El Ciervo
Revista mensual
 
Barcelona, mayo 1963
año XII, nº 115, página 13

Crónica

Pedro Cerezo Galán

Sobre la esencia
de Xavier Zubiri
 

Xavier Zubiri

La filosofía española está de enhorabuena con la publicación del último libro de Zubiri. Ante todo por el acontecimiento mismo de que Zubiri se haya decidido a publicarlo, cuando ya temíamos que fuese definitivo su silencio, sobre el que empezaban a oírse los más extraños pareceres. Una especie de terror a la palabra impresa, a la filosofía convertida en fósil y tópico de escuela, tal vez su tremenda autocrítica, amenazaban con privarnos de una espléndida floración de pensamiento. Hoy, sin embargo, podemos esperar que éste sea el primer tomo de los estudios filosóficos de Xavier Zubiri, después de tantos años de paciente y silenciosa meditación.

Enhorabuena, por otra parte, porque esta obra es sencillamente «monumental». No se trata de una concesión a la literatura. Quien se asome a ella y pueda aguantar el vértigo de una lectura honda y apretada hasta la página 517, asistirá sorprendido a la presentación de un nuevo concepto de inteligencia, que posibilita una nueva estructura trascendental, así como el acceso a la esencia misma de la realidad, sin mediatizaciones lógicas, al lado de otros innumerables motivos (la nueva distinción de naturaleza y técnica, de mundo y cosmos, de especie y clase, de sustancia y sustantividad, &c.), que se van tejiendo sinfónicamente con la estructura fundamental. No es, pues, de extrañar que el libro haya adquirido muy pronto su propio «destino», quizá con una rapidez inmatura, y lo peor del caso sería que, como suele ocurrir en nuestra tierra, la máscara de los distintos ecos que está despertando deforme su genuina significación y ahogue su fecundidad. De momento, lo mejor será acercarnos lo más objetivamente posible al contenido de esta obra, desde ella misma, y no desde su «figura» social.

Estamos ante un mundo nuevo en Zubiri, sin relación inmediata con sus escritos anteriores. Su tesis doctoral: La teoría fenomenológica del juicio era demasiado histórica y muy estrictamente expositiva. Prácticamente no ha supuesto nada en su obra, aunque entonces tuvo la significación de renovar la atmósfera española abriendo una ventana sobre Husserl. En Naturaleza, Historia, Dios ya tenemos el estilo y las maneras de un gran filósofo. A pesar del carácter fragmentario de la obra y de no tener más unidad que «la situación en que se halla hoy instalada la mentalidad filosófica» –escribía Zubiri entonces–, aparecen ya motivos fundamentales de su pensamiento: el sentido de la función intelectual, el concepto de historia, el tema de la religación. Pero, en todo caso, no hay allí una conexión orgánica con esta obra, cuyos precedentes inmediatos hay que buscarlos en los cursos que Zubiri ha dictado en Madrid, con carácter extraoficial, durante algunos años.

El libro es una meditación sobre la esencia, es decir, sobre el principio constitutivo y, por tanto, primigenio y necesitante, de las cosas, en cuanto «tales» y en cuanto «tienen realidad». Pero la originariedad del planteamiento estriba en la consideración «física», en el sentido originario del vocablo (es decir, natural y real) de la esencia, esto es: como «momento estructural» de las cosas mismas y no como «término de nuestra manera de afrontarlas». Se busca, pues, un saber de la cosa desde la cosa misma, sin mediatizarla por el modus rem considerandi. Este propósito se pone de manifiesto en la parte segunda, donde se critican diferentes concepciones sobre la esencia. Husserl –para Zubiri– establece de nuevo la separación platónica entre las objetividades apodícticas y las cosas fácticas, descoyuntando así a la realidad. Hegel y Leibniz sustantivizaron respectivamente la concepción y lo concebido de la cosa en lugar de la cosa misma. Por eso escribe Zubiri frente a Hegel: «Lo que el pensar “pone” no es la esencia en el ser, sino lo esencial del ser en la inteligencia». Aristóteles se mueve más derechamente en el problema, tomando la cosa misma como término correlacional de la proposición, pero también aquí descubre Zubiri una logificación de la esencia, que va a llevar a la filosofía por el derrotero de la sustancialidad, como soporte de atributos, de modo que en perfecto paralelismo se traslada la construcción de la proposición al ser mismo de la cosa. La pretensión de Zubiri es «ir directamente a la realidad y tratar de averiguar en y por ella qué es eso de la esencia». Es la realidad misma la que nos tiene, en todo acto de entender, y es preciso estar en ella, desde ella, y no mediante los instrumentos de nuestra captación.

Como se ve el propósito de Zubiri está posibilitado desde su concepto de «inteligencia sentiente» como «impresión de realidad», que fundamenta tanto una idea de la trascendentalidad (distinción entre realidad y ser, mundo y cosmos, trascendentalidad y función trascendental), como un conocimiento preconceptual, en que la realidad nos tiene de un modo directo y originario. Este propósito se consigue en tres círculos concéntricos de clarificación: 1) el ámbito de lo esenciable; 2) las realidades esenciadas; 3) el carácter principal intrínseco de la esencia.

En el primer círculo, frente a la antigua distinción de Aristóteles entre «naturaleza» y «técnica», según su origen, establece Zubiri la diferenciación entre «cosa-real» y «cosa-sentido». La realidad es el ámbito de «todo y sólo aquello que actúa sobre las demás cosas o sobre sí mismo en virtud, formalmente, de las notas que posee», frente a las cosas como meras «posibilidades de vida» (cosa-sentido).

En un segundo círculo, con resonancias de Leibniz, se presenta la realidad esenciada como verdadera en sí y fundamento de toda conformidad. A esta luz, la realidad es un prius ontológico a su actualización en la inteligencia y no agota su ser en ser inteligida. Esta realidad verdadera es «sustantiva» en cuanto posee «suficiencia constitucional», con lo cual Zubiri logra una línea de distinción frente a la esencia como perseidad en la escolástica y la sustancialidad en Aristóteles. Véase, pues, cómo Zubiri utiliza el término de esencia en su acepción etimológica, como «principio de ser» (essentia-esse), y no en la contraposición clásica del esse essentiae y esse existentiae, que no son dos co-principios, sino dos momentos «reductos» de consideración de lo real.

Así se abre el círculo definitivo sobre la esencia como «sistema de las notas físicas, constitutivas, necesarias y suficientes para que la realidad sustantiva tenga todos sus demás caracteres». Se analizan progresivamente la ultimidad factual e individual de la esencia, la diferencia entre quididad e individualidad constitutiva, la diferencia entre especie y clase, el carácter de la unidad sistemática y, por último, en el momento culminante y tal vez más crítico de la obra, la esencia y la trascendentalidad, en una discusión con la Escolástica y el Idealismo, y muy especialmente con el trascendentalismo de Heidegger. La obra desarrolla muy coherentemente una metafísica intramundana, que abre en diferentes momentos perspectivas para saltar a la Trascendencia, así como delinea una metafísica de la personeidad. Tal vez en estas direcciones se sitúen los próximos escritos de Zubiri.

No es éste el momento de entrar en una visión crítica del tema. Pero es preciso fijar su significación. El pensamiento de Zubiri es, desde luego, originario. Esto no quiere decir que no se inscriba en una determinada tradición (Aristóteles, Suárez y Leibniz fundamentalmente), pero no puede reducirse a ningún «neo…». Lejos de ser una «repetición» de la filosofía tradicional, según las exigencias de la ciencia moderna, es una vital prolongación y superación de ciertos filosofemas, muy especialmente de la actitud y la obra de Aristóteles, que a pesar de las diferencias, es el eje articulador de este libro. Un pensamiento no se actualiza cuando de nuevo es pensado, sino cuando es pensado nuevamente. Zubiri nos ha dado un ejemplo de progresión en filosofía, sin caer en el amaneramiento y la relativización que supone todo «neo-logismo». Es también un ejemplo de cómo es posible la Metafísica hoy, como ciencia «haciéndose» sobre su misma historia, y al filo de los problemas y las indicaciones de la ciencia, la técnica e incluso la lingüística. Ésta es sin duda una lección ejemplar, en este tiempo en que tanto abundan los dogmáticos y los escépticos. Por último, el pensamiento de Zubiri es de gran actualidad. No nos dejemos engañar por el título ni por ciertas fiebres epidérmicas. La hora de los existencialismos ya ha pasado. Estamos en una etapa más sobria y más ceñida de pensamiento. De nuevo se abren perspectivas para el «ser». La filosofía trascendental idealista, el tomismo, un neopositivismo, cada vez menos estrecho y miope, apuntan hacia una hora de meditación silenciosa y paciente. El libro de Zubiri viene a situarse, en íntima conexión con la filosofía de hoy y la de ayer, en un terreno de serena y sobria meditación, sin estridencias ni patetismos.

Por todo esto, es una obra que debe exigirnos, que reclama un estudio serio y una revisión muy paciente desde las diferentes perspectivas (Aristóteles, el tomismo, Leibniz, Hegel, Husserl, Heidegger), que ella misma critica. Ésta es la condición de su fecundidad para una filosofía de mañana. Esta obra debe recibirse con la misma seriedad y rigor con que ha sido pensada y escrita. Esperemos que no se desaproveche esta oportunidad, y que, según escribió el mismo Zubiri, «España, país de la luz y de la melancolía, se decida alguna vez a elevarse a conceptos metafísicos».

P. Cerezo Galán

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Sobre la esencia, de Zubiri
1960-1969
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