El País
Madrid, miércoles 26 de mayo de 1976
 
Tribuna libre
 

Pablo Martí Zaro

Mi fe social-demócrata

El nombre de Pablo Martí Zaro está unido, en la política española, al de Dionisio Ridruejo. Hasta la muerte reciente de éste, Martí Zaro le secundó en la creación y desarrollo de la corriente socialdemócrata que desembocaría en la fundación de la USDE. Ha participado en el último congreso del Movimiento Europeo celebrado en Bruselas. Madrileño, tiene cincuenta y tres años.

Si digo «fe», en lugar de convicción, es tan sólo, y nada más, por aquello de que toda postura política seriamente asumida tiene siempre un poco, o quizá mejor un mucho, de pari pascaliano, de apuesta en la que el hombre entero se juega de algún modo. Y si, en vez de usarlo en plural de primera persona, empleo el posesivo en singular si digo «mi», está claro que obedece a que no intento hacer aquí doctrina de partido, sino simple manifestación de opiniones personales –sin ánimo polémico, ni pretensión de novedad, por otra parte sobre alguna de las múltiples cuestiones que la apuesta social-demócrata plantea. Voy al tema. Después de afirmar que «la democracia es el medio para establecer el socialismo, y al mismo tiempo la forma de su realización», allá por 1899, Bernstein, uno de los primeros y más combatidos revisionistas, proclamaba: «¿Acaso no es hoy la social-democracia un partido que verdaderamente se propone conseguir, con reformas democráticas y económicas, la transformación socialista de la sociedad?». Y otro hereje de la época, Von Struvé, interpretando y rectificando a Marx, puntualizaba que el proceso había de cumplirse «…a partir del poder (económico y político) creciente y de la acción reformadora (en el seno del orden capitalista) de la clase obrera».

Los sencillos enunciados que acabo de transcribir bastaban y bastan, sin duda, para definir de manera transparente y unívoca la vía social-demócrata. Pero el propio Bernstein los empañó con una nota de ambigüedad, que todavía los acompaña y los desdibuja cuando declaró: «…porque estoy absolutamente convencido de que es imposible saltar períodos importantes en la vida de los pueblos…, y atribuyo en consecuencia la máxima significación a las luchas presentes…, escribí en determinada ocasión que el movimiento es todo para mí, y lo que suele llamarse la meta del socialismo, nada.»

Esto nos devuelve a la actualidad, nos sitúa en las coordenadas del programa de Bad-Godesberg, de la tradición laborista o del método escandinavo, tan a menudo invocados entre españoles, y abre un interrogante al que no cabe escapar: entonces, si se menosprecia el objetivo, si prácticamente se reduce la «meta» a mera imagen, ¿no darán en el clavo los que aseguraban y los que todavía aseguran, como argüia Rosa Luxemburgo frente a Bernstein, que el «movimiento» entendido en esos términos degenera sin remedio en oportunismo, en una «tosca adaptación burguesa» que ni conduce al socialismo, ni sirve siquiera para modificar substancialmente el sistema capitalista?

De ser así, y de no producirse antes el poco probable derrumbamiento del capitalismo, sólo les quedaría a las fuerzas pro-socialistas una salida: la toma y el monopolio del poder por el camino de las urnas o por el de la revolución. De la primera posibilidad, la electoral, no se conoce hasta ahora ningún ejemplo. De la segunda, muchos, y ahí está el balance: al lado de logros innegables que no han costado, por otra parte, menos, ni valen más, en su conjunto, que los alcanzados por las sociedades capitalistas, el resultado ha consistido, fundamentalmente, en trocar el capitalismo privado por un capitalismo de Estado tan ajeno a los trabajadores como el otro, en reemplazar la división en clases por una estratificación de base profesional y funcionarial, en substituir el corsé capital burocrático por el cepo socialburocrático, en un empobrecimiento general de la vida y en tornar nebulosas y remotas las hipótesis de cambio, al suprimir las libertades de opción y de crítica.

Cierto que tampoco existen ejemplos de un socialismo implantado y mantenido a través del juego democrático convencional. Pero, a pesar de la experiencia de Chile, no hay pruebas suficientes de que ambas cosas sean por naturaleza incompatibles. En cualquier caso, a la vista de todos está un hecho que nadie puede olvidar o desdeñar: cada día son menos numerosos los que se apuntan a una etapa interminablemente previa de socialismo autoritario, y más los que reclaman un «socialismo en la libertad». Lo cual, en las sociedades del tipo a que la nuestra pertenece, o no significa nada, o entraña la aceptación obligatoria, como marco y como cauce, del pluralismo político y social, es decir, la adscripción, bajo el rótulo que se quiera, a la estrategia y la táctica del reformismo.

¿Se trata, pues, de un círculo infernal? ¿Estamos fatalmente condenados a elegir entre una u otra modalidad de la dictadura en nombre del proletariado, y el despeñadero del oportunismo y la «tosca adaptación burguesa»…? Me permito negarlo. Me tomo esta licencia porque la alternativa se me antoja falsa. Y no es lo único que me lo parece.

Yo creo, contra Rosa Luxemburgo y los que todavía opinan como ella, que el «movimiento» incrementa el poder y la capacidad de presión económica y política de los trabajadores; que este incremento altera gradualmente en favor de los trabajadores la correlación de fuerzas en el seno de la sociedad burguesa; que esta relación rebaja progresivamente la dominación de clase, aunque no suprima las clases; que todo ello determina –si la estructura de lo real tiene sentido y valor– una modificación cualitativa del sistema capitalista, y que las resistencias con que siempre ha tropezado el «movimiento» nunca han bastado, ni bastarán presumiblemente, para impedir nuevas y cada vez más profundas modificaciones.

Yo creo, contra Bernstein, que no hay «movimiento» sin «meta»; que, lejos de arrumbarla, por imprecisa y abstracta que sea, la noción de un socialismo que todavía no existe en ningún sitio debe ser afirmada y sostenida como un «hacia» imprescindible; que este «hacia» ha de traducirse en una suma de objetivos trascendentes, pero concretos; y que, en buena óptica socialista, estos objetivos, harto fáciles de señalar, residen esencialmente en aumentar el control sobre los medios de producción, sobre la producción misma y sobre la aplicación del excedente; en combatir los efectos estratificadores de la división del trabajo y en contrarrestar las consecuencias de la inevitable burocratización a través de sistemas de descentralización, de cogestión y de autogestión.

Yo creo, corrigiendo a Von Struvé con la ventaja que los años transcurridos desde que él escribía me conceden, que la «clase obrera», concebida según patrones del siglo XIX, no constituye ni puede constituir ya el único motor de avance; que igual o mayor peso tienen, en la compleja sociedad de nuestro tiempo, los crecientes sectores intermedios; que el «hacia» a que arriba me refiero, también concuerda con las aspiraciones y los intereses de estas otras capas sociales, y que, de no contar con ellas, con su participación y su impulso, caería el «movimiento» en la contradicción, a la corta, y a la larga, en la impotencia.

Apoyándome en las consideraciones que anteceden, creo en conclusión, con cuantos lo han dicho y repetido antes que yo, que la democracia puede y debe ser la vía y, la forma de realización del socialismo.

He ahí mi fe política. Simplemente, una apuesta entre muchas; tan sólo, por lo pronto, aquella en la que yo me juego, claro está… Lo demás, los programas, las pautas de acción, el esfuerzo y la táctica de cada hora, ya no son asuntos personales; son la misión y la tarea de colectivos organizados y responsables. A ellos, y especialmente al que pertenezco, dejo en este punto la palabra.

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Pablo Martí Zaro
1970-1979
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