Acción Española
Madrid, 16 de mayo de 1932
tomo II, número 11
páginas 537-546

Miguel Herrero-García

Actividades culturales

El hecho más saliente de la quincena ha sido la Asamblea de Padres de Familia sobre la escuela católica. El número inesperado de asambleístas y la altura intelectual de las personas que han llevado la voz en los actos públicos, dieron a los diversos actos de esta reunión magna la importancia que el problema escolar reviste hoy para las familias católicas.

Gil Robles y Goicoechea, Pradera y Cirilo Tornos, peroraron en las sesiones de apertura y clausura celebradas en el cine más amplio de Madrid, ante una muchedumbre imponente.

Gil Robles concreta su pensamiento en estas palabras:

«Los católicos españoles pedimos la libertad de enseñanza por encima de todas las conveniencias políticas, porque mantenemos el principio de que el niño no pertenece al Estado sino a sus padres. La educación de los hijos no es derecho sino deber impuesto por la naturaleza, al que no se puede renunciar, y este deber impone el derecho a buscar la escuela adecuada. Y nosotros no podemos admitir que se pregone una libertad que no existe. Se debe ir a la repartición proporcional escolar, pues tampoco podemos consentir que con un presupuesto católico se mantengan judíos y masones. Esta es la gran batalla. Yo me atrevería a decir que en toda la persecución no hay más que este punto gravísimo.»

Goicoechea analiza los preceptos constitucionales referentes a la escuela en Alemania, Polonia, Yugoslavia, Holanda; en todas las Constituciones, modernas se considera a los padres responsables de la educación de sus hijos. Sólo la Constitución de Rusia admite parangón con la de España. La actitud de los católicos es, en consecuencia, la de luchar por el reparto proporcional del presupuesto escolar. [538]

Pradera puso al desnudo las vergüenzas del concepto de la Escuela única. Si no ha de existir más que una escuela, para que todos los hombres sean iguales, esa igual será a costa de su libertad, puesto que se les impone la misma enseñanza, el mismo programa, el mismo maestro, el mismo método, y hasta la misma ignorancia de otras cosas que pudieran aprender. Si los forzamos a ser iguales no pueden ser libres; y si queremos que sean libres, no pueden ser iguales. Libertad e igualdad son cosas contradictorias.

Cirilo Tornos, presidente de la Confederación de Padres de Familia, resume el trascendental problema del reparto proporcional, diciendo:

«No podemos consentir que con nuestro dinero se pervierta a nuestros hijos. Tenemos que llegar, además, al reparto proporcional de los fondos públicos, dedicados a la enseñanza. Mientras el Gobierno disolvía la Compañía de Jesús y se apoderaba de sus bienes, un jesuita, el padre Herrera, estudiaba en el extranjero lo que hacen los demás Estados en acatamiento a las minorías en cuestiones de enseñanza. Pues aquí somos mayoría los católicos; y como según las estadísticas, el 92 por 100 de las escuelas lo son, nos corresponde el 92 por 100 del Presupuesto; lo demás que se dé a los laicos.»

Las sesiones de estudio fueron dedicadas a la discusión de cinco ponencias escalonadas por el orden siguiente: La Escuela y la tradición española, ponentes: D. Pedro Sáinz Rodríguez y don Miguel Herrero. Organización escolar extranjera, ponentes: don Enrique Herrera, y D. Luis Ortiz. Defensa de la enseñanza católica, ponentes: D. Rufino Blanco y D. Cirilo Tornos. El reparto proporcional, ponentes: D. César Silió y D. Romualdo de Toledo. Organización de una campaña en pro de la libertad de enseñanza, ponentes: D. José María de la Torre de Rodas y D. Pedro Gamero.

En todas las sesiones fue la concurrencia numerosísima, y en todas se discutieron con calor y competencia los diversos aspectos de la enseñanza. Si este calor y este interés lo hubieran tenido los católicos siempre, si no se hubiesen satisfecho con la enseñanza sedicente-católica del Estado liberal, no tuviéramos que lamentar hoy la escandalosa defección del pueblo que se llamó católico por antonomasia. [539]

Tal vez nosotros, desde un punto de vista nacional, defensores del Estado, no prestemos una incondicional adhesión a las reiteradas manifestaciones de la Asamblea en pro de la libertad de enseñanza, del reparto proporcional, del respeto por igual a la conciencia de todo el mundo. Sin embargo, en boca de los católicos son simpáticas tales manifestaciones. Sea el Estado el que se privilegie a sí mismo, el que se muestre exclusivista, el que niegue tregua y cuartel a sus enemigos. La Iglesia, en cambio, sea generosa, renuncie a situaciones privilegiadas, ya que ella tiene el non prevalebunt por máximo privilegio.

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Por la tribuna de «Acción Española» han desfilado estas últimas semanas los hombres más esclarecidos de nuestra intelectualidad.

La conferencia de D. Ramiro de Maeztu, sobre «Hitler, su triunfo y su programa», reveló las excepcionales dotes del eminente periodista, captador como nadie del pensamiento y del ambiente de una hora histórica. Maeztu, además, como pensador, buceó retrospectivamente en busca de las raíces genéricas del nacionalismo hitleriano. Su agudo análisis descubre en primer lugar, el pangermanismo, que es una persuasión, una convicción de la superioridad de la raza germánica, y cuya doctrina llegó a adueñarse de todas las universidades alemanas. Es la misma concepción virgiliana: «Acuérdate, romano, de que tú has nacido para gobernar a los otros pueblos.» Sin una idea de la predestinación, sin un conocimiento teológico y una diferenciación exacta de catolicismo y protestantismo, no se puede llegar a comprender la tesis pangermanista.

El segundo antecedente de Hitler es el antisemitismo, la lucha contra los judíos, que gozan de una posición singular para adueñarse de todos los bienes muebles del mundo. La raza judía está ligada a un sentido nómada de la vida, y más dotada de voluntad que de inteligencia. Ya hace dos mil setecientos años, en uno de los Libros Sagrados –el Deuteronomio– se consigna taxativamente el desprecio de los judíos para las otras razas y su norma financiera.

El tercer antecedente es la rebelión contra el sentido utilitario de la vida, ese sentido que llevó a Normal Angell a declarar en [540] su obra «La gran ilusión» que la guerra es desdeñable porque no es negocio. El libro de un gran escritor alemán, Tomás Mann, titulado «Consideraciones de un apolítico», es uno de los avances del ideario Hitleriano, y constituye una diatriba contra el tipo de intelectual que se caracteriza por no entender nada de lo que es esencial.

Toda esta masa de pensamiento nacionalista, en ebullición desde hace bastantes años, ha pasado inadvertida para los españoles. Ya en 1911 había en Alemania hombres y libros que son antecedentes clarísimos del éxito hitleriano. Entre esos libros destaca el titulado «Los judíos y la vida económica) de Werner Sombart, uno de los mayores cerebros contemporáneos de Alemania.

Sin embargo, ninguno de los españoles que durante años y años han permanecido pensionados en Alemania, han analizado los orígenes y la trascendencia del movimiento Hitleriano. Y cuando no es el silencio, es la tesis mantenida en los periódicos de las izquierdas españolas, que atribuyen el triunfo de Hitler a la desesperación de Alemania, cuya vida se desenvuelve entre un cúmulo de dificultades, desde la derrota en la gran guerra.

Rebatiendo dicha tesis, el Sr. Maeztu dijo que el fascismo, que posee un ideario nacionalsocialista, idéntico al de Hitler, lleva diez años en el Poder en uno de los países victoriosos de la guerra. Lo cual demuestra que la circunstancia de ser vencidos o vencedores nada tiene que ver con el triunfo de los credos nacionalsocialistas.

Asentados con perfecta claridad los antecedentes, ¿cómo ha brotado Hitler y su partido? El caudillo alemán, dice Maeztu, nació en un país de Austria que constituía la avanzada germánica en el Oriente, rodeada de eslavos. Su condición de obrero puso a Hitler en relación con las organizaciones obreras, que dirigían los jefes del partido social-demócrata. Hitler se encontró con que sus simpatías alemanas le llevaban al pangermanismo, pero que éste carecía de un programa; que las organizaciones obreras eran sedes de judíos y marxistas, y que el partido social-cristiano carecía de entusiasmo y de patriotismo. El futuro caudillo vio claramente que el socialismo marxista y judío no se proponía mejorar la condición de los obreros, sino lograr el derrumbamiento de la civilización y alcanzar el Poder.

La revolución alemana demostró a Hitler que la derrota era [541] el resultado de las predicaciones de los jefes marxistas, que sólo invitaban a la deserción y al desaliento. Decidido a crear algo distinto de lo que existía hasta entonces, Hitler concibió la idea del partido nacional-socialista, basado en el antisemitismo, en el pangermanismo, en una aspiración de mejoramiento social dentro del proceso natural de la industria y de la civilización.

Así llegó Hitler a la redacción de los veinticinco puntos de su programa, nueve puramente nacionalistas, diez de carácter social y seis relativos a las relaciones del Estado con los organismos diversos. El espíritu de todo el programa representa el punto de vista del cristianismo positivo.

Hitler ve que un país gobernado por una clase social que no tenga el afecto de las clases gobernadas, es más débil que otro gobernado con arreglo a un sentimiento de solidaridad. Para que el pueblo sienta la idea de la solidaridad social, hay que exaltar el nacionalismo, y la solidaridad se produce sin abolición de jerarquías ni dignidades.

Claro que todo este carácter antisemita y antimarxista del hitlerianismo, lo recatan cuidadosamente en la prensa europea las dos grandes fuerzas que hoy trabajan la vieja cultura latina de occidente: judíos y comunistas.

Maeztu saca las dos consecuencias lecciones que los españoles debemos recibir del triunfo hitleriano. La primera es que todo intelectual tiene la obligación de enterarse de cuanto ocurre en torno suyo. Los intelectuales españoles que van a Alemania traen a Kant y a Marx, cuando ningún intelectual alemán es ya kantiano ni marxista. La segunda lección se refiere concretamente a las derechas españolas. Si estas derechas aspiran a recuperar alguna vez el Gobierno, sólo dos caminos pueden llevarlas a ello: el de organizar pequeñas y fuertes minorías capaces de todo y llenas de decisión, o el de formar una gran fuerza popular, apelando para ello a los dos mismos tópicos, a que apelaron Hitler y Mussolini, con la misma rabia y fuerza: el patriotismo exaltado, exasperado, siempre bajo la supremacía de Dios, y el espíritu de solidaridad social, de corazón abierto que dé al trabajador cuanto se pueda darle, demostrándole que sus verdaderos amigos, están del lado de las derechas. El conferenciante terminó diciendo que sólo así se podrá rehacer lo que un tiempo fue el espléndido imperio hispánico. [542]

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Don Antonio Goicoechea acrecienta, aunque parezca difícil, su justa fama de jurista eminente, cada vez que ocupa la tribuna de «Acción Española». En ella Goicoechea es el maestro, el gran maestro. La oratoria personalísima que en otras tribunas le caracteriza, aquí cede el puesto al pensamiento sólido y bien construido de la ciencia jurídica. Su última conferencia sobre «El espíritu romántico y el espíritu jurídico en el Derecho constitucional», fue un éxito de sagacidad crítica y de aciertos de expresión. Examinó la naturaleza de la nación como persona colectiva y la del Estado como persona jurídica. Achaca la conversión de la soberanía nacional como producto romántico a las sociedades sectarias y, de especial manera, a la masonería. La nación, como personalidad colectiva, se basa, entre otras, en la teoría orgánico-naturalista, que tiene un error esencial: no poder identificar los conceptos social y animal del hombre, y, por tanto, ser sumisa a la biología equivocadamente.

En el aspecto del significado de la palabra organismo, esa teoría no está equivocada; pero la dificultad mayor para identificar esos sus dos aspectos, es la contigüidad.

El orador analiza detenidamente el método de Rousseau, sobre la voluntad general.

La verdadera célula social no es el individuo, sino la familia, que es la imagen reducida de la nación, familia, que ha sido anterior al Estado.

Uno de los principales defensores de la soberanía nacional la funda en el avance arrollador de la democracia y en que ella es un depósito sagrado que se transmite de generación en generación. Y pregunta el Sr. Goicoechea: «Si así es, ¿qué queda del inmenso patrimonio del que disponen los hombres de hoy y qué tendremos que legar a nuestros hijos?»

El derecho consuetudinario, es la ley producida por la muchedumbre y el progreso social, la adapta a la ley escrita, a los códigos que rigen la vida en la sociedad. Y la función legislativa la ejercen unos pocos, los que por sus dotes especiales pueden hacerlo: los más inteligentes. Y, de esta ley, pregunta el orador, ¿qué hace la soberanía nacional, la mayoría de la mitad más uno? La destroza. Por tanto, es una contradicción de la división del trabajo.

El gran secreto de la soberanía nacional es que se dice que [543] los mayores ejemplos de despotismo se hallan en el individuo aislado. Pero ¿puede la soberanía nacional, aunque sea leal y pura, evitar que los rumbos del Gobierno dependan de un hombre sólo? No, y el orador cita el ejemplo de la enmienda Valló sobre la proclamación de la República en Francia, en 1875, que se aprobó por un solo voto de mayoría.

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Don Joaquín Beunza, batallador diputado de Navarra, disertó en el Liceo Andaluz sobre «Estudios Regionales», con el interés que el tema, la ocasión y el significado del conferenciante dejan entender.

Beunza proclama dos principios inconcusos, por igual fundamentales, por igual básicos: el amor a España y las libertades regionales. Sin una explícita, clara y terminante confesión de patriotismo español, es imposible dar un paso en el camino de las reivindicaciones forales. Pero una vez declarado su lema «al servicio de España», Beunza afirma con idéntica resolución la necesidad de reconstruir la patria sobre sus bases históricas, devolviendo a las regiones todas aquellas prerrogativas legítimas, ajenas a la soberanía, detentadas por muchos gobiernos liberales. Recuerda cómo durante el siglo XIX el tradicionalismo luchó en defensa de las libertades regionales. Las libertades individuales no tienen eficacia ante los desmanes del Poder público si no se opone a las invasiones de éste el freno de una organización racional.

Estudia las funestas consecuencias que en la existencia colonial tuvo el régimen centralizador.

Examina a continuación las dos fuentes que toda autonomía puede invocar, es decir, el pacto y el hecho diferencial; hace historia de los sucesivos atentados cometidos contra los fueros vascos y navarros y, finalmente, critica la solución dada por la Constitución republicana del pasado año al problema regional.

Estima que del atropello de las libertades vasca y catalana ha nacido el separatismo en estas regiones. El separatismo desaparecerá cuando se gobierne bien.

Hay aspectos, como el de la enseñanza, que despiertan recelos en entregarlos a las regiones. Sin embargo, nada hay que recelar, desde el momento en que los vasco-navarros no permiten que nadie tilde de tibieza sus sentimientos patrios respecto a España. [544]

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La reforma agraria fue objeto de un sereno y concienzudo estudio por el Conde de Rodezno en «Acción Española». Rodezno es uno de los hombres más preparados con que cuenta el tradicionalismo actualmente. Su análisis de los tópicos en que se basa el proyecto de Reforma agraria presentado a las Cortes, es tan veraz y tan claro, que casi llega a ser literariamente bello.

Examina en primer término el tópico de nuestro atraso agrícola, y a este propósito lee cifras que demuestran que más de la mitad del área nacional sólo es apta para aprovechamientos forestales, y sólo una proporción del resto, no muy grande, es apta para cultivos intensivos, como los de las vegas aragonesas, valencianas, &c.

El segundo tópico es el del absentismo. Para demostrar la falta de fundamento del mismo lee una Memoria, según la cual unos dos tercios del suelo cultivable lo es por sus propios dueños. Defiende el contrato de arrendamiento y la institución del colonato como consecuencia del mismo, y pone como ejemplo los arrendamientos de Navarra, en los que los colonos viven en las fincas en derredor de la antigua casa-palacio.

Examina como tercer tópico el de los latifundios, afirmando que en España no hay fortuna que pudiera permitir a sus titulares tener sus fincas improductivas, y lee estadísticas según las cuales más del 40 por 100 de los propietarios españoles, que tienen sus propiedades en el campo, lo son de extensiones inferiores a una hectárea.

Estudia Rodezno después el paro campesino, y a este propósito cita la antigua costumbre de todos los obreros del Norte y centro de España, que encontraban en Andalucía, durante el invierno ocupación segura, precisamente en las épocas en que aquel paro debía producirse.

Señala como causa principal del paro actual la suspensión de las obras públicas y de toda la vida económica nacional, a causa de la gran crisis de confianza en quienes rigen sus destinos.

Cita casos de Andalucía en que se han perdido millones y millones, porque cuando los obreros habían logrado que los patronos y propietarios accediesen a todas sus pretensiones, los dirigentes revolucionarios les aconsejaban que no tomasen nada y que persistiesen en su posición revolucionaria hasta conseguir la destrucción de la riqueza, y, con ella, el advenimiento del comunismo [545] libertario, en el cual los dirigentes podrán restallar su látigo sobre las turbas hambrientas, mientras ellos se encaramaban sobre los altos cargos del Estado comunista y propietario universal.

Después pasa a considerar el fracaso de todas las reformas agrarias intentadas en la posguerra, y que han tenido por origen crisis económicas, nuevas nacionalidades, &c., que, desde luego, no se han dado en España.

Se detiene a continuación en el estudio de los señoríos jurisdiccionales. Habla de la indemnización, demostrando que, a excepción de Rusia, todos los países que han hecho reformas agrarias han tenido en cuenta principios de justicia, totalmente ausentes del proyecto español. Así ha sucedido en Checoslovaquia, Austria, &c. Como consecuencia ataca las normas de indemnización aceptadas por aquél, demostrando que con ellos, una finca de ocho o diez millones de pesetas puede ser explotada por un millón, sin tener en cuenta el pago de deuda del Estado, cuyo porvenir no puede ser más incierto.

Espera que, teniendo en cuenta que con el proyecto, no llegarán los campesinos nunca a propietarios, no tardarán en llamarse a engaño todos ellos, con lo cual, y los escasos recursos destinados por el presupuesto a esta finalidad, no pasará la Reforma de sus primeras aplicaciones.

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El insigne ingeniero D. Juan la Cierva y Cordorniu, con cuya colaboración se honra Acción Española, ha obtenido este año la medalla de oro del premio Guggenheim, instituido por el nombrado millonario americano, para recompensar los adelantos científicos que presten seguridad a los aparatos de aviación.

Con tan honroso motivo, toda la prensa publica retratos y notas acerca del sabio ingeniero español.

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El Centro Germano-Español ha organizado en su sala de conferencias un notable y curioso acto, a cargo del docto secretario de la Biblioteca Nacional, D. Federico Ruiz Morcuende. Un erudito, folklorista, casticista, como Ruiz Morcuende, auxiliado por un pianista notable, como el maestro Wagener, acometieron la [546] original empresa de tejer unos «apuntes para la historia del género chico».

Estudió el conferenciante las diversas épocas de su origen, esplendor y decadencia con datos copiosos y precisos que constituyen los jalones esenciales de un género teatral tan genuinamente español como lo son nuestras producciones clásicas. Merced al género chico surgió una pléyade magnífica de compositores que sin él no hubieran podido darse a conocer, desarrollándose de este modo una música popular que educó al pueblo, preparándole para empresas más altas. Los conciertos de las actuales agrupaciones filarmónicas son el fruto de la semilla esparcida con entusiasmo por compositores como Chapí, Chueca, Valverde, Caballero. El maestro Vives comenzó con partituras de estas piececitas, que en ocasiones nada tienen que envidiar a las óperas de mayor fuste.

Las diversas ramas del género chico: la revista, la comedia lírica, el sainete lírico y otras modalidades que sucesiva y espontáneamente surgieron, a medida que triunfaba de sus numerosos enemigos y detractores, fueron evocadas por el conferenciante, que transportó al auditorio a tiempos remotos para la generación actual, y cercanos (treinta años) para los que aún no son viejos.

El género chico galvanizó al olvidado sainete castizo, transformándolo, ciertamente, pero salvándolo para gloria de nuestro teatro.

Por culpa de unos y otros, el género chico se extinguió, contribuyendo a ello, de una parte, las piezas poco honestas, y de otra, el enorme e inexplicable desarrollo de las llamadas «variedades», que viciando el gusto del público atrajo a las siempre inconstantes masas por senderos tan escabrosos como insulsos.

Sucedidos, anécdotas, sabrosas ocurrencias de entre bastidores, fueron notas que amenizaron el documentado y erudito estudio del señor Ruiz Morcuende, digno de ampliarse en toda su profundidad para que los investigadores literarios futuros conozcan lo que significó y valió el género chico, que llenó un ciclo de nuestra producción, atrayendo a los mejores ingenios de los últimos años del sigo XIX y primeros del XX.

Las ilustraciones musicales fueron interpretadas con sumo acierto y gusto artístico por el pianista y compositor D. Adolfo Wagener.

M. H.-G. [Miguel Herrero-García]


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