Citius Altius Fortius
Madrid, 1959
 
tomo I, fascículo 3
páginas 328-331

Bibliografía
 

José María Cagigal
 

Johan Huizinga: Homo ludens. Buenos Aires, Emecé Editores, 1957. Trad. de Eugenio Imaz. 279 págs., 18,5 x 13. 58 pesos argent.

Esta es la segunda edición castellana de tan importante obra. La primera fue publicada en 1943 por «Editorial Azar», de Lisboa, en la «Biblioteca del conocimiento del hombre», dirigida por Ortega y Gasset.

Para los que nos hallamos de algún modo introducidos en el estudio cultural del fenómeno deportivo, esta obra representa una pauta decisiva. Con el vigor histórico, cultural y filosófico que caracteriza al profesor holandés, ha sido coronada una fabulosa construcción, que ya ha comenzado a señalar rutas originales. Huizinga, sin pretensión de visiones totalitarias, nos resulta más profundo que un Spengler o un Toynbee. Repasa el desarrollo de las culturas, se zambulle en los bellos remansos, bucea, se enriquece de datos, pero nunca se queda ahí; tampoco se conforma con conclusiones sociológicas, políticas, culturales. Es un metafísico del hombre; siempre refluye al ser del hombre para descorchar allí la última explicación cultural.

El primer sentimiento ante «Homo ludens» es de admiración; nos hallamos ante una gran obra del indiscutible filósofo de la cultura. Pero esta impresión es sólo superficial. El hallazgo hondo de este libro llega hasta la interrogante de si estaremos ante una nueva era de la interpretación de la cultura. Y aún detrás del hecho cultural se nos anuncia la posibilidad de una nueva epifanía metafísica del hombre.

Comienza el autor enfrentándose con el hecho simple del juego. ¿Qué es? Naturalmente, renuncia a una explicación por huir de la obligada tautología. Es, sin duda, un suceso primordial en la vida humana; y es, incluso, un hecho vital filogenéticamente anterior a ella. Se han propuesto multitud de explicaciones psicológicas, biológicas, psicoanalíticas. Pero con ellas nunca se tocaba, ni de lejos, la esencia del juego. Huizinga inaugura un método radicalmente distinto, indirecto, pero en definitiva más cabal: Abre el libro de la historia y se encara con la cultura objetivada, la gran producción del hombre. No teme la amplitud del frente; se siente poseedor de amplia eslora para bogar; y desde el comienzo se advierte su firme golpe de hélice. La cultura nos mostrará, como en placa fotográfica, los dinamismos del hombre. La relevancia que el juego ocupe en la historia de la cultura será la mejor descripción de su realidad como componente del ser humano. Huizinga no se va a ocupar detenidamente [329] de esta última consecuencia –en realidad la más importante–; pero dejará todas las premisas meticulosamente comprobadas. Los que deseemos luego aplicar conclusiones hallaremos todo el camino desbrozado. Nuestra labor se reducirá casi a consignar «ergos».

El autor parte para la investigación de una convicción: «En la cultura existe un elemento lúdico». Pero como en la etnología y ciencias afines –que tanto le han de ayudar– se concede demasiado poco espacio al concepto de juego y, por consiguiente, su terminología usual es insuficiente para expresar su realidad, ha de enfrentarse –uno de los más arduos trabajos de la obra– con una revisión idiomática del concepto. Esta es la tarea que acomete en el segundo capítulo. Ha sido precedida, en el primero, por una vigorosa presentación de la tesis: el juego es un hecho cultural. Hay un análisis fenomenológico del jugador con el que se arriba a una primera definición-descripción. La relación entre juego representacional y culto-misterio en los tiempos arcaicos aparece eruditamente constatada. Frobenius, Jensen, Boas, &c., le sirven de puntos de apoyo. Tiene también especial importancia en este primer capítulo introductorio la crítica que hace del admitido contraste juego-seriedad. No hay tal oposición. «El carácter lúdico puede ser propio de las acciones más sublimes» (pág. 33). «El concepto juego, como tal, es de un orden superior al de seriedad, pues ésta tiende a excluir el juego que, a su vez, puede comprender perfectamente a la seriedad» (pág. 67). Se recrea con Platón: «el hombre está hecho para regocijo de Dios, y esto es lo mejor que el hombre tiene».

El estudio filológico en busca de un más exacto concepto de juego (mejor de «ludus»), es de lo más completo de la obra. Repasa distintos grupos lingüísticos y estudia en ellos las íntimas conexiones entre juego y competencia, juego y música, juego y ceremonial, &c.

Otro de los jalones claves de la obra es la demostración de que «la cultura nace en forma lúdica; o sea: al principio, la cultura se efectuaba en forma de juego» (pág. 68). Las descripciones de las antiguas competencias chinas como decisivos productores de cultura, de los potlatch de la Columbia Británica, del kula de los melanesios (competencias rituales de regalo), del mo'aqara árabe, de los monjafnadr germánicos, del agón griego, &c., con sus correspondientes investigaciones filológicas, llenan de amenidad y convicción esta caminata.

Las estrechas relaciones que, sobre todo en los albores de las institucionalizaciones, guarda el juego con el derecho, la guerra, el saber, la poesía, la filosofía, el arte, dan forma a otros tantos capítulos. Huizinga sigue en ellos el mismo método: estudio de las erecciones culturales a que dan lugar cada uno de estos fenómenos e investigaciones filológicas de las aportaciones que el juego les hace.

El hecho lúdico, o mejor, la actitud lúdica, va dibujándose como entidad de primer rango en la historia de la cultura: con sus parciales [330] progresiones, apogeos, degradaciones. Surgen las instituciones derivadas de posiciones sociales lúdicas y que se han convertido en realidades casi antilúdicas. Y detrás de toda esta cosecha de frutos históricos, por debajo de ella y con prioridad ontológica, se presiente con vigor casi de corporeidad la realidad metafísica del «homo ludens». De él derivó el gran hacer humano del juego, señero, distinto e independiente de los quehaceres, y psicológicamente superior a ellos.

Con un estudio del contenido lúdico de nuestro propio tiempo concluye Huizinga la obra. Hay una sugestiva confrontación de culturas y períodos «sub specie ludi» con las culturas y períodos en que este factor se halla ausente. Desfilan las siluetas lúdicas de Roma, Edad Media, Renacimiento, Barroco, Europa dieciochesca, Romanticismo. En el siglo XIX, con la entrada del prosaico concepto utilidad y la transformación industrial, se trunca la triunfal carrera lúdica. El maquinismo irrumpe en el proscenio cultural y se llega a formar la conciencia ilusa de que el progreso de la cultura consiste en ese desarrollo industrial. «Consecuencia de ello es el que pueda nacer y divulgarse el error vergonzoso de que las fuerzas e intereses económicos determinan la marcha del mundo. La sobrestimación del factor económico en la sociedad y en el espíritu humano era en cierto sentido el fruto natural del racionalismo y utilitarismo que habían asesinado el misterio y absuelto al hombre de culpa y castigo» (pág. 250). «Si alguna vez un siglo se ha tornado en serio a sí mismo y a la existencia entera, ha sido el siglo XIX» (pág. 251).

Al entrar en la época actual, el autor se hace consciente de la gran paradoja. «El ensayo de examinar el contenido lúdico de nuestra actualidad confusa nos induce una y otra vez a conclusiones contradictorias» (página 259). Por un lado el auge del deporte, realidad sustancialmente lúdica, pero cebado de organización técnica, especialización, pertrecho material que parecen robarle el ánimo lúdico. Desde otros puntos de vista, la irrupción del sentido competitivo en sectores serísimos de la vida internacional, por ejemplo, en el mundo mercantil: estadística comparada, superproducción, «record», vienen a convertirse en verdaderos hábitos comerciales, con sus reglas, su bambolla, sus eslogans; brota como una especie de aceptación o convenio lúdico por parte de la sociedad, y esta aceptación sin importancia nos trae al recuerdo la seriedad lúdica con que la sociedad del XVIII contemplaba las pelucas sobre las más encopetadas cabezas. Informándolo todo, se anuncia el «puerilismo contemporáneo» (p. 266 ss.); con visos de situación lúdica, pero muy lejano a ella.

La tesis del autor se cierra con la convicción de que a partir del siglo XVIII el elemento lúdico de la cultura ha perdido su importancia en casi todos los terrenos que otrora dominaba. El diagnóstico permanece difícil por la cercanía y la confusión. ¿Cómo se empalmaría este oscuro presentimiento con la tesis general de que «una cultura auténtica no puede [33l] existir sin cierto contenido lúdico»? (pág. 274) ¿Vamos, pues, con la técnica y la industrialización hacia una pseudocultura?

José María Cagigal

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