Filosofía en español 
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Alfonso Junco

Feijoó y la libertad intelectual

Una mañana de septiembre de 1726, frente al célebre «Mentidero», hallaron los cortesanos acicate para el comento y la curiosidad, en un amplio cartel que publicaba que por dos reales de a ocho se vendía en la portería del convento de San Martín el primer tomo del «Teatro Crítico Universal, o Discursos varios en todo género de materias para desengaño de errores comunes», escrito por el padre maestro fray Benito Jerónimo Feijoó, benedictino.

Arduo y riesgoso empeño hablar de todo: filosofía, religión, historia, política, letras, física, matemáticas, medicina, costumbres, supersticiones… y en todo destacar y reprender los errores comunes, nadando a brazo limpio contra la corriente: «Si –decía uno de sus émulos–, está trabucado el mundo: el monje quiere ser guardadamas, las señoras bachilleras, el médico se mete a soldado, el astrólogo a danzarín y el predicador a comediante; pero este padre reverendísimo, por no errarla, se metió a todo». Y se vino encima de Feijoó no un diluvio, sino una legión de diluvios de cartas, réplicas, contrarréplicas, invectivas, sátiras, folletos, libros.

Firme aguantó el chaparrón quien a sabiendas lo había despertado. Y al paso que rebatía a sus contradictores, tras el tomo primero fue lanzando otros siete, y luego cinco de «Cartas eruditas y curiosas», en que proseguía el mismo empeño. Había empezado a escribir a la avanzada madurez de los cincuenta años; acabó, con la muerte, a los ochenta y ocho. Y la reforma de la instrucción en España, y la elevación del nivel intelectual y científico, y el destierro de mil preocupaciones coronaron su obra benemérita.

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Nació en Casdemiro, aldehuela del obispado de Orense, el 8 de octubre de 1676, y murió en Oviedo el 26 de septiembre de 1764. A los catorce años entró en la religión benedictina, y fue tan recta su vida y tan segura su vocación, que confesaba en su ancianidad no haber sentido un solo minuto de hastío o desabrimiento en el claustro.

Alto, vigoroso, ágil, correspondía el cuerpo al espíritu y desde al verle «enviaba especie de hombre grande». Caritativo con extremo, justo, abierto, jovial, sincerísimo, las prendas del corazón no desmayaban ante las excelencias del entendimiento. Desdeñador de la corte, encerrado en su colegio de Oviedo, fueron los honores a buscarle. Fernando VI le nombró consejero real y Carlos III le obsequió las «Antigüedades de Herculano». Su fama desbordó las fronteras, llenó a Europa, América y hasta las colonias asiáticas. De Méjico, el rector de la Universidad, D. José Elizalde, consignaba la común admiración que por acá se le tenía. Y el gran Benedicto XIV –saludado por Voltaire como el hombre más sabio de su siglo–, honró al monje polígrafo citándolo dos veces en sus bulas.

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Feijoó es de los míos. De aquellos incorruptibles amadores de la verdad, pensadores positivamente libres y fuertes, igualmente desdeñosos de la novelería y de la rutina, ni miedosos de lo nuevo por nuevo ni enemigos de lo viejo por viejo; sólo apegados a la eterna lozanía de la verdad. Lúcida la razón para ver lo justo, ardiente la voluntad para abrazarlo, intrépida la lengua para decirlo. Pero sin alharacas ni intemperancias; con la serena macicez, con el ímpetu consciente del que no quiere hacer ruido sino hacer bien; del que intenta reformas constructivas y no estériles subversiones.

Y el estilo, a la par sobrio y fértil, preciso y suelto, docto y vivaz, repartiendo substancia en breves párrafos sin cosa amazacotada ni indigesta, redondea el hechizo de este hombre cabal.

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«Yo, ciudadano libre de la república literaria, ni esclavo de Aristóteles ni aliado de sus enemigos, escucharé siempre, con preferencia a toda autoridad privada, lo que me dictaren la experiencia y la razón», proclamaba Feijoó.

«Si me opusieren razones, responderé a ellas; si chocarrerías y dicterios, desde luego me doy por concluido, porque en ese género de disputa jamás me he ejercitado», decía en el prólogo al primer tomo de su «Teatro Crítico». Y en el segundo: «Advierto que en las materias controvertibles, especialmente físicas, prescindo de la autoridad… Busco la verdad en sí misma… Sigo la discreta máxima de San Agustín… Salgo al campo sin más armas que el raciocinio y la experiencia; con las mismas se me ha de combatir. Oponerme, como algunos han hecho, que más se debe creer a tantos y tales doctoresque a mí, es saltar fuera del corro; pues yo no pretendo ser creído sobre mi palabra, sino sobre mi prueba. Mis razones se han de examinar, no mis méritos». Y cuando se le demuestran errores, los reconoce honradamente, como en el prólogo al tomo tercero.

Siguiendo la constante conducta de la Iglesia, combate los «milagros supuestos», recordando las lamentaciones y protestas de Tomás Moro, Melchor Cano, César Baronio y otros egregios cristianos. «Los milagros verdaderos son la más fuerte comprobación de nuestra fe; pero los milagros fingidos sirven de pretexto a los infieles para no creer los verdaderos». «Confieso que no puedo tolerar que a expensas de la piedad se haga capa al embuste. No tiene bien asentada la fe, quien piensa que las verdades divinas necesitan del socorro de invenciones humanas». «No esperemos a que la enemiga de los herejes descubra lo que erró la falsa piedad de algunos católicos: seamos nosotros los delatores de la impostura…» Así lo hizo él en la ruidosa cuestión de las flores de San Luis del Monte. Así en la ficticia aparición de San Francisco de Paula sobre la hostia consagrada, aparición creída en el puerto de Santa María en cierta octava del Corpus, por la accidental reflexión de la imagen del santo en el vidrio del viril: ocasión en que compuso tres suculentas décimas que concluyen diciendo:

«y ya se hizo evidente
que hubo en ocurrencia tal,
reflexión en el cristal
y falta de ella en la gente».

En «La ambición en el solio» dice austeras verdades. «El más injusto culto que da el mundo, es el que reciben de él los príncipes conquistadores. Siendo solamente acreedores al odio público, vivos se les tributa una forzada obediencia, y muertos un gracioso aplauso. Es necesidad lo primero, pero necedad lo segundo». «Si yo me pusiese a escribir un catálogo de los ladrones famosos que hubo en el mundo, en primer lugar pondría a Alejandro Magno y a Julio César».

Quiere que a los príncipes se inculquen, entre otras, estas máximas:

«Que el rey es hombre como los demás, hijo del mismo padre común, igual por naturaleza y sólo desigual en la fortuna.

»Que Dios no hizo el reino para el rey, sino el rey para el reino. Así el gobierno se debe dirigir, no al interés de su persona, sino al de la república.

»Que consiguientemente, aquella expresión interpuesta en los decretos, de ser lo que se ordena del agrado o servicio real, supone que al rey sólo le agrada lo que se ordena al bien público… Que como los vasallos están obligados a ejecutar lo que es del agrado del rey, el rey está obligado a mandar lo que es del agrado de Dios.

»Que el poder ordenar solamente lo que fuere justo, no disminuye su autoridad, antes la engrandece. A Dios le es imposible acción alguna que no sea justa y recta, sin que por esto deje de ser omnipotente.

»Que lo más difícil, y por tanto lo más glorioso en un rey, no es conquistar nuevos reinos, sino gobernar bien los que posee.

»Que como los vasallos son deudores de su obediencia y respeto al rey, éste es deudor de su cariño a los vasallos.»

Y proclama solemnemente que en los reyes «es heredada la dominación hasta donde es justa, es usurpada desde donde empieza a ser violenta».

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Con esta gallarda independencia se hablaba en aquellos tiempos de Monarquía y de Inquisición, incomprendidos y calumniados, como ya antes hablaban, entre mil, Fray Bartolomé de las Casas hasta con agresivas andaluzadas, los franciscanos y dominicos de Nueva España en sus viriles defensas de los indios, los inmensos teólogos Vitoria y Suárez, Mariana en su tratado «Del rey y de la institución real» en que defendía el tiranicidio, Quevedo en su «Política de Dios, Gobierno de Cristo»… Ni aquellos monarcas absolutos castigaron ni hicieron siquiera callar a los osados, ni la Inquisición les dijo media palabra, sabiendo bien que, aparte de las verdades reveladas, Dios «entregó el mundo a las disputas de los hombres». Cualquiera que haya manejado un poco a los libérrimos escritores españoles de aquellas centurias, no podrá menos de reírse de que la Inquisición «aherrojaba el pensamiento»: ellos, genuina y medularmente católicos, por espontáneo impulso estaban identificados con ella; no cabía, pues, opresión en el campo religioso, y en los demás la libertad era integérrima.

Algo de esto reconoce Renán, a su manera, en «L'avenir de la Science»:

«…Ved a España, ¿Creéis que esa nación, tan libre y tan filosófica en el fondo como cualquiera otra, ha sentido nunca la necesidad de una emancipación externa? ¿Creéis que, si la hubiera querido formalmente, no la hubiera conquistado? Su libertad es enteramente interior… Esos místicos, Santa Teresa, Juan de Ávila, Granada; esos infatigables teólogos, Soto, Báñez, Suárez, eran en el fondo pensadores tan atrevidos como Descartes o Diderot.»

Tratando nuestro benedictino tan graves e infinitos asuntos, batallando contra todo abuso, preocupación y corruptela, hiriendo tantos intereses y susceptibilidades, sólo tuvo que padecer de la Inquisición una leve censura, el 6 de septiembre de 1739, tildándole por «peligrosa en moral» una sentencia acerca de las ocasiones próximas de pecado. En esto, que sí competía a la Inquisición y que era asunto abstracto en que a nadie se atacaba, fue en lo único en que se metió con él: muestra de la mesura y justificación con que solía proceder –no obstante los abusos que en ella introdujeron algunas veceslas pasiones de los hombres y los entremetimientos gubernamentales– esta institución inmensamente popular en sus siglos de apogeo, querida y respetada por el pueblo cuya unánime religión defendía contra amagos de «extranjis».

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Leamos a Feijoó. Su lectura es una fiesta para el espíritu.

Alfonso Junco