El País
Madrid, martes 10 de abril de 1984
 
Tribuna
páginas 11-12

Juan Goytisolo

Abandonemos de una vez el amoroso cultivo
de nuestras señas de identidad

Cuando en una novela mía, publicada fuera de España en 1966 y autorizada acá 10 años más tarde, el protagonista de la misma indagaba su pasado, tratando de rescatar del olvido una serie de sucesos e incidentes que debían permitirle no sólo iluminar su biografía, sino también dejar constancia de un conjunto de facetas oscuras pero reveladoras de la vida en el país en el que, para su suerte o desdicha, se criara, tanto Álvaro Mendiola como su creador distaban mucho de pensar que esta labor de exhumación minuciosa llegaría a convertirse algún día en un pasatiempo nacional. La busca de las hoy tristemente célebres «señas de identidad» que planteaba la novela tenía en verdad muy poco que ver con la que en la actualidad, a escala estatal, nacional o autonómica, de partidos políticos o agrupaciones cantonales ha convertido a la nueva España democrática en una especie de club cuya finalidad primordial consiste en la contemplación amorosa por parte de cada uno de sus miembros de su propia, singular e irreductible identidad. Mientras el héroe de la novela calaba en el pasado para verificar a la postre la incertidumbre de sus coordenadas, «horro de pasado como de futuro, extraño y ajeno a sí mismo, dúctil, maleable, sin patria, sin hogar, sin amigos, puro presente incierto, nacido a sus 32 años, sin señas de identidad», la frondosa amáciga de sus epígonos ha transmutado dicha operación salutífera de desidentificación y apertura, de crítica radical de lo propio y comprensión generosa de lo ajeno, en una pesquisición mezquina, narcisista, engreída de una remota e inmutable esencia.

Ya no es la España tradicional, esa madrastra contra cuya correosa, amarga autoridad y obsesivo poder de gravitación se afirmara en la huida el protagonista de la novela, sino un coro de patrias menores pero estridentes las que nos hablan de la pureza de lo catalán, cántabro o euskera, de las esencias menorquinas o gallegas, de las señas de identidad cartageneras o riojanas; ¿por qué no del condado de Treviño, el rincón de Adamuz o la baja Navarra?

Ese prurito peninsular de identificarse, entendiendo por tal la busca ansiosa, acumulativa de aquellos rasgos y elementos que nos distinguen de los demás y nos encastillan en la orgullosa posesión de unos valores exclusivos, de orden casi místico, sería digno de tomarse en broma si no acarreara en la práctica unas consecuencias culturales y sociales fáciles de prever. La vieja y tenaz propensión nuestra a interrogarse sobre lo que es España, a permanecer absortos en el examen arrobado o doloroso de la supuesta «españolidad» produjo, como sabemos, una implacable sucesión de podas, supresiones y descartes de cuanto no era genuinamente hispano –lo musulmán, judío, luterano, afrancesado y un largo etcétera– que desarbolaron la rica y compleja cultura medieval y renacentista, arramblaron con los elementos supuestamente foráneos y nos transformaron en los felices propietarios de vasto y castizo erial.

Hoy, el mismo empeño místico, aseverativo, excluyente, enamorado de lo tenido por propio y desdeñoso de lo ajeno, prolifera en el mosaico de naciones, nacionalidades, entes autonómicos y provincias que cubren el suelo peninsular. Quienes creíamos que la liquidación de la dictadura centralista llevaría consigo la de sus agresivas, feroces y opresoras identidades y esencias, hemos visto con desconsuelo reaparecer éstas, a escala reducida y a veces minúscula, pero con su mismo afán posesivo, intolerante y autosatisfecho. El cariño único, ensimismado y defensivo a lo «nuestro» –llámese español, francés, árabe, catalán, euskera, gallego o corso– y consiguiente desapego a lo ajeno no sólo empequeñecen el campo de visión y curiosidad humanos de un pueblo o comunidad, sino que falsean y anulan su propio conocimiento.

Cuando a mediados del siglo XVII España se encerró en sus fronteras y dejó de interesarse por los demás, dicha involución en vez de producir frutos genuinos y admirables esterilizó nuestro suelo: la desatención a cuanto acaecía a extramuros, la falta de contacto con la expresión más viva y dinámica de otras culturas arruinó una producción literaria surgida en un período de mestizaje y trasvase, de apertura feraz a lo que venía de fuera. Idéntico fenómeno de infecundidad y decadencia afectó dos siglos antes al mundo árabe, a partir del día en que, ovillándose, vuelto hacia sí mismo, cesó de absorber, incorporar y transmutar genialmente el legado de Grecia, Roma, Persia y la India; mientras la inmensa, portentosa capacidad de ósmosis del islamismo lo convirtió por espacio de siglos en una cultura rica y dinámica cuyo influjo embebió la incipiente cultura europea, su declive posterior se disfrazaría de puertas afuera con la busca tan inútil como baldía de su pureza y autenticidad.

Lo que la historia literaria no se cansa de enseñarnos es que el jibarismo reductor inherente a la recuperación de un pasado genuino, esencial y castizo conduce a una copia o caricatura de éste y, a fin de cuentas, a la inanidad. La gran literatura castellana creada desde el arcipreste de Hita a Cervantes, la gran literatura árabe que abarca de Mutannabi a Ibn Jaldún fundan, muy al contrario, en el trasvase, permeabilidad, ósmosis, su verdadera y múltiple especificidad. Tanto quienes penetramos en la obra de Juan Ruiz, Ramón Llull, San Juan de la Cruz o el autor del Quijote, como los estudiosos de Ibn Hazm, Ibn Quzman o Ibn Arabi, verificamos que su creación narrativa o poética es impura y mestiza, fertilizada por sus contactos y calas en el acervo universal. No hay así en los grandes autores ni en los períodos más fructuosos y ricos de una literatura influjos unívocos, ni esencias nacionales, ni tradiciones exclusivas: sólo poligénesis, bastardeo, mescolanza, promiscuidad.

La afortunada situación geográfica de los pueblos mediterráneos, insertos en una encrucijada de culturas y civilizaciones, muestra la vacuidad de la busca de unas señas identificatorias si tal empresa mira tan sólo el pasado y fomenta lo privativo. La identidad, como dice muy bien el poeta sirio-libanés Adonis, no puede aceptarse como algo completo ni definitivo; muy al revés, cuando menos a nivel de la creatividad, «es una posibilidad siempre abierta». El escritor árabe de hoy puede reivindicar legítimamente la profunda arabidad del Libro del buen amor, el Quijote y la poesía de San Juan de la Cruz, como Asín Palacios y Massignon asumían la tradición helenística y cristiana que articula e impregna los más bellos poemas de Ibn Arabi o Al Halach. Hoy como ayer, la verdadera identidad es una corriente continua, alimentada de infinidad de arroyos o cauces: el creador es afectado por cuanto vive y lee, y, salvo en aquellos casos en donde la aspiración a una «pureza castiza» o una «identidad esencial» le impone la imitación rutinaria y fútil de un determinado canon o modelo, su obra será generada por la suma total de incidencias personales, vicisitudes históricas y corrientes culturales de su tiempo. Todo texto literario importante entronca con una profusión de obras pertenecientes a géneros, períodos y tradiciones distintos y, cuanto más rico y enjundioso sea, mayor será la densidad y proliferación de sus conexiones con el conjunto de la literatura universal.

La falta de curiosidad o inapetencia por las culturas ajenas es a mi entender un índice de decadencia y pasividad. En lugar de ser sujeto contemplador de la múltiple y varia riqueza cultural del mundo, la cultura afectada por este síndrome se convierte sin quererlo en mero objeto de contemplación. Ahí, de nuevo, lo ocurrido en España por espacio de casi dos siglos debería servir de ejemplo: mientras la intervención hispana en el desenvolvimiento de otras culturas fue escasa y casi irrelevante, las naciones no ensimismadas en la busca de sus señas y esencias convirtieron el inmovilismo umbilical nuestro en tema feraz de sus observaciones y análisis. Si la participación española en el estudio de la literatura francesa, italiana o inglesa es por punto general desdeñable, resulta imposible analizar la castellana sin recurrir a la ingente y esclarecedora labor del hispanismo inglés, francés, norteamericano o alemán. La desdichada incapacidad de vernos a nosotros mismos desde una perspectiva abierta, incompleta, no «esencialista» condujo a situaciones tan anómalas y tristes como la de que las mejores obras sobre la España de la primera mitad del XIX fueran escritas en inglés por Borrow, Ford y el desterrado White.

Grandes escritores de las culturas mediterráneas como Juan Ruiz, Ramón Llull o Dante prueban, cada uno a su manera, que sus señas de identidad son abiertas, mestizas, bastardas, fecundadas por ósmosis y trasvases, enriquecidas por el pillaje voraz de múltiples territorios culturales: han tomado de las diferentes culturas –griega, latina, árabe– lo que les conviene, le han dado la vuelta como a un calcetín y lo han transformado en algo diferente. Su actitud libre y receptiva de lo ajeno debería ser un modelo para nosotros: como he dicho en bastantes ocasiones, la cultura de hoy no puede ser puramente castellana, francesa, italiana ni tan sólo europea, sino mestiza, bastarda, enriquecida con aportes de otras civilizaciones que, como la que se extiende al otro lado del Mediterráneo, son de algún modo parte de la nuestra. Frente a la afirmación mística, definitiva y excluyente de «lo español», «lo francés», «lo catalán», «lo libanés» o «lo turco», el desarrollo de nuestro encuentro debería auspiciar la revelación del común denominador que nos une: hacernos sentir a todos más cercanos a los demás y un poco menos españoles, franceses, italianos o árabes de lo que creíamos ser al comienzo. El Mediterráneo no ha de ser una frontera sino un vínculo de unión entre los pueblos de sus orillas.

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«Señas de identidad»
1980-1989
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