Filosofía en español 
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Bernardo Clariana

Revalorización del Estado y naturaleza óntica del Estado socialista

El presente ensayo sobre la “revalorización del Estado y naturaleza óntica del Estado socialista” de nuestro amigo el joven profesor de Irún, Bernardo Clariana, que va a continuación, necesita palabras nuestras de situación y apuntamiento. Aunque nuestra reiterada advertencia de que la colaboración firmada supone una responsabilidad individual pudiera parecer suficiente, queremos, para evitar toda posible confusión, precisar el sentido con que lo publicamos. Esto nos servirá, además, de oportunidad para aclarar nuestra voluntad –es decir, nuestra realidad más profunda, que, al parecer, es turbia aun para muchas pupilas.

Evidentemente, el tema abordado por nuestro compañero es de tal volumen, que apenas cabe esbozar sus dimensiones en la brevedad de unas cuartillas. Y, en efecto, el corto ensayo se agota en ese apuntar a un largo y difícil camino de problematicidad. Es, como nos dice su propio autor, “un intento de justificar filosóficamente, y no desde nuestro punto de vista marxista, la naturaleza del Estado socialista”. Y, sin embargo, a pesar de manifiesta su herética distancia del “aceptado punto de vista marxista”; y a pesar de la balbuciente elementalidad programática con que se define el intento, nosotros lo publicamos. ¿Por qué?

Se suele tener de las revistas un concepto de cosa hecha y acabada, que, discutible como referencia a las que son y han sido, es insuficiente y erróneo aplicado a la nuestra. Se equivocan completamente y demuestran no haber comprendido la misión de NUEVA CULTURA –acaso sea nuestra la culpa de obscuridad– quienes crean que realizar la revista, nuestra Revista, es ir publicando artículos ya hechos, perfectos y acabados, entregándolos a la lección, conforme o disconforme, pero siempre anónima y aislada de unos pasivos lectores solitarios. Acaso sean –hayan sido– esos los propósitos de las revistas corrientes y molientes. Pero nosotros no hemos venido a eso. No se trata sólo de que ello resultaría imposible tratándose de una cultura que, en vía de formación en Europa y el mundo, está casi inédita en su versión española. Es más profunda la razón que nos mueve a esenciales divergencias de la aceptación mostrenca. Es que en nosotros “cultura” y “revista” son –quieren ser, y por eso son aún más profundamente– algo, vivo y animado. Que no “es”, sino que “está siendo”. Y si la cultura es, por su rango etimológico, cultivo, es decir, trabajo y elaboración, no cabe pensar en fríos cadáveres de cosas terminadas, sino en el vivo proceso de la acción humana. Hoy los nuevos hombres que emergen en el continente histórico –los hombres del trabajo– traen una nueva emoción cardinal –la intuición de la comunidad– en que fundirlo todo, rehaciéndolo, “recreándolo”. Y nosotros, que somos hombres de nuestro tiempo, queremos participar en esa lucha de cada día y de cada hora, por la nueva cultura. La Revista es para nosotros un centro de relaciones humanas, personales, activas. Queremos que sea la animada participación de todos cuantos sientan en sus íntimos ámbitos la secreta armonía que llama a la nueva vida, a la sociedad nueva del trabajo común, fecundo y creador. Queremos transir nuestras hojas de un temblor de vida, de afán y de lucha. Que sea el reflejo de una comunidad en movimiento. Queremos recibir de nuestros lectores iniciativas, críticas, discusión y refrendo. Hay que establecer una reciprocidad fundando grupos de “Amigos de NUEVA CULTURA” dispuestos a convivir nuestro dramático destino. En nuestra empresa de barrer la envenenada civilización capitalista, de clases en lucha y de individuos perdidos en solitaria lucha con la vida; de ir levantando sobre los suelos despejados la nueva civilización socialista, deben todos “actuar” y no quedar espectadores de nuestro esfuerzo. Entre nosotros, magisterio y discipulado se funden en la unánime categoría de fraternales camaradas.

En el presente ensayo de fundamentación axiológica del Estado socialista, la inteligencia de nuestro joven amigo pretende resolver uno de los problemas que su conciencia política y su tradición cultural y universitaria engendran al cruzarse. Como tantos otros escolares procedentes de las clases burguesas, pero ganados por la revolución, lucha denodadamente por una comprensión clara y justa de las cosas. Por esto es el trabajo el dato conmovedor de una conciencia en movimiento hacia la meta común. Al publicarlo, pues, no hacemos sino realizar nuestra Revista, tal como la sentimos y entendemos. Estamos lejos de creer que represente una solución al difícil problema que aborda. El propio autor nos anuncia que todavía piensa “estudiar y pensar bastante esta cuestión”.

Nosotros creemos que, efectivamente, la nueva filosofía, y concretamente la llamada ciencia de los valores o Estimativa, constituye para muchos jóvenes intelectuales cercanos a nuestra órbita un auténtico problema. Famosa es la discusión sostenida por las precedentes generaciones de marxistas en torno a los problemas que a su conciencia y a su política socialistas planteaban las filosofías contemporáneas de las escuelas neo-kantianas, positivistas y empirocriticistas. Nuestra generación no puede desentenderse de los problemas que le plantean las filosofías de nuestro tiempo. Es necesario estudiarlas, analizarlas, comprenderlas y tomar posición frente a ellas. La publicación del presente ensayo, inicial preocupación de una honesta inteligencia que desea para su causa socialista base firme, segura y responsable, es sólo acto de colocar sobre la blanca mesa de nuestras páginas el objeto de litigio. La discusión queda abierta.

Todos cuantos sientan nuestras preocupaciones deben intervenir razonablemente. En el estudio, en la polémica y en el trabajo mutuo está el único método de formación colectiva, el único camino de sabiduría a esa estrella roja que ilumina los afanes de nuestra noche.

1

El significado de las revoluciones sólo puede ser plenamente comprendido con las luces de la Estimativa o ciencia de los valores. Toda otra comprensión que no sea la puramente axiológica no constituirá sino divagación, afán de calificar de tal o cual color político el sentido metafísico de las revoluciones.

Interpretar las revoluciones es interpretar la misión del Estado. Y ésta sólo puede comprenderse desde la ética de los valores.

El Estado ha sido el poder más o menos legítimo que en todo momento acuciado por las infraestructuras sociales –informe conciencia social– habíase atribuido, como un expurgo, la difícil misión de realizar los valores sociales colectivos. Y ha sido precisamente la no realización, la antirrealización, lo que ha venido a diferenciar la Sociedad del Estado, constituido en antisociedad, en lucha tenaz o por la socialización de éste o por el vasallaje absoluto y ciego de aquélla.

No han sido las revoluciones sino profundos movimientos de los pueblos para imponer sistemas de gobierno menos olvidadizos de su eterna misión. Aunque nada se supiera de valores ni de auténtica naturaleza del Estado, aunque otros sentimientos –odio, venganza– las hayan encubierto.

El Estado que no era la sociedad organizada para cumplir determinados valores, sino la organización de una clase dominadora de la sociedad, respondía sordo a sus orígenes viciosos –origen del Estado que nada presupone sobre estructura y naturaleza del mismo– en instintos de conquista, de poderío, de goce. El olvido constante de su obligación que generosamente habíase atribuido o forzosamente le había sido impuesta, poníale frente a la sociedad atribulada. Olvido constante y constante avidez de cosas nuevas “rerum novarum aviditas”, que no era sino el alumbrado empuje de lo social sobre lo individual y egoísta, la informe conciencia social de penuria, infortunio y calamidades creábanla tan concreta y perfilada (concreta, de concresco; objeto concreto, suma de cualidades) como la individual. Orígenes tristes de la conciencia social que tampoco presuponen nada sobre la naturaleza y misión de las personas sociales que aquélla informa y de la estructura de “las comunidades de amor”.

Claras resultan, pues, las revoluciones en su sentido teleológico comprendidas; la conciencia social de los pueblos recordando, pidiendo, exigiendo e imponiendo al Estado el cumplimiento, la realización de los valores por imperativo moral de aquéllos, por única manera de ser “realizándose” de los mismos. Un Estado de bienes –los bienes son valores realizados– por un Estado de calamidades.

2

¿Se atribuyó el Estado el cumplimiento de los valores sociales colectivos, fundamentalmente los de justicia y orden, o se los atribuyó la sociedad por incapacidad propia de su cumplimiento? A mi entender, este problema va unido al que se refiere a la evolución de la conciencia individual y superación de la misma.

Según Max Scheler el Estado fue el medio conscientemente formado para el cumplimiento de los citados valores de justicia y de orden. La naturaleza del Estado es óntica como la estructura de los valores. Pero esto sería llevado a la Historia de los Estados algo paradójico. Casi un contrasentido.{1} Tal realización no pasó nunca de aparatosas misiones y pobrísimos cumplimientos. El Estado no ha cumplido ni con la justicia ni con el orden, y su progreso ha sido mentido anhelo por aparecer cumpliéndolos. Ser cada vez menos Estado –según el concepto marxista de Estado– y cada vez más Estado –sociedad.

Ha sido, pues, el Estado un imperfecto e inservible instrumento que se había interpuesto entre los valores y su soporte indispensable. Era el “hueso” de la sociedad. Otra cosa es si era indispensable. Esto luego lo veremos.

y 3

La eternidad de los valores, derivada de su carácter absoluto, y por ende la de los valores sociales colectivos, necesita de un eterno soporte de los mismos. Intentaremos salvar este escollo, ya que no creemos en una eterna duración del Estado.

Es indudable que cuando las conductas humanas sean rendidamente sociales, toda la Sociedad será cumplido Estado, hipertrofiado por el rebosar de sus exactas funciones. Todo el problema de la desaparición del Estado, al menos en su sentido político expresador de la lucha de clases, resuélvese igualmente desde el punto de vista de la Estimativa por la citada integración plena del individuo en la sociedad, nuevo elemento perfilado en nueva discreción.

No creo, pues, con Scheler en una duración eterna del Estado. Desaparece tal forzosidad si las conciencias individuales se superan en lo esencial, en interpretación nueva de la vida y de la responsabilidad.

El progreso social del Estado, la gradual socialización del mismo acentuada por el peso cada vez mayor de la conciencia social debe tener su fin lógico. Si los Estados no llegaron al corazón de la sociedad, ésta se ha de convertir en cambio en el Estado socialista de los pueblos, único realizador posible de los valores sociales colectivos por la perfecta intuición jerárquica de los mismos, por los presupuestos fundamentales del socialismo. De aquí su naturaleza. El Estado socialista, soporte de los valores sociales de justicia y orden. De aquí su óntica naturaleza como la de los valores que soporta y cumple. El fundamento filosófico de] Estado socialista descansa serenamente en la jerarquía de los valores intuidos –jerarquía no cognoscible o demostrable, sino sólo intuible–. Los valores sociales colectivos sobre los sociales individuales. Tan claramente como “el valor justicia está sobre el valor elegancia”, pongo por caso.

Repetimos por última vez que tan sólo comprendemos la supresión del Estado o su plena revalorización social en una sociedad con tales presupuestos. Y en tales condiciones creemos en la desaparición de aquél. También en la formación de una nueva individualidad socialista sonriente y cumplidora. El gozo de su esfuerzo la ha de recrear de lleno y resueltamente en el alegre sentimiento de su nueva vida en la persona total de la sociedad.

Bernardo Clariana

{1} No olvido los valores de cultura realizados, pero tampoco los infinitos valores vitales negativos cumplidos: miseria, guerras, hambre y paro.