La Joven Europa
Berlín, febrero de 1942
cuaderno 3
páginas 4-7

L. Sánchez Maspons, Madrid
Europa en España

La manifestación de la solidaridad europea que tuvo lugar hace poco en Berlín, la presencia en ella de España y la divisoria que el mundo anglosajón pretende trazar entre Europa y los países de Iberoamérica nos han vuelto a traer a la memoria el atributo que en tantas ocasiones ha merecido la península ibérica: el de puente entre continentes.

España, en uno de los extremos de Europa, estuvo y está destinada por su historia y por su geografía a ser una vez más el paso obligado de las relaciones de Europa con el continente negro y el mundo iberoamericano.

¿Está España en condiciones de desempeñar esta función dentro del nuevo orden europeo? Aún prescindiendo de esa profesión de fe en Europa que viene haciendo desde el año 1936 y que culmina en el envío de la División Azul al frente del Este y en la ratificación formal de su adhesión a la nueva ideología europea en el acto del día 25 de noviembre de 1941, la historia nos muestra a España dispuesta siempre a sacrificarse por los intereses continentales. No había apenas concluido su lucha de un siglo contra la invasión africana, cuando se lanzó a la conquista y civilización de un mundo nuevo, llevando así a cabo una misión que le dejó exhausta y por la que sacrificó su natural evolución en aras de un continente falto de la madurez necesaria para acometer la empresa. Esto, prescindiendo de la historia propiamente europea de España, los reinados de Carlos V y Felipe II, debió haber sido bastante para que jamás se le negase su filiación continental. Sin embargo, no ha sido así. El hecho de juzgar a los pueblos desde un punto de vista que podríamos llamar folklórico –en el caso de España en consideración a los toros, la danza, la cocina, &c. y quizá también en atención a un rasgo característico de su idiosincrasia, el desprecio por los adelantos materiales– llevó precisamente a Francia a decir del país vecino, que en sus fronteras empezaba Africa, frase substituida más tarde por la de « Europa termina en los Pirineos».

Es curioso observar que esto sucede en el XIX, siglo en el que dan sus frutos en los países iberoamericanos los principios de la Revolución francesa, «la abstracción de la idea norteamericana», llevados hasta ellos, en contra de sus propios intereses coloniales, por esa España que se suponía distraída y al margen de los acontecimientos europeos. Antes de seguir adelante queremos recordar aquí, porque así conviene a nuestro razonamiento, que es la controversia en torno al principio de la representación la que produce la rebelión de las provincias americanas contra Inglaterra y que la revolución francesa está inspirada por el triunfo de las nuevas teorías en los Estados Unidos.

No hay fenómeno alguno, producto de la revolución francesa y en sus últimas causas de la americana, que no repercuta en los países de Centro y Sudamérica a través de los españoles. De dos maneras contribuyó el liberalismo de la Península a la pérdida de las Américas, dice Menéndez Pelayo, recogiendo una frase del historiador mejicano Roa Barcena, «difundiéndose en las masas los gérmenes del filosofismo y anarquía que encerraban las leyes de las Cortes de Cádiz... y haciendo al mismo tiempo que los elementos conservadores se agrupasen en torno del estandarte de la independencia, para guardar las instituciones y costumbres, cuya desaparición se creía segura, si se prolongaba nuestra dependencia de la Metrópoli». Y siguiendo al mismo Roa Barcena, llegamos a la conclusión de que la masonería, la más nefasta de todas las instituciones inglesas, fue llevada a Méjico por algunos oficiales de las «tropas expedicionarias españolas que fueron a sofocar la insurrección».

Lo que llevamos dicho, aunque constituye el capítulo más triste de la historia de España, demuestra que jamás fue ajena a las contiendas ideológicas europeas y que el suponer que «vive en estado de distracción permanente» es una entre las muchas frases injustas que se han pronunciado sobre ella. ¡Ojalá hubiésemos vivido distraídos de Europa desde el año 1789 y por lo menos en toda la primera mitad del siglo XIX!

Pero lo expuesto hasta ahora nos lleva también a la conclusión de que ni aún aquellas ideas propias de los anglosajones fueron capaces de introducirse directamente en un país como el mismo Méjico, fronterizo con los Estados Unidos.

La península ibérica y principalmente España está llamada ahora como siempre a representar toda ideología europea ante Centro y Sudamérica. Cualquier idea que surja en Europa o adopte Europa tiene que ser asimilada por el espíritu español antes de que sea aceptada, rechazada o comprendida por los pueblos del otro lado del mar de habla castellana. Por eso creemos que es una de las grandes misiones de España dentro del nuevo orden europeo la de lograr para él mismo la comprensión de que hoy carece en muchos círculos iberoamericanos sometidos a la influencia directa de Washington.

Pero no es sólo la actuación de España en la lucha de liberación contra el comunismo la que demuestra su interés por los problemas de la nueva Europa, sino que en la misma literatura española moderna se pueden encontrar ya en 1926, en la obra de Ortega y Gasset, ejemplos expositivos de tal claridad como los que cita al referirse a la limitación que entrañaba la falta de una colaboración europea. Ortega y Gasset, español y europeo, nos llevó ya hace quince años a concreciones como ésta: «Tómese cualquier actividad concreta; por ejemplo: la fabricación de automóviles. El automóvil es invento puramente europeo. Sin embargo, hoy es superior la fabricación norteamericana de este artefacto. Consecuencia: el automóvil europeo está en decadencia. Y sin embargo, el fabricante europeo –industrial y técnico– de automóviles sabe muy bien que la superioridad del producto americano no procede de ninguna virtud específica gozada por el hombre de ultramar, sino sencillamente de que la fábrica americana puede ofrecer su producto sin traba alguna a ciento veinte millones de hombres. Imagínese que una fábrica europea viese ante sí un área mercantil formada por todos los Estados europeos y sus colonias y protectorados. Nadie duda de que este automóvil previsto para quinientos o seiscientos millones de hombres sería mucho mejor y más barato que el Ford. Todas las gracias peculiares de la técnica americana son casi seguramente efectos y no causas de la amplitud y homogeneidad de su mercado».

Lo mismo que ahora en la guerra, también en la paz el espíritu español seguirá viviendo intensamente los problemas continentales a cuya solución colaborará, ya que ello es uno de los fines propios de la política de España en la nueva Europa.


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