La Conquista del Estado
Madrid, 4 de abril de 1931
número 4
página 4

Nosotros los señoritos y los golfos
Valor superrealista y poético de los guardias de seguridad

 

En el ensayo siguiente, el Sr. Giménez Caballero enlaza las preocupaciones subversivas del superrealismo con el tipo de política que defendemos en LA CONQUISTA DEL ESTADO. La cosa tiene, sin duda, gracia literaria, y el talento de nuestro amigo le asegura atisbos felices. Pero bien está decir que no nos interesan nada las guerrillas de la literatura y que nos movemos en sectores donde pierden toda eficacia sus disparos. De otra parte, preferimos la acción y la rotundidad violenta a la violencia y el grosor de las palabras. El superrealismo huele a farsantería cuca. A espantapájaros o espantaburgueses bobos. N. de la D.

Andrés Bretón, complicado en los sucesos de San Carlos

Cuando Andrés Bretón publicó, en Diciembre de 1929, el segundo manifiesto de la revolución surrealista, estaba muy lejos de pensar el general Mola que los poetas le iban a traer graves complicaciones en su Dirección General de Seguridad española.

Al decretar ante sí este grupo de escritores, de «chiflados», en un rincón de París, que se debía aniquilar el materialismo, proclamar la violencia y exaltar todo confusionismo, estaban muy lejos nuestros pacíficos guardias de sospechar que algo terrible se tramaba contra ellos, envuelto en versos y en logaritmos tipográficos.

Pero es el caso que ese grupo de poco más de una docena de gentes proponía decididamente:

«La lucha como estado natural del hombre.»
«La guerra abierta a toda organización gubernativa, y en especial A LA POLICÍA.»

Sí, a la Policía: «creación esencialmente burguesa postfeudal, representativa de las libertades del hombre que la aceptó.»

La huelga y el antitrabajo se declaró también artículo de tal dogmática.

Y sobre todo, el insulto, el escándalo, el grito, el antirracionalismo, el panfleto, la sátira cruel y el manifiesto energuménico.

No es de extrañar, señores, que en este periódico, recién recogido por la Policía, escandaloso, panfletista, antirracional, insultante, que proclama en su dogmática la lucha y la guerra, se pretenda hoy aclarar un poco ese fenómeno poético, puro y abstracto, en el que se ha enrolado toda nuestra actual política española.

Vaticinio

El surrealismo ha sido para España, más que una consecuencia poética, una conclusión política.

Cuando yo proclamaba, hace más de un año –en una interviú que me hizo el Heraldo de Madrid– que «la vanguardia» no tenía hoy en España otro refugio y valor que en la política, sabía exactamente que iban a suceder los sucesos de San Carlos.

Primo de Rivera y Pedro Salinas

Siempre que Pedro Salinas me manifiesta su asombro y disgusto frente al espectáculo superrealista, en que los «intelectuales» quieren devorar a los «intelectuales» en arte, es decir, a sí mismos (¡cosa absurda, intolerable!), me acuerdo de las exclamaciones asombrosas que Primo de Rivera daba en sus últimas notas oficiosas –allá al final de su vida dictatorial y serena–, cuando los primeros estudiantes y profesores se levantaban contra sus primeras víctimas públicas, de los guardas públicos de Seguridad, esto es, contra la fuerza burguesa que custodiaba la seguridad de esas fuerzas burguesas, que eran los profesores y los estudiantes. Esto es, contra ellos mismos.

¿Cómo es posible tal subversión, tal perversión en la política? ¿Cómo es posible que una clase social se devore a sí misma? –venía a decir Primo de Rivera, sin salir de su asombro.

¿Cómo es posible tal perversión, tal subversión en el arte, que un poeta devore a la Poesía? –venía a decir Pedro Salinas, saliendo del suyo.

Sbert, Joan Miró, Dalí, Buñuel

Es muy sintomático que el jefe organizador de las primeras subversiones estudiantiles en España haya sido un catalán: Antonio María Sbert.

Es muy sintomático que el jefe organizador de las primeras subversiones plásticas en la pintura haya sido un catalán: Joan Miró.

Es muy sintomático que el jefe organizador de las primeras perversiones en la poesía hispánica haya sido un catalán: Salvador Dalí.

Es muy sintomático que el jefe de las primeras subversiones en el cinema haya sido un cuasi catalán, el aragonés Buñuel.

Cataluña, foco epidémico y romántico

¡Qué estupidez la de los que creen a Cataluña el «hogar clásico de España», el «refugio de lo mesurado y helénico en la Península», la «región serena de lo grecolatino en la historia española»!

Al decir estupidez, me refiero a la que han llegado los filósofos catalanes de Formentor en torno al báquico Keyserling, estos días, atribuyéndose todas esas prendas filosofales del mundo antiguo y dejando para Castilla Andalucía el romanticismo y el barroco.

¡Mentira! ¡Majadería! ¡Estupidez!

Los males románticos, superrealistas, diabólicos, pasionales y separatistas de nuestro país, siempre vinieron de Cataluña, desde la Oda al Vapor, de Aribau, hasta la glorificación de la mierda por Salvador Dalí. El foco epidémico de España: ése: ¡Cataluña!

Andalucía, nuestro único clasicismo

En cambio, todo el mundo ha creído que Andalucía, por sus árabes, su cante hondo, su afición al jazmín, era la sede del romanticismo.

¡Andalucía! El único sagrario de alma antigua y serena de España!

Al mismo tiempo que Primo de Rivera iba pereciendo dulcemente, al empuje violento, serpentino, tenaz y barroco de Sbert, así las revistas malagueñas, como Litoral, las sevillanas como Mediodía –donde Pedro Salinas y sus puros, serenos amigos, tenían su cetro, iban superrealizando dulcemente, según frase feliz que repite ahora el joven catalán Masoliver, al aludir al ocaso de Litoral en los fastos poéticos de España. («Málaga dolçament se surrealitza.»)

La clave contrapuesta

Esta clave contrapuesta de valores hispánicos nos la venían dando secretamente catalanes y andaluces hace tiempo.

Yo he oído muchas veces al griego de Mallorca Juan Estelrich exaltar embriagado el secreto de Sevilla. Y es que Juan Estelrich, que sabe mucho griego, es en sus entrañas un balkánico, un búlgaro-catalán, que halla siempre en Sevilla y Atenas dos santuarios subconscientes de valores clásicos que a él le faltan.

Asimismo, he visto a García Lorca volver de Barcelona derretido en folklorismo y en música, perdida la chaveta.

Un matrimonio andaluz-catalán es siempre perfecto. Se complementa exactamente. Bosch Gimpera, el gran catalán que ha descubierto en los precapsienses la raza original de andaluces y catalanes, me lo aseguraba hace poco con su propio ejemplo matrimonial. Eugenio d'Ors es otro caso más a la comprobación: todos sabemos que el clasicismo de este catalán se reduce a apretar mucho los dientes al hablar, para que no se le escapen de golpe todas las pasiones atroces y violentas que lleva escondidas bajo las híspidas cejas demoníacas de su romanticismo substancial.

El caso Rafael Alberti

Otro caso comprobatorio. El de Rafael Alberti. Marinero de Málaga, surrealizado de pronto como por una gripe gratuita. Asesino de sí mismo. Masoquista de su propia poesía. Que por no caer en el enmerdeur idéaliste, ha terminado por engullirse toda la tortilla de finas mierdas de Salvador Dalí, refrita a la andaluza. Menos mal que –como el jesuita Calderón– cree en el libre albedrío en El hombre deshabitado, y se salvará siempre en la hora suprema de la muerte con el arrepentimiento de todos los pecados.

¿Qué cosa va a superrealizarse?

Estoy conforme con quien ha definido el superrealismo en arte como un equivalente del marxismo en política, esto es: el canto del cisne de la burguesía como clase social.

Esos señoritos que superrealizan sus versos son lo mismo que esos otros señoritos que comunistizan sus ideas políticas. Devoradores de su propia clase social. Derrumbamiento de su «señorío».

«La burguesía, intoxicada de lugares comunes –ha dicho un joven investigador poético, J. Solanes–, de pornografía y de canalladas, ha culminado en la apoteosis de los tóxicos, de la postal pornográfica, de la recomendación del incesto: el superrealismo no es sino un exponente de la putrefacción intelectual del mundo occidental.»

Esta misma crítica me hizo a mí –certeramente– un comunista cuando publiqué mi Yo, inspector de alcantarillas.

Sí. Es verdad. Nosotros, la burguesía, nos hemos encanallado. Hemos ido cediendo derechos de señorío, y estamos llegando al arroyo para que los del arroyo puedan perdonarnos nuestros pecados.

Vileza y sacrificio

¡Qué vileza! Pero también, ¡qué sacrificio y qué abnegación! ¡Renuncia a ser intelectuales! ¡Abajo nuestro señorío! ¡Aceptar lo ínfimo, la mierda, el andrajo y el piojo del paria!

¡Es el sacrificio de una clase para otra! ¡Es nuestra cristianización!

¡Nada de medias tintas! ¡Abajo el ofensivo liberalismo!

¡Al liberal, al intelectual, no lo perdonarán nunca los que vienen!

¡No hay temor de que triunfen los reformistas, los constituyentes, los liberales, los burgueses!

Estamos ya de acuerdo los señoritos y los golfos, los estudiantes y la gente de la calle, para enfrentar a los guardias, símbolo de una clase social que quiere mantenerse en ruinas!

¡Viva la mierda en que estamos metidos!

Sobre esta mierda ínfima y humilde es sobre la que hay que edificar todo el nuevo templo. Porque esa mierda no lo es, sino que es oro, es un simulacro, es una falsa realidad, es la nueva sublimidad.

Y quien no lo entienda así, que se inscriba en el partido republicano radical socialista, por ejemplo.

O que se vaya, con Alcalá Zamora. Es decir, que se vaya a la verdadera mierda, que no es más que mierda de verdad, mierda burguesa sin disolverse ni pasteurizarse.

E. Giménez Caballero

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Ernesto Giménez Caballero
La Conquista del Estado
1930-1939
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