Hispanidad
Madrid, 1.º de febrero de 1936
año II, número 7
páginas [9-13]

Valeriano Ruiz Velasco

El Padre Zacarías de Vizcarra
y el ideal de la Hispanidad

Ilmo. Sr. Dr. D. Zacarías de Vizcarra y Arana, autor de la palabra Hispanidad

Ilmo. Sr. Dr. D. Zacarías de Vizcarra y Arana, autor de la palabra «Hispanidad»

En el magnífico Parque del Retiro de Madrid, cuyas amplias y preciosas avenidas tienen para los españoles tantos motivos evocadores, recordándonos con sus rótulos los nombres de las Naciones Hispano-Americanas, hay en la margen izquierda del llamado estanque grande, en breve elevación del terreno y al borde de poético y silencioso sendero, un sencillo monumento, medio escondido entre el follaje.

Es un pequeño altar erigido a la Patria, con la apología y glorificación de España, como homenaje de la Hispanidad; pero si modesto y sencillo es el altar, grande es en cambio y sublime el ara, medallón hermoso de buen cincelado y artístico bronce, donde la Nación Argentina, al declarar fiesta Nacional el 12 de octubre desde el año 1917, presenta al mundo en los tres considerandos que preceden al decreto, las oblaciones, sacrificios y holocaustos que la madre patria realizó en otros continentes en pro de la civilización por medio de sus misioneros, artistas y conquistadores.

Había de ser la gran nación Argentina quien nos hiciera el espléndido regalo de esculpir en metal el acuerdo íntegro y cantar en épico lenguaje el agradecimiento de Hispano-América a la obra de España y sus colonizadores, y por ser la hermana mayor de las demás naciones, hijas de España, quien en los considerandos del decreto vindica a la madre de las calumnias históricas y de la ignorancia, con que nacionales y extranjeros han tratado nuestra ingente obra del descubrimiento con todo lo que al descubrimiento hubo de seguir..., merece de los españoles un agradecimiento singular, que bien podía manifestarse el día de la fiesta de la Hispanidad –12 de octubre– acudiendo en severo y ordenado desfile ante aquel gran documento, donde se contienen las más nobles ejecutorias del pueblo español.

La Europa no ha perdonado todavía a España la gloria del descubrimiento «El acontecimiento de mayor transcendencia que haya realizado la humanidad a través de los siglos..., pues todas las rememoraciones posteriores se derivan de este asombroso suceso», (así dice el primer Considerando). Ni quiere que España conserve la prerrogativa y su peculiar modo, no sólo en el denuedo, arresto y valor, sino principalmente en el espiritualismo que animaba a los españoles en presencia de la cruz de los misioneros antes y después de la conquista, «empresa ésta tan ardua y ciclópea que no tiene términos posibles de comparación en los anales de todos los pueblos» (2.ยบ Considerando).

Envidias y rencores; acrecentados en nuestros rivales de fuera para falsear nuestra obra civilizadora de América, por ser España quien, simultaneando la evangelización del Nuevo Mundo, [10] fuera al propio tiempo dique inconmovible, ante el cual se estrelló impotente la ola de la pseudo reforma, que iba minando todas las naciones menos la nuestra...

Ni tampoco han faltado nacidos en el propio solar español que por un puñado de pesos, sucres, bolívares, &c., han vendido las calumnias contra España, en conferencias, escritos y discursos, en territorios y países regados con sangre de españoles, y cuyo espíritu ha quedado infiltrado en sus habitantes porque se les dió lo que no ha dado pueblo alguno de la tierra en sus colonias –los apellidos– y con los apellidos la institución familiar y cristiana.

De estos enemigos de casa podemos decir y les podemos aplicar lo que D. Marcelino Menéndez y Pelayo escribe en la primera página de su áureo libro Los Heterodoxos Españoles, tomándolo de las Sagradas Escrituras, «Ex nobis exierunt, sed non erant ex nobis», pues aunque nacidos en España, no son españoles, sino hijos de la revolución y la enciclopedia, y a los cuales brindamos el tercer considerando: «...que la España conquistadora y descubridora volcó sobre el Continente enigmático, el valor de sus guerreros, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales, obrando el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones, a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos mantener con jubiloso reconocimiento.»

¡Gracias, gracias, hermanos de América! «...sangre de España fecunda...», en versos de Rubén.

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Cuando el pueblo argentino –al que siguieron los demás pueblos americanos– celebró por primera vez el 12 de octubre de 1917 la fiesta nacional, creada en virtud del decreto, cuyo contenido está escrito en bronce en el monumento del Retiro madrileño, no había hecho pública todavía el Dr. Vizcarra su palabra «Hispanidad». Los pueblos hispano-americanos y la misma madre patria, al conmemorar en el 12 de octubre el primer desembarco de los españoles en tierras de Guanahani, comenzaron a llamar a esta fiesta Día de la Raza o Fiesta de la Raza.

«Poco feliz y algo impropio», escribió entonces en la revista Criterio el Ilustrísimo Sr. Dr. D. Zacarías de Vizcarra y Arana, «me parece el nombre de Día de la raza», y abogó en distintos artículos por denominarla «Día de la Hispanidad», porque no existe (decía) «unidad de raza fisiológica, no sólo en los pueblos hispánicos de América, Africa y Oceanía, sino tampoco en la misma nación española; aunque también es cierto que la palabra raza se emplea en sentido moral, como cuando Jesucristo llama a los escribas y fariseos raza de víboras, siendo fisiológicamente de la misma raza que el Salvador». Y añadía: «Pudiendo llamarse raza española al conjunto de pueblos que constituyen dentro de la especie humana una variedad típica que corresponde al tipo humano español por haber recibido de España el primer impulso civil, cultural, religioso y moral, completado con la sangre española que corre por las venas de las clases más influyentes y más distinguidas por su antigüedad, arraigo y abolengo, de los pueblos hispanos». Así como las substancias – escribía– extrañas, tanto animales como vegetales y minerales, que el organismo del hombre va asimilando desde su infancia no logran cambiar el tipo humano que recibió de sus progenitores, así también las diversas razas indígenas y alienígenas que ha ido asimilando poco a poco el protoplasma español en sus antiguas colonias, no han logrado alterar substancialmente en ellas el primitivo tipo hispánico. Los inmigrantes de otras razas, a la segunda generación y muchas veces a la primera, llevan, sí, apellido extranjero, pero alma española; de la misma suerte que el mosto de Málaga fermentado en las cubas madres de Jerez, toma el gusto y tipo del vino de Jerez.»

Reconocía el doctor Vizcarra que la palabra Hispanidad no se hallaba incluída en el Diccionario de la Lengua castellana, y rogaba a este fin a la Academia Española que la adoptase en las dos acepciones que proponía a su estudio «porque estoy convencido de que no existe palabra que pueda sustituir a la Hispanidad e hispánico para denominar con un solo vocablo a todos los pueblos de origen hispano y a las cualidades que los distinguen de todos los demás. Encuentro perfecta analogía entre la palabra Hispanidad y otras dos voces que usamos corrientemente, Humanidad y Cristiandad. Llamamos Humanidad al conjunto de todos los hombres del [11] mundo, y humanidad (con minúscula) a la suma de las cualidades propias del hombre. Así decimos, por ejemplo, que toda la Humanidad mira con horror a los que obran sin humanidad, y lo mismo llamamos Cristiandad al conjunto de todos los pueblos cristianos, y damos también el nombre de cristiandad (con minúscula) a la suma de cualidades que debe reunir un cristiano. Esto supuesto, nada más fácil que definir las dos acepciones análogas de la palabra Hispanidad; significa en primer lugar el conjunto de todos los pueblos de cultura y origen hispánico diseminados por Europa, América, Africa y Oceanía; expresa en segundo lugar el conjunto de cualidades que distinguen del resto de las naciones del mundo a los pueblos de estirpe y cultura hispánica». Hoy la palabra Hispanidad figura ya entre las aceptadas por la Academia de la Lengua para ser incorporadas al Diccionario, y es empleada por los escritores de más valía entre la verdadera intelectualidad española.

Cabe la gloria al gran pensador D. Ramiro de Maeztu, paisano ilustre de Fray Francisco de Vitoria, de haberla apadrinado y divulgado en incontables crónicas: le siguieron después innumerables publicistas hispano-americanos, pudiendo decirse que en la actualidad es palabra consagrada en las letras patrias, pues como a un conjuro se ha agrupado bajo el contenido de Hispanidad esa pléyade inmensa de escritores, oradores y poetas que en la generación que vivimos, vindica, restaura y defiende los valores históricos, más que olvidados, falseados y escarnecidos, hasta hace pocos años. No es, por tanto, de extrañar que encariñado con esta palabra, titulara el señor Maeztu su magna obra de 1934 En defensa de la Hispanidad, obra cumbre además y de todos los días, de hoy y de mañana, de interés constante y fijo, como fija y perenne es la riqueza y los tesoros de nuestra civilización cristiana en Europa, América, Africa y Oceanía. Mucho y bueno sabe D. Ramiro de Maeztu de la fecunda labor que en la Argentina ha realizado y sigue realizando el autor de la palabra «Hispanidad», Dr. Vizcarra, principalmente en Buenos Aires, durante veinticuatro años de plenas e incansables actividades literarias, científicas y religiosas. Era natural que dos inteligencias tan gemelas y privilegiadas se unieran y compenetraran con sincera y franca amistad, en el instante mismo de conocerse. Fué esto en aquellos años gloriosos de España –pocos para desgracia nuestra– cuando D. Miguel Primo de Rivera, de memoria eterna para la buena España, e hidalgo y caballero a la usanza de cualquiera de las figuras legendarias que podemos recordar de nuestro siglo XVI, queriendo recoger y traducir en frutos el innato amor de la madre España y su correspondencia por las hijas de América, mandó a la Argentina como Embajador a D. Ramiro de Maeztu, y en verdad que lo fué; un verdadero Embajador, «el mejor embajador que ha enviado España desde hace muchos años» (escribía D. Zacarías de Vizcarra a sus familiares de Abadiano), añadiendo el que estas cuartillas emborrona que fué algo más todavía, Virrey del pensamiento, de la cultura y del espíritu hispánico. ¿Cómo no habían de hacerse amigos cerebros tan extraordinarios, si a esta identificación del saber se unía providencialmente el nervio simpático de las provincias hermanas, alavés de Vitoria el señor Maeztu y de la muy bella y bonita villa de Abadiano en el Duranguesado de Vizcaya el Sr. Vizcarra? ¿Portavoces los dos de la España grande, con los mismos anhelos, inquietudes y entusiasmos, rimando al unísono y siguiendo la misma trayectoria, la defensa no sólo de España, sino de la Hispanidad?

Seguía de Embajador en la Argentina don Ramiro de Maeztu en 1929 y el Consejo Nacional de Educación de Buenos Aires quiso incluir en la edición de cantos escolares una letra para cantar la marcha nacional española en la fiesta del 12 de octubre y otras ocasiones parecidas, y dado el alto prestigio de que justamente goza allí el Sr. Vizcarra, a él se acudió, y compuso estrofas tan bellas que merecían copiarse aquí; en ellas emplea la palabra raza en el segundo sentido que queda expuesto arriba:

«Salve España, solar de nuestra raza,
Que héroes prodigó
Y un mundo al Mundo dió, &c., &c.»

En esta composición vibrante y cálida toda ella, canta breve y sintéticamente las glorias comunes de todas las naciones que componen la Hispanidad. Fué acogida con entusiasmo por el Ateneo Hispano-Americano, según la revista de la Asociación Patriótica [12] Española (septiembre 1929), por el Embajador de España Sr. Maeztu, y con grandes elogios por los críticos de Buenos Aires; cantándose además en los actos oficiales de más resonancia ante los representantes de las naciones que la tienen en la capital.

No guía nuestra pluma, al hablar del Doctor Vizcarra, desmesurado deseo de realzar ni elogiar su figura. Son los hechos los que han de hablar por sí mismos, empujados por la justicia que exige del eximio Sacerdote, un conocimiento aunque sea incompleto por parte de los muchos que preguntan: «¿Quién es?» Doctor en las tres Facultades de Teología, Filosofía y Derecho Canónico y Licenciado en Letras, cursó toda su carrera en la Universidad Pontificia de Comillas, amigo y condiscípulo de nuestro inolvidable y amadísimo Cardenal Segura –más querido cuanto más sufra persecución–, desempeñaba durante sus últimos años de estudio el cargo de Bibliotecario de aquella Universidad.

El mismo año de su ordenación, 1906, es nombrado Catedrático de Dogma y Lengua Hebrea del Seminario Conciliar de Vitoria. En esta ciudad funda la revista de la Juventud Mariana «Páginas Marianas» y da gran impulso al Catecismo interparroquial de Villasuso. Fué uno de los fundadores y colaboradores de «La Gaceta de Alava», y todavía se recuerdan en Alava, Guipúzcoa y Vizcaya sus conferencias y discursos, pronunciados en diversas poblaciones con motivo de la conmoción religiosa que se produjo con la famosa ley del candado (entonces todavía en proyecto), contribuyendo con ellos a levantar el espíritu católico del país vascongado, poniéndolo en pie con aquellas grandiosas e imponentes manifestaciones que todavía se recuerdan en España entera. Para sacar provecho de aquel gran fervor católico, escribió la «Cartilla de Acción Católica», que tantos elogios mereció del Nuncio de Su Santidad, de los Sres. Obispos, Cardenal Primado y de Don Marcelino Menéndez y Pelayo; libro que después de hacer veinticuatro años que se publicó sigue siendo obra del momento en que vivimos, pues de haberse practicado sus soluciones y enseñanzas, hubiera sido algo más, y mucho más, fructífero el tiempo perdido con divagaciones alrededor de tan manoseado tema. Grande era la labor intelectual y religiosa que sembraba desde Vitoria el señor Vizcarra, cuando Dios, por mediación del ilustre prócer, católico y argentino Sr. Pereira Iraola, le señaló campos más amplios y necesitados a orillas del Plata, en los que el ya entonces sabio –no obstante su juventud– con la espléndida ayuda material de este preclaro aristócrata Sr. Pereira, prestigio indiscutible en Buenos Aires, pudiera el señor Vizcarra satisfacer en parte la insaciable sed de evangelizar el gran amor de España a América, y el que América se sintiera cada día más española. Sed de Dios, sed de España, sed de Hispanidad, todavía insatisfecha, después de veinticuatro años en Buenos Aires de trabajos incesantes y actividades ininterrumpidas, que lejos de debilitar su esclarecida inteligencia, la vemos manifestarse fresca y lozana, como en los juveniles años de Catedrático de Teología Dogmática y Lengua Griega en Vitoria.

Quisieron los vitorianos con sus Juventudes y Asociaciones, que tanto fruto habían recibido con sus doctrinas, testimoniarle en gran homenaje popular la tristeza que sentían con su marcha; mas él, modesto en extremo, con humildad y sencillez verdaderamente ejemplar, frustró los deseos del pueblo, silenciando el día de su marcha. Y ahora comienza la ímproba tarea de poder contestar a la pregunta ¿quién es el Sr. Vizcarra?, aun narrando sintéticamente lo que ha realizado y realiza en Buenos Aires, por datos que me suministra «El Pensamiento Alavés», «La Constancia de San Sebastián», «Boletín Eclesiástico» de la Diócesis de Vitoria y «A B C» de Madrid. Pero no obstante, ¡cuánta labor ignorada!...

En la Crónica del Congreso Eucarístico Internacional de Madrid consta íntegra la luminosa Memoria presentada por él a aquella memorable asamblea.

Funda en Buenos Aires los cursos de cultura religiosa, de los que ha sido profesor y censor durante muchos años, mereciendo del actual Pontífice en los comienzos de su elevación al Papado, la medalla de oro. Fundación suya son también las «Escuelas Isidorianas», para hijos de españoles, y la «Cultural Isidoriana». Es asesor de la Acción Católica de Damas de Buenos Aires, Juez Metropolitano y miembro muy activo de otras instituciones sociales, culturales y religiosas, y pertenece además a diversas Academias nacionales. [13]

Su labor como publicista, es imposible de enumerar; su capacidad de trabajo, extraordinaria; su firmeza defendiendo la verdad, indomable; su férrea voluntad, unida a una aguda perspicacia, le hacen estar presente a todas las necesidades del momento, en las que la Iglesia católica, la verdad o España exijan defensores..., respondiendo él entonces con libros, publicaciones, folletos, artículos periodísticos, &c., &c. Es director y fundador de la Escuela de Periodismo Católico, con el nombre de «Instituto Grafotécnico», y profesor de uno de los cursos. Obra ésta la más acabada en su género y que ha tenido la virtud de hacer desbaratar por su técnica y por su espíritu, un plan análogo que trataban de implantar las sectas judaico-masónicas de Buenos Aires. Alma de la organización del Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires –sobre todo de la sección española– en 1934, desempeñó en él el difícil cargo de secretario del Comité ejecutivo, y según crónica de aquellos días en «A B C», obra son del P. Vizcarra las conclusiones aprobadas en la sesión final, entre cuyas conclusiones destaca la de levantar una iglesia junto a la costa sobre un espigón, de idéntica forma que la gran cruz del Parque de Palermo, erigida provisionalmente para presidir el Congreso, sobre el monumento a los españoles. Las obras han comenzado el 12 de octubre, día del Pilar, de 1935, primer aniversario de aquella imponente manifestación eucarística que reunió a dos millones de católicos, con la colocación de la primera piedra; esta piedra fué llevada días antes a Roma en avión desde la capital argentina para que fuera bendecida por Su Santidad el Papa.

Con posterioridad al Congreso –en premio de cuyos trabajos el Pontífice le honró con el nombramiento de Proto-Notario apostólico– ha conseguido fundar «La obra de Cristo Rey», con el fin de obtener la perseverancia de las grandes masas de convertidos, hombres de negocios, literatos, &c., y a este fin ha montado un Secretariado para atender al gran número de consultas, dudas sobre autores, libros, aclaraciones sobre el dogma, pues entre los convertidos hay muchos hombres de carrera y de ciencia; para ayudar a esta penosa labor del Secretariado, se dan en Buenos Aires tres conferencias semanales de Radio, en las que casi siempre se ve obligado a actuar el Ilmo. Sr. Dr. D. Zacarías de Vizcarra y Arana. Esta sección de la Radio es conocida allí con el nombre de «Hora espiritual».

Ante mis ojos tengo varias de las publicaciones del P. Vizcarra, entre ellas, la que titula «¡Españoles, recuperemos nuestra herencia!», reimpresa en Durango (Vizcaya), 1932. Con ella y con los discursos pronunciados en octubre de 1934, en la capital argentina, por el hoy Cardenal Gomá, Arzobispo de Toledo, y el Excmo. Sr. Obispo de Madrid, Doctor Eijo y Garay, quedan bien delineados los caminos a seguir por todos los pueblos que forman nuestra «Hispanidad», para que ésta viva, su legítimo y verdadero esplendor.

Valeriano Ruiz Velasco

Madrid, enero 1936.


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Zacarías de Vizcarra y Arana 1930-1939
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