La Censura. Revista mensual
Madrid, agosto de 1844
año I, número 2
páginas 15-16

Poesía

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D. Juan de Austria

o la vocación, comedia en cinco actos y en prosa, traducida por D. Mariano José de Larra.

El hijo natural de Carlos V, que ignora la alteza de su cuna, y está destinado para el claustro, declara a D. Rodrigo Quesada, quien le había educado y pasaba por su padre en el concepto común, su firme resolución de vivir en el mundo y su pasión a una dama (Doña Florinda de Sandoval). La misma declaración hace después al rey Felipe II, que aparece con el nombre de conde de Santa Fiore y como revestido de la autoridad paterna sobre D Juan. La oposición del monarca a los deseos de este y la circunstancia de ser Florinda objeto codiciado de ambos príncipes, si bien con diferentes fines, dan lugar a escenas fuertes, a contestaciones duras y picantes, a desafíos y últimamente a que D. Juan amenace con su espada al rey a quien no conoce; pero se le cae aquella de las manos cuando Florinda para impedir un atentado se lo revela. Este lance ocurre después de escaparse D. Juan del monasterio de Yuste, a donde le condujera D. Rodrigo por condescendencia e infringiendo las órdenes del rey. Crítica es en este punto la situación de D. Juan, de Florinda y de D. Rodrigo: del primero, por haberse escapado del monasterio, desafiado dos veces a Felipe II y amenazadole: de Florinda, por no ceder a la pasión del rey, quien solo bajo esa condición prometía librarla del castigo inminente por acusación de judaísmo; y de D. Rodrigo, a causa de haber favorecido los proyectos de D. Juan, unos por débil indulgencia, y otros involuntariamente y por efecto de las circunstancias.

Para sacar a estos tres personajes del aprieto en que se ven y desatar el nudo finge el poeta que Carlos V, quien había facilitado a D. Juan la evasión del monasterio de Yuste, aunque sin darse a conocer, aparezca en la cámara de su hijo Felipe II cuando iba a decidirse la suerte de los dos amantes, y declare que viene a librar a Florinda de mano de sus jueces en remuneración de cierto servicio que le prestó en otro tiempo el padre de aquella. Asimismo hace jurar a D. Juan obediencia y lealtad al rey hasta la muerte, y a este protección y amistad a D. Juan, y entonces descubre que es su hijo y se llama D. Juan de Austria.

He aquí muy en resumen el argumento de esta comedia, en que dos monarcas grandes por sus cualidades, aun mucho más que por su poderoso imperio, y un príncipe, aunque bastardo, de generosa condición, de nobles sentimientos y de una religiosidad propia de aquellos tiempos y de la sangre que corría por sus venas, aparecen con un carácter que rebaja mucho su merecido concepto. D. Juan especialmente se presenta como un hombre que tiene la religión por cosa liviana, y tratándose de su dama es capaz de sacrificar su conciencia y hasta su Dios. Lo comprobaremos con algunas citas.

En la escena 4.ª del acto 2.º cuando Florinda le ha revelado que es judía, y D. Juan [16] titubea un instante si le dará o no su mano, dice él: «¿Cuál será la diferencia entre nosotros? El Dios de Israel ¿no es el de los cristianos? ¿He de adorarla menos porque ella eleve su corazón A ESE DIOS (como si se tratara de algún zapatero de viejo) con ritos diversos a los mios

De manera que para el poeta no se diferencian la religión cristiana y el judaísmo mas que en los ritos. Es posible que ni él, ni el traductor supieran bien lo que esta palabra significa; pero de cualquier modo semejante falsedad es indisculpable.

El mismo D. Juan al salir a hacer los preparativos de boda, como la judía Dorotea, dueña de Florinda, le dijese estas palabras: Y a pagar en todas partes…; le responde:

«Decís bien, Dorotea, que en país católico nacer, casarse y morir son tres cosas que no pueden hacerse gratis.»

Es cosa muy singular que estos poetas del día no han de saber componer una comedia o novela sin sazonarla con insultos y zaherimientos al dogma, a las costumbres o al culto de la religión católica: las demás sectas son muy respetables para ellos.

Por último en la escena 6.ª del acto 5.º cuando por salvar a Florinda se decide Don Juan a hacer juramento de entrar en el claustro dice al rey: «Nada por vos, señor, nada por el cielo: todo por ella (extendiendo la mano hacia el Crucifijo). Sí, cuésteme en buen hora su vida la desdicha de la mía en este mundo y el riesgo de mi alma en el otro.»

Estas palabras impías son impropias de un príncipe católico como lo fue el vencedor de Lepanto, aunque los dramaturgos nos le quieran representar despreocupado a lo Voltaire.

Mas lo que escandaliza e indigna sobre todo, es que al rey D. Felipe tachado de supersticioso por sus émulos y enemigos (y esta es la mejor prueba de sus religiosísimos sentimientos) se le atribuyan pensamientos y palabras que repugnan enteramente a su carácter, después de hacerle miserable esclavo de una torpe pasión. En la escena 6.ª del acto 1.º dice D. Pedro Gómez: «Roma en tierra puede dispensar de todo juramento;» y le contesta el rey : «¡Roma! Me humillo ante el poder de Roma; pero Roma no hace nada de balde.»

Y más adelante en la misma escena promete a este cortesano toda su gratitud si descubre el paradero de Florinda, y añade:

«…Esa mujer me persigue, es mi ángel malo, es un sueño que me devora: estoy poseído de ella. Su imagen se interpone entre mí y el Dios mismo que me escucha… hoy mismo, hoy también he omitido mis oraciones… Este estado… haría peligrar mi vida en este mundo y mi eternidad en el otro.»

¡Insigne falsedad! El grave, el religioso monarca Felipe II no podía pensar así, ni mucho menos expresarse en unos términos, propios solamente de un mozalbete casquivano de nuestros días, que blasfema de Dios y de la religión siempre que se trata de amoríos o por mero pasatiempo.

Y ¿qué diremos del carácter que se supone a Carlos V en su retiro? Por apartarse en todo de la verdad el poeta le representa hecho monje e intrigando para ser prior a trueque de salvar a D. Juan. La judía Dorotea se desata en improperios contra los cristianos, y siembra doctrinas detestables, como la de que la abjuración es una restricción mental más ó menos, quedando estos dichos sin refutación ni correctivo, porque son de un sectario contra los católicos, y el objeto es deprimir y ridiculizar a estos.

Por último se hace intervenir en la comedia la respetable orden de los jesuitas por medio de su fundador S. Ignacio de Loyola, de quien se lee una carta supuesta, infame por su doctrina y abominable por la forma. Era preciso dejar en mal lugar a un santo del catolicismo e instituidor de una religión que tanto ha dado y dará que hacer a los herejes y a los incrédulos de todas épocas y países.

Esta comedia no debiera a nuestro juicio representarse, y su lectura sin enseñar nada bueno no puede menos de imbuir a los jóvenes en doctrinas perniciosas y modelar sus blandos corazones para que absorban insensiblemente la ponzoña de la irreligión y de la inmoralidad. ¿Cuándo volverá a ser objeto de la poesía dramática el castigat ridendo mores? En la época presente está reducida a sacar a plaza crímenes y flaquezas (muchas veces fingidos y cuando no exagerados) de reyes, príncipes y magnates, zaherir al sacerdocio católico, ridiculizar nuestro culto y dogmas, hacer la apoteosis de los malvados y disolutos, y satirizar al hombre religioso y de virtud acrisolada. No llena mal estos objetos el autor de D. Juan de Austria.

 


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