Estampa
Madrid, 27 de febrero de 1932
 
año 5, número 216
páginas 32-33

Josefina Carabias

Cómo se preparan los funcionarios españoles para la conquista espiritual de Marruecos

Por esta calle larga y en cuesta, la mejor pavimentada del barrio moro, hace un rato que veo pasar mucha gente, Muchachitas jóvenes y risueñas, vestidas a la última moda. Chicos de pantalón corto, señores graves y militares, gran número de militares. Un público exactamente igual al que pasea de ocho a nueve por la plaza de España y que hace un poco extraño en el barrio moro, poblado casi exclusivamente de indígenas a todas las horas del día. Todos se dirigen a un edificio que hay ya casi a la salida de la ciudad. Es la Academia de Árabe y Bereber, en la que un grupo de hombres trabajadores y de buena voluntad enseñan a todo aquel que quiera aprenderlos el idioma, el derecho, la religión y las costumbres del pueblo protegido.

El director y profesor de Árabe, don Carlos Quirós, rodeado de los profesores señores Galiana, Del Cay, Maimón Mohatar, Ruiz Bravo, Tienda y Liminiana
El director y profesor de Árabe, don Carlos Quirós, rodeado de los profesores
señores Galiana, Del Cay, Maimón Mohatar, Ruiz Bravo, Tienda y Liminiana

El Director

—La Academia de Árabe y Bereber es, desde luego, un centro oficial dependiente de la Alta Comisaría –me ha dicho don Carlos Quirós, contestando a una de mis preguntas–, y se ha fundado muy recientemente. Este es el segundo curso.

A don Carlos se le anima el semblante cuando habla de la Academia. Es el director, pero sería igual si fuese el último de los alumnos. Lo que a él le alegra es ver cómo, por fin, los españoles se han dado cuenta de que, para nuestra misión protectora, lo principal es que sintamos curiosidad por conocer el alma, las costumbres, la cultura de los moros. Esta es más útil, a juicio de don Carlos, que los fusiles y las ametralladoras, y no se consigue paseando por la plaza de España ni conferenciando en el casino.

El señor Quirós es, sin duda, uno de los españoles que más se preocupan de Marruecos. Ha dedicado los mejores años de su vida a estudiar a los moros. Ya se los sabe de memoria, y ellos le quieren mucho. Todos, desde el jalifa al último vendedor de babuchas, saludan a don Carlos con un afecto y un reconocimiento verdaderamente conmovedores. Por fortuna, son ya muchos los españoles que siguen el ejemplo de este asturiano inteligente y trabajador.

—¿Cuántos alumnos asisten a la Academia?

—En este curso, que es el segundo de su vida, hay matriculados ochenta y cuatro, ¡ya son bastantes! Pero al curso próximo, sin duda, habrá más. Casi todos son funcionarios civiles, y también muchos militares a familias de éstos. De la escuela saldrán en condiciones de prestar servicios provechosísimos a España y a Marruecos.

La clase de Geografía e Historia de Marruecos, de la que es profesor don Elíseo del Cay, maestro nacional con destino en Marruecos
La clase de Geografía e Historia de Marruecos, de la que es profesor
don Elíseo del Cay, maestro nacional con destino en Marruecos

—Aparte del árabe, ¿qué otras enseñanzas se dan en la Academia?

—Los alumnos aprenden árabe vulgar y árabe literario. A esta última clase asisten bastantes indígenas. También hay clase de Derecho administrativo musulmán. Derecho y religión musulmanes. Geografía e historia de Marruecos y Taquimecanografía. Al salir aprobados de la Academia, los alumnos tendrán un título, mediante el cual se les considerará aptos para ser interventores, intérpretes, &c., &c., titulo muy útil también a los funcionarios, investigadores o simplemente colonos.

—La enseñanza, ¿es gratuita?

—Sí. Tiene una subvención de treinta y tres mil pesetas anuales, casi insuficientes para cubrir los gastos de material y profesores. Pero, en fin, con el esfuerzo de todos saldremos adelante. No hay duda, además, de que tan pronto el Estado se de cuenta de los grandes beneficios que este centro ha de reportarle, no regateará los medios necesarios para su sostenimiento. La Academia puede, en su día, surtir a la zona de funcionarios competentes y especializados.

Los alumnos

Mientras charlamos, el director me invita a recorrer las clases. En la de árabe vulgar hay bastantes alumnos, y casi la mitad son señoritas. Una de ellas escribe en la pizarra, de derecha a izquierda, unos signos que a mí me parecen lo más difícil del mundo.

Al entrar en la clase de Derecho administrativo musulmán, también muy concurrida, nos llama la atención el profesor. Es un hombre joven, no muy alto, correctamente vestido de americana; pero tiene la misma cara de los indígenas, no obstante el bigote recortado y las gafas, que le dan cierto aire europeo.

—Maimón Mohatar, profesor de Derecho –dice don Carlos, al hacer la presentación–; un musulmán distinguidísimo, hijo del moro del mismo nombre, muy conocido entre nosotros por su lealtad y amor a España.

Una lección de árabe literarioComo puede verse, en la clase de árabe vulgar hay una nutrida representación femenina. Todas estas señoritas se preparan para ser útiles a España como funcionarias de la zona.

Una lección de árabe literario. Como puede verse, en la clase de árabe vulgar hay una nutrida representación femenina. Todas estas señoritas se preparan para ser útiles a España como funcionarias de la zona.

Mohatar deja por un momento a sus alumnos y nos saluda con exquisita cortesía. Es un rifeño culto y simpático, en quien nuestra civilización ha prendido a las mil maravillas. Desde pequeño, su padre que, como ha dicho muy bien don Carlos, era uno de los mejores amigos que ha tenido España en Marruecos, lo puso a estudiar en nuestras escuelas. Cuando fue mayor, vino a Madrid para hacer oposiciones, y hoy desempeña el cargo de oficial de Correos en Tetuán. La cátedra de Derecho administrativo de la Academia también ha sido conseguida por Mohatar mediante una reñida oposición. Por las dos cosas está muy contento.

—Nada para mí más agradable que trabajar al servicio de España y serle útil. ¡Le debo tanto!

En la clase de Árabe literario hay menos alumnos que en los dos cursos de árabe vulgar, y algunos de ellos son moros finos, distinguidos; lo que podría llamarse moros «bien», que sienten anhelos intelectuales. Casi todos los alumnos de esta clase, incluyendo las señoritas, son futuros investigadores, igual que don Carlos, su profesor.

Poco a poco, se van marchando los alumnos y algunos profesores. Maimón Mohatar sale entre un grupo. Lleva en la cabeza una «chichia», sin duda, para mostrar que, no obstante la americana y el aire europeo, él no reniega del Rif.

Los alumnos de la clase de Árabe literario, en la Academia de Tetuán, con su profesor don Carlos Quirós
Los alumnos de la clase de Árabe literario, en la Academia de Tetuán,
con su profesor don Carlos Quirós. (Fotos Cuadrado.)

Don Carlos habla ahora de los alumnos.

—No tiene usted idea de cómo les interesa esto. Nunca faltan a clase. Si el Estado protege la Academia, dentro de pocos años tendremos aquí un centro cultural importantísimo. Yo espero mucho del Gobierno formado por hombres inteligentes, de gran cultura, y que, por lo tanto, se darán cuenta de que esta Academia puede dar a la República los funcionarios necesarios en Marruecos.

Josefina Carabias

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Carlos Quirós
1930-1939
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