Filosofía en español 
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Vulgaria

por Severino Camporro [ Juan Cueto Alas ]

El quietismo en el poder

Miguel de Molinos

En la página 20 de la ya famosa refutación que Jesús Evaristo Casariego hiciera del no menos famoso “Libro de Asturias” –acaso una de las peloteras bibliográficas más sonadas de los últimos tiempos carballones–, el ilustre polígrafo luarqués considera realmente excesiva la atención que el historiador José Luis G. Novalín dedica al obispo ovetense José Fernández del Toro, que había incurrido en herejía molinista (sic) siendo privado de la diócesis en 1719 al cabo de un proceso romano en el que fue acusado de ser partidario y hasta “practicante” de las doctrinas de Molinos, que como se recordará originaron a finales del siglo XVII el llamado quietismo; heterodoxia que asoló a Europa y convirtió al místico aragonés en uno de los personajes más famosos de la reforma espiritualista. Discípulos de Molinos fueron nada menos que madame Guyon, Fenelon, el cardenal Petrucci, François Malaval, Spener, Berniéres... y por lo visto el ovetense José Fernández del Toro, que se hizo cargo de la diócesis de Oviedo en 1707, es decir, al cabo de veinte años de la proclamación de la bula Caelistis Pastor de Inocente XI condenando el molinosismo en 68 proposiciones, y un lustro después de la muerte de Molinos en las cárceles de la Inquisición de Roma. Casariego reprocha a Novalín su desmesura al dedicar casi media página del libro al herético obispo porque “tan negativa herejía” no se había extendido por Asturias.

No sé a ciencia cierta si el quietismo tuvo en nuestra región alguna importancia en los siglos XVII, XVIII y XIX, pero sí puedo afirmar sin ánimo de escandalizar a nadie que dicha actitud filosófico-espiritual es moneda corriente en esta Asturias de hoy. Diría más: el quietismo molinosista ha encontrado en el Principado su más perfecta y acabada realización. Mas no como práctica heterodoxa, sino como doctrina oficial de los designios socioeconómicos de la Región.

Los siglos no pasan en balde y no tiene nada de extraño que heréticas posiciones tenazmente perseguidas por el Santo Oficio de la Inquisición allá por los XVI y XVII se encuentren hoy en el poder, que es el envés de la hoguera inquisitorial. Tal ha ocurrido con el quietismo del aragonés Miguel Molinos –cuya figura necesita una urgente vindicación–, antaño refutado y castigado como peligrosa heterodoxia que ponía en solfa la oralidad dominante –entiéndaseme la metáfora: el poder de la Iglesia– y ahora convertido en ortodoxia asturiana dado que la quietud, la pasividad y el dexamiento parecen constituir la filosofía de nuestras autoridades regionales. Por una de esas divertidas cabriolas de la Historia, lo que en los siglos XVI y XVII con los alumbrados del Reino de Toledo, de Llerena y de Sevilla, y después con el quietismo europeo derivado de la Guía de Molinos, constituyó el colmo de la peligrosidad espiritual y también social –y un buen quebradero de cabeza para el santo de don Marcelino Menéndez y Pelayo en su ingente afán de demostrar lo ortodoxos que siempre habían sido los españoles–, en 1974 es la secreta doctrina de los responsables directos del desarrollo asturiano. En el poder regional no está la imaginación, ni siquiera la oralidad –la actividad, la practicidad, la efectividad–, sino la herejía disfrazada de ortodoxia. Los historiadores del futuro deberán hacer un sereno esfuerzo de erudición y de fantasía para relacionar el quietismo del obispo Fernández del Toro con nuestro actual quietismo regional porque una actitud de este tipo no puede surgir por las buenas de la noche a la mañana. Tiene que existir una arcana tradición que conecte las posiciones de aquel obispo y las de los responsables directos del actual dexamiento astur. Hay en este asunto demasiadas analogías como para tomarlas a beneficio del azar.

A Molinos y a nuestro obispo la Inquisición les reprochó, como queda dicho, el abandono, la contemplación adquirida como único camino de salvación, el desprecio por las obras exteriores, la total inactividad –hasta la vocal–, el enclaustramiento, la muerte en vida, la santa ociosidad... Vamos, las mismas pasividades que han demostrado, que están demostrando los responsables de este valle de lágrimas llamado Asturias; pasividades que nos han precipitado de los primeros puestos en el “ranking” regional a alarmantes posiciones de inferioridad según atestiguan la mayor parte de los indicadores socioeconómicos y no exclusivamente el de la “renta per cápita”, que es el único que parece aducirse para demostrar nuestro incomparable declive.

La quietud preside la mayor parte de las “actividades” de esta región. Y de existir en estos momentos una Inquisición comme il faut, como la de antes, a buen seguro que no pocas gentes que yo conozco tendrían que responder de llevar hasta sus más radicales consecuencias las proposiciones condenadas en la Caelistis Pastor; concretamente, ese desprecio por las obras exteriores –ahora llamadas infraestructuras viarias por mor del palabrero de moda–, el no decir esta boca es mía en los momentos críticos de la historia regional, el ensimismamiento con ánimo de conservar el puestín, y el estado continuo de la contemplación del ombligo regional en su doble versión: folklórica y de los bonitos humos que produce nuestra maravillosamente inútil industria pesada, pesadísima.

Hace unos días un político que es subsecretario de Hacienda y que conoce al dedillo nuestros problemas contaba a ciertos compañeros de la prensa que en el tiempo que llevaba en su despacho de la Administración Central no había recibido visita alguna en demanda de ayuda oficial para Asturias; López Muñiz concluía diciendo que la quietud de la región era realmente alarmante dado que el resto de las provincias estaba en plena ebullición; y mientras todas avanzaban y se movían y hablaban..., nosotros retrocedíamos porque no hacer nada, ya era hacer algo.

Uno, a su edad, ya creía que lo había visto todo y estaba vacunado contra cualquier suerte de sorpresas. Pero el que ahora Asturias incurra colectivamente –porque no sólo se trata de las autoridades– en la denostada herejía molinosista es episodio que nunca hubiera podido imaginar. Aunque barrunto que surgirá por ahí algún aprendiz de don Marcelino demostrando al modo erudito que nuestro quietismo regional es asunto sin importancia porque lo verdaderamente representativo del actual pensamiento astur no es la filosofía del Obispo Fernández del Toro, sino la de fray Ceferino. A este hipotético ortodoxo sólo podría responderle con una frase: e pur non si muove.