemas del Estado, previa consulta e informe de los más esclarecidos varones del Reino, el Rey, educado con esas miras desde la infancia, decidía por sí; pero siempre, en el terreno de los principios, persiguiendo el bien del pueblo, a la inversa de lo que ahora acontece, también en el terreno de los principios: que por referirse los problemas al interés del pueblo, las soluciones se buscan en lo que en un momento dado opinen la mayoría de los habitantes del país, hombres y mujeres, ignorantes en su totalidad o casi totalidad del asunto que se les consulta. Si, como Napoleón decía, «más vale un general aunque sea mediano que dos aunque sean muy buenos», ¿qué habrá de pensarse de la solución que proporcione, no dos generales muy buenos, sino innumerables masas de ignorantes?

La revolución francesa, previamente preparada por los filósofos del siglo XVIII, propagó por el mundo el principio de la soberanía popular, sirviéndole de medios para la implantación de estos principios la espada de Napoleón y las maquinaciones de las sociedades secretas.

Un siglo ha permanecido el mundo entero sumido en continuas agitaciones, que se acrecentaban a medida que la democracia avanzaba, empobreciendo y debilitando a los pueblos hasta conducirlos al borde del abismo. En este momento, que coincide con la conclusión de la guerra, gran número de espíritus selectos se han formulado la angustiosa pregunta de si los pueblos tienen derecho al suicidio, al que caminan creyendo ir en pos de la salud, o si la salud de la nación debe serle impuesta [100] empleando los medios precisos, aun en contra de su voluntad, exactamente igual que acontece con los individuos a los que se prohíbe el suicidio y se les impide, contra su voluntad, la adquisición de productos tóxicos.

Para salvar a los pueblos de la ruina, a que caminan arrastrados por sus asambleas deliberantes, en muchos países, grupos de patriotas, equivocadamente o no, se han apoderado del gobierno del Estado. El estudio de los medios que se han empleado para ello constituye el sugestivo tema de la obra de Curzio Malaparte.

No cabe en los límites de esta crítica el ocuparse determinadamente de los distintos capítulos de la «Técnica del golpe de Estado».

De gran interés es el estudio del golpe de Estado bolchevique y la táctica de Trotsky y el golpe de Estado fracasado de Trotsky contra Stalin.

Mayor interés aún presenta el capítulo que estudia el golpe de Estado dado el 13 de marzo de 1920 por el general von Luttwitz, en Berlín, arrojando momentáneamente del Poder al canciller Bauer. Las tropas sublevadas se hacen dueñas de la situación; pero el Gobierno Bauer, antes de retirarse, había dirigido un llamamiento al proletariado para invitar a los obreros a declarar la huelga general. He aquí la página de Malaparte que pinta la situación de Prusia, triunfante ya el golpe de Estado:

«En la noche del 13 al 14 de marzo Berlín apareció sumido en un sueño profundo. El alba encontró a la capital sin pan, sin agua, sin periódicos; pero tranquila. En los barrios populares, los mercados estaban desiertos; la interrupción del tráfico ferroviario había cortado los víveres a la ciudad. Y la huelga, como mancha de aceite, se extendía a todos los empleos, públicos y privados. Los telefonistas, los telegrafistas, no se presentaban en sus oficinas. Los Bancos, las tiendas y los cafés permanecían cerrados. Gran número de funcionarios, incluso en los Ministerios, rehusaban reconocer al Gobierno revolucionario.»

Cuando el general van Luttwitz y su compañero Kapp quisieron poner en marcha los servicios públicos, era ya muy tarde. La parálisis había ganado la máquina misma del Estado. Kapp y Luttwitz hubieron de abandonar el Poder, al que volvió Bauer, triunfador. [101]

El estudio de la técnica seguida por Mussolini para preparar su advenimiento al Poder puede servir de ejemplo demostrativo de cómo puede triunfar un golpe de Estado teniendo en contra masas obreras organizadas: basta con desorganizarlas.

No hemos de terminar estas consideraciones sin hacer presente el error padecido por Malaparte al enjuiciar la dictadura de Primo de Rivera y afirmar que la complicidad de D. Alfonso XIII fue la clave de la venida de la Dictadura. Primo de Rivera, según se escribe en la Técnica del golpe de Estado, no fue sino un juguete en las manos de D. Alfonso XIII; fue un dictador a la fuerza, un «Bonaparte malgré lui». Afirmaciones todas ellas que en España no son creídas ni por los miembros de la famosa Comisión de Responsabilidades.

La obra que estudiamos merece ser leída. No es obra de principios y de doctrina políticos: es sólo de procedimientos. Trata de analizar los medios con que la Contrarrevolución puede imponerse, supliendo a la masonería y al judaísmo de que se sirvió, y aún se sirve, la Revolución.

E. V. L.
[Eugenio Vegas Latapié]

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Napoleón,
por Jacques Bainville

Cuando apenas se había terminado de criticar el Napoleón, de Emil Ludwig, el ilustre historiador francés Jacques Bainville publica, con el mismo título, otra biografía del republicano jacobino que llegó a emperador.

No es suficiente, para formar un juicio acabado de Napoleón, haber leído unas cuantas decenas de volúmenes seleccionados de entre los varios millares que sobre la epopeya napoleónica y sobre su héroe se han escrito. Es preciso leer el Napoleón, de Bainville.

La vida de Napoleón, tal como nos la pintan la inmensa mayoría de los autores, parece, más bien que la vida de un hombre conocido por nuestros abuelos, un cuento de hadas, al final convertido en tragedia. Nada excepcional presenta la historia de Napoleón hasta que llega a teniente, y, aun concediendo una gran intervención de la fortuna, hasta que fue general. Pero después, y habida cuenta de las circunstancias, ¿cómo el destino de Bonaparte se insertó en ellas? ¿Cómo los frutos maduraron para él [102] y no para otro? Estas preguntas se las hace constantemente Bainville, unas veces expresa y otras tácitamente, en el curso de las 600 páginas escasas de su obra, y con singular acierto ha conseguido hacer perfectamente comprensibles todos los momentos, de ordinario oscuros, de la maravillosa historia.

Pierre Gaxotte, al comentar este libro, destaca en primer lugar esta característica de tanto valor, y así, escribe: «¿Cómo una fortuna que se sale en tal grado del orden común ha sido posible? ¿Cuáles han sido las razones generales y particulares? ¿Qué parte corresponde al hombre? ¿Cuál a las circunstancias? ¿Cuál al acaso? Es esto precisamente lo que M. Jacques Bainville ha tratado de determinar. Y esta química sutil constituye la extraordinaria novedad de su libro.»

Puesto a hacer una crítica detallada de la obra que nos ocupa, sería menester gran número de páginas, que excederían con mucho a los límites trazados a la misma.

Por ello, haciendo caso omiso de muchísimos capítulos de interés, no sin antes recomendar su lectura, trataré únicamente de poner de relieve la explicación que Bainville da a uno de los momentos de máximo interés, no sólo de la vida de Napoleón, sino de la marcha total de la revolución, y es cuando el primer cónsul se hace proclamar emperador por los republicanos y asesinos de Luis XVI. ¿Cómo explicar que gran número de jacobinos aconsejen a Bonaparte que se eleve a la dignidad imperial? Bainville, muy acertadamente, sitúa la cuestión, que sintetizo muy someramente, en estos términos: Caído y ejecutado Robespierre, la reacción gana camino, y ante la sublevación de las secciones de París contra la Convención, en el año 1925, el 12 Vendimiario, el general Bonaparte, nombrado adjunto de Barràs para reprimir el movimiento, lo consigue; pero dejando en las calles 400 cadáveres de moderados y monárquicos.

Todos los actos posteriores de la Convención y sus más distinguidos miembros, incluso el golpe de Estado del 18 Brumario, que preparó el regicida Sieyes y en el cual Napoleón consiguió elevarse al Consulado, y posteriormente ser designado primer cónsul, no tienen otro objeto que impedir el triunfo de la reacción o la vuelta al terror. Los poseedores de los bienes robados a la Iglesia, los asesinos de Luis XVI, están prontos a todo menos a que vuelva la Monarquía, pues temen verse obligados a [103] restituir los bienes ajenos y a tener que rendir cuentas del regicidio.

Los triunfos de Napoleón en Italia, la paz de Campo-Fornio y el bienestar que en aquellos momentos disfruta Francia, hacen temer a muchos la muerte del primer cónsul, y Bainville escribe: «Emigrados vueltos, y son numerosos, que tienen todo que temer de una recaída en el jacobinismo después de la desaparición de su protector; revolucionarios comprometidos, que presumen la vuelta de los Borbones; masa intermedia, que no quiere ni reacción ni revolución, por todas partes estaban espantados con la idea de ver perecer al primer cónsul.»

El descubrimiento del atentado preparado por el realista Cadoudal estremece a media Francia. El Poder, en estos momentos, no se concibe más que en manos de Bonaparte, y por ello, los jacobinos irreductibles y los monárquicos dirigen contra él sus tiros. La revolución puede ser muerta en un solo hombre, y, para los republicanos, la dictadura también. «En la sombra –sigue escribiendo Bainville– la muerte se prepara.» Y «si un puñal, una pistola consiguen su objeto, ¿quién sucederá al general Bonaparte? En esto, por casualidad o por designio, la Constitución está muda. Y este silencio, «este vacío en el pacto social», estimula a los matadores, puesto que la muerte del hombre pondrá de nuevo todo en cuestión. Entonces, el pensamiento que comienza a nacer es que el sucesor eventual debe ser elegido por anticipado, designado por Bonaparte mismo, para desanimar a los asesinos... Las conspiraciones dirigidas contra el primer cónsul se convertían en uno de los elementos de su política. O le matarían en la esquina de una calle, o le llevarían al Imperio.»

Para evitar la inestabilidad y la vuelta posible de la Monarquía o del terror; para evitar que todo pueda ser vuelto a poner en discusión; para evitar ansias sucesorias de los envidiosos, y, en fin, para desanimar a los asesinos, se hacía preciso que todos vieran que la desaparición de Napoleón no implicaría la de su política ni dejaba el puesto a disposición de los ambiciosos, era preciso que en vida se le señalase un sucesor, y de esto al gobierno hereditario, que en este caso se llamó imperial, no había siquiera un paso. Los regicidas, la clase neutra y algunos emigrados, gritaron: «¡Viva Napoleón!», para, en caso de su muerte, no tener que apelar al funesto sistema electoral y libre juego de las ambiciones, y poder gritar: «¡Viva Napoleón II». [104]

No quiero terminar sin recomendar a quien esto leyere la lectura de toda la obra, y, en especial, de los capítulos en que Bainville afirma y demuestra que las dos batallas más decisivas en la historia de Napoleón llevan nombres españoles, y son Trafalgar y Bailen.

Imposibilidades de espacio, me obligan a no comentar episodios de tanto interés en los destinos del, en frase de Víctor Hugo, «destronador de veinte reyes», en que jugaron principalísima parte nuestros mayores.

E. V. L.
[Eugenio Vegas Latapié]

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Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo.
Número extraordinario en homenaje a D. Miguel Artigas. Vol. I. Santander, 1931

El ilustre director de la Biblioteca Nacional ha dejado en Santander los rasgos bien trazados de una escuela literaria. Han sido catorce años los que D. Miguel Artigas ha pasado en aquel santuario de los bellos libros fundado por el inmortal autor de «Los Heterodoxos Españoles». En esos años, los mejores tal vez de su vida, Artigas trabajó, hizo trabajar y enseñó a trabajar. El Boletín de la Sociedad Menéndez Pelayo fue imantado a un selecto número de investigadores, fue atrayéndolos, primero, de la Montaña, luego de Vasconia, últimamente de todas partes, a una colaboración que paso a paso adquirió aire de escuela. La colección del Boletín es una ejecutoria de familia, cuyo tronco es el gran polígrafo montañés. El espíritu de Menéndez Pelayo es el que vivifica indudablemente esta familia; pero Artigas ha sido el hábil genealogista que ha dispuesto la ejecutoria, para que los miembros de este espiritual linaje tuvieran un solar conocido y reconocieran sus mutuos vínculo de solidaridad.

Este aspecto de la obra de Artigas en Santander no ha podido pasar inadvertido, antes bien, ha tenido plena manifestación en un homenaje que sus amigos de trabajo y sus colaboradores del Boletín de la Sociedad Menéndez Pelayo han organizado. Este homenaje es un grueso volumen de artículos y monografías histórico-literarias, dedicado al antiguo bibliotecario de Santander.

Este género de homenaje arraiga cada día más en España. La razón es evidente: cada día va habiendo más maestros, cosa que [105] no es lo mismo que haber más sabios o más hombres eminentes en un sector determinado de la cultura. Nunca han faltado entre nosotros verdaderas notabilidades científicas; pero nunca han formado escuela. Han trabajado aisladamente, en hosca y soberbia independencia, tal vez con malsano recelo de la emulación o del empate, a veces con manifiesto egoísmo, que no han dudado en explotar a los discípulos, en vez de ayudarles. Así se puede ser sabio, pero no se puede ser maestro. La colaboración espiritual necesaria para hacer discípulos ha escaseado siempre en España. Desde el momento que han surgido maestros, empezaron a sonar entre nosotros los nombres de escuelas diversas: la escuela de Cajal, la escuela de Codera, la escuela de Hinojosa... Los libros-homenajes nacen al calor de esta comunicación intelectual, que constituye en familia a los cultivadores de una misma parcela del campo científico.

La fecundidad del espíritu de Menéndez Pelayo no podía menos de producir frutos de esta clase. Ya lo decía el maestro con cierto aliento profético, en el discurso de contestación a Bonilla San Martín:

Si no vencí reyes moros,
Engendré quien los venciera.

Nació, en efecto, en Santander, alrededor de la Biblioteca Menéndez Pelayo la Sociedad de su mismo nombre, y con la Sociedad, el Boletín a que hice antes referencia, y tras tan benemérita publicación nacieron una serie de actuaciones culturales, y ya empieza a irradiar el foco menéndezpelayista santanderino, al otro lado de la Montaña; en Madrid otra Sociedad de amigos del gran polígrafo, dispuesta a secundar su obra esplendorosa.

El grueso volumen de que damos cuenta, con una veintena de artículos eruditos, comprueba la verdad de lo que decimos. Toman parte en este homenaje Luis de Escalante, Eduardo de Huidobro, A. Giménez de Soler, Fernando Barreda, M. Núñez Arenas, Narciso Alonso, Cortés, Mercedes A. de Bago, Elías Ortiz de la Torre, Miguel Herrero, Alberto López-Arguello, J. Fernández Regatillo, P. Pérez de Urdel, Manuel Llano, el Marqués del Saltillo, Rodolfo Gronman, Cipriano Rodríguez Aniceto, Mateo Escagedo, E. Sánchez Reyes, Aurelio M. Espinosa e Ignacio Aguilera Santiago.

Es libro limpio y lujosamente impreso, como para servir de homenaje a un prócer de las letras patrias. [106]

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Obras completas de D. Juan Vázquez de Mella
vol. V.

Este volumen lleva el epígrafe general de La persecución religiosa y la Iglesia independiente del Estado ateo, por el que será designado entre las obras, completas de Mella. Su contenido es el siguiente: una serie de artículos publicados en El Correo Español, entre 1889 y 1890, y el magno discurso pronunciado, en un teatro de Santiago en julio de 1902. Esta pieza oratoria, rehecha y cuidada a posteriori, por Mella, ocupa tres cuartas partes del tomo, y constituye una magistral exposición de la doctrina tradicionalista referente a las relaciones de la Iglesia y el Estado. Sirve de entrada a estos escritos de Mella un buen prólogo de don Manuel Senante.

El éxito que esta colección de obras completas está teniendo en librería, causa asombro a todos los organismos técnicos de venta y servicio de libros. Es algo así como una revelación, ver agotarse las copiosas ediciones de artículos y discursos pletóricos de doctrina contraria a las instituciones democráticas, que parecían la solución definitiva del mundo político. El público que lee y que paga libros, que en España no es tan denso como en Francia, ni como en otras partes de Europa, muestra hoy más inclinación a las elucubraciones políticas del tradicionalismo español, que a una novela, aun de las de primeras firmas. Las cifras de los editores son contundentes a este respecto. No digamos a qué distancia se quedan de las obras de Mella, comercialmente hablando, las producciones que ideológicamente son su antítesis. Sólo algún escritor que explota la patología sexual, puede ufanarse, en la acera de enfrente, de obtener un éxito parecido.

Creemos tener derecho a interpretar esta realidad. La crisis abierta en los espíritus para las ideas y las instituciones democráticas es tan honda como evidente. De esa crisis brota la curiosidad por saber qué se piensa al otro lado del hermetismo estéril en que el pasado siglo encerró las almas. Existe incontenida ansia de hallar soluciones políticas para los problemas del Estado. Y el hallazgo de semejantes soluciones en estas páginas de Mella, tiene caracteres de verdadera sorpresa. Todo el movimiento ideológico que conmueve a Europa actualmente contra la concepción antidemocrática de la vida pública, todas las críticas que desde [107] el campo maurrasiano caen apabullantes sobre el Estado inestable, sobre la soberanía popular, sobre el sufragio y el parlamento, se encuentran ya perfecta y sólidamente elaboradas en Vázquez de Mella. Por donde lo más viejo, lo más tradicional, viene a resultar doctrina política de última moda.

Doctrina, y además método. Esta es la característica fundamental del tradicionalismo español, y en lo que se diferencia de los doctrinarios veteados de tradición y democracia, que pululan en los aledaños de la tradición. Los principios los profesan en todo o en parte muchos escritores y estadistas, incluso del canovismo; pero la firmeza en la defensa de su viabilidad, la constancia en la afirmación de su necesidad, y la lealtad al contenido de sus esencias antidemocráticas, no se halla más que en los escritos de Mella y de su escuela. Es tal la intoxicación democrática, que aun afirmando los principios contrarios, caen muchos en el contrasentido de esperarlo todo de un estado de opinión favorable, de la atracción de los más, del logro de una mayoría, en último término. Mella no tropezó nunca en tan burdas contradicciones. Su hostilidad al sistema de transigencias, de entregas parciales al enemigo, fue siempre implacable. Fit via vi; el camino se abre por la fuerza; la verdad vale más que la opinión; un golpe de fuerza da hecho en un momento lo que tardan siglos en hacer mil cosquilleos de estéril dialéctica.

Semejante posición, diametralmente opuesta a la táctica liberal, que nuestros mismos enemigos nos han enseñado, para nuestra ruina, reviste de novedad las obras de Mella, y señala a la juventud métodos más viriles, más sanos y más españoles, de lucha y de acción.

M. H. G.
[Miguel Herrero-García]


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