Fuerza Nueva
Madrid, 15 de junio de 1974
 
año VIII, número 388
página 33

Rafael Gambra

Aperturismo, slogan de la rendición

Ningún espíritu reflexivo puede hoy dudar de que el desmantelamiento y desarme moral de Occidente se está realizando a través del lenguaje, imprimiendo mutaciones sutiles en el sentido de las palabras y utilizándolas después como armas de propaganda, atractivas o disuasorias. La mentalidad del hombre medio no se mueve hoy por ideas ni razonamientos, sino que es manejada por slogans cuidadosamente elaborados en su equivocidad conceptual y en su carga afectiva o emocional. La guerra actual no se libra con armas que pongan fuera de combate a los cuerpos, sino con términos prefabricados que dejan indefensas a las almas.

De todos los términos ambiguos que la propaganda revolucionaria ha puesto en circulación, ninguno ha alcanzado tanto éxito y poder decisorio como el de apertura y aperturismo.

Siendo de suyo una imagen o metáfora espacial, se usa en sentido temporal, como definición de un proceso. Se supone que se trata de un proceso necesario, irreversible (como dicen los marxistas), pero también de un proceso que hay que promover mediante una acción consciente y voluntaria; se establece implícitamente que, como toda evolución para el evolucionismo, caminará siempre hacia lo mejor y será valiosa en sí misma. El término (en la imagen que sugiere) aprovecha los aspectos atractivos que en su anterior uso tuvo, aunque se le otorgue ahora un sentido y alcance totalmente diferentes. Un hombre «abierto» suena mejor que un espíritu «cerrado» (cerrado sino demás, a lo que sucede, &c.). Cuando se camina es más grato encontrar una puerta abierta que una cerrada (por más que la impresión varíe cuando se trata de las puertas que guardan la propia casa).

Ningún término más equívoco ni más cínicamente empleado en su equivocidad que este de aperturismo. Debidamente dosificado para su utilización como arma dialéctica y propagandística en la manipulación de la mentalidad media y de la «voluntad general», ha producido unos frutos insospechados de abandonismo y de completo desarme moral.

¿Qué se quiere significar con aperturismo, con necesidad de apertura, con política aperturista? Cualquier interlocutor no condicionado preguntaría en seguida: ¿Apertura de qué? ¿Apertura hacia qué? ¿Apertura para qué? La multiplicidad de respuestas desconcertadas que estas ingenuas (y justificadísimas) preguntas provocarían puede medir la terrible ambigüedad del término o de la imagen que sugiere. La posición normal de una puerta o de una ventana parece que es cerrada (al menos estadísticamente), porque su función habitual es defendernos de la irrupción inconveniente, del frío, del calor, del ruido… Pero también sirven para abrirse, a fin de pasar, de ventilar, de refrescar… De modo tal que carece de sentido un juicio general valorativo sobre la apertura o fermatura (cerradura) de cosas hechas para abrirse y cerrarse.

Trasplantado metafóricamente a la política, ¿qué se quiere significar con aperturismo? Ante todo, se sugiere la impresión de que se está ante un muro que es preciso horadar, destruir o saltar. (Todo el mundo sabe, sin embargo, que hay muros deseablemente demolibles o trasponibles –como el muro de la vergüenza en Berlín–, pero que hay otros muros defensivos y otros de sostenimiento de un edificio, que sería suicida perforar.) El muro que se sugiere es, en todo caso, un muro hostil, hecho de prejuicios y de constricciones, un muro opresivo y, sobre todo, inmovilizador, que impide el seguimiento progresivo y creador de la evolución. Cuanto esté establecido o simplemente exista, lo que esta existencia ligue u obligue –cualquier «estructura» política, la moral, los imperativos religiosos…–, puede englobarse más o menos oscuramente en este supuesto muro, para propugnar su apertura como una liberación salvadora. Toda defensa de lo que es, o de cualquier modo de deber, puede presentarse así como cerrazón e inmovilismo, y su enervamiento o destrucción como «aperturismo».

Proyectada sobre el orden religioso, la actitud aperturista ha tenido ya una realización y un éxito autodemoledor sin precedentes. El Papa Juan XXIII fue el primero en declarar la necesidad de abrir las puertas y ventanas de la Iglesia para purificar su ambiente, dando así a entender que dentro de sus muros se respiraba mal, al paso que la pureza y el frescor se encontraban fuera, en el mundo. Fue su ilustre sucesor, empeñado en una magna labor aperturista, quien declaró, diez años más tarde, que «el humo de Satanás ha penetrado por alguna grieta». Cabo pensar que el Príncipe de este Mundo no utilice rendijas cuando encuentra abiertas ante sí puertas y ventanas. En todo caso, una vez dentro, parece evidente que no se conforma con mantener abiertos los huecos que se le abrieron, sino que se aplica intensivamente en la demolición de todos los muros del edificio: no hay dogma, sacramento, canon, costumbre o disciplina de la Iglesia que no se vea hoy «contestada» desde el interior. Efectos subitáneos como convertir a la Iglesia de Occidente en instrumento del marxismo o acabar con la fe en un país como España, todo en poco más de diez años, atestiguan la eficacia de un aperturismo a ultranza. Tampoco va a ser desdeñable, como enseñanza, la experiencia aperturista de Portugal.

Pero llegando a nuestro aquí y ahora, a la España de 1974 que conoce este boom propagandístico del «aperturismo», ¿qué significado se otorga con exactitud a este término?

No se refiere, sin duda, a un abrirse del Régimen vigente a los problemas económicos de más inmediata realidad. Desde los años 50 esta apertura, con mejor o peor fortuna, ha llegado a constituir la preocupación y aun el objetivo principal de su labor política, que viene a centrarse en el desarrollo industrial y el aumento de la renta nacional, no obstante lo cual la demanda de «aperturismo», lejos de decrecer, ha aumentado. Tampoco debe referirse a una apertura en las posibilidades de expresión pública. Si se compara la libertad de prensa existente hace quince años con la actual, se reconocerá una inmensa «apertura», a pesar de lo cual la exigencia de aperturismo, lejos de atenuarse, ha crecido hasta el paroxismo.

Habrá que buscar, pues, en realidades más profundas esa oscura y bien orquestada demanda aperturística. Creo que para entenderla son necesarias unas breves precisiones conceptuales y alguna rememoración histórica.

El Régimen vigente en España nació en 1936 de un alzamiento contra la legalidad de la República (y contra las violaciones de esa legalidad y la evolución que se imprimió a la misma). Las características esenciales del nuevo Régimen (por oposición del derrocado) pueden reducirse a dos: 1.ª) no es un Estado laicista que se apoye en la voluntad general como única fuente de poder, sino que postula unos Principios Fundamentales, inmutables y con base religiosa; y 2ª) establece una representación nacional de carácter orgánico (municipios, profesiones, &c.), y no individualista por sufragio universal ni, por tanto, a través de los partidos u opiniones políticas. Esta teoría de la sociedad y del Estado enlaza –en estos aspectos esenciales– con la tradición política de la cristiandad y rompe con la democracia inorgánica y laicista que nació de la Revolución francesa.

Ciertamente que el Régimen establecido hace treinta y ocho años, aun asentándose en ese doble principio confesional y orgánico o corporativo, distaba mucho de la perfección constitucional dentro de su ortodoxia. Por varias razones: porque nada hay perfecto en el mundo; porque nació de una situación de crisis y violencia, por la influencia de los totalitarismos triunfantes a la sazón en Europa. Esto le situó, inicialmente, en una posición restrictiva en cuanto a su sistema representativo.

Es muy lógico, por tanto, que al cierto inmovilismo de un tiempo en aquella situación de emergencia sustituya una apertura hacia el perfeccionamiento (o la auténtica realización) del Régimen orgánico y confesional. Parece, sin embargo, que cuantos pasos se hayan dado o puedan darse en el sentido de institucionalizar el poder o el de vigorizar las corporaciones municipales o sindicales dejan fríos a nuestros «aperturistas». No se trata para ellos de tales aperturas ni de tal movimiento perfeccionador.

Se trata para ellos –entiéndase bien– de abrirse hacia Europa (la Europa laicista de los aliados victoriosos) y hacia la democracia inorgánica o individualista de los partidos políticos (hipócritamente llamados «asociaciones»). Cuanto no sea esto no es para ellos apertura, porque, para ese aperturismo, la democracia inorgánica y el laicismo de Estado están en «el sentido de la evolución» o en «el viento de la Historia», a los que hay que abrirse, al paso que todo lo demás constituye el muro hostil que hay que horadar, demoler o saltar.

Así pues, desde la ortodoxia originaria del Régimen, y desde un pensamiento tradicional y religioso, el famoso aperturismo no es más que un slogan equívoco y mendaz tras el que se oculta el derrotismo y la traición, la entrega de la victoria nacional, y del Régimen de ella brotado, a sus adversarios vencidos: el nuevo nombre del abandonismo y de la rendición sin condiciones.

Rafael Gambra

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