Acción Española
Madrid, 1 de mayo de 1932
tomo II, número 10
páginas 410-423

Homenaje a nuestro Director

[ el Conde de Santibáñez del Río = Marqués de Quintanar = Fernando Gallego de Chaves Calleja ]

No un banquete más, sino un acto pleno de sentido y de emoción, fue lo que tuvo lugar en el Ritz el 24 de abril. Nuestra Revista, trasunto del espíritu del Marqués de Quintanar, medida de su esfuerzo combativo, juntó alrededor de nuestro Director a sus admiradores y amigos, en tanto número, que pudiéramos llamarlos multitud, si no fueran élite de las letras, del periodismo, de la política y de la aristocracia. ¡Elite de la aristocracia, porque hay clases de clases! Una densa atmósfera emocional envolvió desde el primer momento los ánimos; la línea firme de la ideología de Acción Española zigzagueaba en el ambiente como una culebrina de fuego; cada uno sentía interiormente aquella noche la vibración suma de todas las vibraciones experimentadas en los nueve números de la Revista. Las ideas viejas recibían el homenaje de la juventud, la Tradición se veía rejuvenecida al verse acatada por el presente, y el Marqués de Quintanar, pivote de este movimiento renovador, miraba la intelectualidad reunida bajo el lábaro de su Revista, como el labrador castellano ve las mieses en el mes de abril, promesa ilusionante de granazón y de riqueza en un estío próximo.

D. Eugenio Vegas, secretario de la Revista, inicia los discursos. Con su nerviosa palabra, rebelde servidora de su exaltado temperamento, saluda en el Marqués de Quintanar al aristócrata que sigue viviendo en su ley, en la ley de los caballeros de honor, en esta hora de bochornosas deserciones. Nace historia retrospectiva de la génesis de Acción Española, plasmación valiente de un estado de conciencia difuso, que esperaba desde hacía años, para [411] revestir corporeidad, el arranque de un hombre como Quintanar. Había intelectuales de derecha, había escritores, había valores indiscutibles; pero faltaba un órgano de coordinación y de expresión que hiciera factible su lucimiento y eficaz su influencia. A esto vino Acción Española. Los medios prácticos no abundaron desde un principio; pero los suplió la fe del Director de la Revista. No hubieran tenido una fe inquebrantable en sus ideales, si hubiera dudado que los medios materiales vendrían a posteriori a servir humildemente al espíritu, porque es el espíritu el que rige y encauza la materia.

Enumeró a continuación los oradores que habían de brindar, en representación de las diversas actividades culturales y políticas relacionadas con nuestra Revista, suplicando a todos los asistentes se abstuvieran de añadir ningún discurso fuera de programa.

El Dr. Enrique de Salamanca brindó por el grupo de médicos que redactan la revista Medicina. La elocuencia enjuta, casta, del hombre sabio y bueno, explicó el punto de coincidencia entre dos publicaciones como Medicina y Acción Española. La ciencia médica, tal como el Dr. Salamanca Y sus amigos la conciben, posee adquisiciones definitivas e hipótesis. No levantar las meras hipótesis a la categoría de dogmas, es exigencia de riguroso método científico. Enseñar lo cierto como cierto y lo dudoso como dudoso es, por tanto, servir a la ciencia y además a la conciencia con que deben ejercer la enseñanza los profesores honrados. Con esta consigna viene trabajando la revista Medicina desde hace tres años, y al amor de este ideal han ido agrupándose, cada vez más numerosos, los jóvenes de una nueva generación de médicos, ganosos de restaurar la genuina fisonomía de su Ciencia, limpiándole el rostro de afeites y coloretes postizos.

Algo bastante análogo han visto en Acción Española el doctor Salamanca y los colegas en cuya representación habla. Restablecer la verdadera fisonomía de España, hacer la disección de las doctrinas políticas, para ver con toda objetividad lo que hay de verdad y de error en las ideas despóticamente impuestas por el liberalismo, proceder en política a ciencia y conciencia, como en medicina se debe proceder, he aquí la coincidencia, el paralelismo de método, que une a entrambas Revistas. Las analogías de actividades en campos tan diversos, crea la cordialidad de [412] relaciones entre los hombres de Acción Española y los de Medicina. A unos y a otros los une además la comunidad de fin, el amor a España, faro común, que debe orientar los pasos de todos sus hijos.

El Conde de Vallellano se levanta a brindar en honor del amigo de la juventud, del combatiente de siempre por los mismos ideales. Vallellano, voz de metal y de redoblante dentro del campo monárquico, expresa su complacencia ante el éxito de Acción Española, en cuyas doctrinas ve la única salvación de la patria. No se hable, dice, de la defección de ninguna clase social determinada. Hablemos de la defección de todas las clases, del agotamiento de todas las gallardías, de la desnacionalización de todo un pueblo. Sólo así es posible concebir que altos y bajos presenciaran hace un año con la impasibilidad del idiota o con el acre regodeo del enfermo, aquel derrumbamiento de la Historia de España. Por eso la tarea de hoy no es otra que la de «nacionalizar» la de «españolizar» a España. ¿Bandera? ¿Plan de reconstrucción? No hay otra, no puede haber otra, que el lema de la tradición. (La concurrencia se pone de pie y tributa una delirante ovación). Para llevar a la conciencia de nuestra época ese lema, ilustrado argumentado, hecho luz y eficacia, existe la revista Acción Española. El Marqués de Quintanar sabe perfectamente, como buen ingeniero, dirigir las obras. Hemos de ganar los entendimientos y las conciencias y después hemos de defender virilmente en todos los terrenos esos principios, y esas instituciones que por convicción y por amor viven en nuestras almas.

El Conde de Rodezno, tradicionalismo en línea recta, acento de convicción, maneras de prócer, sumó su discurso con elegante brevedad. La tradición española es el alma de la patria. Dentro de la tradición, desarrollándola, haciendo evolucionar su secular contenido, podemos únicamente dar a España nueva vida, sin que deje de ser España, sin que los españoles nos sintamos divorciados de nuestros antepasados y extranjeros en nuestro mismo suelo.

La revista Acción Española ha puesto en cultivo la tradición, en cultivo intelectual, para reactualizar lo que deba volver a vivir, rectificar, acomodar a los presentes tiempos lo que necesite de rectificaciones. El amor al tradicionalismo, por ser amor, permite [413] esos retoques, y alteraciones, que serían profanaciones, si se acometieran con otro ánimo que el de mejorar, depurar, vivificar las tradiciones mismas.

Los plácemes al Marqués de Quintanar por esta patriótica obra se los dan los tradicionalistas sin regateos de ningún género; y asimismo hacemos votos por el creciente éxito de tan valiosa publicación.

D. Víctor Pradera, verbo de fuego, condensó su discurso diciendo:

«Tanto las palabras pronunciadas por el Sr. Salamanca, como las que hemos oído al Sr. Conde de Vallellano, tienen su explicación en que la Nación es el marco de todas las actividades sociales. Y una Nación no es un momento fugaz de su historia, ni una generación, ni una institución, ni siquiera un conjunto parcial de momentos de su vida, de generaciones e instituciones. Nación es un todo que implica larga y armónica sucesión. Y porque lo sabemos, está anclada en nuestro espíritu la convicción de que sin un enlace permanente en todas esas manifestaciones fenomenales de su vida, la Nación carecería de personalidad, como de ella carecería el hombre, si llegase a faltarle la conciencia psicológica.
La conclusión que de esa convicción hemos sacado nosotros los hombres de Acción Española, es que o España no existe o es su Tradición. Y tanto es el vigor espiritual con que lo propugnamos, que fuera de nosotros invade entendimientos de quienes hace bien poco tuvieron ante lo que llamaban el heredo un gesto despectivo, y ahora van a buscar la tradición en los godos, cuando todavía no eran españoles, sino un pueblo dominador. Y si la Tradición es la Nación, se explica fácilmente que coincidan todas aquellas aspiraciones de diversa naturaleza, pero que son nacionales, como decía el Sr. Salamanca; y que una Nación que fue grande, se presente deprimida, como decía el Sr. Conde de Vallellano, porque en este caso, perdida la Tradición, no es la Nación misma, sino una sociedad desnacionalizada.
Pero si sabemos esto, sabemos también que es falaz el dogma del progreso indefinido. Y no puede serlo por dos razones: la primera, porque tratándose de un ser limitado, su perfección, que es su progreso, debe serlo también en alguna forma; y la segunda, porque la tendencia al mal del hombre, que no goza de la bondad natural, le hace retroceder en su vía y destruir lo hecho por [414] anteriores generaciones. Así una triste experiencia, de la que estamos sintiendo punzadas en nuestras carnes, nos dice que a períodos de placidez, en que el vivir sólo era ya una alegría, se suceden tiempos en que la bestialidad domina, en que no hay más luz que la siniestra de los incendios, en que se masca por todos lados la acritud y la tristeza de la vida y en que morir es una liberación.
Este contraste precisa nuestras concepciones acerca de la Tradición. Si tradición es lo pasado, no todo lo pasado es Tradición. Según la frase de Mella, es tradición lo pasado tomado a beneficio de inventario, y, según el mismo gran orador, sólo la tradición así concebida es el enlace de la sucesión nacional al llevar en su mano la antorcha encendida del progreso para pasarla de generación en generación. Más aún, me atreveré a decir que ella sólo es el progreso.
Cuando una Nación ha perdido su tradición, que es perderse a sí misma, la labor de restituírsela tiene de difícil que hay que conocer todo su pasado, que hay que saber lo que de él hay que separar por no ser tradición, y, finalmente, hay que tener resolución viva y firme de hacerlo. Pensamiento y acción son indispensables en la empresa como en ninguna otra.
Este es él gran mérito del Marqués de Quintanar, el ilustre amigo a quien festejamos. Vio con claridad y actuó con decisión. Su «Acción Española» pasará a la Historia de España y se incorporará a la tradición; porque es el instrumento para españolizar a España, sin que la aspiración de Costa contradiga este propósito, porque cuando España fue española, se dijo de ella que toda Europa era España y España era toda Europa.
De entre sus páginas surgirá la verdadera faz de nuestra Nación así como también la de su fundador; y como yo espero que esta no será la última fiesta que celebremos, que llegará un día en que festejemos nuestro total triunfo, del cual la solemnidad de hoy no es más que el primer escalón, en ese día el Marqués de Quintanar podrá ofrendar en el altar de la Patria los fascículos de su revista, y modificando un tanto la frase del ilustre Marquina, decir dirigiéndose a la Patria:
    Que vos y yo somos así, señora.»

El Director de La Nación, el incomparable periodista Delgado Barreto, [415] accedió a hablar, como era inexcusable, dada su amistad con el homenajeado, aunque, como dijo, la oratoria la tenía él en los puntos de la pluma.

Evoca los tiempos en que el marqués de Quintanar hizo sus primeras armas periodísticas en La Nación. Recuerda con qué emoción fue el cronista de una despedida solemne en plena sierra una tarde de abril, emoción en la que apuntaba un leve tono de optimismo. Esa emoción fue el origen de «Acción Española», en la que vibra el deseo de restaurar a España, pensamiento en el que todos coincidimos; aunque luego nos dividamos en capillitas.

Aboga fervientemente por la unión de todos los que rinden tributo a las instituciones históricas de España.

D. Ramiro de Maeztu se levanta el último a pronunciar un hermoso discurso.

Dice Aristóteles que los hombres no pueden pensar sino con palabras; erró en esto como cuando dijo que las moscas tienen ocho patas. En las notas que he tomado para hablar no hay más que líneas rectas, curvas, un óvalo, más líneas...

Una recta, como todas las líneas, es un punto que se lanza, que vuela, aunque en la línea quebrada no tiene dirección, y en la curva imita al pensamiento, que sólo tiene expansión en la elipse cuando se mueve dentro de una recta que le da la dirección.

Ese ex aristócrata, ex grande de ex España, es recto, da su palabra y la cumple, que no coquetea con la verdad; es recto, y porque es recto y se proyecta en la consecuencia, como una línea, es honroso, y la honradez es más que el talento. Recuerda la frase de Galdós: era un hombre tan bueno que no hacía más que sonreír, porque la bondad es comunicación y diálogo. Dentro de nosotros monologuea siempre un granuja, querernos dominarlo, y dialogamos.

Recuerda cuando conoció a Quintanar al lado de Primo de Rivera, que estaba sólo, y más allá de un circulo vacío, los revolucionarios empeñados en conquistar la juventud. Entonces se trazó la idea de «Acción Española», con el propósito de la reconquista de los talentos españoles, porque no es suficiente dar una cátedra; ése ha sido el error de medio siglo; se aceptaba la cátedra y se seguía explicando revolución desde ella; había que conquistar, no por la materia, sino por el alma, y cuando la [416] mentalidad está tan pervertida que resiste a la razón, acordarnos de que somos hombres e impedirles por coacción la calumnia con que envuelven nuestra historia en los excrementos más pútridos. Hay algo vital en los pueblos, que es como los años en las personas, nuestra razón de ser. Cuando aquel desdichado poeta mejicano se suicidó dio la razón de que no sabía dónde se había alzado su porvenir, porvenir en pretérito. Eso es España: la flecha que cayó antes del blanco, la casa que no se acabó de hacer, algo interrumpido, y hay que correr a llenar su objeto en el pasado se nos impone cuando los pueblos tienen que escoger entre la Cruz o la hoz y el martillo.

Cuando Europa levantaba universidades, nosotros luchábamos con moros; gracias a esto hicimos posible la cultura; por nuestro Santiago hicimos todos los Santiagos del mundo. Seamos lo que fuimos, porque tenemos que luchar con hordas de barbarie, y si hay que morir, muramos al viejo grito de Castilla: ¡Santiago y cierra España!

El Marqués de Quintanar cerró con esta bella oración la brillante serie de discursos:

«Ayer amanecí en Castilla la Vieja; hoy estoy aquí, con vosotros, en la Nueva Castilla. Me desperté casi con el Sol, entre mis encinares de Segovia. De codos en la ventana estuve largo rato contemplando el paisaje familiar: el cielo claro, las tierras onduladas, las fuertes encinas, mientras pensaba en vosotros y en esta fiesta organizada en honor de nuestras propias ideas y sentimientos. El paisaje espiritual que ahora contemplo es idéntico: esos ideales que nos son comunes a cuantos estamos sentados en torno a estas mesas, son tan claros y tan puros como el cielo que yo contemplaba ayer; en vuestras inteligencias está implícita la próxima abundante cosecha de las tierras; vuestras almas recias son como las encinas, fuertes y leales y como ellas tienen las raíces en el suelo de la Patria y el ramaje en lo alto, hacia el que todos alzamos la fronda de nuestros pensamientos.
Por obligación protocolar ineludible en esta clase de actos, que si no lo fuese no dejaría menos de ser para mí un imperativo sentimental, he de contestar a todos los amigos que han tenido la bondad de hablar antes que yo y no ciertamente para recoger elogios, dictados por su bondad y que no merezco, sino para esforzarme [417] yo, con mi menguada oratoria, en prodigárselos a ellos. E invirtiendo el orden, he de hablar, en primer lugar, del jefe de nuestro movimiento doctrinal de «Acción Española», y casi más del jefe y del maestro admirado, de Ramiro de Maeztu, el amigo dilectísimo.
Nuestra amistad se hizo sólida cuando los dos estábamos al servicio de la Dictadura, por estimar que así servíamos bien a España. Con la debida diferenciación de nuestras respectivas categorías –que esas no se me olvidan a mí nunca–, Ramiro de Maeztu y yo, camaradas de La Nación, fuimos sintiéndonos más cerca el uno del otro, cada día que pasaba. Y cuando llegó el momento decisivo en la vida ideológica de Maeztu, cuando el General Primo de Rivera le nombró Embajador de España en Buenos Aires, en su última noche de Madrid, comí con él, con su mujer, con su hijo y con su hermana, con todos los suyos. Con los mismos con quienes comí también el día de su regreso a Madrid, dos años después. Desde entonces acá, ya no nos hemos separado más. En todos los momentos hemos tenido esa comunicación angustiosa en que presentíamos la catástrofe que iba a suceder. Juntos estuvimos en la Unión Monárquica Nacional, presididos por el ilustre Conde de Guadalhorce; juntos en la elaboración del plan de campaña doctrinal que la juventud española necesitaba. En la gigantesca labor que realizó durante los últimos meses del Régimen, no tuvo Maeztu quien le siguiese paso a paso, con efusión más cordial que yo, ni quien siguiese su bandera con más ciega fe, en que había de ser la bandera en torno a la cual nos habíamos de agrupar todos los españoles que queríamos una España grande y honrada, católica y tradicional... Vedle aquí; todas mis esperanzas se han realizado, Maeztu, el pensador españolísimo, el católico ferviente, el caballero intachable, el jefe de un hogar modelo, es hoy nuestro maestro y nuestro Capitán. Con él hemos de conquistar para España el tiempo perdido. A su voz de mando hemos de restaurar la España del Quinientos, una e indivisible, ecuménica e inmortal.
D. Víctor Pradera, ingeniero, abogado, pensador profundo, polemista temible... ¿Cuántos motivos no tenemos de admiración y de respeto para con este hombre, nosotros, los del estado llano de «Acción Española»? En D. Víctor Pradera todos vemos [418] un gran carácter, un indomable carácter, de los que forjan aunados la fe religiosa y el amor de la Patria. Yo, además, que soy un subordinado suyo, al medir sus grandes méritos, pienso siempre en aquella Escuela de Caminos por la que los dos hemos pasado y cuyas disciplinas científicas –tan mal aprovechadas por mí– a ambos nos inculcaron la conciencia de las verdades objetivas.
Y vamos con mi Director. Eran los años de la Dictadura. Se guerreaba en Marruecos. Se triunfaba en Maruecos. Se formaba un Gobierno de hombres civiles. Se reparaban las grandes grietas del Erario Nacional. Se tendían ferrocarriles. Se embalsaban las aguas. Se restauraba el Patrimonio Universitario. Se laboraba por la Agricultura y por el agricultor. Se inauguraban exposiciones internacionales. Ardía España en fiestas. Venían después épocas de depresión. Surgían chispazos revolucionarios. Caía el Dictador. Le sucedía un Gobierno de ideologías liberales. Moría el Dictador en París. España entera sollozaba al paso de su cadáver. A la libertad la reemplazaba el libertinaje. Crisis política. Otro Gobierno pendiente abajo. La revolución. El cambio de régimen. Un año de desenfrenada carrera hacia el abismo... Y, mientras todo esto acaecía, este hombre, D. Manuel Delgado Barreto, continuaba atornillado a su mesa de trabajo, emborronando cuartillas con su lápiz febril, un día y otro día, un mes y otro mes, un año y otro año... Modesto, infatigable, fiel a sus ideales, inteligente y sagaz, habremos de ir pensando los buenos españoles con qué podríamos pagar a quien tanto luchó por España, sin pensar en sí mismo, jugándose –siempre a la misma carta– el porvenir de los suyos, sin una vacilación, sin el menor sentimiento de temor. No por tratarse de mi Director, no por tratarse de mi periódico, sino porque es una obra de justicia el premiar a quien procede honradamente y el nombrar a la hoja impresa, que fue siempre una bandera de ideal, yo no resisto en esta noche la tentación de deciros –lo que por otra parte ya sabéis–, que si La Nación es el recuerdo de un gran soldado, de un español inolvidable, es también el esfuerzo y el aliento de un periodista que está dejando en ella su vida, de otro hombre de armas que no se aparta de la brecha y que ha jurado no desertar de su puesto hasta triunfar o morir.
De todos los oradores de esta noche mi amigo más antiguo es Fernando Vallellano. Nos conocimos, casi niños, como enemigos [419] incruentos de Sala de Armas. Hoy combatimos con los aceros desnudos, el uno junto al otro, contra el enemigo común. Pero, mientras la voz mía va calladamente impresa a posarse bajo los ojos del lector, la suya se hace oír bravamente por los pueblos españoles, arrebatando a las muchedumbres, encendiendo hogueras, que un día serán vengadoras y purificadoras.
La lealtad es la característica del Conde de Vallellano; una lealtad valerosa y cortés, como los floretes de nuestra juventud. El Conde de Vallellano y Pedro Sáinz Rodrígnez, son los oradores dinásticos que han servido públicamente a la pactada alianza política con las fuertes y admirables falanges del tradicionalismo. Y aunque esta noche no hemos tenido la fortuna de oír la palabra de este último, forzoso es envolver a los dos en la misma alabanza y en el humo del mismo incienso cordial.
El Conde de Rodezno también es un viejo y buen amigo. Pero del Conde de Rodezno hay que hablar hoy, como gran figura oratoria, literaria y política. El Conde de Rodezno es un tradicionalista de abolengo. El ser tradicionalista ya es para nosotros un timbre de honor. «Acción Española» ve en el tradicionalismo una de las reservas de España y en la Tradición la única esperanza de la Patria.
Del Sr. Enríquez de Salamanca puedo decir poco, pues sus méritos científicos escapan a mi exacta apreciación, aunque sea del público dominio su figura aureolada a la par por la fama de esos mismos méritos y de sus virtudes personales. Pero no hay sino mirarle con fijeza para adivinar en sus finos trazos, ascéticos y en el brillo penetrante de sus ojos, el imperio de una voluntad potente y de toda una avasalladora vida intelectual. El que el Dr. Enríquez de Salamanca esté con nosotros, es ya una prenda cierta de nuestro éxito futuro. Con él viene además un grupo de médicos jóvenes e ilustres que están de vuelta de desacreditados materialismos y que, al contrario de otros médicos, santones de opereta o Rasputines de zarzuela grande, en vez de especular sobre la vanidad y la pobreza intelectual de ciertos componentes de nuestras clases elevadas, vienen a dar la norma de disciplinas auténticas y a anudar los lazos de nuestro Catolicismo con la ciencia verdadera [420] a que ellos sirven, en vez de servirse de ella para empresas indignas de todo hombre que se estime a sí mismo.
Unas palabras, por último, sobre nuestro benjamín, sobre nuestro Eugenio Vegas, de quien todos conocéis su fe de cruzado, su valor de caballero andante y su cultura, tan hondamente nacional. Él es uno de los arquitectos de «Acción Española», y en esta noche fraternal os pido el homenaje de vuestro aplauso para él, para su espíritu insobornable, para su rectitud insensible a mares y montañas.
Y ahora, algunas palabras más. Para casi ninguno de vosotros es un secreto cómo nació la revista Acción Española. El proyecto de publicarla era anterior a la caída de la Monarquía. Era una idea de muchos y por lo que a mí respecta, ya en enero de 1930, el mismo día en que regresaba de un viaje por Portugal, fui recibido por el inolvidable General Primo de Rivera y él me ofreció ayudarme en la empresa. Se trataba de dar a conocer las nuevas teorías monárquicas, nuevas en España, naturalmente, donde muy contados las profesábamos, viejas ya en el resto de Europa y en muchas partes de América. He dicho que llegaba yo aquel día de un viaje por Portugal, y he de señalar esta coincidencia, ya que de Portugal, de mi amistad fraternal con Antonio Sardinha, había recibido yo las primeras nociones de estas disciplinas autoritarias y antidemocráticas, hacía cerca de doce años e invariablemente, al ponerme en contacto con los integralistas, retoñaba en mí el deseo de iniciar su obra en España, deseo que quedaba siempre relegado a segundo plano, ante la falta de ambiente y la consiguiente falta de medios para llevarlo a la práctica.
En esta visita mía al país vecino y hermano, en los albores de 1930, me faltó, naturalmente, el calor fervoroso del pobre Sardinha, muerto ya hacía un lustro, pero en Coimbra había estado con el maestro Eugenio de Castro, bañándome en las tradiciones de aquella Universidad, y en Lisboa viví unos días la intimidad de Hipólito Raposo, de Pequito Rebelo, del Conde de Monsaraz, del poeta López Vieira, de Martinho Nobre de Melo...
Los acontecimientos políticos esta vez destruyeron los planes que estaban tan cerca de convertirse en realidad. Cayó el Gobierno del General; sobrevino su dolorosa muerte y la persecución [421] suicida de cuantos hubieron servido a la Dictadura. Ramiro de Maeztu inició su tenaz campaña de conferencias a través de España; Eugenio Vegas trabajaba como un forzado al frente de sus juveniles huestes monárquicas... Otras voces autorizadas se alzaban, sobre todo en el campo tradicionalista, avisando el abismo a que se acercaba España... Lo demás ya está tan próximo y tan presente a todos que sería inútil recordarlo... Surgió «Acción Española»: la Revista y la sociedad cultural. El éxito se nos rindió presuroso. Las plumas que han honrado las páginas de la Revista, los oradores que han puesto cátedra en la sociedad y sobre todo la unidad de doctrina, de unos y de otros, han hecho más por un renacimiento español de su tradición intelectual que todo lo que imaginarnos habíamos podido.
Para «Acción Española» no son indiferentes los sistemas políticos; «Acción Española» es antiparlamentaria y antidemocrática por estar cierta de que, así como la Democracia es el azote del Pueblo, en el mando único, no mediatizado por los partidos, ni pervertido por el parlamentarismo, esta la única solución a los problemas que, por afectar directamente a los desheredados y a los humildes, afectan a la entraña misma de la Patria.
Voces temerosas se acercan a nosotros para ponernos ante los ojos el espectro pavoroso de l'Action Francaise. No fue la advertencia menos autorizada, ni la menos resonante, por su importancia en el concierto nacional y por el especial afecto que profesamos a la persona de su director, la de El Debate, a la que debidamente contestó nuestro presidente D. Ramiro de Maeztu en un editorial de la Revista. Estamos efectivamente encajados entre dos movimientos nacionalistas fronterizos: el francés y el portugués, y mientras aquél es un producto de filosofías, y de deducciones políticas, éste, el portugués, es históricamente experimental. Y nosotros estamos más cerca de Portugal que de Francia, en todo. Y nuestro movimiento nacional de rescate, que no nos atreveríamos a llamarlo sino nacional-tradicionalista, es esencialmente católico y tradicional, pues católicas fueron las características que España aportó a la Civilización y a la Cultura del mundo y por ello su nombre será imperecedero en los anales de la Humanidad.
Se puede decir que sólo dentro del territorio nacional es hoy vilipendiado el nombre de España y despreciada su tradición... posterior a Recaredo. Ahora mismo leo yo un libro de Walsh [422] titulado Isabel la Católica, que es un canto a esta Reina, a esta hija predilecta de Roma, bajo cuya mano de amazona, por su amor de mujer que por su piedad de cristiana, España se hizo una, y sacudió las dominaciones extranjeras.
Y Walsh, como Marius André y como tantos otros, hacen justicia a esta zurcidora de reinos, cuya obsesión era salvar almas y engrandecer a su Patria. España se hizo grande entonces y más tarde pudo realizar la unidad moral y material del género humano. ¿Qué habría yo de decir de esto, tema central del pensamiento de Maeztu y tantas veces expuesto por él, con tanta sagacidad como belleza?
Hoy el ciclo de las experiencias histórico-políticas se ha cerrado. La gran conspiración mundial judeo-masónica inyectó el virus de la Democracia en las Monarquías autocráticas para vencerlas, después de convertirlas en Monarquías liberales. En Rusia, por ejemplo, al Zar Nicolás II, sucede el Gran Duque Miguel, Zar de unas horas, quien aconsejado por los políticos demócratas, resigna sus poderes en la Duma, para que el sufragio decida. Y el sufragio es: el Príncipe Lwof; es Kerensky; es Lenin. Después, Stalin, el hombre de acero, la dictadura militar del Mal; la esclavitud del obrero que ayudó con sus propios votos a su propia miseria y a su propia indignidad.
En Portugal son las logias asesinando al Rey D. Carlos y al Príncipe Real. Es la Monarquía-republicana de D. Manuel II; es la revolución democrática y masónica y tras ella la dictadura militar del Bien, llamada a desembocar en el Orden Nuevo. Idénticos caminos; pero fuerzas opuestas en marcha. En esta lucha entre el Bien y el Mal entre las tinieblas y la luz, ya sabemos de qué lado habían caldo en España los intelectuales que gozaban de las ventajas del número y de la situación táctica. Ahora van cambiando las cosas. «Acción Española» ha venido a esto y con la ayuda de Dios lo conseguirá plenamente.
No he de terminar sin pediros tres gracias, como en los cuentos de hadas, seguro de que me las habréis de conceder. La primera, que organicemos una gran cruzada por todas las ciudades de España contra el dolor de ver encerrados en una prisión a nuestros amigos los Miralles, que podrán ser unos grandes delincuentes, pero que parece que nadie tiene prisa en probárselo. Esto tiene todas las apariencias de un error persistente y en [423] esclarecerlo debemos poner todos nuestros esfuerzo y nuestro honor.
La segunda, que procuraremos la unión de las derechas, ya realizada en parte, pero que debe ser completa, aunque en el día de mañana aquellos que no se sientan a gusto en el campo tradicional, puedan subrayar esta diferencia ideológica.
La tercera y última, que recordemos, como en las fiestas pasadas, a los que sufren fuera de las fronteras el tormento de la lejanía y de la separación. Acordémonos de los acusados a quienes no se descubrió, hasta ahora, ninguno de sus tenebrosos negocios, ni nada que vaya contra su dignidad de caballeros, ni de políticos. Pensemos en que hace un año que no vemos a tanto amigo entrañable, a tantos seres dignos de nuestro respeto y adhesión.
Y con esto, señores, gracias a todos y que Dios no nos abandone.»


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Acción Española 1930-1939
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