Acción Española
Madrid, 1 de mayo de 1932
tomo II, número 10
páginas 424-430

Miguel Herrero-García

Actividades culturales

En la sala de conferencias de la sociedad «Acción Española», han continuado sus sendos cursillos D. Antonio Goicoechea y D. Víctor Pradera. Goicoechea acometió el examen de las aportaciones del espíritu romántico al Derecho Constitucional, fijándose, como punto central de esta conferencia, en la última evolución de la doctrina de la soberanía nacional: la dictadura del proletariado».

No pudo el elocuente conferenciante desarrollar sino la primera parte del asunto propuesto, que terminará de explanar en la semana próxima.

Analizó, en primer término, los orígenes de la soberanía nacional en la literatura jurídica, y afirmó que fue una escuela de autores protestantes, al servicio de los reyes absolutos, la que en los siglos XVI y XVII expuso aquella doctrina. Frente a dichos juristas movían sus plumas los teólogos españoles Vitoria y Suárez, que establecen la autolimitación del Poder. Las leyes no son válidas por su origen, sino por su contenido; el legislador es el primero que debe someterse a las normas de la ley. No hay soberanía superior a la ordenación al bien común.

Rousseau sigue siendo tan absolutista como Juan Bodín. Donde éste pone voluntad del Príncipe, pone Rousseau voluntad general. En nombre de esa voluntad general puede una mayoría parlamentaria cometer todos los excesos demagógicos que el rey despótico pudiera cometer en nombre de su absolutismo.

Tras de una aguda refutación de la concepción rousseauniana, y de la teoría francesa del mandato, llega Goicoechea a los [425] juristas contemporáneos, que rechazan la idea de la soberanía nacional por inútil, por falsa y por peligrosa.

Don Víctor Pradera pronunció una bella disertación sobre el tema «Las Cortes», quinta del cursillo «Principios fundamentales de Derecho público».

Hoy tocaba examinar la actuación nacional, en lo que de fundamental tiene, y que a primera vista no podía producirse, por cuanto la naturaleza del hombre y su destino son objetivos e inmutables, y, por lo tanto, el derecho, campo de actuación de la nación, había de ser también objetivo e inmutable.

Pero ello es, considerado al hombre como un ser universal, como hasta el presente se venía considerando en el cursillo, y el hombre vive del tiempo y en el espacio, circunstancias que podían cooperar a que alcanzase su destino o se apartase de él.

Estas circunstancias, tienen, por lo tanto, como el derecho, categoría de medio, y por él han de ser regulado, y su aportación al derecho natural es lo que constituye el bien común temporal, campo que es el propio de la actuación nacional.

El derecho positivo, elaborado mediante esa aportación, no puede ser, en consecuencia, mero acto de voluntad, ni de un hombre, ni de una colectividad, pues el derecho natural es elemento del positivo e independiente de la voluntad humana. La ley, que es la expresión del derecho positivo, consta, por consiguiente, de tres elementos: el racional, propio del derecho natural; el de bien común y el acto de soberanía, debiendo existir lógicamente, además del órgano de ésta, otros dos, que son los Consejos y las Cortes.

Expone lo que debe entenderse por bien común, que no es ni la suma de bienes particulares ni el bien propiamente específico, sino la tutela de los derechos y la regulación de la cooperación social con la que aquellos se ejercitan.

Explicando en qué consiste esta cooperación, recuerda el orador que el carácter orgánico de la sociedad impone da ley de la división del trabajo que engendra las clases y la expansión familiar simiente de la nación que origina los cuerpos sociales, y así deduce que el órgano del bien común, que son las Cortes, debe estar formado por la representación de los cuerpos y de las clases.

Hace un estudio comparativo de las Cortes así formadas y de las compuestas por los partidos políticos, para deducir que las [426] últimas están tachadas por la circunstancia en materia de bien común, que los hechos confirman. No pudiendo ocurrir tal fenómeno en las Cortes por clases y cuerpos, porque tratan de necesidades sociales, por quienes las sienten y conocen, siendo, por tanto, dichas Cortes conocimientos y sentimiento de los intereses sociales y el consejo órgano del elemento, racional de la ley ciencia y experiencia jurídicas.

Terminó diciendo el Sr. Pradera que la composición y fines de las Cortes y los Consejos sientan los fundamentos del modo de representación y el procedimiento de designación o elección de sus miembros, puntos que serán objeto de la próxima y última conferencia.

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El Dr. Villaverde disertó en la misma tribuna de «Acción Española» sobre «El psicoanálisis; sus orígenes, su presente y su porvenir». La prehistoria del psicoanálisis freudiano se remonta, según el Dr. Villaverde, a 1888, en que lo columbró Lipps. Freud ensanchó el método y planteó desmesuradamente su principio de reducir todos o casi todos los fenómenos mentales y vitales al problema sexual. Por eso se ha dicho que el psicoanálisis es más una manía que una ciencia o un método. El Dr. Villaverde, por su parte, observa, con indiscutible tino, que si el freudismo, subsiste en boga, a pesar de estar desacreditado científicamente, es porque así conviene a algunos escritores, ensayistas, pseudofilósofos, &c., para sus elucubraciones morales y pedagógicas.

La boga del psicoanálisis es, en efecto, una realidad. El último número, de Candide dedicaba tres largas columnas a la bibliografía de dos obras últimamente publicadas en Francia, por Stefan Zweig y el Dr. Allendy sobre el tema. El estudio de ambas obras lo hace en la citada publicación Leon Daudet, con la finura psicológica y el agudo juicio de que hace gala en el tomo de filosofía medica Le rêve éveille. La crítica destructora que Daudet hace de las obras antedichas, conviene en gran parte con la que hizo del psicoanálisis en general el ilustre Dr. Villaverde. [427]

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El aniversario de la muerte de Cervantes ha sido conmemorado por la Academia de la Lengua con los tradicionales sufragios en la iglesia de las Trinitarias y por la Agrupación de «Amigos de Cervantes» con una sesión literario-musical en el evocador paraninfo de la Universidad de Alcalá.

Don Agustín G. de Amezúa, presidente de esta entidad, habló en aquel histórico recinto de la obra y del espíritu del escritor inmortal. Amezúa conoce, como pocos, a Cervantes. Para ello ha empezado por conocer la época que sirve de marco a la egregia figura. La documentación de costumbres e ideas del siglo cervantino, acumulada por Amezúa en el monumental comentario de «El coloquio de los perros» le ha aguzado sobremanera la mirada para penetrar en el alma del autor del Quijote. Pero no es sólo el conocimiento frío de los documentos. Amezúa siente en la actualidad como Cervantes sentía en su siglo. La España católica, redentora, evangelizadora, que bullía en el corazón y en la mente de Cervantes y de sus contemporáneos, sigue viviendo aún en los «Amigos de Cervantes». Organismos como éste y actos como el de Alcalá, deberían multiplicarse para despertar a los españoles ignorantes de su patria y convertirlos al culto de su pasado.

La «Fiesta del libro» que acertadamente completa la conmemoración cervantina del 23 de abril, ha traído un merecido galardón a otro escritor de Acción Española, D. Carlos Fernández Cuenca, cultísimo periodista de La Época. La Cámara Oficial del Libro abrió un concurso de artículos periodísticos, y en este certamen ha correspondido uno de los tres premios al Sr. Fernández Cuenca por su, artículo «Mi Club», publicado en el diario antedicho.

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Se ha celebrado el centenario del nacimiento de D. José Echegaray. Matemático, financiero, político, dramaturgo. Echegaray aplicó en todos los campos de sus diversas actividades los talentos de que Dios le dotara en golpear sobre los valores de la España tradicional, que él soñó ver trocada en España revolucionaria. La vida larguísima de Echegaray moduló diversamente el tono de su actuación, pero no lo cambió jamás. Por eso contó siempre con los voceros de la prensa liberal, con la devoción de un núcleo de [428] ateneístas y con la comparsa sumisa de las izquierdas. Un insumiso, sin embargo, se atrevió a perder el respeto al ídolo y nos lo pintó tal como era o a él le pareció. Es una bella página de Gómez Carrillo, que merece ser releída en estos días del centenario:

«Echegaray

Oh, el Ateneo!... Una tarde mi amigo Renjifo preguntóme:
—Quieres conocer a Echegaray?
—Sí –contestéle–. Es uno de los viejos que me interesan. En mi tierra, cuando alguna compañía de drama daba funciones en el Teatro Nacional, nunca dejaba de poner en escena «El gran galeoto» y «En el puño de la espada». «El gran galeoto» no me ha entusiasmado nunca. Pero «En el puño de la espada», en cambio, me quitó muchas veces el sueño, haciéndome delirar con aventuras románticas... Mis paisanas más bonitas estaban en aquellos tiempos enamoradas de Echegaray. Se lo figuraban moreno, esbelto, algo tenebroso de aspecto, con una melena ensortijada y unos grandes ojos, muy tristes...
—¿Y tú cómo te lo imaginas? –interrogó mi amigo.
—Yo..., yo, pues del mismo modo... Alto, pálido, taciturno...
—Bueno... Dentro de media hora verás que no es así...
En efecto, poco después tuve la pena de ser presentado a un viejecito de aspecto no sólo vulgar, sino hasta algo grotesco, que recibía los homenajes de sus admiradores sentado en un sitial y sin quitarse ni la chistera, ni el gabán, ni la bufanda. Era un salón llamado «La cacharrería», si no recuerdo mal, y en el que luego no he vuelto a penetrar nunca.
Mi amigo, después de decir mi nombre, agregó al oído del ilustre dramaturgo:
—Uno de los que prometen... Gran cultura... Ha estudiado en París... Conoce todo lo nuevo...
Don José me miró de soslayo, y casi sin saludarme continuó la lección que estaba dando a los diez o doce caballeros que lo rodeaban... ¿De qué hablaba?... No lo recuerdo. Lo que sí tengo presente es su lenguaje desenfadado, por no decir chabacano, sus gestos friolentos, sus sonrisas satisfechas, su aire magistral y categórico, sus movimientos de cabeza afirmativos y polichinelescos... [429] Sus amigos, sus discípulos, sus adoradores, sonreían o murmuraban llenos de emoción, según las palabras del maestro parecíanles ingeniosas o profundas. Yo callaba, desconcertado. De pronto, abandonando su discurso, Echegaray preguntóme:
—¿Qué novedades espatarrantes nos mandan esos señores franceses?...
Y sin esperar mi respuesta, volviéndose hacia otros de sus auditores, añadió lleno de alegría:
—¡Parece que los parisienses han descubierto, al fin, al noruego Ibsen, ya ustedes saben: al que yo tengo comentado aquí, y traducido en casa, desde hace no sé cuánto tiempo!... ¡Así son esos buenos gabachos!... Siempre llegan tarde, como el gendarme de Offenbach, ese buen señor Offenbach que encarna el espíritu parisiense a pesar de ser alemán...
El hombrecillo acariciábase su perilla de chivo con gesto satisfecho y miraba a sus auditores con aire protector. Veíase en él la vanidad contenta de sí misma, que, superponiéndose a todas las demás cualidades buenas y malas, dominaba su organismo moral cual un resorte supremo. En mi instintivo conocimiento de las debilidades humanas, comprendí que me habría sido muy fácil hacer en el acto la conquista de aquel ilustre fantoche, hablándole de sus obras, que yo admiraba sinceramente, y de su genio, en el cual creía entonces. Pero no pude. Tanta estulticia aparente en un tan gran señor de las letras me hacía enmudecer. Y así, dejando a los demás celebrar sus frases agudas o profundas, permanecí inmóvil a sus plantas, como un creyente de otros dioses al pie del altar de un ídolo negro.
—¡Ah..., ¡ah!..., ¡ah! –decía–, ¡esos franchutes, esos franchutes!... Offenbach... No es ése el único... ¿Quién representa el ingenio literario del Bulevar, quién hace del Fígaro el órgano de la elegancia espiritual del país?... Otro alemán: Alberto Wolff... Y el mismo Pablo Verlaine, a quien ahora quieren imponernos los decadentistas como un gran poeta..., ¿de dónde es? De Metz... Y Metz es una ciudad alemana... ¡Qué diablo! Hasta nosotros les tenemos que dar algo, a pesar de nuestra cacareada pobreza, que para sí la quisieran ellos... Me refiero a José María Heredia, no al viejo, que fue mejor, sino al mozo, a Heredia segundo, que en Francia pasa hoy por el maestro del Parnaso... ¡Ah!..., ¡ah!..., ¡ah!..., esos franchutes... [430]
Después de decir esto, dignóse posar su mirada vacía en mi humilde persona y murmuró examinándome: «Muy joven..., muy incauto todavía...» Y sin soltarse la perilla, movió la cabeza, cual si fuese la de un muñeco...
Yo callaba, nervioso, contando los minutos.
De pronto D. José me interrogó, a la manera de los maestros de escuela:
—¿Cuál es, para usted, el más gran escritor de Francia?
—Anatole France –díjele.
—¡Ah!..., ¡ah!... –exclamó, triunfante.
Y poniéndose de pie, pronunció estas palabras que no he podido olvidar nunca:
—Anatolio France..., sí..., sí... Es un hombre que escribe frases cortas... ¿Saben ustedes por qué?... Porque tiene las ideas cortas...
Luego, envuelto en un murmullo admirativo, marchóse, sin saludar a nadie, muy arrebujado en su bufanda, andando a pasos menudos, con algo en todos sus movimientos que hacía pensar en los enanos de Velázquez...»

Miguel Herrero-García


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