El País
Madrid, sábado 6 de octubre de 1984
 
Tribuna
 

Pablo Martí Zaro

Una deuda pendiente con Pierre Emmanuel

La reciente muerte del poeta francés Pierre Emmanuel supone la desaparición de un gran testigo de las luchas del siglo por mantener la fe y la esperanza en un mundo en constante estado de alerta. En este artículo se trata sobre todo de la profunda relación que Emmanuel mantuvo con el universo literario español.

Nació un día de primavera en Gan, a ocho kilómetros de Pau, –muy cerca de España a la que nunca sería indiferente ni ajeno–, cuando mediaba la Gran Guerra, como en tiempos se decía, y ha muerto en París el primer día de este otoño, si es que un poeta de verdad, como él, puede morir del todo. Pues, aunque escasamente conocido entre nosotros, Pierre Emmanuel, Mathieu Noél para el registro civil, un bearnés de pura cepa que pudo haber sido ciudadano norteamericano porque su padre había llegado a serlo y que se negó a ello, fue y seguirá siendo, además de un notable ensayista, uno de los poetas más representativos de la Francia cóntemporánea. Sacudido –a temprana edad– por un fragmento de La jeune parque, de Valéry, discípulo de Jean Wahl, asiduo lector de Hölderlin, de la Biblia, de Karl Barth, de San Agustín, y con sólidas raíces en la mejor tradición de las letras francesas, «había aprendido», según confesaba, «a respetar en las palabras, no ya la mera imagen de las cosas, sino la substancia misma del hombre», y se había acostumbrado a nadar en aguas íntimas y profundas, casi metafísicas o, más exactamente quizá, casi místicas, como denotan los simples títulos de algunas de sus obras: Tombeau d'Orphée, Le Goút de Vun, Le monde est intérieur… Pero, dado que el mundo interior no se oponía, para Emmanuel, al mundo exterior, sino que «lo penetraba y englobaba», ese hábito de lo íntimo y profundo no le impidió convertirse, durante la ocupación hitleriana, en una de las voces que con más resonantes acentos cantaron al grand peuple de la nuit, a la Resistencia, en poemas como Combats avec tes défenseurs, Jour de Colère, La liberté guide nos pas, que están hoy en todas las antologías, ni le impidió militar activamente en las organizaciones clandestinas que luchaban contra el nazismo. Por ello, en 1942, Drieu la Rochelle le acusó, públicamente, de judío y comunista.

Tras la paz de 1945, como no en vano había nacido bajo el signo de la guerra, nuestro poeta, fiel a la doble vertiente de su personalidad y su talento, siguió combatiendo para defender al hombre de cuanto le oprime desde dentro y desde fuera: La face humaine, Pour une politique de la culture, La révolution parallèle y decenas de artículos, de ensayos, de conferencias. Pero no habría de combatir sólo con la pluma y la palabra. Miembro del Comité France-Espagne, junto a Picasso, Malraux, Aragon, Cassou… amigo y protector de José Bergamín, codirector del semanario Les Étoiles, órgano de la Unión Nacional de los Intelectuales franceses, estuvo en todas las trincheras donde le fue posible poner pie, y con un amplio número de universitarios y escritores de Europa y América, entre los que figuraba Salvador de Madariaga contribuyó de un modo decisivo a fundar, organizar e impulsar el Congreso por la Libertad de la Cultura, luego llamado Asociación Internacional en lugar de Congreso.

Nunca, repito, le había resultado indiferente lo español. Lo nuevo para él era que, a partir de ese momento, ya podía hacer algo efectivo por el país que tanto le atraía. Y en 1959, como directivo de la entidad arriba mencionada, Emmanuel reunió en el sur de Francia, concretamente en Lours Marin, a un reducido grupo de españoles, Cano, Cela, Castellet, Laín Entralgo, Marías, del que no tardaría en surgir el Comité Español de la Asociación Internacional por la Libertad de la Cultura, al que, además de todos los citados antes (con la excepción de Cela), pertenecieron, entre otros, Aranguren, Josep Benet, Bru, Chueca, García Sabell, Lorenzo Gomis, Mariá Manent, José Antonio Maravall, Morodo, Ridruejo, Ruiz Giménez, Sampedro, Carlos Santamaría y Tierno Galván, y del que yo fui secretario hasta su extinción en 1977.

Merced al no muy caudaloso pero insustituible apoyo económico que le prestaba la Asociación Internacional por la Libertad de la Cultura, el Comité Español, que jamás tuvo existencia legal y del que formaban parte hombres de orígenes y convicciones tan dispares como la precedente relación de nombres delata, se convirtió pronto en un activo foco de oposición cultural, y, pese a sus limitadas posibilidades de acción, en un eficaz instrumento que permitió canalizar muchas ayudas y poner en práctica muchas iniciativas.

Dar bolsas para viajar al extranjero, para escribir libros o para emprender trabajos de investigación; montar coloquios y mesas redondas sobre temas entonces candentes, unas veces en público y con la venia nunca fácil de las autoridades de la época, como el simposio sobre Realismo y realidad en la literatura contemporánea, celebrado en 1963, en el hotel Suecia, de Madrid, con la participación de 85 escritores y críticos de seis países, o el simposio sobre Los problemas del desarrollo regional, celebrado en el Instituto de Técnicas Empresariales de Córdoba, en 1968, con la participación de 40 especialistas de toda España, y otras veces, en la más rigurosa clandestinidad, como los seis encuentros, sobre los nacionalismos internos en España, celebrados entre 1964 y 1971 en diversas poblaciones del centro y de la periferia; abrir y mantener el diálogo con nuestros vecinos peninsulares, mediante una sucesión de reuniones y seminarios, organizados en Francia, Portugal y España, en colaboración con el comité portugués de la Asociación Internacional por la Libertad de la Cultura, al que pertenecían personas tan relevantes en la vida cultural lusitana como Algada Baptista, Bénard da Costa, Cardoso Pires, Lindley Cintra, Sedas Nunes, Joel Serrão o Helena Vaz da Silva; poner en marcha una pequeña editorial y publicar una colección de libros de bolsillo Hora H, ensayos y documentos, que alcanzó los 80 títulos; nada de esto se habría podido hacer si Pierre Emmanuel no hubiese auspiciado, primero, la constitución del Comité Español y no hubiese promovido, después, su desarrollo.

Respirar con holgura

Pero lo más importante, con serlo tanto, no fue, creo yo, eso. En la España cautiva de los primeros años sesenta, la aparición y las actividades del Comité Español vinieron a franquear no pocos portillos y a representar, en nuestro desvalimiento, una de las posibilidades más reales que cabía hallar entonces para comunicar entre nosotros y con el mundo exterior, para respirar con más holgura en aquella atmósfera confinada. Esto es, para mí, lo que confiere mayor importancia al respaldo que recibimos del amigo que se nos ha ido. Y esto sólo, aunque no hubiese otras razones, basta para que muchos, tal vez todos los que vivimos la experiencia, nos consideremos en deuda con Pierre Emmanuel.

Adentrarse en el conocimiento de su obra y contribuir a difundirla en tierras hispánicas. Quizá fuera este el medio más idóneo para saldar una deuda semejante. Algo, y de no escasa monta, saldríamos ganando de paso. Así comprobaríamos de nuevo, si acaso hiciera falta, que el quehacer del poeta nunca es gratuito –ni extraño a los intereses del común–, que la indagacíón de lo esencial no se puede disociar de la lucha por la libertad, y que la fuerza de que ambas se alimentan brota, en suma, de un mismo y único manantial: el hondo pesar, el hondo sentir.

Pablo Martí Zaro es escritor; fue secretario del Comité Español de la Asociación Internacional por la Libertad de la Cultura.

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