Cuadernos de estudios africanos y orientales
Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1955 [4º trimestre]
 
número 32
páginas 39-48

Rodolfo Gil Benumeya

Sobre las líneas generales de las relaciones
hispano-árabes en su evolución actual

No cabe duda de que el año 1955 ha señalado una etapa esencial en el orden de las relaciones generales de la España actual, tanto con los Estados árabes, libres y protegidos, en el orden material, como con el fondo del arabismo cultural en el orden del espíritu. Aparte de las visitas simbólicas, como la destacada de los Reyes de Jordania, y no dejando de tener en cuenta la coordinación completa de las relaciones de conjunto con la Liga Árabe que se habían iniciado en 1954 con el viaje del Secretario General Abdeljaleq Hassuna, ha habido visitas especiales tan significativas como la de la misión militar egipcia; y hechos políticos esenciales como el feliz retorno al trono marroquí del Sultán y Rey Muley Mohamed V por diversos factores, entre los cuales la firme persistencia de España en la defensa de los derechos legalmente establecidos fue, sin duda, un factor esencial. En el orden internacional destaca la decisión tomada por los Estados de la Liga Árabe de apoyar el ingreso de España en la O. N. U. lo mismo que si se tratase de un Estado árabe. En el orden diplomático el complemento del sistema de presencias permanentes en Madrid con el definitivo asiento de la embajada de Arabia Saudí. En el orden cultural el segundo Seminario del Mundo Árabe en el Instituto de Estudios Políticos, y el comienzo del funcionamiento del Instituto Hispano-Árabe de Cultura, así como el comienzo de la acelerada construcción de un Colegio Mayor para estudiantes de países arábigos y otros países islámicos en el recinto de la Universidad de Madrid. Luego la extensión de los contactos económicos y los deportivos por la presencia de comerciantes, de atletas y de equipos juveniles diversos en las ferias y los estadios de [40] Barcelona y Madrid. Todo ello unido a la celebración, también en Madrid, de actos colectivos tan significativos como la reunión de los directivos del movimiento nacional marroquí o las realizaciones en la zona de acción española donde comenzaron a actuar como ministros del Majzen los más autorizados representantes de las jóvenes generaciones renovadoras. Así resulta el final de 1955 un momento especialmente oportuno para revisar las líneas generales de las relaciones hispano-árabes en los aspectos más formativos de su evolución reciente.

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Es, sin embargo, obligado buscar el primer antecedente directo de lo reciente en las fechas del siglo XVIII y el XIX, durante los cuales se restableció en el Próximo Oriente el fondo cultural clásico árabe o panárabe que se llamó Nahda y produjo tanto una nueva literatura como los fermentos políticos que luego renovaron o crearon las modernas naciones arábigas. Porque España fue uno de los sitios que estuvieron dentro de dicha Nahda desde el primer momento. El Líbano que durante los años de 1697 a 1740 había tenido una autonomía cultural parcial (dentro de lo turco envolvente) con la familia libanesa de los Chihab como emires tributarios, aprovechó los efectos de dicha libertad parcial para iniciar la resurrección del espíritu árabe dormido por medio de la introducción de la imprenta, y la resurrección del predominio de la gramática, tareas ambas en las cuales destacaron los eclesiásticos católicos de rito maronita. Uno de los más notables de dichos religiosos maronitas, llamado don Miguel Casiri, vino entonces a España, donde reinaba Fernando VI, y por encargo de dicho monarca fue él quien arregló catálogos y salvó la colección de obras manuscritas árabes de El Escorial. Con el monarca posterior, Carlos III, y bajo la dirección del mismo don Miguel Casiri, se establecieron modernos estudios árabes en los sectores universitarios de Madrid y Alcalá, es decir, cuando en los países arábigos aun no había ningún centro universitario de carácter moderno (sino sólo los seminarios teológicos musulmanes que eran las viejas universidades de El Cairo, Túnez y Fez). Después de la larga etapa de transición que [41] fue produciendo la lenta emancipación política de las comarcas del Próximo Oriente al comenzar la guerra europea y mundial de 1914, vino desterrado a España uno de los más ilustres representantes de la Nahda en aquel momento, es decir, Ahmed Chauquí, que era célebre con el sobrenombre de «príncipe de los poetas y poeta de los príncipes». Chauquí produjo en Granada parte de su obra (que desde entonces se ha incorporado a los textos literarios de la primera y segunda enseñanza); con lo cual hizo del motivo andaluz un factor tan necesario de la atención próximo oriental moderna como lo había sido de la medieval.

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Por otra parte, en el Líbano, la Siria de Damasco y Palestina (con algunas pequeñas extensiones hacia el Iraq y Norte de Arabia), la presión turca aumentó durante el último tercio del siglo XIX, provocando el movimiento emigratorio que llevó al continente americano más de seiscientos mil expatriados árabes declarados (y acaso cerca de un millón contando con los clandestinos). Esto puso a muchos de esos próximo-orientales desplazados en contacto con las culturas hispanas modernas de las naciones americanas de lenguas española y portuguesa, hacia las cuales llegaron a derivar los contingentes más numerosos de emigrantes; y entre algunos de sus principales portavoces. Este contacto dio lugar a que se forjasen programas de identificación entre los espiritualismos de los países de los dos grupos arábigos e hispano. El ex presidente de la Academia Árabe de Damasco, Dr. Habib Estéfano, fue quien más se distinguió en el empeño identificador desde que en 1925 creó la palabra «Hispanidad» como paralela a la de «Arabidad» (correspondiente a la palabra árabe Urubah). Estéfano fue delegado del general Primo de Rivera para atracción de la exposición de Sevilla, porque creía providencial el hecho de que las ciudades andaluzas del Guadalquivir donde estuvieron las sedes de los Jalifatos e Imperios musulmanes sobre España y el Norte de África, fuesen luego cabecera del descubrimiento y la colonización de América. Como las mismas capitales del Guadalquivir fueron antiguas fundaciones en España de las colonizaciones [42] sirias y libanesas, Estéfano establecía una continuidad entre los siglos fenicios y la emigración moderna a América; siempre a través de España como eje invariable.

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La evidencia de la continuidad histórica fue el fundamento de la primera etapa de las teorías de enlace entre lo arábigo y lo hispano de América; insistiendo en que si los sirios-libaneses habían colonizado el Sur español y luego desde el mismo Sur español se había dado forma a América, los árabes emigrados al llegar a los países de Ultramar estaban en su propia casa, pues podían decir que si América era «hija de España» también era «nieta de Siria». Sin embargo la etapa que puso en circulación estos conceptos de mero entusiasmo verbal, fue pronto recubierta por otra más fríamente reflexiva que puso todo su acento en el fondo jurídico. Así se comenzó por recordar cómo en el Estado cordobés, aunque de hecho sus soberanos, los Emires y Jalifas Omeyas, disponían de un poder casi absoluto, dichos soberanos mostraban especial empeño en delegar su potestad en los cadíes o jueces islámicos. De ellos han escrito los eruditos españoles que «en Al Andalus la autoridad del juez era tan alta que nadie escapaba a ella, por elevada que fuese su magistratura y por grande que fuese su influencia en el Gobierno o en la Corte»; y en cuanto al modo de actuar los cadíes se sabe que ante su curia «habían de acudir por igual desde el mendigo al canciller, y solían desoír las recomendaciones de los altos dignatarios». También desde los momentos de iniciarse las empresas americanas dijeron los cronistas de la Reina Isabel que era inclinada a hacer justicia llana e igual para todos en las audiencias públicas donde escuchaba las quejas rodeada de magistrados, siendo también gracias a ella como la obra americana tomó pronto su sentido judicial. Y no fue casual la coincidencia con lo hispano-arábigo, pues por los caminos intermedios de los mozárabes y mudéjares fueron muchas las instituciones que procedentes del Estado hispano-arábigo cordobés, después de haber arraigado en los reinos cristianos del Norte, influyeron en instituciones y en tendencias que se llevaron a América. Por ejemplo, los alcaldes mayores tuvieron atribuciones semejantes a las de los cadíes que tomaron el mando de las comunidades españolas islámicas después [43] de que al decaer los Estados musulmanes peninsulares sus comarcas quedaron incorporadas a los estados cristianos. También eran hispanoárabes de origen los «oidores» y «Veedores» que reaparecieron en la organización de los virreinatos de Ultramar.

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Desde sus sitios de origen americanos las teorías de que los rumbos del mundo de mentalidades e idiomas español y árabe se completan a la vez que se funden en el sector intermedio común, fueron entre 1930 y 1941 articulados por el Emir Cuekig Arslan (entonces vicepresidente de una asociación hispano-árabe y presidente de honor de los congresos árabe-americanos), pues la influencia del Emir la extendió al África del Norte. No es, pues, extraño, que cuando algunas figuras representativas de la opinión arábiga emigrada han pasado por Madrid en los años posteriores a la creación de la Liga Árabe de El Cairo, han completado este paso con una extensión a Marruecos como país sucesor directo de la España musulmana medieval. Así el intelectual brasileño de origen libanés, Dr. Paulo Takla, pronunciando en Tetuán y en el Paraninfo Jafiliano de Educación y Cultura una conferencia con el título de «La hispanidad invencible de los árabes», explicó cómo la actual hermandad espiritual hispanoárabe es necesaria para que el renacer de los Estados del Próximo Oriente y Norte de África resulte firme y profundo. Sobre lo cual el testimonio más elevado procedente del sector norteafricano fue en febrero de 1952 el del soberano de Marruecos S. M. Muley Mohammed Ben Yusef, quien recibiendo en Rabat a los delegados en la O. N. U. de dieciséis países hispanos, lo hizo en términos de verdadera fraternidad, explicando que Marruecos era hermano de Hispanoamérica, por ser todos hermanos de España.

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Refiriéndose a las especiales relaciones oficiales de Estado a Estado después de quedar separada la nación española de la nación marroquí y de Argelia, como luego de la nación portuguesa, y siglos después de los nuevos Estados independientes americanos se han destacado (también desde los núcleos emigrados de Hispanoamérica) [44] las semejanzas de intenciones y procedimientos. En todos los casos, pasadas las posibilidades históricas de haber conservado las unidades de unos y otros territorios con el núcleo de España que fue central u originario, España puso el acento en el empeño de que por lo menos no se perdiese en ningún caso el espíritu del hispanismo inicial que daba su fuerza y su carácter a las independencias adquiridas. Contra Napoleón Bonaparte, los defensores de la independencia de la nación española mezclaron su esfuerzo con el de los defensores de la independencia portuguesa. Ante Méjico, cuando ya éste se había consolidado como nación heredera de la «Nueva España», los gobernantes españoles no quisieron secundar los planes colonistas para establecer un Imperio franco-austríaco. Y ante Marruecos, cuando Marruecos comenzó a debilitarse quedando en peligro de conquistas desde el exterior, ya desde 1890 la teoría más general de los diversos grupos españoles representativos pudo ser definida según la conocida frase de: «Defender la integrid= ad del territorio marroquí y la soberanía plena de su Gobierno por todos los medios diplomáticos y militares de que la nación pueda disponer, considerando toda amenaza contra aquel Estado como una amenaza a nuestra propia independencia». No pudo llevarse a cabo el empeño que tal programa revelaba, tanto por distracciones de la política interna española de la época como porque España no estaba entonces en condiciones de imponer su criterio a las grandes potencias; pero quedaron plantadas las raíces de una conducta continua que ahora produce sus frutos.

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El Alto Comisario de España en Tetuán, teniente general García Valiño, dijo a comienzos de este año respecto al desarrollo actual de la línea de conducta comenzada con la política del «Statu quo» marroquí en el siglo XIX, que los principios rectores españoles son allí: «de cooperación confraternal con los marroquíes para continuar llevando a Marruecos por el camino del progreso... hasta hacerle alcanzar nuestro nivel como tal pueblo». Y en la fiesta que en la capital de la zona jalifiana se celebró el 16 de noviembre por el retorno de Mohammed V a su trono, fue el mismo teniente general García Valiño quien definiendo la celebración como «El triunfo de la justicia sobre las injusticias» confirmó lo continuo de aquella trayectoria [45] ecuánime justiciera que los árabes de América han venido señalando como línea seguida en el desarrollo de la España del Islam y los Virreinatos de las Indias Occidentales. Y esa comprobación de cómo en Marruecos, sin propósitos previos ni planes intencionadamente preparados, sólo por una tendencia casi instintiva muchas veces secular, España sigue la línea de los grandes jueces coránicos cordobeses lo mismo que de los excelsos nombres eclesiásticos cristianos de Suárez y Vitoria, lo confirman los mismos portavoces de los movimientos actuales de la opinión del llamado «joven Marruecos», con cuyos textos sobre la deseable confirmación de unidad de destino presente y futuro entre España y Marruecos podría hacerse una pequeña antología desde 1930 hasta hoy. Y en dichos textos se nota que lo esencial no son los tratados sólo pegados a sus letras inertes, ni las proporciones de la parte española dentro de los acuerdos internacionales generales, sino lo fijo de la posición geográfica de continuidad de Marruecos con la península Ibérica y los lazos de relación entre sus habitantes. «Estos lazos son suficientes para que haya que buscar otros», ha dicho y repetido en varias ocasiones el Secretario General del partido Istiqlal, Sid Ahmed Balafredj, recordando además el curioso hecho evidente, aunque poco divulgado, de que millares de familias musulmanas de las ciudades marroquíes sean de origen hispano-latino, mientras en España hay miles de familias cristianas con antecedentes netamente árabes.

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En términos más lejanos y diluidos, aunque no menos ciertos, continúan las posibilidades de la misma posición geográfica física y humana de la península ibérica con el resto de África del Norte, por los otros territorios de presencia francesa, Libia, y hasta en parte Egipto, además de una irradiación hacia el Sudán. Dejando aparte por ahora la circunstancia de que en Argelia tanto las «élites» urbanas musulmanas de lengua árabe, como la mayor parte de los llamados «neo-franceses» de África y «algerianos» son en realidad hijos de españoles absorbidos, la actualidad apunta sobre todo a la emancipación de Túnez, que en este año ha emprendido el camino de su autonomía interna. Túnez es el país hacia el cual en el siglo XIII emigró la mayor parte de la población musulmana de Sevilla, y en 1610 casi todos los cientos de millares de moriscos que salieron de Aragón, [45] Valencia, Navarra, Cataluña, Baleares y parte de las Castillas. Además fue el país de cultura árabe donde desde comienzos del siglo corriente se dedicó más atención al renacer moderno español; y así el fundador del nacionalismo tunecino Chej Abdulaziz Zaalibi fue un hispanófilo entusiasta y dirigente de asociaciones de este carácter. De origen español fueron también los dos primeros jefes de Gobiernos del Bey que se sucedieron en el período de transición tras la segunda guerra mundial (o sea, los primeros Ministros de Cheniq y Kaak). En Madrid se instaló una oficina de Prensa tunecina que creada por Sid Abderrahman Yasin fue luego modelo para otras muchas organizaciones en el Norte de África Oriental y América. El jefe del movimiento tunecino, Habib Buquiba, al visitar Madrid en un recorrido mundial, afirmó las líneas de familia. Y en muchos sentidos el desarrollo de Túnez es un factor positivo para el mismo Marruecos hispanojalifiano.

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Siguiendo los caminos de lo norteafricano, los de las emigraciones más allá del Atlántico, o los de las evocaciones históricas de origen medieval se llega siempre a El Cairo. La capital de Egipto y del Nilo se ha convertido en la capital cerebral y la encrucijada central de todos los sitios de idioma y mentalidad árabe, un poco por ser la sede de la Liga y mucho más porque en la ciencia y en el arte, como en lo político y lo social, letras, música, costumbres, &c., desde El Cairo se imponen las modas y se inician los rumbos de uso general. En este sentido el transcurso de 1955 ha aportado una serie de pruebas de que si las buenas disposiciones para España de los Estados independientes que en la Liga están agrupados constituyen para España uno de los factores más positivos de su presencia en el Mediterráneo, la utilidad de tal actitud sólo puede experimentarse plenamente ayudando a la natural tendencia que los egipcios (y con ellos la mayor parte de los próximos orientales) tienen de seguir considerando a España ante todo como un país del Maghreb, como la prolongación de las tierras del Norte de África o Berbería, aunque no por eso desconozcan la inclusión de España en Europa occidental. Pero es que así como algunos teorizantes del pensamiento hispanoamericano desde Chile y Nicaragua han dicho que aun considerada como europea, España siempre será para los hispanoamericanos [47] «su Europa propia» (es decir, algo así como la cabeza de puente americana hacia lo traspirenaico), ese mismo criterio se extiende en Oriente árabe. Allí España comienza a poderse considerar la «Europa propia» de los países de la Liga, es decir, la zona de transición natural.

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Esta vinculación voluntaria que se refleja hasta en los sectores más lejanos e indirectos como el de la presencia de Estados arábigos en las Naciones Unidas, procede un poco de la forma de enfocar el Estado español su acción norteafricana, pero mucho más abundantemente se apoya en los antecedentes antes aludidos de que los creadores de la «Nahda» como renacimiento del arabismo clásico pusieron empeño en que las realizaciones hispano arábigas de los siglos en que España era llamada «Al Andalus» fuesen consideradas una parte esencial de dicho fondo clásico. Así, por nombres españoles nativos como los del cordobés Ben Hazam, el murciano de Ben Arabi, el jinense Ben Said o el catalán Turtuchi, o de origen familiar como Ben Jaldun, gran parte del fondo cultural español medieval es también fondo cultural de los Estados árabes. Así, respecto a las Letras y las Ciencias, la costumbre adquirida de ver a las gentes y las obras de España como algo propio de los egipcios, los sirios y los iraquianos o los tunecinos, facilita el que luego tal sentimiento de sentir lo español antiguo desde dentro de lo árabe pueda extenderse a otros aspectos de lo español del siglo XX, ya en su mayor parte desarabizado.

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Respecto a la cuestión marroquí (que es siempre la más directa próxima e importante) parece ser que la consecuencia principal es la necesidad de corresponder al sentimiento creado por la «Nahda» o Renacimiento de que lo español es cosa de dentro; no dando vueltas ni rodeos por Europa y otros sitios para llegar a los contactos arábigos. Así en lo marroquí el sentimiento africanista peninsular ha llegado a considerar como el más peligroso error el de creer que los derechos españoles al otro lado del Estrecho se fundamentan en las pasadas conferencias internacionales, o en los acuerdos que se firmaron [48] en circunstancias más forzosas que voluntarias. Pues antes de internacionalizarse la cuestión marroquí desde 1880 esta era una cuestión interna que sólo afectaba a españoles y marroquíes, por estar ambos incluidos dentro de un área geográfica especial entre los Pirineos y el Sahara; casi como un «semicontinente» ibérico partido en dos mitades. Es decir, que España no está en Marruecos esencialmente por haber aceptado tal o cual texto. Sino por que la cordillera Penibética cruza bajo el agua desde Alicante hasta cerca de Fez, y el Atlas termina en Canarias. Ahora en estas semanas finales del 1955 se ve claramente cómo el fondo geográfico permanente vuelve a lo ibérico, a lo doblemente peninsular, cuando no hay circunstancias ajenas que lo desvíen. En el aspecto marroquí el haber sido escogido Madrid como sitio de celebración de la Fiesta del Trono marroquí con asistencia de la plana mayor del Istiqlal, junto con el deseo general cada vez más extendido entre los sectores de opinión del Maghreb al Aqsa de que los acuerdos para las indispensables revisiones generales del estatuto nacional e internacional marroquí se hagan en Madrid, y desde Madrid, con asistencia de las potencias necesarias, no es sólo empeño en que Madrid sea «capital de las cuestiones diplomáticas de Marruecos» de equilibrio entre los diversos intereses extranjeros a Marruecos, sino natural tendencia en volver a acercar lo hispano-marroquí a su punto de partida que fue el de «Al Andalus» hispano musulmán. Es decir, que España sea compañera e intercesora a su vez entre Marruecos y las grandes potencias. Y lo natural de tal empeño se prueba observando cómo algo semejante ocurre con el arabismo próximo-oriental, pues aparte de que en la entrevista Franco-Foster Dulles pudiese tratarse de la utilidad de la amistad hispano-árabe para limar asperezas entre la Liga de El Cairo y los grandes Estados de Occidente, los países de la Liga manifiestan con hechos que el lazo español está por encima de los demás. Gamal Abdennaser, Jefe del Régimen egipcio a la vez que compraba armas defensivas tras el telón de acero enviaba a Madrid la misión militar oficial con un sentido de afecto familiar más que de amistad a distancia. Arabia Saudí al crear la Embajada permanente lo hace como necesidad espiritual. Así por España y con España el Mundo Árabe queda equilibrado entre todos los Orientes y todos los Occidentes.

Rodolfo Gil Benumeya

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