Fuerza Nueva
Madrid, 17 de agosto de 1974
 
año VIII, número 397
páginas 8-10

El mundo en que vivimos

por José Luis Gómez Tello

Santiago Carrillo-Calvo Serer: vuelve el Frente Popular

La conspiración de París

Moscú ha dado la consigna para derrotar a Europa · Lo que tenemos que preguntarnos es si el contacto de París es nuevo o si ya venía de la época del diario Madrid

La «Junta democrática», última denominación del contubernio permanente entre el comunismo y sus cómplices, cuyo nacimiento ha sido anunciado en París por el secretario general del Partido Comunista llamado español, Santiago Carrillo, y el demoliberal Calvo Serer, significa de hecho la repetición de la misma maniobra ordenada por el comunismo internacional, con sede en Moscú, en 1934: creación de «frentes populares». Como esta expresión ya no puede engañar más que a los que quieren engañarse, para tranquilizar a los ingenuos y suicidas, se ha escogido la aparentemente más anodina de «Junta democrática», que ni es junta, sino contubernio, ni es democrática, sino «caballo de Troya del comunismo».

Como en 1934 por la Komintern, ahora la consigna de los soviéticos ha sido dada para toda la Europa occidental, y también para España, esperando sin duda que hayamos olvidado la siniestra conspiración que en 1936 estuvo a punto de entregar a nuestro pueblo a la esclavitud y reduciéndonos a la condición de una colonia soviética. Toda la tenaz campaña que desde diversos puntos del horizonte se realiza contra nuestra Cruzada –que así se denomina, les guste o no a los «comunistillas de sacristía», como les llamó el cardenal Ottaviani– obedece a eso: a que el pueblo español hizo fracasar el asalto del comunismo internacional, no sólo en nuestra Península, sino en toda Europa, a la que la tragedia española sirvió de advertencia. El episodio protagonizado en París en estos días, el pacto infame entre Carrillo y Calvo Serer, nos da además la clave de la sistemática tarea de «lavado de cerebro» a que se está sometiendo a las nuevas generaciones con el pretexto de la «objetividad»: se las quiere mantener en la ignorancia de que el Alzamiento Nacional fue, en última instancia, el desesperado gesto de los españoles contra ese contubernio entre la izquierda burguesa y el comunismo, con algunas gotas de demoliberalismo y hasta de un «catolicismo de izquierda», personificado por Bergamín, entre otros. El ataque contra las ideas y las instituciones nacidas de nuestra victoria de 1939, la apología directa o indirecta de los personajes y los episodios de aquel Frente Popular de 1936 –Azaña, Negrín, Besteiro, Carrillo, el separatismo catalán, &c.–, hay que interpretarlos como lo que realmente son: operaciones de reblandecimiento de la conciencia nacional, con el objetivo de abrir las puertas al pacto Carrillo-Calvo Serer.

Estos, naturalmente, no hablan ahora de «frente popular» como en 1936, sino de «democratización». Es la misma expresión que manejan para adormecer a España hombres conocidos como amigos de Calvo Serer cuando éste se encontraba en nuestro país, una antología de los cuales puede encontrarse, por cierto, en el libro que el antiguo propietario de «Madrid» escribió para la editorial Ruedo Ibérico de París. La «democratización» de España, después de la «democratización» de Portugal y de Grecia, tan estrepitosamente jaleada que hasta la prensa extranjera se dio cuenta de que el entusiasmo por lo sucedido en Lisboa y Atenas –y también por la «democratización» que se esperaba en Francia, si hubiera ganado el tándem Mitterrand-Marchais– no era otra cosa que una cortina de humo con la que apenas se disimulaba la esperanza de que España fuera «democratizada» también.

Así, de hecho, estaba preparándose la atmósfera para el gran asalto lanzado por Santiago Carrillo, secretario general del Partido Comunista llamado español, primero con una conferencia de prensa en París, después con el llamamiento en común realizado, también en Francia, por el mismo Carrillo y el nuevo Kerensky a que aspira ser Calvo Serer. La pregunta que hay que hacerse es la de si estamos ante un contubernio nacido ahora o si entre los comunistas de Santiago Carrillo y el antiguo miembro de las Brigadas Internacionales en España, a las órdenes de Moscú, Calvo Serer, no existían ya «puentes» en la época del periódico «Madrid», por ejemplo. Y sería interesante, muy interesante, el saberlo para sacar las consecuencias que se imponen.

La reunión de Bruselas

La Unión Soviética juzga que el momento es propicio para desencadenar un nuevo asalto para apoderarse de Europa occidental. Naturalmente, la experiencia le ha demostrado que la violencia no es rentable, salvo cuando está respaldada por las bayonetas del Ejército rojo. Son conocidas las reiteradas declaraciones de los más altos dirigentes del comunismo internacional y de las conferencias comunistas según las cuales la coexistencia ideológica seguirá siempre, aunque se hable de una «coexistencia» de Estados de régimen distinto, puesto que gracias a la última la URSS se beneficiará de créditos y de ayudas económicas y técnicas, aparte de facilitar su penetración en el mundo no comunista.

No se ha renunciado a la lucha armada –expresión utilizada con más frecuencia de lo que se dice– ni a las guerras contra el mundo occidental, aunque se opte por la ayuda a las guerras de países terceros o se subvencionen las innumerables formas de guerra subversiva, que incluyen desde la ayuda al terrorismo internacional hasta la subvención de actividades «culturales», publicación de libros y periódicos, desarrollo de las «organizaciones de fachada». Pero la experiencia ha demostrado a los soviéticos goces más rentable y menos arriesgado aprovechar la ingenuidad –y también la complicidad– del mundo occidental, preocupado sólo del hedonismo, llegando al poder por «métodos democráticos», que ofrecen además la ventaja de poder utilizar como asociados a sectores políticos cuyas ambiciones y cuyos procedimientos tortuosos se ponen enseguida al servicio del comunismo.

De aquí que en la reunión celebrada en enero de este año en Bruselas, con la participación de representantes de una veintena de partidos comunistas de la Europa occidental, se lanzara un llamamiento a «las fuerzas obreras y democráticas» para llevar a cabo una «política de amplia alianza de todas las fuerzas democráticas, progresistas y pacíficas del mundo», con objeto de transformar la sociedad y para «la construcción del socialismo, mañana». En el lenguaje comunista, esto resulta meridianamente claro. Primero, la llegada del comunismo al poder, directa o indirectamente, gracias a esta «amplia alianza con los demócratas, los progresistas y los pacifistas». Segundo, la «construcción del socialismo», es decir, la eliminación de todos estos cooperadores burgueses, demócratas y pacíficos, y el dominio total del poder por los comunistas, una vez que pueden prescindir de la máscara de la democratización.

Y una vez más hay que preguntarse: los que nos quieren «democratizar» como a Portugal y Grecia, ¿saben o no que son instrumentos de Moscú? En cualquiera de ambos casos, se impone sacar las consecuencias si una sociedad amenazada se quiere defender. Y si no se quiere defender, porque tiene una vocación de suicidio, hay que sacar también las consecuencias, aunque sea contra la sociedad suicida, corrompida y traicionada.

Antes de que sea tarde, como en 1936.

Portugal, una experiencia

Moscú había estudiado con atención las experiencias de esta táctica en dos países, Francia e Italia, con características muy similares y susceptibles de aplicación en otras zonas mediterráneas.

En Francia, la muerte de Thorez facilitó el paso a una nueva maniobra de infiltración. Es verdad que Thorez fue el encargado de realizar en Francia el primer Frente Popular, con el socialista Leon Blum y el radical socialista Herriot. Pero su identificación con Stalin aparecía como un inconveniente para una nueva versión: la masa del pueblo francés, incluso los socialistas de Guy Mollet, desconfiaba de un hombre que había trenzado los más hiperbólicos elogios al sangriento georgiano condenado por su propio sucesor, Kruschev. Con Marchais, de biografía anodina y muy maleable, las cosas se presentaron más fáciles, y se llegó al pacto para «un programa de gobierno popular», en el que participaron los socialistas de Mitterrand –un tránsfuga que ha pasado por todos los partidos– y los radical socialistas de izquierda. En las últimas elecciones presidenciales, la disciplina impuesta a la alianza por los comunistas y la división de los partidos no comunistas estuvieron a punto de convertir a Mitterrand en presidente de la República, con un Gobierno en el que los comunistas reclamaban ya seis carteras. Las consignas dadas por el Partido Comunista en estas elecciones son fácilmente reconocibles en otros muchos países: «democratización», el Partido Comunista «es un factor de orden», hay que unirse «contra la resurrección del fascismo», &c.

Esta misma táctica, pero más profundamente, es la que siguen Berlinguer y sus compañeros de Via Bottegue Oscure, en Italia. La situación es, a la vez, más fácil y más profunda. Más fácil, porque tienen ya cómplices en el interior del Gobierno: los socialistas y el ala izquierda de la Democracia Cristiana, que les han ido paulatinamente asociando al poder, aunque todavía de manera indirecta. En espera de lo que los comunistas llaman «el compromiso histórico» –su alianza formal con los socialistas y la Democracia Cristiana–, en el Gobierno de centro izquierda de Mariano Rumor se ha llegado a la monstruosidad de proceder a consultas regulares con el Partido Comunista en muchas cuestiones. El «antifascismo», nostalgia de 1945, es un buen cemento de estas complicidades, y sirve para agitar los mismos eslóganes: «democratización», «coexistencia», &c. En cambio, han tropezado con una dificultad que no esperaban: los tres millones de electores del Movimiento Social Italiano-Derecha Nacional, que cierran el paso a la monstruosa alianza Democracia Cristiana-comunismo y pueden atraer a sus filas a la extensa zona derechista y anticomunista del partido de Moro y Fanfani. También, aunque en grado menor, no pueden descartar la oposición de las Fuerzas Armadas a la presencia de los comunistas en el Gobierno, como etapa para su control total del poder. Este obstáculo se está eliminando con la misteriosa oleada de atentados terroristas, cuya responsabilidad se atribuye a los «fascistas» del MSI –aunque éstos sean los que más se perjudican con un terrorismo que devasta sus centros y produce muertos entre sus afiliados, así como pérdida de votos– y a la «extrema derecha». Paralelamente, se atribuyen complots a jefes militares, como el general Lorenzo, y a la SIFAR.

Por este camino, los comunistas, «partido de orden», entrarán en el Quirinal por una alfombra persa.

Portugal y Grecia

Democratización, «portugalización»… Estas expresiones son de Santiago Carrillo, secretario general del Partido Comunista llamado español, aliado con Calvo Serer en la empresa de aplicar a España la «receta» portuguesa. Esa receta portuguesa que ha llevado al poder a los comunistas, aliados primero con los centristas de Saa Carneiro y de Palma. Eliminados éstos, estamos ya en el segundo Gobierno desde abril de este año. Y es un Gobierno con una orientación hacia la izquierda más aguda que el anterior y que se propone desbordar al general Spinola. El autor de «El futuro de Portugal», utilizado, consciente o inconscientemente por parte suya, para cubrir las apariencias de la «democratización» del 26 de abril, ha visto ya destrozada una de sus utopías: la posibilidad de mantener las provincias ultramarinas estrechamente asociadas a la metrópoli dentro de la independencia y que ésta se realizara pacíficamente. Los comunistas de su Gobierno han impuesto la independencia cuanto antes, y, como podía esperarse, la sangre ha empezado a correr en Angola y Mozambique, donde son de temer matanzas. En cuanto a Spinola y sus ilusos compañeros «democratizadores» del Ejército, no pueden hacerse ilusiones: se les mantendrá mientras el Ejército sea preciso para impedir una reacción popular a causa de la pérdida de Ultramar, el paro obrero, las huelgas, la violencia que se extiende poco a poco, y, más tarde les llegará la hora de ser despedidos con todos los honores o enviados a Caxias. El último cambio de Gobierno fue precisamente la prueba de que los «comisarios políticos» que figuran en el grupo de «capitanes» del 26 de abril ya habían cortado brutalmente el tímido intento de Spínola de dar un pequeño giro hacia la derecha a la nave lusitana, amenazada de estrellarse contra el comunismo.

¿Es preciso decir que éstas son lecciones que no debemos olvidar los españoles? Entre otras razones, porque los españoles tenemos la trágica experiencia de 1936. Entonces fuimos las primeras víctimas del frentepopulismo planificado por Moscú y ahora no dejaremos que se nos convierta en las últimas víctimas de la «democratización», igualmente planificada por Moscú, con Santiago Carrillo y Calvo Serer como instrumentos.

Ni Portugal ni Grecia, donde Karamanlis, hombre de la derecha autoritaria, ha tenido la debilidad de creer que la única salida para su país era formar un Gobierno de salvación en que comprometía a una derecha sinceramente nacional con una izquierda internacionalista que no tiene más que un objetivo: apoderarse del país como sea. Incluso a la sombra del mismo Karamanlis al que cubría de insultos –el más suave era «fascista» o «ultra»– cuando decidió exiliarse voluntariamente en París hace trece años. Es decir, en la época del rey Pablo, cuando Grecia no era aún la «Grecia de los coroneles» a la que se quiere hacer responsable de la situación del país.

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