Citius Altius Fortius
Madrid, 1963
 
tomo V, fascículo 1
página 11-19

Avery Brundage

El Movimiento olímpico

El asombroso éxito alcanzado por el Movimiento olímpico en los tres primeros años desde que el barón de Coubertin resucitó los Juegos, se debió a la pureza de los principios fundamentales con que los dotó. Sin embargo, muchos de los artículos y reportajes que se publican hoy exhiben una ignorancia absoluta de la filosofía olímpica. Resulta triste que tan pocas personas comprendan los principios básicos del Movimiento olímpico, causa de su formidable éxito y su atracción universal. Los Juegos no pretendían ser un fin en sí mismos, sino un medio de estimular y difundir un programa de entrenamiento físico y competición deportiva entre toda la juventud. El objetivo era la participación de las masas y no la mera creación de unos cuantos campeones. Con la expansión industrial en todos los países, el creciente uso de máquinas y la emigración de obreros del campo a las fábricas, se hizo evidente la necesidad de un programa semejante. Cuantos más campos de deportes, tantos menos asilos, hospitales y cárceles, más seguridad en el hombre y menos necesidad de gastos públicos en seguros sociales.

Hoy son muchas las naciones que han adoptado las ideas olímpicas; el incremento del interés y de la participación internacional en el deporte durante el siglo XX ha sido grandioso. Hemos despertado el interés de todo el mundo civilizado. Más de cien Comités Olímpicos nacionales suscriben el código olímpico del juego limpio y la deportividad, y toman parte activa en el quehacer olímpico. Creo poder afirmar con razón que hemos coronado ya la primera fase del programa del Comité Olímpico Internacional. Ahora nos [12] toca emprender la segunda para consolidar el terreno conquistado e impedir la degradación del deporte olímpico, su uso para otros fines, contrarios a los principios fundamentales.

Desgraciadamente, a causa de la amplia extensión alcanzada por el Movimiento olímpico en tan poco tiempo, no en todas partes se comprenden en la forma debida los principios y los ideales olímpicos. Se publican declaraciones y artículos cuyos autores no tienen ni la menor idea de las bases u objetivos de este Movimiento. Hay quienes hacen gala de una total ignorancia de los ideales olímpicos al afirmar que los competidores de los Juegos, como los soldados, defienden el prestigio de su país y deberían ser incluidos en la nómina nacional, o que los atletas que electrizan con sus hazañas a los espectadores deberían recibir pago o pensión por su esfuerzo. No se encontrarán otras dos palabras tan mal empleadas como «deporte» y «amateurismo». El deporte es recreación, es pasatiempo o diversión, es juego, es actividad para solazarse; el deporte es libre, es espontáneo y jubiloso... es todo lo contrario del trabajo. Los atletas remunerados no son deportistas, son trabajadores o empleados. La mayoría de los competidores atléticos son todavía muchachos, jóvenes de uno y otro sexo, y es natural que se inclinen a tener un concepto exagerado de la importancia del deporte. Sin embargo, no se debe permitir que el deporte malogre sus estudios y el desempeño de su oficio o profesión. El deporte es incidental a la ocupación principal en la vida y nunca debe interferir con ella.

La prensa moderna, buscando el sensacionalismo, se ha posesionado de los Juegos, sobrecargando los aspectos competitivos del deporte, haciendo hincapié en la caída de los records y en las rivalidades nacionales, pero ignorando, en general, los auténticos ideales y los objetivos nobles del Movimiento olímpico. El hombre no es perfecto y, de hecho, se cometen violaciones del espíritu olímpico que luego son magnificadas en artículos y comentarios; el fallo más [13] minúsculo aparece con grandes titulares, pero todas las grandiosas realizaciones, todo el progreso alcanzado en pro de un mundo más sano, más feliz y más pacífico; todo, en fin, lo que se ha logrado con la restauración de los Juegos Olímpicos se ignora y se deja en el olvido. Lo maravilloso, habida cuenta de las condiciones políticas y del materialismo de nuestros tiempos, es que existan los Juegos Olímpicos.

El Barón de Coubertin no era un promotor deportivo; era un humanista, un educador, el primero de los tiempos modernos que supo ver que los deportes y los juegos, organizados adecuadamente, pueden dar algo más que el mero beneficio físico. Se dio cuenta de que con los deportes es posible adquirir también cualidades culturales y morales. Coubertin había estudiado la historia griega y conocía el importante papel de los Juegos en la civilización helénica a lo largo de doce siglos. Sabía que los dioses griegos eran no sólo inteligentes y juiciosos, sino también físicamente perfectos: un motivo de inspiración para que la humanidad busque un desarrollo similar, un perfeccionamiento físico, intelectual y moral. Coubertin sabía que en la antigüedad los atletas se reunían con los filósofos, dramaturgos, escultores y poetas en un plano de igualdad. Platón, el gran pensador, fue también un gran atleta. El barón conocía el Siglo de Oro de Pericles; sabía de los hombres de las Termópilas y de Maratón, y sabía también de las fuertes legiones de Alejandro Magno. Sabía que los antiguos juegos olímpicos eran una noble fiesta religiosa, deportiva y artística, esencialmente amateur, donde destacaban la gracia y la belleza del cuerpo, de la mente y del espíritu. Sabía de la paz olímpica, de la suspensión de toda actividad guerrera durante el período de los Juegos. Sabía de los excesos, del proselitismo y el profesionalismo que surgieron, a medida que se fueron perdiendo las virtudes espartanas, olvidando la disciplina y relajándose moral y físicamente. Sabía del desdén que mostraron los filósofos y sabios griegos frente a la comercialización de los Juegos y los superdesarrollados atletas profesionales. [14] Sabía del declive de Grecia que siguió a la corrupción y a la pérdida de ideales; sabía de la conquista por Roma y, finalmente, de la abolición de los Juegos. Coubertin, con gran sagacidad y con notable presciencia, trazó unos preceptos y reglamentos que, de ser cumplidos, evitarían la repetición de aquellos males.

El barón había observado los beneficiosos efectos de las competiciones deportivas en Inglaterra y Estados Unidos, los primeros países, en el siglo XIX, donde se desarrolló el deporte, y confiaba en despertar en todas las naciones un interés general por el entrenamiento físico y los deportes atléticos. Sin embargo, es indudable que no restauró los Juegos Olímpicos sólo para batir marcas, ganar medallas y entretener a las masas. Los restauró, ante todo, por sus amplios valores culturales que, consideró, ayudarían a lograr un mundo mejor y más feliz.

Por eso, primera y fundamentalmente, los juegos eran de un amateurismo estricto. Los Juegos no son una empresa comercial y se supone que nadie –organizadores, directivos, colaboradores o participantes, personas o países– trate de utilizarlos con miras lucrativas.

Una de las mayores necedades ha sido la propuesta para que se declaren los Juegos abiertos a los atletas profesionales, alegando que no siempre y no todos los competidores han sido aficionados. Si la afirmación encierra alguna verdad, desde luego, no puede culparse de ello al Comité Olímpico Internacional. En la actualidad, todo el mundo conoce los preceptos olímpicos; todo competidor en los juegos firma una declaración que le acredita ser aficionado según los reglamentos, y la declaración es garantizada por la Federación Nacional y el Comité Olímpico de su país. Si algún atleta no aficionado ha tomado parte en los Juegos es porque, por lo menos, tres personas han mentido. Y porque en el mundo haya engaños, crímenes y fraudes, ¿vamos a abolir todas las leyes y retornar a la selva?

La mayoría de las dificultades provienen, acaso, del hecho [15] que el concepto del amateurismo, por regla general, no es bien entendido; y lo confunden todavía más aquellos que califican de aficionado al aprendiz, al neófito, al principiante, ¡a alguien insuficiente para ser profesional! Existe un gran equívoco también acerca de la deportividad. Un atleta profesional puede ser, y a menudo lo es, tan buen deportista como el aficionado. Pero lo que no se suele comprender es que el amateurismo es una filosofía de la vida, una consagración y devoción a la tarea en sí, y no el afán de pago o recompensa. Es la misma devoción que ha impulsado a los estudiosos y sabios a ampliar sus conocimientos y fomentar la civilización. Es la misma devoción que ha hecho a los grandes artistas y músicos preferir las míseras bohardillas antes que comercializar su arte. Es la misma devoción que ha ayudado a los grandes patriotas a llevar el progreso social a sus pueblos. Es la misma devoción que ha movido a los escultores y arquitectos desconocidos que crearon los grandes edificios y catedrales del mundo sin siquiera firmar su obra. Es la misma devoción que guió en el campo industrial a Henry Ford y a Thomas Edison, que hubieran conseguido los mismos logros aun sin haber ganado fortunas. Es una filosofía de la vida, necesaria, urgentemente necesaria en estos tiempos materialistas cuando el hombre trabajador suele pensar sólo en el día de cobro y en la hora de salida.

Desde luego, parece una filosofía peregrina en el mundo materialista en que vivimos y donde todo parece medirse en dólares. Pero hay valores en la vida, como la caridad, el patriotismo, el amor y la amistad, que no se miden en dólares. El amateurismo es uno de estos valores, y sin ellos el mundo sería un paraje desconsolador. El deportista aficionado sabe que el deporte es sólo recreación, juego, alegría y entretenimiento, y tiene la mirada puesta en una meta más elevada que es la base de su vida: sus estudios o su vocación profesional. El no quiere malgastar su tiempo actuando como histrión profesional; no quiere formar parte de un grupo de [16] focas amaestradas para diversión del público; juega para su solaz personal. Actúa siempre de la mejor manera posible y adquiere muchas y valiosas experiencias y cualidades. El hombre que trepa al Matterhorn o vence la milla en cuatro minutos no espera encontrar a su llegada un puchero con monedas de oro. No es que haya conquistado la Naturaleza; es algo mucho mayor: se ha conquistado a sí mismo y ha conseguido la grande, inolvidable satisfacción propia y el placer consiguiente.

El aficionado tiene una filosofía completamente distinta de la del atleta profesional, que no hace nada a menos de ser remunerado. Aficionado es el que participa por amor al deporte, por la alegría competitiva y por el orgullo de superación. El aficionado sabe que ello implica sacrificios, pero se siente plenamente compensado por la inmensa satisfacción de la victoria y por el halago y la gloria que se otorgan al campeón. Se ha dicho que las reglas olímpicas aficionadas perjudican a los que no tienen posición acomodada. No es cierto; en cincuenta años no he conocido ni un solo muchacho demasiado pobre para participar en los Juegos Olímpicos. Todo lo contrario, es un hecho y puede comprobarse fácilmente, que el 90 por 100 de todas las medallas olímpicas han sido ganadas por jóvenes modestos.

Para el profesional, el deporte es eso, una profesión, y su objetivo principal es vencer, porque cuantas más victorias, mejor le pagan. También el aficionado quiere vencer, pero para éste lo más importante es la manera de lograr la victoria. El aficionado desea perfeccionarse siempre, obrar en todas las circunstancias según sus mejores posibilidades, pero no sacrificará nunca sus estudios o trabajo a una victoria. Las organizaciones de deportes aficionados deben señalar al público y a sus miembros, destacándolas, estas grandes ventajas del amateurismo como filosofía de la vida. No tenemos nada en contra de los profesionales honrados, que tienen pleno derecho a actuar en películas o en televisión o cualquier otra rama del espectáculo. Censuras merecen sólo los que [17] con engaños se fingen aficionados. La admisión de profesionales cambiaría radicalmente el carácter de los Juegos Olímpicos, que existen sólo gracias al desinterés y dedicación de numerosos colaboradores aficionados de los Comités Olímpicos de cada país y de las Federaciones Nacionales e Internacionales, que sacrifican su tiempo y energías por amor a la causa. Nada hay que impida a los atletas profesionales organizar sus propios juegos, si así lo desean, pero que se mantengan fuera de los Juegos Olímpicos, donde no son necesarios. La introducción del profesionalismo y la subsiguiente comercialización de los Juegos Olímpicos destruirían todos sus valores más delicados y depurados, y convertirían los Juegos en una fría empresa comercial. Los Juegos Olímpicos deben seguir siendo estrictamente aficionados, libres de intrigas políticas y de todo sabor comercial, alejados de toda discriminación racial, religiosa o política, tal y como los proyectó el Barón de Coubertin y como han sido conservados hasta ahora por el Comité Olímpico Internacional.

De vez en cuando se ha sugerido introducir cambios en la organización del Movimiento olímpico. En vista del enorme progreso alcanzado con los preceptos actuales en un periodo relativamente corto, antes de decidir ningún cambio habría que examinar muy cuidadosamente cualquier propuesta. Nunca han sido tan armoniosas como ahora las relaciones entre las Federaciones Internacionales, los Comités Olímpicos de los distintos países y el Comité Olímpico Internacional. En los últimos años se han revisado y ampliado los reglamentos, prueba de plena comprensión de los objetivos olímpicos. Nos damos cuenta de los peligros que se nos enfrentan y tomamos las medidas precisas para evitarlos. Nunca ha flameado la antorcha olímpica tan brillante y firme como hoy.

Una de las mayores dificultades por vencer es impedir las interferencias políticas en el deporte. Los gobiernos, conscientes de su gran atracción popular, se sienten tentados a utilizar el deporte como arma o instrumento político. [18] Como no tenemos dinero ni cañones, hemos de confiar en la gran fuerza de la opinión pública, que nos ayudará a proteger el principio fundamental: no debe haber discriminación por motivos políticos ni religiosos o raciales.

Los Juegos Olímpicos son una justa entre individuos. Están destinados a ser una alegre fiesta de la juventud de todo el mundo. Los competidores dan de sí lo mejor, procuran vencer si pueden, y si no, comparten el júbilo de los vencedores.

Los Juegos no son, ni deben ser, una contienda entre naciones, pues ello sería enteramente opuesto al espíritu olímpico y no conduciría más que al desastre. Por eso no hay puntuación oficial y las tablas publicadas carecen de autoridad. En rigor, esas tablas son erróneas porque adolecen de inexactitud. Para ser correctas habrían de ser graduadas, porque es una injusticia evidente dar los mismos puntos al vencedor de Maratón o decatlón que al gimnasta, al tirador de pistola o al nauta, o al equipo triunfador en fútbol o baloncesto.

Por otra parte, para ser justos habría que considerar el factor demográfico. Un análisis cuidadoso, desde este punto de vista, descubriría que muchas pequeñas naciones han ganado proporcionalmente más medallas olímpicas que otras mayores.

El orgullo nacional normal es perfectamente legítimo, pero nunca los Juegos Olímpicos ni ninguna otra competición deportiva indicarán la superioridad de un país o de un sistema político. Uno de los fines de los Juegos es cimentar la buena voluntad internacional, y se debe censurar severamente todo esfuerzo de incitar, con ese pretexto, a una nación contra otra.

No debemos permitir que el mundo olvide para qué se restauraron los Juegos Olímpicos. Y, desde luego, no para ser un negocio de los organizadores o participantes. El éxito de los Juegos proviene de la devoción de los dirigentes deportivos de muchos países, que aportaron tiempo y [19] energías a su progreso. No se trata de ganar victorias y de batir marcas, aunque tal haya sido el resultado al reunirse y enfrentarse los mejores atletas del mundo. Los Juegos Olímpicos fueron restablecidos para:

1. Estimular el interés por la educación física y las prácticas deportivas y contribuir así a la fortaleza y salud de la humanidad.

2. Crear modelos de juego limpio y sana deportividad que, incluso, pudieran ser adoptados en otras empresas humanas.

3. Promover la paz y la buena voluntad internacionales reuniendo a toda la juventud del mundo en amistosa competición y bajo un ideal apropiado.

4. Acentuar el afán por una vida plena como la del Siglo de Oro griego, en los días de Pericles, durante el apogeo de los Juegos Olímpicos, merced a la feliz conjugación de las Bellas Artes y las pugnas atléticas.

Hay que recordar siempre estos propósitos y objetivos fundamentales del Movimiento olímpico. No debemos olvidar nunca el ideal del siglo áureo: el hombre cabal, bien equilibrado, simétrico y armonioso de cuerpo y mente. El deporte contribuye a este fin, pero ha de ser un solaz y no una profesión. No es nuestro interés coronar unos cuantos campeones. El Ideal olímpico es el hombre integral.

Avery Brundage
Presidente del Comité Olímpico Internacional

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