Acción Española
Madrid, mayo de 1936
tomo XVII, número 87
páginas 412-415

Lecturas

José Corts

Filosofía de la Hispanidad,
por el Dr. P. Antonio Torró, Valencia 1936

El autor de la Filosofía del espíritu franciscano nos ofrece este ensayo sobre la Filosofía de la Hispanidad. Ya al hablar de aquél encomiaba el estilo de su autor, fondo y forma, embebido de clasicismo, que, aun empalagando alguna vez de pura dulcedumbre, subyuga y lleva muy suavemente de la idea y logra, casi siempre, contener la emoción sin párrafos grandilocuentes. Cuando surgen estos conatos de elocuencia, dijérase que están incrustados violentamente en la serenidad del libro.

Desde las primeras páginas se advierte que el estudio está emprendido en serio, y queda vencida la natural prevención contra esta índole de ensayos, así como la desgana que a uno le produce la pobrísima presentación, por lo demás muy franciscana tal vez, aunque San Francisco amaba los lujos de la naturaleza, los pájaros y las flores. Luego, a lo último, es cuando parece que el autor deriva por derroteros más angostos. ¿Se enfadará el P. Torró si pienso que planeó y comenzó su libro en Onteniente o en Santo Espíritu del Monte, y lo terminó en la ciudad acuciado por las prensas? Lo pienso con pena, y no sabría decir más. Que no desvirtúe este reparo el valor del libro. Quizá la Filosofía del espíritu franciscano deja tan excelente sabor en el ánimo que luego cualquier otro viene a perder al contrastarlo.

Comienza el P. Torró exponiendo sobre el Renacimiento español ideas [413] ya maduradas en libros anteriores, y las bases psicológicas para inquirir el curso del alma española, libres de la concepción materialista, pero bien aquilatadas la influencia del temperamento y las que el autor denomina «raíces telúricas».

En España el medio físico fomenta el individualismo. Compárense los conjuntos sensoriales del castellano, el levantino, el gallego, &c. Así va diferenciándose Castilla de la circunferencia litoral, y marcándose el espíritu introspectivo de aquélla y la dispersión de ésta. Castilla es el centro de unidad convergente, concentrada, y la fusión de los pueblos litorales con Castilla prepara el alma rica y universal de España. Porque en estos pueblos, cuando son muchos los excitantes exteriores y el hombre no se deja dominar por ellos, sino que los valora y depura, entonces su espíritu es universal de modo positivo y no por sola negación de los motivos particulares.

Ahora bien; es preciso superar los esquemas empíricos y remontarnos por vías del espíritu para concebir la esencia de España y conciliar a fondo el individualismo y el catolicismo. Muy encumbrado ha tenido que ser ese espíritu y muy acendrado ese catolicismo para lograr la fusión de las individualidades y de tan varios temperamentos en un fin superior. Todas las tendencias individualistas han tenido que acordarse a este empuje y aliento del alma universal de España: «Siempre la unidad de España ha sido fruto del espíritu, no del peso abrumador de la materia ni de la fuerza.»

Entre los factores de la unidad hispánica, huelga decir que el primero es el cristianismo, de feliz arraigo en aquellas gentes de hondo sentido humano y austero, hasta llegar a esa magnífica expresión de la unidad de la conciencia ibérica, que son los Concilios toledanos. Esta unidad constructiva queda destrozada en el Guadalete, y la Patria se ve en el trance de una reconstrucción. Una reconstrucción a fuerza de espíritu, de heroísmo y de dolor. Reconquista material y reconquista espiritual bajo este móvil supremo de la fe cristiana. No fue el motivo religioso un recurso al que apelaran los jefes para sus fines políticos, sino la religión el primero de los fines nacionales. El romancero acusa, por donde quiera que lo abrimos, esta verdad. Cúmplese entonces a maravilla la ley psicológica del contraste: la oposición destruye los elementos débiles de la conciencia, pero refuerza y eleva al primer plano los de arraigado valor sustantivo. Esta manera de brotar y correr la Reconquista demuestra la diversidad de formas y la unidad de espíritu españolas. [414]

En esta parte adviértese la influencia de Vázquez de Mella. Visión tradicional de la Reconquista. Visión más nueva la de ese espíritu universal abriéndose por Levante: Raimundo Lulio en el siglo XIII, San Vicente Ferrer en el siglo XIV, el obispo Ximenis en el XV, Luis Vives en el XVI.

En esta comunidad de las regiones españolas no ha habido una que absorbiera a las otras. Castilla, la preponderante como factor unitivo, es la menos individualista y apegada a la materia. Por donde la conciencia de España no es la de una región que se generaliza e impone, sino la conciencia universal que a todas las abraza. Lo individual no queda anulado, sino superado. Junto con ciertas consideraciones que no son específicamente hispánicas, y otras que debieron elaborarse más rigurosamente, por ejemplo, la supremacía de las instituciones sobre las personas en la vida española, destaca el autor el humanismo de nuestro derecho nacional e internacional y de toda nuestra cultura: Séneca, Luis Vives, Cervantes, el Greco, Teresa de Jesús. Humanismo cristiano que en Trento crea el más alto y dilatado reino que vieron los siglos. El catolicismo, sin destruir los valores singulares, los concierta y renueva y encumbra. En ese ápice está España.

Todo esto, expuesto aquí en resumen, lo expone el P. Torró con probidad científica, en un intento de darle base y método a tantas afirmaciones hechas por intuición o por simple entusiasmo. Filosofía, no dilettantismo patriótico. Aunque, como era de temer, haya pasajes en que la filosofía de la hispanidad cede a la filosofía de un pueblo ideal, y perdemos un poco el contacto con la realidad. La realidad es rebelde al esquema.

Entre las causas de la decadencia española, señálase, en primer término, el extranjerismo, el haber pasado el genio de España de pensamiento modelo a pensamiento reflejo. Este es uno de los puntos más felices de este ensayo. A partir de aquí es donde pienso que el autor mudó de ambiente. Exactas algunas consideraciones fundamentales, se pasa del estilo doctrinal al anecdótico con cierto nerviosismo: por ejemplo, la alusión a determinados grupos políticos, por ejemplo, esa referencia de tipo periodístico a la llamada justicia social. Y así llegamos a las últimas páginas, en que el libro se empequeñece y el lector padece violencia. La nostalgia que nos despertaba no se satisface con esas conclusiones.

Insisto en que la Filosofía del espíritu franciscano, magnífico libro desde la primera a la última línea, obliga a mucho al autor. Estos dos capítulos últimos, ¿no se decidirá el P. Torró a volverlos a escribir en su [415] celda, sin diatriba ni anécdota, para que sus lectores nos quedemos sosegados?

José Corts


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Antonio Torró Sansalvador 1930-1939
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