Bohemia
La Habana, 10 de mayo de 1953
año 45
nº 19, páginas 32-36 y 220

Medardo Vitier

Cincuenta años de estudio de la filosofía
en la República

Enrique José Varona y su realización filosófica en el siglo XIX. – Varona no crea ambiente para discípulos en Filosofía. – Los Tratados de Lógica de Mateo Fiol, Gustavo Aragón y Miguel Belaunde. – Fernando Lles. – José María Velázquez. – Mercedes García Tudurí. – Roberto Agramonte. – La labor editorial de la Universidad de La Habana en la rama filosófica. – Luis A. Baralt. – Sus lecciones son el testimonio de una formación envidiable. – Jorge Mañach. – Su maestría es evidente en la Cátedra. – La filosofía de la Educación. – Alfredo M. Aguayo. – La Filosofía del Derecho. – Emilio Fernández Camus. – La influencia de los españoles en los últimos años. – José Gaos, Joaquín Xirau y María Zambrano. – Los nuevos: Rosario Rexach, Humberto Piñera, Rafael García Bárcena, Máximo Castro. – Hernández Travieso y el Padre Varela.

Roberto Agramonte
Roberto Agramonte
...Nadie ha querido librarse más que él de la rutina ni se ha esforzado más por familiarizarse con los movimientos contemporáneos de las ciencias asignadas a su cátedra...

Enrique José Varona, con sus cursos que empezó en 1880 (Lógica, Psicología, Moral) dejó nuestra última realización filosófica en el siglo XIX. Ni durante los veinte años finales del siglo ni en los cincuenta a cuyo término asistimos, se ha producido nada al nivel de aquella peripecia intelectual.

Como se sabe, no consistió en escritos sueltos sino en obra orgánica, sistemática. En ese sentido, los anales de la Filosofía entre nosotros no registran un esfuerzo semejante, por su coherencia, su unidad y hasta su extensión.

Lo curioso, al fijarnos en esos cursos de Varona, es su infecundidad relativa. No afirmo que no tuvieran resonancia en algún texto. Además su lectura, sin más, fue una lección de método, de rigor científico, como si el propósito hubiera sido disciplinar, invitar a la precisión en esa rama del conocimiento. Pero los cursos no se convirtieron en incitación para esos estudios. Podría decirse que Varona no crea ambiente para discípulos en Filosofía. En crítica literaria y en pensamiento político y social incita mucho más. Me parece inseguro señalar la causa de ese fenómeno. Desde luego se percibe algún que otro factor de explicación. Por ejemplo, los dos decenios últimos del siglo son de intensa actividad política, a virtud de la propaganda autonomista y la prédica de Martí. El siglo cierra en la atmósfera de la Independencia y de la ansiedad, porque la intervención norteamericana mantuvo expectante la conciencia del país. A más de aquella animación política, hubo otra de carácter cultural. Recuérdense la Caridad del Cerro, el Liceo de Guanabacoa, algunas tertulias, varias revistas de prestigio y algún libro fuerte como el de Sanguily sobre Luz, que data de 1890. Mas con todo eso, la nota filosófica apenas se discierne en el vasto concierto. El propio Varona se dedica, sobre todo, a trabajos de crítica, de estética, de política, de sociología aplicada, como en su examen del Bandolerismo en Cuba. Cierto que en 1883 aparecen sus Estudios literarios y filosóficos, pero se trata de ensayos aislados que había escrito antes de 1880. Así que salvo notas muy escasas, la cultura cubana hacia 1900 presenta una falla de filosofía, y es su carencia de nexo con el pasado. Después de los cursos de Varona no existe continuidad ni interés. Entre los cursos y el comienzo de la República en 1902 –unos veinte años– la Filosofía no figura, ni con mucho en lo central de nuestras inquietudes. Todavía pasaron años sin ese interés. En parte se debe a que Varona no enseñó Historia de la Filosofía, ni Lógica, aunque escribió un texto excelente, dada su extensión.

De nuevo asistimos a un ambiente de ausencia en lo concerniente a los grandes temas del ser, del conocimiento, de los valores. Claro que debemos tener en cuenta la interrupción cultural causada por la guerra del 95. Cuba tenía que reincorporarse a los movimientos universales. En eso estuvo los tres primeros decenios del siglo. Ya hacia 1930, la orientación en literatura era más definida, y lo filosófico reaparecía, siquiera en el visible interés que suscitaban las corrientes extranjeras en algunos estudiosos.

Enrique José Varona
Enrique José Varona
...bajo su influencia decaen el latín y la Filosofía...

Volviendo a Varona, podría decirse que en cierto sentido, bajo su influencia decaen el latín y la Filosofía, por no afirmar que desaparecen. Es curioso: por 1873, siete años antes de sus famosos cursos, publicó en Puerto Príncipe, como aún se decía, su Carta sobre la reforma de la segunda enseñanza. Parte del título es esta frase: «El latín se va». El escrito apareció en El fanal de la mencionada ciudad. Nótese que ya le preocupaba la reforma docente y que iban a transcurrir nada menos que 27 años para que al cabo fuera él, por singular suceso, el encargado de realizarla. Aludió en aquel artículo a la gradual desaparición del ambiente latino en nuestra cultura, y él, que era humanista, suprimió el latín al reformar en 1900 la segunda enseñanza. No hacia 1873, fecha del artículo, sino unos diez años después, hubiera podido decir, por modo similar: «La filosofía se va». Positivamente se fue, según he recordado, en los años finales del siglo, y en los primeros del XX, pues la enseñanza de Varona no contribuyó a crear curiosidad filosófica. Recuerdo a este respecto, la observación que nos hizo don Fernando de los Ríos. Preguntó por la influencia de Varona entre nosotros, en conversación con varios: Don Fernando Ortiz, el Dr. Jorge Mañach, alguien más. Se le respondió; quedó reflexivo y dijo: «¡Ah!, pero el Positivismo suprime los problemas». Aludía, como se ve, a la inevitable infecundidad de una filosofía que se desentiende de toda preocupación metafísica para centrar su afán en los fenómenos y las leyes que en ellos pueda el intelecto descubrir.

En medio de la actividad intelectual literaria y de conferencias [33] políticas, como las suscitadas por el tema del sufragio, de los primeros años de la República, no hubo manifestación filosófica notoria, ni con papel siquiera secundario, aunque fuera de Cuba se difundían las oleadas del Neokantismo, y se destacaban pensadores como James, Bergson, Dilthey, entre los principales.

En cuanto a lecturas, Nietzsche tuvo su hora fúlgida. Se tradujeron muchos de sus libros a principios de siglo. Las ediciones de la casa Sampere circularon en Cuba. Hasta 1920, año más o menos, el filósofo alemán se leyó intensamente por una parte de la juventud. Eso era algo. Un escritor de contenido filosófico tan considerable como Fernando Lles recibió una fuerte influencia del autor de El origen de la tragedia. En cuanto a textos como Historia de la Filosofía o Introducción a su estudio, que tanto se han leído después, recuerdo que antes de 1920 (y aún podía dejar la fecha más acá) entraban poco en la conversación de los lectores. Me refiero a lo general. Siempre hay alguien, sin duda, que se forma su propio ambiente pidiendo al extranjero determinados libros. Téngase en cuenta también que la intensa actividad de traducción de obras de Filosofía pertenece a los últimos veinticinco años, y es materia que en español no cuenta con grandes autores, salvo figuras como Unamuno y Ortega y Gasset, cuyos trabajos son ensayísticos, no sistemáticos ni de rigor didáctico en Filosofía. En cuanto al argentino Korn y al mexicano Caso, se han leído algo en estos últimos años. Ingenieros se leyó antes y más, pero mucho menos en su Psicología Biológica y en su Psicología del Arte que en sus libros no filosóficos.

Cuando se escriba, como capítulo de una Historia, la de estos 50 años en filosofía, habrá que considerar tres factores: la enseñanza de esa materia, la producción y la lectura. En los tres me fijo, si bien excluyo detalles que la extensión no permite atender. Pudiera agregarse un cuarto factor: la cultura filosófica en los escritores. En esto hemos separado mucho. Se ha creído que el crítico, el novelista, el ensayista, por ejemplo no necesitan conocer Filosofía. La cultura filosófica no se generalizó entre los intelectuales de los primeros decenios de este siglo. La cosa ha cambiado un tanto después. No fue así en el siglo pasado. Sanguily no era, en lo esencial de su obra, un filósofo, pero quien se detenga en su libro sobre José de la Luz, advierte, en seguida, cuán extenso fue su conocimiento de esa rama del saber. El caso de Montoro es semejante.

Medardo Vitier
Dr. Medardo Vitier
Prestigiosa figura de la investigación filosófica en Cuba, autor de este trabajo.

En lo tocante a libros, con la excepción de las reimpresiones de Varona ya mencionadas, no hubo publicaciones. Sin embargo, merece recordarse el texto de Lógica del profesor doctor Mateo Fiol. Conservo un ejemplar de la segunda edición [34] que data de 1912. No se trata de una contribución original. Tampoco lo fue el texto de Varona, con toda su importancia. Ni es un tratado superior. Pero rebasa, por la extensión y la doctrina el horizonte de los textos al uso. Fiol manejó obras fundamentales como las de Stuart Mill, Sigwart, Bosanquet, Minto, Jevons... En la parte que dedica a la Inducción sigue a Varona. Es un libro bien escrito. No es que sea elegante su prosa ni esté a la altura del estilo didáctico de primera línea; pero Fiol es un expositor claro y logra una articulación nada común. Varona lo cita más de una vez en el tratadito que publicó en 1902.

Años después de la publicación del libro de Fiol, apareció el del profesor del Instituto de La Habana doctor Gustavo Aragón. Parece destinado a fines demasiado prácticos, pues en cada lección el autor dosifica, formula y ajusta al programa lo que el estudiante necesita saber para su examen. Es un texto claro; no niego su utilidad, pero queda muy por debajo del de Fiol. En 1944 publica el profesor doctor Belaunde su Lógica, casi tan extensa como la de Fiol. No conozco bastante la preparación del autor en la materia. Muchos títulos de párrafos –como estos: La Lógica aristotélica y la Escolástica, el Novum Organum de Bacon, el Pragmatismo, la Fenomenología de Husserl, etc.– prometen a juzgar por los asuntos, especies filosóficas fuertes, siquiera esquematizadas. No las hallamos. Puede ser que el autor haya querido rozar esos puntos (son muchos los enunciados por el estilo de los que cito) sin tocar lo sustancial y sólo testificar que eso existe. No siempre es así. Por ejemplo, en la página 28 leemos: La Lógica es la teoría de los universales (como título). Y allí sí hay algo en consecuencia con el enunciado.

Todo esto –ya se sabe– como producción debida a la enseñanza secundaria. Algún trabajo más, pues no me empeño en bibliografías. Ninguno de estos libros –tan diferentes– refleja los movimientos que desde Bosanquet, cuyo tratado de Lógica, con subtítulo que dice The Morphology of Knowledge, data de 1888, hasta el libro revolucionario de Dewey, Logic, The Theory of Inquiry, de 1939, han removido las bases en esta parte de los estudios filosóficos. Desde luego, no hemos producido ningún libro como el de Varona de 1880. Mucho menos al nivel de los citados de Bosanquet y Dewey. Tampoco tratados de menos pretensión, más discretos, como la excelente Logic de Hibben, de 1904, que es obra de esas que enseñan, sin ruido, y modelo de método y de armonía general.

No sé si en estos últimos años han influído en la formación del profesorado que se dedica a Lógica dos eminentes tratadistas, Cohen y Nagel, autores, en colaboración, de An introduction to Logic and Scientific Method (1936). La verdad es que tres de los mencionados libros hubieran podido reorientar la Lógica entre nosotros: el de Hibben –texto tranquilo, como diría Ortega y Gasset–; el de Dewey, de fuerte remoción revolucionaria, y este de Cohen y Nagel, que es de dirección crítica. No niego que tan serias influencias hayan calado en la formación de algunos profesores. Esto de la formación, no siempre revelada, es otro de los aspectos en la actividad filosófica del medio siglo. Insisto en los tres autores mencionados: un libro que se ciñe a lo más admitido y lo expone magistralmente; otro que con raíz pragmatista, pretende abatir los viejos muros de una elaboración de siglos, y otro cauteloso pero de examen crítico. Por mi parte, no soy un dedicado a la asignatura; pero he visto la envidiable cantidad de materiales de esos tratados que invitan a renovar la enseñanza de la Lógica. Y nada digo de trabajos como A system of Logistic, de Quine, de la Universidad de Harvard (1934) y la Introduction to Logic (1946), de Tarski, de ese mismo centro, obras que tratan de Lógica matemática. El sesgo de estos libros requiere una reeducación, si uno estudió Lógica a tenor de los textos ajenos a la Logística. Confieso que reiteradamente he emprendido la lectura de estos autores sin llevarla a su término. No sé si tendré aliento para tan dura tarea. Pero yo no soy un profesor de Lógica. Quien lo sea, sí está llamado a molestarse con esa reeducación.

Belaunde, en su citado manual, dedica tres páginas a la Logística, pero se limita a los signos, esto es, a lo externo de esa teoría. Me fijo en algunas notas bibliográficas de profesores nuestros y hallo los nombres de Pfander y Francisco Romero.

Si las obras fuertes aludidas no se han utilizado por muchos –cosa que no niego– el tratadito de Romero y Puchiarelli (Lógica, 1938), tiene calidad para la incitación, por los contenidos filosóficos, por los nexos de la Lógica con la Filosofía, vista en conjunto y por los grandes autores a que hace referencia. Se trata de un texto donde se disciernen corrientes alemanas. Su extensión no es tanta que ofrezca espacio para la Teoría del Conocimiento, incluida por los autores. Quizá sea el mejor en español, entre los libros que rebasan lo elemental sin organizar enteramente lo superior.

Ya hacia 1930 se hallaban en las librerías de La Habana las Investigaciones Lógicas, de Husserl. Sabido es que también por ahí damos con otra innovación. Comprendo que sería imprudente y sin objeto llevar al aprendizaje secundario una teoría lógica fundada en una original concepción filosófica como en el caso de Husserl. Y confío en que la Universidad sí haya sentido la ráfaga de lo que fue, hace años, ruidosa novedad.

El doctor Arturo Echemendía, cuya tesis universitaria sobre el poeta latino Lucrecio, publicada en la desaparecida Revista de la Facultad de Letras y Ciencias, el año 1912, da idea de su talento y de sus dotes de escritor, hubiera podido escribir un texto de Lógica merecedero de conocerse fuera de Cuba.

El haberse introducido en la Segunda Enseñanza la Filosofía ha motivado un texto destinado a estudiantes: el de la doctora Mercedes G. Tudurí, revelador de las aptitudes de la autora como estudiosa de la materia. En muchos capítulos logra compendiar lo saliente de épocas y filósofos, aunque el plan requiere mayor desenvolvimiento.

El doctor José María Velázquez ha publicado una serie de cuadernos destinados a su curso de Psicología en uno de nuestros Institutos. Los empezó en 1943. Indican la segura formación de este profesor que tuvo la ventaja de pasar algunos años en Europa y seguir allí la orientación de la Psicología en los últimos decenios. Su último escrito trata de la orientación de la Filosofía en los Institutos. Las Escuelas Normales no tienen todavía la tradición académica de los primeros seis Institutos. Su creación data de 1915. Pero en ellas se ha enseñado, con alcance elemental, como en los Institutos, Lógica y Psicología. Los estudios pedagógicos, además, presentan nexos frecuentes con esas dos ciencias y con la Filosofía.

Con respecto a la Universidad, en [35] los últimos veinte años se ha acrecentado un tanto el espíritu filosófico. Ya indiqué su descenso en las tres primeras décadas, no obstante el docto magisterio de Varona en los primeros años del siglo.

Por fin ocupa el Dr. Roberto Agramonte la cátedra que había regido Varona. Muy joven era cuando se le confió. No conozco en Cuba un caso de mayor laboriosidad. Quizá no lo haya de tanta. Nadie ha querido librarse más que él de la rutina ni se ha esforzado más por familiarizarse con los movimientos contemporáneos de las ciencias asignadas a su cátedra. Sobre todo la gran actividad de los estudios de Psicología en los Estados Unidos halla resonancia en sus textos, los cuales ha renovado y enriquecido. Muchos se quejan de cierta dureza en la redacción de sus tratados. En esto hay que hacer concesiones al factor individual, si es que positivamente, su estilo didáctico no es tan amable como quisiéramos. Creo que en los últimos años su mirada se ha vuelto a las corrientes europeas con más frecuencia que al principio, a virtud de su conocimiento del alemán. Posee una biblioteca que es índice claro de trabajo intenso.

Al Dr. Agramonte se debe, en gran parte, la vasta labor editorial de la Universidad en la rama filosófica. Me refiero a la reimpresión de libros cubanos que son nuestros clásicos en Filosofía. El P. José Agustín Caballero, el P. Varela y José de la Luz han vuelto a una actualidad que no lograban por no existir ejemplares de sus obras fuera de algunas bibliotecas. La publicación cuenta con numerosos volúmenes, algunos de ellos con valiosa introducción del propio Agramonte. Y no se trata sólo de reimpresión, sino que se han dado a conocer escritos inéditos. El texto filosófico del P. Caballero, por ejemplo, que se conservaba en el manuscrito latino, se ha editado en español. Varela, tan enamorado del método y, por lo tanto, de la Lógica, repite ahora su noble lección, muy rectificada ya, pero con ese aliento superior que es condición de los maestros. Luz, tan difícil de concretar y a la vez tan abierto, ha reaparecido con su adhesión a la metodología científica, sin que ésta le cercene las alas para el vuelo metafísico. La edición ha sido un servicio universitario de los que marcan época.

Luis A. Baralt
Luis A. Baralt
...Sus especialidades no marcan los límites de su cultura...

Hay que estimar como innovación de importancia el haberse introducido la Historia de la Filosofía, la Teoría del Conocimiento y la Estética en la Universidad. No es necesario consignar aquí, con detalles, esa reforma efectuada poco después de vencida la Dictadura. Baste recordar que a virtud de tan juiciosa medida, el Dr. Luis A. Baralt primero, y el Dr. Jorge Mañach algo más tarde ocuparon las nuevas cátedras.

El profesor Baralt trabaja con idoneidad y seriedad. No hay que decir más. Conoce varias lenguas modernas y en ellas ha estudiado Filosofía. Es persona modesta. Sus especialidades no marcan los límites de su cultura. Sus lecciones son el testimonio de una formación envidiable.

El profesor Mañach, de tanto relieve en distintas esferas, tuvo, como Baralt, ventajosas oportunidades de aprendizaje fuerte fuera de Cuba. Su maestría es evidente en la cátedra: la Historia de la Filosofía le está bien confiada. Prepara un texto del cual ha escrito ya varios capítulos. Es reciente su importante libro Para una filosofía de la vida.

Para iniciar en la filosofía de la Educación donde nada existía, salvo algunas páginas del doctor Aguayo, publicó, hace poco, un texto muy sumario el Dr. Diego González.

Emilio Fernández Camus
Emilio Fernández Camus
...basta su «Filosofía Jurídica Contemporánea» para notar su saber en esa línea...

La Filosofía del Derecho, que ya tuvo representación en la cultura de la segunda mitad del siglo pasado, con don Antonio Bachiller y don Calixto Bernal, cuenta con cátedra en nuestra Universidad y es también creación perteneciente al período de mi recuento. El doctor Emilio Fernández Camus goza de prestigio; basta su Filosofía Jurídica Contemporánea para notar su saber en esa línea, y ha sido invitado a cursos fuera de Cuba. Aparte de lo universitario, esa rama se ha cultivado en este medio siglo, como si continuara la tradición que apunto arriba, a la que pertenecen también Desvernine y Montoro. En efecto, el Dr. Mariano Aramburo y Machado enriquece la referida tradición con los tres tomos de su Filosofía del Derecho, que data de 1920. Es obra de mucha doctrina. A más, el autor era un prosista, condición que se da pocas veces entre didácticos. Posterior a la obra de Aramburo es la del Dr. Carlos Azcárate y Rosell: Estudios de filosofía del Derecho, editada en 1940. Tanto Aramburo como Ascárate arguyen a favor del Derecho Natural, sin bien con actitud crítica, no como en los días de Ahrens, base del libro de Bachiller y Morales, Elementos de Filosofía del Derecho, aparecido en 1857. El «jusnaturalismo», de tanta boga antaño, casi suplantado después por escuelas más realistas, como la histórica y la positiva, ha tenido su renacimiento en nuestro siglo, si bien rectificada aquella universalidad, y atenuado aquel espíritu dogmático que de una doctrina racionalista derivaba una codificación universal, con esa confianza propia del ideario que culminó en la Revolución francesa.

Este rápido apunte me recuerda los días –hace unos treinta años– en que La Vida del Derecho del tratadista italiano Carle me inició entre otros autores, en lo muy poco que conozco de esta incitante esfera del saber.

Tanto la Universidad como los pequeños círculos filosóficos de Cuba han recibido la influencia de los profesores españoles que desde poco antes de 1930 han pasado por La Habana. Es una influencia difícil de precisar y no lo intento. José Gaos, Joaquín Xirau, María Zambrano, han dado cursos entre nosotros. Luis Recasens, autoridad en Filosofía del Derecho, ha dejado su huella. La dejó también don Fernando de los Ríos, a quien perdimos hace poco. Sus disertaciones eran sobre temas varios, pero siempre de vinculación filosófica. Ortega y Gasset no vino al fin. Digo esto, porque se anunció su visita. En cambio su influjo es intenso, al menos como autor que se lee. Gaos ha influido con los numerosos libros de Filosofía traducidos por él en los últimos veinte años y con sus lecciones en la Universidad. María Zambrano, diríamos casi que se ha quedado en La Habana. Ha trabajado entre nosotros, con la maestría y el fervor que le son propios. Casi diría yo que deja discípulos, si no en lo tocante a doctrinas, al menos por la simpatía que logra en los grupos de sus cursos. Sabido es, por lo demás, que ella se atiene, en parte, a la enseñanza de su eminente maestro Ortega y Gasset.

Cuando escuché por primera vez a estos profesores españoles, advertí un espíritu nuevo, esto es, diferente del que reinaba. Aparte de las especies filosóficas concretas, noté una orientación que venía a renovar el «corpus» de las ideas. La formación europea era bien discernible. Lo noté primero en América Castro y en Fernando de los Ríos. Después lo confirmé en los dedicados a Filosofía. Supongo que al principio o a la larga, ésa haya sido la impresión causada por ellos en México, donde han trabajado durante años. Y creo que Zubiri y Morente, no incluidos entre los que nos han visitado, hayan producido análogo efecto en los países de América que los acogieron. Las lecciones de Morente, originadas en cursos de la Universidad de Tucumán, en la Argentina, han circulado mucho en Cuba con el consiguiente provecho, por su densidad y su sentido didáctico.

La República conmemoró en 1949 el centenario de Varona. El homenaje consistió esencialmente, en los estudios que se hicieron. La Dirección de Cultura del Ministerio de Educación organizó actos públicos que se efectuaron en el salón de la Sociedad Económica. La Academia Nacional de Artes y Letras ofreció varias conferencias en torno a la noble figura que se evocaba. La Universidad, naturalmente, honró en varios actos, la memoria del pensador y escritor con trabajos de importancia como los de Baralt, Mañach, Agramonte.

El Lyceum premió en uno de sus concursos el libro del doctor Pánfilo Camacho, Varona, un escéptico creador, editado en 1949. El Dr. Roberto Agramonte publica con igual fecha una obra con titulo similar, Varona, el filósofo del escepticismo creador , de extensa información y plan ambicioso. A la Dra. Rosario Rexach también le premió el Lyceum hace poco, un valioso estudio sobre el P. Varela. [220]

En el interior se efectuaron actos en varias ciudades. De modo que se ha acrecentado la bibliografía sobre Varona, que ya contaba con algunos estudios, como El ideario de Varona en la filosofía social, que publicó el doctor Elías Entralgo en 1937. La edición oficial de las obras de Varona se empezó en ese mismo año. Ha quedado inconclusa. De 1949 son El pensamiento vivo de Varona por Félix Lizaso, y mi Varona, su pensamiento representativo.

La Sociedad cubana de Filosofía edita una Revista que mejora en cada número. Tanto la Sociedad como la Revista se han fundado en los últimos años. Sus dirigentes han ofrecido cursos filosóficos. El de 1951 a 1952 se explica en el Ateneo de La Habana, institución que cuenta con sección de Filosofía. Pero el referido curso es labor exclusiva de la Sociedad Cubana de Filosofía. Se han distinguido mucho en todo esto el joven profesor Dr. Humberto Piñera, las profesoras Tudurí, el Sr. Máximo Castro, el Dr. Rafael García Bárcena...

El Padre Varela ha sido objeto de dos libros del Dr. Hernández Travieso, el primero de 1942, titulado Varela y la reforma filosófica en Cuba, y el reciente de 1949, El Padre Varela, cuyo subtítulo dice: «Biografía del forjador de la conciencia cubana». Se trata del fruto de una larga investigación. La segunda de estas obras fue premiada en 1948. Obsérvese que ha hecho eso sin centenario, lo cual significa mucho para la figura y para el investigador.

Reitero que en un examen como el que he intentado es necesario atender a los factores siguientes: producción de obras, enseñanza, lectores de Filosofía, libros que han llegado del extranjero, revistas, conferencias, sociedades, y como resultado, el ambiente propio de estas actividades. Es fácil percibir que a esa luz, mi exposición es incompleta.

El Dr. José María Velázquez ha dirigido las sesiones de un grupo de estudiosos, semanalmente. Dewey, entre otras figuras, ha sido objeto de examen. En la Universidad del Aire, regida por el doctor Jorge Mañach, se han ofrecido lecciones sobre diversidad de temas de Filosofía, según puede verse en los cuadernos de esa institución.

Jorge Mañach
Jorge Mañach
...de tanto relieve en distintas esferas...

Volviendo a los primeros quince o veinte años del siglo, se registra, al término del diecinueve –en 1900– una conmemoración que muestro como ejemplo cabal de la ausencia de espíritu filosófico a que me referí al comienzo. Se realizaron actos con motivo del centenario de José de la Luz. Fueron los maestros los principales animadores. Manuel Sanguily pronunció una conferencia (más bien discurso), invitado por el Magisterio. Aquel centenario no halló clima donde florecer. Una figura de tanta riqueza en su personalidad no suscitó estudios nuevos.

En punto a obras existentes en las librerías, la penuria no era tanta. Casi todo Spencer podía leerse en buena traducción que por entonces se hizo. Muchos maestros leyeron uno de sus libros: La educación física, intelectual y moral. Uno de los estudios más bellos de Taine, La inteligencia, circuló en fina pasta española. De Bergson se tradujo temprano La evolución creadora que también llegó a Cuba. A Nietzsche –ya lo recordé– se le leyó como a pocos. De Wundt circuló la Psicología, en español, antes de 1910. En cambio del movimiento norteamericano representado por James y por Dewey sólo algunos tenían idea. Los dos tomos de la magistral e inacabada Historia de la Filosofía española, de Bonilla San Martín, se hallaban aquí, en edición de 1908. No había mucho en Historia de la Filosofía, pero podían adquirirse la Historia del Materialismo de Lange, en español desde 1903, el autorizadísimo libro de Weber, hoy en parte superado, la Introducción a la Filosofía de Wundt. El curso del Cardenal Mercier, muy bien traducido, figuraba en el «corpus» filosófico de aquellos años. De los antiguos, Aristóteles en la versión de Azcárate y diálogos de Platón.

Sin una pesquisa en un buen número de bibliotecas privadas no puede saberse cuál ha sido la cultura filosófica de un período.

Del treinta acá, o poco antes, nos ha llegado, en oleaje, la corriente de lo nuevo. Primero la Revista de Occidente, después el Colegio de México, el Fondo de Cultura Económica, han traducido gran número de obras fundamentales que tienen hoy lectores y estudiosos en Cuba.

El medio siglo es desigual en lo filosófico. No deja realizaciones de la importancia de los cursos de Varona. Los primeros veinticinco años son casi de silencio; los últimos, sobre todo, de diez o doce acá, de cierto tumulto, si vale decirlo así. Hubiera sido más fecunda una gradual incorporación a los movimientos europeos. Ahora los dedicados a Filosofía sienten la multiforme lección que abruma. De doctrinas contemporáneas, entre ellas el Materialismo histórico, trató con su reconocida competencia el Dr. Bustamante y Montoro, recientemente, en tres disertaciones de la Academia de Artes y Letras.

Rehuyo el abultar los hechos culturales. Con ese espíritu escribí mi libro La Filosofía en Cuba, editado en México en 1948. Creo que la impresión de este balance, con todos sus altibajos, no deja de ser, en algún sentido, satisfactoria. Existe ambiente, y éste vale más que producciones aisladas sin resonancia en el medio. Estamos en el camino: a un lado y a otro incitan las eternas cuestiones ontológicas, gnoseológicas y axiológicas, que aparentemente distantes de la realidad cotidiana, están, sin embargo, en lo radical de la vida.

A virtud de lo que se ha enseñado y de los libros leídos por minorías muy reducidas, a través de estos cincuenta años, han llamado a nuestra puerta, invitándonos a pensar y a elegir credo, el Positivismo, que demoraba su lección austera; el Agnosticismo en que se refugió Spencer; el Voluntarismo de Nietzsche, con su transmutación de valores; el Pragmatismo de Pierce, James y Dewey, sacudiéndose el polvo de veinticuatro siglos de metafísica; el Intuicionismo de Bergson, que no lo fía todo al discurso racional; la Fenomenología de Husserl, que ayer mismo pareció suplantar toda el área filosófica; la dirección científica, matemática de Russell y de Whitehead; el pensamiento de Croce, que en Estética ha difundido su negación de los géneros; el Existencialismo, con su revisión de especies filosóficas fundamentales.

Deben examinarse todas las doctrinas. Por mi parte, sin perjuicio de adherirme, por ejemplo, a Windelband, en sus Preludios, espero que Ortega y Gasset publique su Razón Vital, tan anunciada, y me atengo, como estudioso, a las monografías que positivamente enseñan, como las de Cassirer, entre otros muchos, y a los clásicos filosóficos de todas las épocas. Si no alcanzamos por ahora a producir, mucho es ya que aspiremos a saber.


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