Acción Española
Madrid, 1.º de enero de 1932
tomo I, número 2
páginas 193-202

Miguel Herrero-García

Actividades culturales

El primer centenario del Conservatorio de Música de Madrid ha llenado con sus fiestas conmemorativas los mejores días de la última quincena. El Conservatorio, hasta hace poco ornado con el título de Real, ha querido por primera vez ponerse en contacto con el gran público: conferencias, conciertos, actos de declamación, han atraído hacia la primera institución musical la atención pública. Pero más que celebrar el centenario de un Instituto sólidamente acreditado, parecía que los antedichos actos, se colocaban a la defensiva y dejaban presentir el temor de una agresión.

En efecto, el organismo musical recientemente creado por el Ministerio de Instrucción Pública, ha suscitado miedo dentro de aquella torre de marfil, orgullosa de su independencia, que venía siendo el Conservatorio. Creado éste en 1831 por la reina María Cristina de Nápoles, no pudo, a través de los años, evadirse del ambiente mefítico que los antiguos políticos infiltraban en todas las instituciones patrias. María Cristina aspiró sin duda a emular en Madrid el Conservatorio de Nápoles, seminario de muchísimas eminencias de «bel canto». Cuenta D. Juan Valera, en sus cartas familiares, que siendo él agregado a nuestra Embajada de Nápoles, visitó la soberana española su antigua patria y que en esta ocasión el Conservatorio, famosísimo, desde 1337, fue una de las instituciones napolitanas, que con más afecto homenajearon a la egregia visitante. Es, pues, indudable que María Cristina tuvo el pensamiento de reproducir en Madrid la gloria musical de Parténope. Pero los reyes proponen y los políticos disponen. El Conservatorio, en el que nunca han faltado grandes [194] figuras, no evitó nunca el dejar fuera de sus puertas a otras figuras no menos grandes, para ocupar los puestos que a ellas eran debidos con valores mediocres y pobres medianías.

Al surgir la nueva Junta Nacional de Música con atribuciones máximas para organizar este aspecto de la cultura, se ha planteado el problema de renovar el Conservatorio, o de crear una Escuela de música superior a él. La alarma está, pues, justificada entre el personal afecto a las enseñanzas del Conservatorio. Sea cual fuere el resultado y solución que se dé a este problema, el Conservatorio cuenta entre su profesorado actual con elementos de enorme valía que ser imprescindibles en cualquier modificación que se haga en los estudios musicales de España.

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Un nuevo profesor universitario acaba de entrar por la puerta de la oposición a la cátedra de Filosofía del Derecho, de Santiago. D. Enrique Luño Perla, joven aragonés, criado por la Universidad de Zaragoza con ese carácter que en las Universidades inglesas recibe el nombre de «scholar», ha recorrido desde los estudios del Magisterio hasta la cátedra que acaba de ocupar, uno carrera de laboriosidad y de entusiasmo ejemplar. En 1925 amplió sus estudios de Derecho en Italia, y en 1927 en Alemania. Estas incursiones en la cultura europea dan al nuevo profesor la amplitud de conocimientos necesaria para una labor fecunda en nuestra vieja Universidad.

Del mismo campo de Minerva hemos aún de recoger dos producciones literarias que honran a la juventud de nuestro profesorado: el Marqués de Lozoya, catedrático de Valencia, ha publicado un bello libro que nos revela otra de sus múltiples facetas de escritor. La alquería de los cipreses inscribe el nombre de Lozoya en el catálogo de nuestros novelistas.

De la Universidad salmantina ha salido un original trabajo histórico sobre el judío medieval Abraham Zacut. El profesor D. Francisco Cantera Burgos es el autor de esta erudita monografía, que viene a esclarecer con nueva luz el ambiente de la cámara regia de Alfonso el Sabio. [195]

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Varias conferencias, muy notables algunas de ellas, han tenido lugar en las pasadas semanas. Disertó en Madrid el ilustre Conde de Rodezno, tradicionalista de abolengo y hombre de extensa cultura histórica. Su elocuente discurso sobre la política actual vista a la luz del tradicionalismo, mantuvo pendiente de sus labios, durante cerca de dos horas, a un público enardecido. El Conde de Rodezno, con aquella diafanidad de palabra que tanto luce en su libro reciente sobre Carlos VII, diseccionó la política del Gobierno republicano, acusándola de destructora de la riqueza nacional y malversadora del espíritu genuinamente español. Para Rodezno, las formas de gobierno no son indiferentes; sean los hombres los que fueren, su acción gubernamental debe necesariamente filtrarse a través de instituciones y de leyes que dan determinado color a los actos de gobierno. La democracia, esencia de la forma republicana, no puede dejar de producir hechos como los que lamentamos en la actualidad, a pesar de toda la buena intención de los gobernantes.

La resonante disertación que acaba de tener en París nuestro original pensador D. Eugenio d'Ors, ha despertado el interés de los centros intelectuales sobre el curso de conferencias de que forma parte la de nuestro ilustre compatriota. Un autorizado cronista parisino ha accedido a satisfacer el anhelo de Acción Española de informar sobre los importantes actos culturales que tienen lugar en el «Vieux Colombier». El cronista aludido escribe así:

«Autor de un 'Virgilio', escrito a la manera biográfica del 'Goya' de nuestro Eugenio d'Ors, es decir, según lo que hoy se denomina en Francia 'historia de presencia', Robert Brassillac es, a los veintitrés años de edad, uno de los más autorizados críticos del mundo literario de París. Sus folletones en L'Action Française se leen siempre con interés. En ellos, y en La Revue Universelle, bajo forma de encuesta, Brassillach ha iniciado y logrado, dar amplio ambiente al tema de la liquidación de una generación, la de la 'Tras-Guerra'; la cual, en toda y en todas partes, se ha manifestado como servidora de la anarquía intelectual y social, al modo como lo habían sido sus abuelos, los de la generación llamada 'Fin-de-Siglo', que en España puede identificarse con la llamada 'generación del 98'. [196]

Aquella liquidación es un hecho y también la entrada en escena de una nueva promoción, animada por mejor y más sano espíritu. Con ella se restaura la apetencia de nuevas disciplinas, la conquista de un Orden Nuevo (éste es, justamente, el nombre que ostenta una de las agrupaciones políticas juveniles más vivaces del París actual), el cual, después de todo, no es otro con que el Orden Eterno. Y, para definir este reciente y ya fecundo estado de espíritu, una serie de conferencias, una especie de curso ha sido organizado y viene celebrándose, que ha empezado por una revisión, relativa a los problemas estéticos, ordenada bajo el título general de 'La renovación de las formas clásicas' en el famoso teatro del 'Vieux-Colombier'.

Un público ardiente y entusiasta viene siguiendo al desarrollo de estas conferencias, cuyo abono ha constituido en París un éxito a la vez artístico y mundano. Jacques Copean, el ilustre fundador del 'Vieux-Colombier' abrió la serie hablando de la renovación de las formas clásicas en el teatro. Jacques Reynaud, director de Latinité y Henri Charpentier (a quienes puede considerarse como los poetas, representantes del nuevo estilo), han definido aquí un ideal de poesía. El estudio de la danza ha corrido a cargo del erudito André Levinson; el de la música, del crítico O. O. Ferrond. Henri Ghéon, apóstol del nuevo teatro católico, ha incluido en el cielo una conferencia monográfica sobre Mozart, ejemplo inmortal de clasicismo. Para definir el nuevo ideal en las artes figurativas, los organizadores de aquél habían llamado a un español, a Eugenio d'Ors. En cada una de estas sesiones la disertación doctrinal está acompañada por ejemplos, recitados, proyecciones, conciertos, representaciones teatrales de estudio.

La sesión de Eugenio d'Ors ha tenido lugar el último 19 de diciembre. A la indicación del objeto de la conferencia dentro de la serie, el conferenciante había hecho seguir este subtítulo: Carnavel, Carême, Mi-Carême et Pâques dans l'Art contemporain. El panorama general de la pintura, de escultura y aun de la arquitectura actuales, comprende, en efecto, los sectores correspondientes a estos cuatro enunciados simbólicos. El 'Carnaval' según Eugenio d'Ors, viene caracterizado por las supervivencias del impresionismo, que todavía ofrece manifestaciones brillantes, siempre con las notas (justificativas de aquel título) de una extrema licencia, de un sensual recreo, de una ausencia de composición [197] y de sentido constructivo; de una falta, para decirlo en una palabra, de responsabilidad. Al auge del impresionismo sucedió, a los comienzos del siglo presente, un período de penitencia en el arte, en que el recreo de los ojos, el aspecto de las cosas, su prestigio sensual fueron, primero violentados y luego sacrificados al vigor constructivo, al ejercicio geométrico: esa tendencia, que ya se inicia en Cézanne y llega a su máximum en el cubismo y en otras escuelas estructuralistas es lo que Eugenio d'Ors califica lúcidamente de 'Cuaresma', aludiendo a la vez a su ascetismo y a su carácter interino y de 'ejercicio'... Pero, a lo mejor de esta reacción, surgieron la Guerra europea y el período llamado la 'Tras-guerra', caracterizados los dos por una recaída en la vocación de anarquía. Esta vocación tradujo también en el arte, donde la razón dimitió de nuevo, abdicó sus fueros y la licencia carnavalesca se ha reproducido. Lo que en Francia se llama fauvisme, en Italia futurismo, en Alemania expressionismus, lo que en España consideran todavía muchos mal informados como 'arte de vanguardia' representan esta especie de Mi-Carême. Pero, a última hora una nueva tendencia restauradora de los valores eternos se ha abierto paso. Aprovechando el efecto de los ejercicios abstractos del realismo, esta posición representa una reconciliación entre la geometría y la vida, el arco-de-alianza tendido entre la estructura racional de las cosas y su sensual apariencia; representa un clasicismo nuevo, una verdadera Pascua del arte. El magisterio de Seurat, en Francia, el de una parte de la obra de Hodler en los países germánicos, guía y avalora esta cuarta sección del Arte contemporáneo.

Como todas las demás de la serie, esta conferencia del teorizador español confirmaba las especulaciones con documentos. Por la pantalla de proyecciones, instalada según una fórmula técnicamente muy curiosa en el escenario del 'Vieux-Colomber' desfilaron sucesivamente reproducciones de obras de Bonnard, Vuillard, Manquet, Pascin, para representar el 'Carnaval'; de Cézanne, Picasso, Braque, Juan Gris, Leger, Delaunay, como significativas de la Cuaresma; Van Gogh, como precursor, representó el fauvisme; a su lado, Matisse, Ronault, Kokoscha, Chagal y de los superrealistas formaron una iconografía de la 'Mi-Carême', coronada por la exhibición de un curioso ejemplo de la escultura de Joan Miró, que representa ya, para el Arte una especie de [198] callejón sin salida. Mas luego desfilaron, visión consoladora, las imágenes pascuales; el gran Seurat, el gran Hodler, los primeros; Picasso, de nuevo, los alemanes de la Neue Sachlichkeit, el español Togores, el mexicano Tarraga, y, más decididamente neoclásicos que nadie, los maestros italianos de la nueva promoción, los Chirico, Tozzi, Carra, Severini...

La demostración continuó todavía en el capítulo de la mise-en-scène. Una pequeña representación de teatro de estudio concluyó la conferencia. La famosa Compagnie des Quinzé, constituida por los discípulos de Copean y la Petite scène, cuya animadora es Mme. Rivain ofrecieron al público escenas o actos enteros del 'Pelleas', de Maetirlinch, representación tras de allí (no sin ironía maliciosa) de las tendencias musicales y decadentes del arte teatral de ayer y del 'Prometeo' de Esquilo, o de la Bataille de le Marne, la obra de Obey, coronada por la Academia Francesa, como muestra las dos de un ideal óptico y plástico en la dramaturgia, que siendo la fórmula de la tragedia griega, es también la de las manifestaciones más significativas de la actual.

Después de esta conferencia, verdadera solemnidad en la vida intelectual de París, la de Henri Cheon sobre 'Mozart en discos' volvió a reunir a los entusiastas y a los curiosos del ideal nuevo, dándoles un nuevo ejemplo de sentido de eternidad en el Arte y de la perenne juventud de las formas clásicas. La sesión del crítico O. O. Perront, acompañada de un concierto de música de última hora corona la serie, este día 8 de enero.»

Si en España nuestra juventud pudiese recibir directamente el influjo de semejantes lecciones, no sólo la atmósfera estética e intelectual, sino la social y política, empezarían muy pronto a ser más respirables.

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Las fuerzas antirrevolucionarias que luchan en el mundo han perdido dos de sus hombres de «élite». El cardenal Luis Billot, jesuita, ha muerto en Galloro, donde vivía retirado desde que en 1927 depuso la púrpura cardenalicia ante el Soberano Pontífice. Aunque no queramos hacernos eco de la explicación extraoficial que en todo el mundo se ha dado a la dimisión del cardenal Billot, [199] es lo cierto, porque así consta irrebatiblemente, que el difunto cardenal militó siempre en las avanzadas antiliberales. fue un teólogo eminente, y en la luminosidad de su ciencia no pudo pactar jamás con las falsedades y los mitos de la democracia.

Fue asimismo un hombre piadoso y lleno del espíritu ignaciano, que le llevó siempre a sentir y pensar con los que en Francia combatían a la revolución en la vanguardia del legitimismo.

Cuando la suprema autoridad del Papa condenó a L'Action Française, el Cardenal Billot juzgó que su puesto estaba en el retiro y en la oración más que en la corte pontificia. Desprenderse de la púrpura no era para él gran sacrificio, puesto que llevaba debajo de ella la sotana de la Compañía. Su acto de humildad por una parte, y de acatamiento delicado a Pío XI, han revelado una vez más al mundo el temple de alma de los hijos de San Ignacio.

La otra pérdida es la de Arnaldo Mussolini. Mientras en París triunfa en los carteles la obra histórica del «duce» acerca de Napoleón, el fascismo ha recibido con la muerte del eximio periodista de Milán un golpe irreparable. La prensa en general rinde en estos días un tributo de admiración al hermano de Mussolini, que solamente en aras del esplendor del jefe fascista ha podido ocultar en parte sus eminentes dotes.

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El Observatorio del Ebro, fundado y dirigido por los Jesuitas españoles en Tortosa, ha celebrado este año que acaba de pasar, el XXV aniversario de su fundación. Con este motivo, la revista técnica Terrestrial Magnetism and Atmospheric Electricity, que se publica en los Estados Unidos, ha hecho una honorífica apología del Observatorio, de la cual nos es grato resumir las principales ideas.

«En vista, dice, del importante lugar que en las investigaciones astronómicas y geofísicas ocupa el Observatorio del Ebro y de las valiosas contribuciones hechas de tiempo en tiempo, a las páginas de esta revista, por su Director, el P. Luis Rodés, parece apropiado que aprovechemos esta ocasión de su vigésimo quinto aniversario para constatar nuestro aprecio y admiración por el precioso trabajo llevado a cabo. Aunque la inauguración privada [200] del Observatorio fue el 8 de septiembre de 1904, su existencia oficial se cuenta a partir del día del eclipse total del 30 de agosto de 1905, ya que, como dijo con gracia su Director en su discurso del aniversario, es preferible que una institución científica comience con un eclipse total que no terminar con él. No obstante, la celebración del XXV aniversario fue aplazada, hasta el 26 de octubre de 1930, por el deseo de inaugurar al mismo tiempo el 'Pabellón Lánderer', destinado a Biblioteca y Museo Astrofísico».

Describe después el articulista lo que es el Observatorio, su objeto característico, de investigación física-cósmica, abarcando tres secciones; la geofísica, la electro-meteorológica y la heliofísica, y añade:

«La extensa actividad del Observatorio se refleja en sus publicaciones técnicas consistentes en seis memorias, en las que se describe el trabajo de las diferentes secciones y de algunas investigaciones especiales, y en su «Boletín Mensual», que, comenzado en 1910, publica cada mes los valores numéricos de los elementos registrados en sus tres principales secciones, heliofísica, electrometeorológica y geofísica. Al fin de este Boletín se publican unas curvas que presentan de una manera gráfica los valores contenidos en las tablas que preceden. De un carácter más popular, ha publicado una larga serie de escritos, entre los cuales puede mencionarse el bien conocido volumen «El Firmamento», del P. Roldes, y numerosos artículos de colaboración a revistas y periódicos.»

Sigue después el autor hablando de otros trabajos del Observatorio y termina este laudatorio artículo con los dos párrafos siguientes:

«En cuanto al valor del trabajo relativo a las corrientes telúricas, difícilmente podrá ser lo suficiente apreciado desde el punto de vista teórico. El Observatorio del Ebro es uno de los muy pocos observatorios donde se registran con regularidad las corrientes-telúricas, y tiene a su crédito la más larga serie existente de registro; con su ayuda, ha sido posible establecer comparaciones entre los fenómenos geofísicos durante un considerable número de años, y por primera vez estos estudios han llevado a la confirmación de ciertas teorías, que hasta ahora eran puras hipótesis.»

«La atrevida visión de su fundador y primer director, Padre [201] Ricardo Cirera, que pasó cuatro años viajando, estudiando y madurando planes para este Observatorio, ha venido a ser una realidad durante los primeros cinco lustros de su existencia, y convencidos de las altas cualidades científicas y entusiasmo de su actual director, podemos mirar al porvenir con la completa seguridad de que sus éxitos serán todavía mayores.»

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La Associated Press comunicó el 19 de diciembre pasado a la prensa española que el día de Pascua de Navidad era esperado en Nueva York, a bordo del «Aquitania» el ilustre ingeniero español D. Juan de la Cierva, conocido hoy en todo el mundo por su invento del autogiro. Anunciaba la misma agencia periodística que existía el proyecto de que saliera un autogiro que intentaría descender sobre la cubierta del buque, para recoger a nuestro sabio compatriota y trasladarle al aeropuerto.

El mero anuncio de hecho tan honorífico para España, abre un lugar en esta crónica al nuevo triunfo, allende los mares, del Sr. La Cierva. El autogiro canta en sus innúmeras revoluciones la gloria de España, hoy en Nueva York, como ayer en Inglaterra, en Francia, en todas partes. ¡Si España supiera aplaudir! Pero no lo sabe. Somos un pueblo de brazos caídos, o peor aún, de alma caída a los pies. Cuando apareció en el horizonte la estrella de Menéndez Pelayo, alguien temió que su brillo se menoscabara ante este triste espectáculo de un pueblo que no sabe aplaudir. Entonces contó D. Alejandro Pidal la anécdota de las tres cucañas. Los franceses que alientan a su compatriota, los ingleses que lo miran impasibles, y los españoles que le tiran de los pies para que no suba. Algo de esto sabe dolorosamente el insigne inventor del autogiro.

No es ninguna excepción el caso del Sr. La Cierva. En estos mismos días se ha realizado por la aviación española el bello raid a Guinea, y apenas la nación ha prestado interés al hecho. Y sin embargo, no es difícil recordar aquellos no lejanos días en que España entera, vibrante de emoción, asistía a las proezas del «Non plus ultra» y del «Jesús del Gran Poder». Entonces hubo un verdadero sentimiento nacional que identificó millones de corazones [202] con las hazañas a que iba unido el honor de España. Pero aquel momento pasó. La somnolencia nos invadió de nuevo. Los triunfos de los preclaros españoles no logran despertar hoy la sensibilidad nacional. A este marasmo y abatimiento contribuyen el escepticismo enervante que la política inyecta en todas partes y la infame campaña contra la idea de patria, que hace el comunismo y sus escuelas afines. La frase «hacer patria» debería ser un mandamiento sagrado del decálogo de todos los amigos de Acción Española.

Miguel Herrero-García


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