Filosofía en español 
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Crónica de cine

Ciclo sentimental

por Alfonso Sánchez

Cada diez años los temas se fatigan, los estilos evolucionan, aparecen nuevas tendencias. Surge así la necesidad de un cambio. Durante estos últimos tiempos, el cinema ha estado dominado por los ciclos de la violencia, la ferocidad realista, el sexo y la protesta “contestataria”. Todos han ido cediendo. El del sexo, que ha sido el más largamente explotado, se halla en plena retirada. Hasta los italianos, sus principales cultivadores, lo sustituyen por la “comedia con cómico”, sarampión que obliga a Mónica Vitti y Alberto Sordi a hacer horas extraordinarias. Queda todavía ese cine que se adentra en la pornografía, indigno de ser acogido bajo esta gran cosa que es el cinema. Su mercado es reducido, En su cacareada feria de la rue d’Antibes, el pasado año en Cannes, su volumen de negocio no llegó al millón de dólares. Quizás el más corto ha sido el de la “contestación”, por el fracaso económico de sus obras.

Como es lógico, estos enunciados no deben aplicarse con sistematización, pues violencia, sexo o protesta entran en infinidad de películas. Ahora vemos en Odio en las entrañas cómo Martin Ritt, con alguna secuencia, se adelanta a la “contestación”. Está claro que se refieren a los ciclos en que cada uno era el elemento principal objeto de la película.

Ahora parece que entramos en el ciclo sentimental. Los éxitos resonantes de Mourir d'aimer" y Love Story lo pronostican. Siempre hubo, pese al ciclo de la moda, un cinema de grandes sentimientos, cuyo mejor abanderado actual bien puede ser David Lean. En plena moda del “cine-sexy”, Claude Lelouch lo impuso con Un hombre y una mujer, película de honda influencia –no hablo ahora de si para bien o para mal– que confirmaba Las cosas de la vida, de Claude Sautet, y que, con mas penetración aún, era aceptada por el sueco Bob Witterberg. También dentro de ese cine sentimental, aunque con su matización propia, se pueden situar El graduado, de Mike Nichols, y Deep-end, de Skolimowsky.

El cambio de óptica se impone incluso en género tan clásico como el “western”. Los nuevos realizadores de Hollywood se han lanzado a renovarlo por dos vías: el humor y la aproximación al indio. La primera corriente se debe, sobre todo, a la influencia de Sam Peckinpah, que alcanza su más alta cota en este aspecto con La balada de Cable Hogue, y a Roy Hill, con Dos hombres y un destino. El humor les da mayor libertad para romper el maniqueísmo del género y hacer nuevo uso de sus elementos. Es la corriente a la que se afilia Mankiewicz, al volver a Hollywood después de quince años de ausencia, con El día de los tramposos, su primer “western”. La mejor prueba de la aproximación al indio es Un hombre llamado Caballo. Si la primera corriente está promovida por el deseo de renovar el género, la segunda es la consecuencia en cine del interés que ahora se siente en Estados Unidos por el indio. Nunca hubo tan intensa campaña a favor de los amerindios, lo que ha hecho florecer una amplia literatura sobre el tema, alguna cultivada por escritores indios. El más destacado es Vine Deloria, Jr., un indio “rock”, que hace dos años obtuvo un destacado éxito con su libro Custer murió por vuestros pecados, ahora obtiene otro resonante con We talk, You Listen y anuncia la próxima publicación de Of Utmost Good Faith.

El cine siempre acusa la actualidad de su medio social. El éxito de Love Story se debe al deseo de un retorno al amor romántico y a la paz que aparece en la música moderna de estos últimos tiempos. Su buena acogida por los jóvenes ha exaltado al “divismo” a James Taylor, Elton John, Cat Stevens y otros que han hecho del amor su tema. Erich Segal, profesor universitario, acertó a captar esta nueva corriente de la juventud actual. La película amortizó su presupuesto –algo menos de tres millones de dólares– en la primera semana de exhibición y en mes y medio lleva una recaudación bruta de 75 millones de dólares sólo en Estados Unidos. En cine, como en todo, las modas son efímeras. Será corto o largo este nuevo ciclo sentimental, pero nadie duda de que hará eclosión la temporada próxima. El que Mourir d'aimer y Love Story batan “records” de recaudaciones sin ser obras extraordinarias como cine se debe a encontrar unos espectadores bien dispuestos. Nada extraño después de todo, pues Romeo y Julieta y la Cenicienta son personajes que acaban por volver cada cierto período de tiempo.

Violencia, ferocidad realista, sexo, protesta “contestaría”... Apenas si llegó a nuestras pantallas alguna obra representativa de esos ciclos en moda durante los últimos años. Sólo me acude al recuerdo Bonnie y Clyde, presentada con injustificado retraso. Abundó, desde luego, la violencia, pero esa violencia gratuita condimentada con tiros y aderezada con el colorido de la salsa de tomate. Por supuesto, nuestros realizadores, aun conociendo la actualidad de esos ciclos, han tenido que resignarse a verlos pasar de lejos. Sin embargo, algo pudieron hacer para romper el tono general de nuestro cine. Hay varios jóvenes realizadores españoles bien preparados, pero son escasos los que tienen personalidad propia. La tienen Luis Berlanga y Carlos Saura, por citar a los dos más destacados, lo que les ha permitido, pese a las dificultades, hacer su cine. Cuando la temperatura de esos ciclos era más alta, Melville y Polanski, a los que cito también a título de referencia, hacían su cine sin importarles la moda al uso. Buñuel y Bergman han sido impermeables a todas las modas temáticas o estilísticas del cinema moderno, lo que no les ha impedido ser maestros. El problema está en que cada uno sepa cuál es su cine y sepa hacerlo, porque las modas pasan. Aun así comprendo y lamento la obligada actitud pasiva de nuestros jóvenes realizadores al contemplar cómo cruzaban autobuses sin poder tomarlos, con lo que quizás nos hayamos perdido algunas buenas películas. Pero también lamento que si no se puede hacer Leo, the Last no se haga Le cercle rouge o La semilla del diablo, pongo por caso. Ahora asoma el autobús sentimental. Esperemos que se pueda tomar a tiempo, aunque no conduzca adonde muchos quieren. Sin embargo, parece que su destino es el que quiere la juventud actual.