Filosofía en español 
Filosofía en español


Revoluciones, progresos y atrasos que han padecido las ciencias

Sucede con las producciones de la literatura lo que con los frutos de la tierra. En esta al lado de una planta sana y nutritiva se ven criar vegetales nocivos, y cuyo dañoso suco es tanto más perjudicial, cuanto alaga y lisonjea el paladar; pero que quema las venas, destroza las entrañas, y lleva rápidamente al fondo del corazón el veneno y la muerte. ¿Qué debe hacer el prudente e ilustrado labrador? ¿Aplicar por si acaso por todas partes el hierro y el fuego? Procederá seguramente con mayor inteligencia; señalará con sabio conocimiento aquellas que pueden convertiré en alimento propio para la humana especie: juntará las semillas esparcidas, colocará las clases y las diferentes familias en planes dibujados con gusto, y rodeará el todo con fajas de flores, de cuyo gracioso surtido y brillante esmalte bordará diferentes cuadros de este risueño jardín. A veces del fondo de un espeso bosque que lo corona, se pasea como el buen viejo de Virgilio satisfecho y contento al ver su nuevo dominio, en donde por su trabajo lo agradable y hermoso se une a lo útil y provechoso: ve al declivio del sol una esposa laboriosa y amada y a sus hijos, que alegres y sanos cogen cantando las legumbres que han de adornar su rústica mesa sin peligro de mezclar el veneno con las yerbas saludables, o de hallar la ponzoñosa serpiente escondida bajo de las flores.

Lo que un hábil y ecónomo labrador hace en el reino vegetal, nos parece propio que se haga también en el imperio de la literatura, a lo menos en la parte que el espíritu filosófico tiene que cultivar, y que la considera como su preciosa herencia.

Reunamos antes los principales hechos de la historia de la filosofía, de sus progresos y abusos por los monumentos más incontrastables.

La filosofía que tuvo su principio desde el origen del mundo, y cuyos primeros templos fueron colocados sobre la orilla del Ganges, del Nilo y en el seno de las repúblicas de Grecia, concurrió con la Religión para reunir los hombres, civilizarlos, e instruirlos. Escuelas numerosas presididas de los mayores hombres se ocuparon de las verdades más importantes a la humanidad y de cuanto podía contribuir a su bien estar. La esencia de la divinidad, el sublime concierto de sus atributos, el precio infinito y la suerte feliz de la virtud, las obligaciones del hombre y las conexiones con la sociedad: tales fueron los sagrados objetos de las meditaciones de una parte de los primeros sabios: mientras que la otra a fuerza de interrogar la naturaleza, a fuerza de observaciones y de análisis creaban las ciencias, establecían sus principios, desenvolvían los elementos, y enseñaban a sus conciudadanos llenos de admiración las ventajas que podían resultar en provecho de la legislación y para la felicidad de la vida privada del hombre. Esta fue la edad de los Sócrates, de los Platones, de los Aristóteles y de los Arquímedes; este fue el sublime esfuerzo del espíritu humano y el mas glorioso e interesante periodo de la filosofía.

La espada de Roma que había sujetado la Grecia, habiendo sido despedazada por los Bárbaros; la filosofía y las artes que la servía de protectrices, tuvieron que entregarse al yerro así como lo restante de la herencia de los Cesares, y todo fue tratado según las leyes de la victoria. Del fondo de su cautividad quiso levantar el grito, pero experimentó la ferocidad de sus vencedores en los acentos del amante de Julia, que se oyeron hasta en la helada Tracia. Pudo entonces haber exclamado como aquel desgraciado cantor que dijo, ¡ah bárbaros! ¡ya no me oyen! En efecto que podía la filosofía entre las cabañas de unos medios salvajes, que se honraban de su ignorancia, y que apenas sabían sino es beber y combatir; entre pueblos que con muchos grados de diferencia apenas estaban como los primeros mortales que Lino y Orpheo hallaron, cuando por la dulzura y amenidad de sus costumbres, por lo patético de sus discursos los llegaron a dulcificar, pudiendo atribuir a esto más bien su civilización que a los sonoros acentos de sus liras.

No obstante después de estos siglos de sangre y de horror, después de la destrucción de una parte de Europa, la paz y la libertad restituyeron una serena calma, y con ella resucitó el gusto al estudio. La filosofía vio a sus pies los hierros que la oprimían, y así en su primer impulso creyó de nuevo volver a entrar en su imperio, y verse en su antigua gloria. ¡Pero oh¡ ¡qué engañosas y falsas fueron sus deseadas esperanzas! Desde el magnífico salón de Platón, y desde el campo del orador Romano ella se vio conducida con todos sus atributos y herencias a las escuelas mezquinas, obscuras, supersticiosas ignorantes, testarudas y a más de esto infinitamente vanas: este descarnado, pálido y desfigurado fantasma fue colocado bajo de estos innobles pórticos, y a sus pies se puso encadenado el libro de Aristóteles: sobre estas sagradas páginas fue menester abjurar a toda doctrina que no fuese del filósofo Macedonio, adoptar sus errores como oráculos, renunciar para volver a ver otra luz en caso que se diese con ella; y si algún candidato indócil o algún indisciplinado se atrevía a proponer un argumento bastante fuerte para mover los fundamentos del Peripatetismo, entonces todos los graves Maestros respetuosamente inclinados, puesta la mano sobre el misterioso volumen, gritaban en forma de solución triunfante: ipse dixit; calla temerario, el Maestro lo ha decidido.

Es fácil juzgar después de lo expuesto los progresos que debió hacer el espíritu humano bajo el despótico yugo del Príncipe de la escuela. Pero lo que no puede concebirse es el tono Gótico que tomaron los licias Europeas. Una metafísica airada y descarnada usurpó el trono de la filosofía: unos sofismas pueriles, un lenguaje ininteligible y bárbaro, una locución pedantesca e hinchada, substituyeron a una interesante y clara moral y a los tratados de la antigüedad. Las abstracciones, las formas, las universalidades, las categorías, las substancias abstractas tomaron el lugar de aquellos sistemas ingeniosos y fecundos, que como la base de las ciencias y de aquellos vastos y sabios hipótesis llegaron a ser la llave de todos los conocimientos humanos. La universidades y los doctos de ellas se jactaban de ser el santuario de las artes y el archivo de la razón; los sabios de que se componían esta, no eran entonces la mayor parte sino un conjunto de soberbia ignorante y el depósito de la credulidad, de la preocupación y de la tenacidad más inflexible. Ni aun fue en estas permitido luchar contra las viejas opiniones, ni conjurar a su ruina en el instante; la venganza y la persecución eran la recompensa de los esfuerzos del espíritu filosófico.

En fin este horizonte cargado de espesas nieblas se disipó con los reinados de algunos Príncipes protectores de las ciencias, y se vieron ya los crepúsculos de unos días claros para la filosofía: la obscuridad y las nubes desaparecieron, y el resplandor del astro luminoso pareció más puro y más penetrante: volvió a tomar sus derechos, su imperio y su dignidad; guiada por la naturaleza y la razón se adelantó majestuosamente hacia la antigua carrera, esto es al teatro de su gloria; vio derribar a sus pies aquel ídolo viejo que por más de doce siglos se había atrevido a teñir su diadema. La ilustración sucedió a la barbarie, y con el transcurso de algún tiempo se vio ya mudada la faz de las cosas; y caminando esta rápidamente, la vemos hoy en el estado más floreciente que puede adquirir, o a lo menos en el punto de recibir su última perfección.