Correo de C.E.F.Y.L. Departamento de prensa y difusión CEFYL-FUBA
Publicación del Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras
 
Buenos Aires, octubre 1962
año I, número 2, páginas 1-2

Conrado Eggers Lan, Cristianismo y marxismo, Correo de CEFYL, Buenos Aires 1962

Cristianismo y marxismo

Reportaje al profesor Eggers Lan
 

Nota: La entrevista al profesor de Historia de la Filosofía Antigua, Conrado Eggers Lan, obedece a un deseo de mostrar las diferentes opiniones que sustentan los hombres que, a nuestro juicio, pueden aportar elementos polémicos dilucidatorios de una realidad que se nos aparece tan múltiple y confusa.
Las publicaciones en ningún momento significan un acuerdo con las posiciones particularmente adoptadas, sino la apertura al franco debate.
 

Pregunta: En este momento histórico, ¿cómo sitúa usted al marxismo y al cristianismo?

Respuesta: Para responder a esta pregunta, tendría que comenzar por precisar, aunque sea brevemente, cómo entiendo el cristianismo y el marxismo desde el punto de vista histórico. Porque hay muy diversas maneras de entender el cristianismo y por ende de ser cristiano, y muy diversas maneras de entender el marxismo y por ende de ser marxista. En el caso del cristianismo, la idea que tengo no es de mi exclusivo patrimonio individual, sino que la comparto con mucha gente –no sólo ahora, sino de diferentes épocas–, cada vez con más gente, aunque admito que dentro del cristianismo sigue siendo sólo una minoría y por cierto la que hace oír su voz más fuerte; pero tengo la esperanza de que pronto será la que prevalezca. Y tal esperanza –que se funde prácticamente con mi fe doctrinaria– es lo que me permite ser cristiano. En el otro caso, en cambio, la interpretación de Marx a que he arribado choca con la sostenida en general por los marxistas; por eso no puedo llamarme marxista, si bien también en este campo veo o creo ver o quiero ver indicios de una tendencia que apunta en la dirección en que van mis ideas acerca del asunto.

Considero al cristianismo –en su aspecto histórico, y con prescindencia, por ende, de su significación trans-histórica, a la cual, sin embargo, está esencialmente unida– como un movimiento cuyos esfuerzos se centran en la realización plena de la persona humana, y que procura, pues, su liberación de los factores que la esclavizan y degradan. De estos factores, que desde el Génesis hasta el Apocalipsis mitologizan en el demonio y son caracterizados como las ansias de poder ilimitado (ser igual a Dios, todopoderoso), se mencionan tres en los Evangelios: las riquezas («nadie puede servir a dos señores… no podéis servir a Dios y a las riquezas»), el cetro («dad al César lo que es del César») y la espada («los que toman la espada, a espada morirán»). El énfasis cae sobre el primero de ellos –las riquezas–, aunque es puesto en estrecha conexión con los otros dos. Estos factores han arrebatado al hombre su plenitud: por obra del ansia de todopoderío que los anima, el trabajo, originariamente actividad consustancial al hombre (como se dice en el segundo capítulo del Génesis), se ha convertido en algo penoso y enajenante, habiéndose extendido estas características a toda la vida humana (la maldición bíblica del tercer capítulo del Génesis). ¿De qué modo se liberará el hombre? Mediante el amor. Amor que debe alcanzar a la realidad íntegra, y, por sobre todo, a lo más hondo y supremo de ella, pero para eso deberá dirigirse a la realidad humana próxima y concreta que se tiene por delante («el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve», dice San Juan y dirigirse a ella de manera concreta: «El que tuviera bienes terrenales y, viendo a su hermano pasar necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo habría de morar en él el amor de Dios?», ha dicho antes San Juan). Por supuesto que este amor no es una caridad de beneficencia por la que un poderoso aquieta su conciencia intranquila concediendo dadivosamente una limosna. Tan claramente se desprende de la doctrina cristiana del amor una transformación radical de la sociedad, que los primeros apóstoles vivieron en comunidad con plena renuncia a bienes individuales (como se ve en los hechos de los apóstoles), y constituyeron las «iglesias» o comunidades de cristianos de estructura social absolutamente opuesta a la vigente en el imperio romano; y que, al multiplicarse tanto, perturbaron a los emperadores. Acaso puede decirse que Constantino –no sé si por advertir sagazmente que las persecuciones no eran lo más apropiado para defender las tambaleantes estructuras del imperio– frenó la revolución que en el plano social había iniciado el cristianismo en sus cuatro primeros siglos. En lugar de perseguir a los cristianos, oficializó su religión: con esto preservó, bajo distintos disfraces, las estructuras del imperio por unos quince siglos más. Hay diversos síntomas en nuestra época que denotan, a mi juicio, que retomamos la historia –al menos en el sentido mencionado– donde la detuvo Constantino. El cristianismo retorna al espíritu de los cuatro primeros siglos. El imperio se cae definitivamente abajo, a pesar de los constantinos del siglo XX.

Por su parte, el marxismo se me aparece como la secularización de algunos de los motivos más profundos del pensamiento judeo-cristiano. Pero «secularización» es algo bien distinto de las puerilidades y absurdos que se le atribuyen a menudo cuando se habla del «materialismo ateo». Marx ha rechazado en forma tajante el materialismo científico de los positivistas, al menos en lo que al hombre se refiere, y especialmente en su aspecto mecanicista –que podría propiciar la pasividad del hombre–; su raíz historicista lo hace llegar a veces hasta un espiritualismo extremo, como cuando en La ideología alemana, por ejemplo, niega prácticamente la existencia de una naturaleza que no haya sido transformada por el hombre. Es cierto que Marx se caracteriza a sí mismo como materialista histórico en oposición al idealismo de Hegel, pero con esto no está sustituyendo un monismo espiritualista por otro materialista: lo que declara es que el motor de la historia no es una conciencia abstracta que produce ideas, sino la realidad concreta de la vida del hombre. A esta vida del hombre, por ser la realidad concreta, Marx la llama la «vida material» (y de ahí que se titule «materialista»), cuidándose de advertir varias veces que la «vida material» del hombre se distingue de la del animal por su capacidad creadora y por la conciencia de sí (o sea, dos de las notas que Scheler adjudica al espíritu; y en el Trabajo enajenado las refiere Marx al hombre como «su esencia espiritual, su ser humano»). Por consiguiente, se trata de una unidad análoga a la que el cristianismo contrapone al dualismo platónico. Unidad quebrada según Marx por la división del trabajo en tareas corporales para unos y tareas espirituales para otros, división que ha cerrado a la mayor parte de la gente los caminos de su realización personal y ha facilitado que el resto –desentendido de las tareas materiales– se deslizara fácilmente hacia abstracciones fantasiosas. La supresión de tal división es conditio sine qua non, por ende, de la realización personal íntegra. Es la solución que da un espiritualista de la [2] talla de Gandhi, a quien no cabe por supuesto acusar de determinismo economista. En cuanto al ateísmo de Marx, más que de un ateísmo metafísico (en el que se negara lisa y llanamente la existencia de Dios), diría que se trata de lo que Scheler llama ateísmo postulador de la responsabilidad moral del hombre, y que consiste en decir: no hay ni puede haber un Dios en el que el hombre pueda descargar la responsabilidad de sus actos. Es un ateísmo ético, que, en sus lineamientos generales, como cristiano comparto. Es patente, no obstante, que falta en Marx ese principio trascendente, humano-cósmico, esa fuerza de amor universal que no es forzoso, por cierto, concebido antropomórficamente que los distintos pueblos nombran de distintas maneras y que –en diversos grados y manifestaciones, según la perspectiva histórico-cultural– reconocen desde un aborigen primitivo hasta un Einstein. Quizá Marx lo rechazó (aunque nunca del todo, como lo exhiben sus incesantes ataques a lo religioso y el misticismo que invade paralelamente su doctrina) por confundirlo con el dios enajenante que encontraba con mayor frecuencia entre quienes lo invocaban: ese dios objeto de una farisaica formalidad dominical y consejero de la resignación para los oprimidos. Lo cierto es que, a mi juicio, esa ausencia impidió la total coherencia de una doctrina que por su misma esencia reclamaba el amor, y ha dado origen así a las actitudes contradictorias (por ejemplo, la que en nombre del hombre y de la sociedad acepta y aún reclama la vía de la destrucción del hombre y de la sociedad). Pero no menos cierto es que, a despecho de las doctrinas que invocan, de hecho falta el reconocimiento de ese principio supremo del amor creador en numerosísimas personas bautizadas, y ante todo en aquellas que, so pretexto de luchar contra presuntos enemigos de Cristo (judíos, masones, comunistas, &c.), preconizan el odio e incitan a la violencia y a la destrucción.

Y la contradicción que señalo no es meramente teórica, sino que se refleja en la praxis: impide, a mi juicio, consumar la revolución que Marx proclama (que en definitiva consiste en abolir las estructuras del imperio romano, que el cristianismo fue el primero en estremecer), y preserva, por el contrario, tales estructuras imperiales con todo su carácter cesáreo, por más cambios que puedan producirse dentro de ellas. Si el marxismo comprende esta contradicción y esta ambigüedad, habrá encontrado definitivamente el camino revolucionario.

Pregunta: ¿Cree usted que es posible fundamentar una compatibilidad teórico-práctica del marxismo con el cristianismo?

Respuesta: De acuerdo con lo dicho a propósito de la primera pregunta, sí. Creo que actualmente debe haber muy pocos cristianos auténticos tan candorosamente engañados como para entrar en el juego de la antinomia mundo occidental, libre y cristiano versus mundo oriental, esclavo y socialista. Está demasiado condenado en los Evangelios el culto de Mamón que caracteriza al capitalismo, y está presentada en forma suficientemente tajante la alternativa («nadie puede servir a dos señores…») como para que queden dudas al respecto. Salvo alguno de esos fiscales de la moralidad universal que todavía andan por el mundo, no creo que ninguna persona de mediana cultura e inteligencia y con alguna ligera idea de la moral cristiana deje de darse cuenta de que ésta se halla, por ejemplo, mucho más en «La balada del soldado» y «Un verano para recordar» que en las películas de Hollywood. Y ya que hablamos de Hollywood, recuérdese, a propósito de un hecho aparentemente banal –pero en el fondo sintomático– como el suicidio de Marilyn Monroe, cómo coincidieron la prensa del Vaticano y de Moscú en la condena del tenebroso mundo capitalista, una de cuyas tantas víctimas fue y sigue siendo dicha actriz (y digo esto, a pesar de que estoy lejos de creer que cualquier palabra de la prensa del Vaticano a propósito de cualquier tema sea representativo del cristianismo, y lo mismo con la de Moscú respecto del marxismo). La dialéctica de la lucha de clases no supone de ningún modo odio y destrucción, aunque muchas veces los marxistas la tomen así: no es una lucha del hombre contra el hombre, sino del hombre por el hombre y contra las cosas que lo enajenan. Hay hombres –agrupados en clases– que defienden esas cosas enajenantes, y en tal sentido se convierten ocasionalmente en adversarios. El fin de la lucha no es destruir esos adversarios (si se interpretara que destruir una clase implica destruir a los hombres que la integran, habría que concluir que tal lucha es un suicidio, puesto que al destruir a la clase opresora desaparece también la clase oprimida), y por consiguiente no se trata de odiarlos. En los Evangelios está claramente evidenciado que la dialéctica («el que no está conmigo está contra mí») y la lucha («no he venido a traer la paz… sino la disensión») no son incompatibles con el amor. Claro está que el cristianismo –en oposición al formulismo farisaico– pone el énfasis en la actitud interior que debe haber en esta lucha, mientras el marxismo –por estar en pugna con el intelectualismo idealista– acentúa el carácter social de dicha lucha. Pero no se trata de una incompatibilidad excluyente, sino de un acento puesto frente a antitéticas ideas predominantes. Y lejos de haber tal incompatibilidad, creo que ambas son dos caras de un mismo fenómeno, y que requieren por ende una complementación mutua. De lo contrario, se cae en las contradicciones antes mencionadas y se pierde la fuerza revolucionaria que mueve a la historia.

Pregunta: ¿Cuáles son los aportes de los movimientos cristianos y marxistas a la realidad nacional argentina?

Respuesta: Temo ser demasiado injusto si generalizo diciendo que el cristianismo y el marxismo acreditan su fuerza y su correspondencia con necesidades reales de la gente, entre otras cosas por el hecho de subsistir en nuestro país a pesar de los movimientos cristianos y marxistas. No tengo suficiente conocimiento, en efecto, de todas las organizaciones que pueden recibir tales rótulos como para emitir un juicio categórico y universal; pero, eso sí, la mayor parte de las que conozco se revisten de un sectarismo e intolerancia que he padecido en carne propia, tanto de un lado como del otro) que acusan falta de fe. Contra lo que se dice a menudo, creo que fanatismo –entendido como sectarismo intolerante– y fe están en proporción inversa: siempre es más fanático el inseguro, y por eso trata de apuntalar a fuerza de sangre y fuego la fe que se le desmorona, como si así pudiera sostenerla.

En el campo cristiano, no obstante, se perfila una corriente –que no sé hasta qué punto está organizada en uno o más movimientos (y que halla ecos o fuentes en algún sector de los jesuitas) cuya amplitud suele causar escándalos en los inquisidores argentinos, pero que apunta como la avanzada del cristianismo. Por supuesto que todo esto no puede tener nada que ver con oportunistas e hipotéticos frentes electorales, por más que éstos se pongan el cartel de «social-cristianos».

En el campo marxista, a pesar de ser ésta una tierra más nueva, hay una diversificación casi tan múltiple como en el cristiano. Entre los que actúan según las directivas de Moscú y los que no, no hay prácticamente más unidad que la de ser molestados por los gobernantes medrosos y complacientes, ya que los circunstanciales acuerdos tácticos no significan nada. Los segundos procuran reemplazar un punto de apoyo tan importante como el respaldo de una fuerte potencia (lo cual les produce inseguridad y hasta complejo de inferioridad frente a los primeros) mediante la consolidación de una personalidad propia, que me da la impresión de que la están buscando pero por ahora sin encontrarla en el romanticismo de una semi-clandestinidad o en la canalización estérilmente agresiva de la rebeldía. En realidad, pienso que en favor del marxismo trabajan más nuestros gobiernos y sus beneméritas instituciones que los mismos movimientos marxistas argentinos; sin perjuicio, por supuesto, de que éstos algún día encuentren su camino y puedan hacer un importante aporte a la realidad argentina. Mientras tanto, el aporte es más bien individual –y lo mismo digo respecto del cristianismo–, especialmente en el ámbito intelectual.

Pregunta: ¿Considera que hay factores reales que avalan la tan mentada declinación del cristianismo?

Respuesta: Lo que se llama declinación del cristianismo no es más que la «des-romanización» o «des-grecorromanización» (diría, acaso, «des-occidentalización», si no fuera ir demasiado lejos, ya que no se puede anatematizar lo occidental –como hacía Taciano– como el Mal definitivo y absoluto) que se está produciendo a mi entender en el cristianismo: o sea, ese ropaje exterior con que se revistió desde que, merced a Constantino, se transformó en religión oficial, circunstancia a la que he aludido antes. Y este fenómeno actual, lejos de verlo como una declinación del cristianismo, es, para mí, un paso saludable y positivo, que no puede más que fortalecerlo. La «desacralización» del mundo –o sea, la «secularización»– es algo paralelo a lo que dentro del cristianismo se llama «desmitologización»: la evolución del hombre lo ha llevado a profundizar más allá del mito circunstancial. La identificación errónea de este mito con lo sagrado da origen al nombre «desacralización», pero se trata de un proceso que en resumen empuja al hombre más hacia el fondo de las cosas, y que desde el punto de vista cristiano implica una revigorización de la religiosidad auténtica. No se necesita ser muy sagaz, por ejemplo, para descubrir en buena parte del estudiantado de nuestra Facultad una intensa preocupación por el problema religioso (preocupación que adopta diversas formas, inclusive la de luchar acremente y sin tregua contra los símbolos de lo religioso) que no se ha manifestado en otras épocas, en que aparentemente el cristianismo estaba en su apogeo.

Pregunta: ¿Cuál sería la proyección y limitación de ambas concepciones en un futuro inmediato?

Respuesta: Creo que esta pregunta queda en cierto modo contestada en las anteriores. Lo importante para mí es destacar que el enfrentamiento cristianismo versus marxismo es artificioso, y no responde al fondo de las cosas sino a un más o menos hábil juego de la propaganda política. Lo que el cristianismo ataca en el marxismo no es lo esencial en la concepción de Marx, sino un elemento que en ésta es secundario y que incluso se contradice con el resto de la doctrina. Lo que el marxismo ataca en el cristianismo no tiene nada que ver con la doctrina de Cristo, aunque corresponda a la manera en que muchos cristianos la presentan, en una evidente confusión de la Iglesia con el Imperio y del Papa con el César.

La proyección histórica de ambas concepciones en un futuro inmediato depende, por consiguiente, de que se comprenda su actual limitación, que conduce a un desgaste de esfuerzos en una lucha estéril y alejada del verdadero terreno en que debe desarrollarse. Creo que hay buenas razones para suponer que no es ésta una disparatada esperanza nacida de mi imaginación.

Castelar, 3 de septiembre de 1962.

Conrado Eggers Lan

 

Polémica León Rozitchner / Conrado Eggers Lan

· Conrado Eggers Lan, «Cristianismo y marxismo», Correo de Cefyl, octubre 1962
· León Rozitchner, «Marxismo o cristianismo», PyP, jul-dic 1963
· Conrado Eggers Lan, «Respuesta a la derecha marxista», PyP, ene-mar 1964
· León Rozitchner, «Respuesta de León Rozitchner», PyP, ene-mar 1964

 

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