Acción Española
Madrid, 16 de noviembre de 1933
tomo VII, número 41
páginas 469-475

Las ideas y los hechos

Joaquín Arrarás

Actualidad española

En los primeros días de noviembre hubo una noticia sensacional: la evasión de D. Juan March de la cárcel de Alcalá de Henares, donde se hallaba recluido, y sin esperanza de ser puesto en libertad, a pesar de los esfuerzos de sus abogados, de sus amigos, de sus electores y de su Prensa que se estrellaban ante la resistencia de los socialistas y de otros políticos interesados en que perdurara la reclusión del famoso hombre de negocios.

Salió de la cárcel el Sr. March, dando apariencia a su evasión de cosa tan sencilla y hacedera, como si voluntariamente hubiera prolongado su estancia en la celda en espera de una libertad con las máximas garantías. Pero se cansó de esperar inútilmente, y, como expresa su carta, que dirigió a su abogado defensor, «al ver que era inútil llamar en todas las puertas en demanda de justicia», se decidió a tomársela por su propia mano, «convencido de que unos días más de cautiverio acabaría con el cuerpo y el alma rota, y se hubiera traducido en mi muerte». «No podía más –dice también en su documento–; he llegado a un estado de extenuación tal, tras de estos diecisiete meses de cautiverio, que de prolongarse, quedaría lograda la finalidad de exterminio, conseguido por quienes lo acordaron, y quise evitarles ese remordimiento de la conciencia».

Salió, pues, el Sr. March, de la cárcel y llegó a Gibraltar sin dificultad ni percances, y de allí se trasladó a París, donde puede decirse que alcanza interés sensacional la evasión, porque a su llegada a la capital de Francia convocó el señor March a los [470] representantes de la Prensa europea, para razonar unas acusaciones, hasta ahora en nebulosa, pero que empiezan a ser concretas.

Colectivamente, afirma el Sr. March, acuso a los que en 1930 vinieron a pedirme dos millones de pesetas para hacer la revolución. La República, me dijeron, le devolverá un millón por cada peseta. Acuso a cuantos me persiguieron, prevaricando a sabiendas; a los que a mi costa falsificaron documentos; a los que cometieron en la tramitación del proceso todos los delitos que es dable cometer en un procedimiento judicial. Colectivamente acuso de prevaricaciones a los ministros del Gobierno Azaña, y de un modo concreto e individual, a los Sres. Carner, Prieto y Domingo. Pero no sólo de prevaricaciones, sino de otros delitos que revisten figura penal. No me refiero, claro está, a los auxilios morales y materiales que algunos de aquellos señores hayan recabado y obtenido de mí, antes de llegar al Gobierno.

A los quince días de estar recluido en la cárcel de Madrid, unos amigos o asociados del Sr. Carner, que a la sazón era ministro de Hacienda, los Sres. Viellas, comisionaron un estudio relativo a mis negocios en Marruecos, y, al mismo tiempo, el referido ministro y otros elementos del Gobierno gestionaban «oficialmente», cerca de la «Societé Internationale des Tabacs du Maroc», la rescisión de mi contrato, con el propósito manifiesto y probado de adjudicarlo a sus amigos, y previa oferta a la Sociedad de que ésta entidad sería indemnizada cumplidamente. Como ya el director de la Sociedad, y el consejero español, marqués de Caviedes, objetaron al Sr. Carner la imposibilidad de ejecutar la operación sin mi asentimiento, puesto que yo era una de las partes contratantes, el ministro arguyó en su despacho oficial: «No se preocupen ustedes; March pasará en la cárcel todo el resto de su vida.»

El Sr. Carner había sido amigo y colaborador del Sr. March en negocios tan importantes como los petróleos de Porto-Pi. A los consejos de Carner obedeció que Porto-Pi entablara –y ganara– en París un pleito contra la Campsa. El mismo consejero fué, quien luego, siendo ministro de Hacienda, lanzaba un decreto de expoliación contra Porto-Pi, y alegaba en el preámbulo que el pleito ganado en París tenía los caracteres de un chantaje internacional. [471]

El Sr. March agregó que se atrevería a explicar ante la opinión ese cambio de actitud, lo que no podrá hacer el protagonista. Consistió en un negocio entre el ministro de Hacienda y su compañero de Gabinete, el Sr. Prieto. No se puede negar al ex ministro catalán malicia y competencia en los negocios. Una vez canjeada entre ambos la parcialidad del Ministerio de Hacienda, en contra de mis intereses, por la adhesión del grupo socialista al Estatuto de Cataluña, el Sr. Carner procuró, sacando todo el partido posible a su ventajosa situación, que mis negocios pasaran a manos de sus amigos de Cataluña, y en definitiva, a las arcas de su comarca natal.

Durante la última crisis, los grupos de los Sres. Azaña y Domingo subordinaron su apoyo al futuro Gobierno al mantenimiento de mi reclusión, ante el temor explicable de que, estando yo en libertad, pudiera descubrir el subsuelo de la política industrial, agrícola o financiera, realizada por el Gobierno Azaña.

Nos parece muy oportuno la publicación de estas declaraciones porque con ellas tiene explicación aquel inesperado y furibundo ataque, que el 14 de junio del pasado año, el entonces ministro de Hacienda D. Jaime Carner, dirigió en pleno Parlamento al Sr. March; entonces no se podían adivinar las íntimas razones que movían al Sr. Carner para una ofensiva tan descomunal contra un hombre que estaba encarcelado. Ahora, después de las aclaraciones hechas por el Sr. March, se empieza a descubrir todo el fondo tenebroso del asunto; las maquinaciones financiaron, las conspiraciones del fuerte gremio de acaparadores de negocios, la sorda guerra de intereses a que, en resumidas cuentas, ha quedado reducido el «asunto March», cuyo esclarecimiento comienza ahora, y del cual, según esperamos, no van a salir bien librados los políticos más «preeminentes» de nuestra República de trabajadores. «El caso March –afirmaba el Sr. Carner– el 'caso March' es muy serio, tan serio que la República debe afrontarlo resueltamente y resolverlo, no para cometer una injusticia, sino para considerarlo muy seria y muy atentamente. El señor March, en es= te nuevo régimen, está en la misma situación que en los tiempos de la Monarquía, y o la República le somete, o él somete a la República».

Así terminaba su catilinaria el Sr. Carner. La República, [472] la República del Sr. Carner, de Indalecio Prieto y de Azaña, no ha podido someter al Sr. March.

Veremos en qué condiciones se cumple la profecía del señor Carner.

* * *

Escribimos estas líneas pocos días antes de elecciones. Rara vez una contienda electoral ha despertado mayor emoción. La vida nacional parece detenida y expectante ante la solución de la incógnita que debe despejarse el domingo 19 de noviembre. Dijérase que las urnas guardan el arcano de nuestra felicidad.

Las izquierdas, y en especial los socialistas, van a la lucha roídos de celo y pasión, porque saben que todo su porvenir está en las actas v en el Parlamento, y que por ser un partido esencialmente político, las únicas ventajas las han de deducir de las tercerías y participaciones que les autoriza una representación, cuanto más nutrida mejor, en las Cortes.

Van las derechas llenas de fervor y de esperanza, porque en estos dos años, han intensificado su sentido político, a fuerza de escarmientos y de hondos pesares. Los indiferentes, los glaciales, los que no se ocupaban de esas cosas del gobierno –porque no era elegante–, las mismas mujeres, la mayoría de las cuales no sabrían, hace aun poco tiempo, decir quiénes formaban un Gobierno o el matiz de un jefe político, se muestran ahora por demás interesadas y se mueven por la conquista de sufragios, y se enteran y vigilan la marcha de los sucesos electorales.

Sí, al fin la política ha llegado a la entraña nacional. Pero desgraciadamente a costa de males sin cuento y de percances irremediables. Los que no quisieron oír ni saber, ni enterarse, ni ayudar a los que luchaban, ni prestar atención a los llamamientos que se les hacían oportunamente, despertaron sobresaltados cuando ya los estragos de la revolución habían profundizado hasta la médula de la patria.

¿No hemos de pensar con pena al ver esta avalancha de las fuerzas del orden y del patriotismo, este oleaje de las gentes honradas y buenas, no hemos de pensar con pena –decimos– en los años que dejaron transcurrir inútilmente cuando, era fácil y de corto esfuerzo atajar la marea revolucionaria?

Han necesitado la lección cruel de dos largos años durante [473] los cuales han sufrido su martirio los más preciados sentimientos, y se han conmovido los fundamentos de la patria, para salir a la defensa en condiciones de inferioridad y reducidos y maniatados por una legislación inicua.

Ahora la mayoría de las gentes de derecha han aprendido que el voto tiene un alto valor, y ese valor lo cotizan como instrumento o arma inapreciable; pero es necesario que no olviden que hay otras cosas de más alta importancia y de más subida trascendencia que el voto. Que éste, en realidad, no es más que la expresión o modo accidental de expresión, y que lo fundamental es la idea que lo inspira y la mente que lo rige. Que lo esencial para el supremo interés de la patria, que no puede estar a merced de las veleidosas corrientes que produce la pasión o las temperaturas del momento, son las ideas substanciales, las verdades políticas que no pueden ser alteradas por estas conmociones súbitas del sufragio. Que no supone nada ganar una elección, por un estremecimiento defensivo hijo del instinto más que de la razón, si hemos olvidado que la salud y la permanencia eterna de la patria, exigen los cimientos sólidos de unos principios, y una arquitectura que no puede ser caprichosa, sino con arreglo a las normas implacables que imponen las leyes.

Es bueno votar, y más en estos momentos en que el enemigo ofrece la batalla en las urnas, batalla que no puede eludirse, pero es mejor averiguar cuáles son los caminos que la lógica y la experiencia señalan como mejoras en orden al bien de la patria. Bueno es también no olvidar, que está demostrado, como ha dicho Charles Benoits, la imposibilidad de que viva en un gran Estado una democracia parlamentaria. Y que si en estas elecciones la suerte nos favorece, el creer que por ello quedamos ya al otro lado de la corriente, sería una insensatez imperdonable.

Lo único que se conseguiría es suprimir por el momento a una política sectaria sus aristas más peligrosas o afiladas. Pero nada más: la Revolución está en marcha y hará su camino, a favor de la misma democracia.

Los más significados oradores socialistas que han intervenido en un sin número de mítines y de actos públicos, han repetido hasta la saciedad que ellos jamás se conformarán ni con la victoria, porque no les rendirá sino migajas incapaces de saciar su voracidad, ni con la derrota que no la acatarán y les situará en calidad de sublevados. [474]

Su descontento ante cualquiera que sea el resultado es de tal naturaleza que ha motivado el siguiente comentario de El Sol:

No hay remedio. Si concedemos crédito a los discursos del Sr. Largo Caballero, no hay modo de que los socialistas se estén quedos dentro de la legalidad. Todavía no nos ha dicho en qué circunstancia y en qué condiciones el socialismo permanecerá en la República tan quietecito fuera del Poder como lo estuvo dentro. Pase lo que pase, esto o lo otro, el Sr. Largo Caballero siempre desemboca en la violencia, siempre responde con un «non possumus», con un «no puede ser», seguido de la congrua amenaza, que es ahora su tópico electoral.

Leamos su discurso de Albacete. En él afirma que los diputados socialistas de las próximas Cortes igualarán, incluso superarán en número, a los que figuran en las Constituyentes. Si son menos, se deberá a los atropellos de las autoridades, y entonces los socialistas tendrán que saltar las fronteras de la ley para contestar adecuadamente. En el Congreso impedirán por todos los medios posibles todo proyecto que no sea de su agrado; ni siquiera concederán al Gobierno el derecho a interpretar el espíritu de las leyes. Habrá de respetarse su letra. Tratarán de que prevalezca y triunfe su programa. «Quisiéramos triunfar dentro de la democracia burguesa; pero ellos serán los responsables si nuestro triunfo lo conseguimos por otros caminos.»

El próximo Gobierno no contará con la benevolencia socialista. «La palabra benevolencia debe ser borrada de aquí en adelante de la política socialista.» Entonces, el Gobierno futuro, radical según el Sr. Largo, tendrá que buscar el apoyo de otros republicanos, que él no sabe «si cometerán la torpeza» de concederlo. Pero tampoco tendrá mayoría. Habrá, pues, de buscar apoyos más a la derecha. «Si eso ocurre, la clase trabajadora española debería levantarse como un solo hombre para no tolerarlo.» «Un Gobierno de agrarios y radicales, jamás. Eso no puede ser.» «Y si no se puede constituir un Gobierno –pregunta el líder socialista– ¿se va a ir de nuevo a la disolución?» Que tengan cuidado –gritaba–, eso sería abrir un nuevo período revolucionario, lanzar las masas a la calle. Etc., etc.

No hay remedio. Todos los caminos, todas las posibilidades imaginables terminan en la violencia. Nosotros preguntaríamos humildemente al Sr. Largo Caballero en qué casos, que no fuesen [475] estar él en el Poder, o en el Consejo de Estado, se quedaría tranquilo, como cualquier buen ciudadano normal, acatando primero el voto de la masa electoral, y después, el del Parlamento. Díganos, por lo menos, uno, uno sólo. La curiosidad está –creemos– bastante justificada. También preguntaríamos –pero esto ya al Comité del partido– si aprueba los manifiestos de algunas agrupaciones socialistas de provincia que terminan así: «A vencer el día 19 en las urnas, y si somos derrotados, a vencer el día 20 en la calle al grito de ¡Viva la revolución social!».

No hay remedio, como dice El Sol. Todos los caminos del socialismo se hunden en el mismo fondo: la revolución. La revolución es su vida, su razón de ser, su prestigio. Necesitan la propaganda violenta y los procedimientos subversivos para existir, porque desde el momento en que perdiera este carácter colérico y se propusiera un programa grato y saludable, descontentaría a los desesperados, a los resentidos, a los frenéticos, que llenan sus filas.

Recién salidos de un gobierno que han regido y administrado a su antojo, todo se vuelven frenos y rugidos y voces de terror, para atraer a los que se habían desperdigado al verles más entretenidos en el disfrute del botín que en procurar remedio a los males sociales para los que parecían poseer recetas infalibles.

Tienen que propagar la revolución social, para hacerla, si pueden –cosa difícil– o para no hacerla, que es lo más probable, pero exhibiéndose como terroríficos siempre, porque esa es su profesión.

Sin embargo, ya parece demasiado que un país esté condenado a vivir bajo el peso de esta amenaza, que muchas veces no es sino la ganzúa de que se valen una cuadrilla de truhanes, para penetrar hasta las cámaras secretas del Estado. Ya va siendo hora de que España viva libremente, sin la coacción de estos Comités interesados para su provecho, en mantener constantemente el puño en alto, que sólo se ablanda y se abre a la vista de presa segura.

Ningún pueblo del mundo consciente de su dignidad y de su independencia se avino a ser mediatizado por esta imposición de voces fantasmales y ruidos de cadenas, que ya sólo sirven para ilustrar los cuentos de miedo.

Joaquín Arrarás


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