La Censura. Revista mensual
Madrid, enero de 1845
año I, número 7
páginas 53-54

Novelas

32

Cartas de un viajero,

por Jorge Sand: tres tomos en 8.º menor.

Cualquiera creerá al leer el título que bajo la forma epistolar describe el autor los países que recorre, la religión, costumbres, usos &c. de sus habitantes; pero el que tal crea se lleva un solemne chasco. De los tres tomos que forman cerca de 800 páginas, no llegarán a la tercera parte las que puedan justificar el título de Cartas de un viajero: lo demás de la obra debiera llamarse sueños impíos, delirios perniciosos de un febricitante, declamaciones extravagantes de una alma en quien la incredulidad y sus espantosas consecuencias ocupan el lugar de la razón y de la fe. Nuestros lectores saben ya de qué pie cojea la infernal mujer que con fingido nombre publica en Francia, desde donde se propagan a nuestra España, sus ponzoñosas y desatinadas producciones (sí, tan desatinadas como perjudiciales, por mas que digan ciertos escritores que por asalto se han introducido en la república literaria). Pues bien las Cartas de un viajero no desmerecen nada de las demás obras de Jorge Sand, de sus otras novelas impías: léanse si no unos cuantos trozos que vamos a copiar.

En el tomo 1.º supone que habiendo ido el autor con un abate veneciano y otras personas a visitar a los monjes armenios de la isla de S. Lázaro, se entabló conversación sobre el Libro del pueblo de Lamennais condenado por el sumo pontífice, y que un monje reprobó la obra y al escritor, aunque apasionado a la una y al otro, solo porque desconfiaba del abate viajante. Este eclesiástico que profesaba las ideas de la escuela de Jorge Sand y comparsa, escribió unos versos italianos en el jardín del monasterio: copiaremos algún trozo de esta despedida original:

El enemigo del papa.

Quedad en paz, hermanos, y dejad que el pontífice arregle por sí mismo sus querellas. Los rayos de Roma se han extinguido, y en vano el fuego de la cólera abrasa las entrañas de los hombres de Dios. Es su anatema hueco sonido que se lleva el viento y juega con él como con la leve espuma de agitadas olas. Ya el heresiarca no se ve despavorido en la necesidad de buscar un refugio entre las inaccesibles asperezas del monte, ni debe ensangrentar sus pies huyendo de las venganzas de la iglesia. La fe ha tomado el carácter que Dios quiso darle, esto es, de una esperanza ofrecida a las almas libres; no empero un yugo impuesto por los ricos y poderosos de la tierra. Quedaos en paz, hermanos: Dios no acoge las querellas del papa. ¿Por qué intentáis reconciliarles, imprudentes? ¿Ignoráis el daño que a la iglesia causaríais si lograseis sofocar esa voz rebelde? ¿Ignoráis que el papa se halla satisfecho y envanecido por tener un enemigo? ¡Cuánto más no lo estuviera teniendo dos, y si lograse ver a otro Lutero arrastrar en pos de sí la muchedumbre! Pero en adelante ya el mundo se presentará indiferente a las disputas teológicas: lee los argumentos del hereje, porque son sublimes, y no lee los juicios del papa, porque solo son católicos y nada más. Leedlos, hermanos, ya que tal obligación se os impone; pero en secreto rogad por el enemigo del papa.

Este mismo ejemplarísimo abate dice (en la página 198, t. I) hablando de un musulmán:

¿Qué importa… que la Virgen se llame María o Phingari? La virgen madre de la divinidad es siempre la misma idea alegórica, esto es, la fe que da origen a todos los cultos y a todas las ofrendas.

En la página 294:

Beben vino (los turcos establecidos en Venecia), reniegan del profeta, no van a la mezquita, ni se quitan el calzado al saludar a Phingari; mas nada pierden por ello, puesto que en nada creen y han perdido toda la poética sencillez de su idolatría sin entregar su alma a las austeras verdades del cristianismo. Con todo son hombres de bien, pues son turcos, y ningún turco puede ser malvado.

La última carta de este tomo retrata al vivo el estado del infeliz autor: dudas de todo, mortal tedio, propensión al suicidio e injustas y altaneras quejas contra la divinidad.

En el tomo II, p. 28, hace un descarado elogio de la execrable novela Lelia, y solo siente no poder volver a escribirla.

En la pág. 33 acusa a Rousseau de hipocresía en la cuestión del suicidio, y apostrofa a este fatal filósofo diciéndole que si hubiera hablado claramente (esto es, defendiendo la licitud del suicidio), la autora y sus secuaces beberían las gotas de sangre de Rousseau con más fervor, y orarían ante él con santas lágrimas como ante un crucifijo. ¡Y tan horribles impiedades corren impresas libremente entre nosotros, santo Dios! Pero todavía es más infame y abominable lo que esa mujer inspirada de Satanás se atreve a estampar en la pág. 52: «JESUCRISTO AL SUFRIR EL MARTIRIO DIO UN GRANDE EJEMPLO DE SUICIDIO.»

De Espinosa, el famoso autor del panteísmo, dice (pág. 117) copiando a Henrique Heine: «Su vida privada fue exenta de reprensión, [54] y quedó pura y sin mancilla como la de su divino pariente Jesucristo.»

En la pág. 165 asegura que Jesús no tiene en la tierra mas que un apóstol verdadero: infiérese de otros pasajes y de la opinión de la autora que ese apóstol único es el desgraciado apóstata Lamennais.

Tomo III, pág. 106... «En la obscenidad del pueblo siempre asoman las huellas del genio: es como un salvaje y terrible llamamiento a la justicia de Dios.» ¡Y esto lo escribe una mujer! Se ve pues que ha perdido hasta ese instinto de pudor y decoro natural en las personas de su sexo.

En la pág. 187 y siguientes se extasía la religiosa escritora haciendo el elogio y la apología de los herejes, y manifiesta fuerte indignación contra los que insultan en su posteridad al gran nombre de Lutero. Hasta los templos y cánticos del protestantismo le parecen infinitamente superiores a las iglesias, ceremonias e himnos sagrados de nuestra religión. Es de notar que a los sectarios de la incredulidad, sean materialistas, ateístas, panteístas &c., enmedio de que no creen en nada, cualquier culto les parece bien; pero no pueden digerir cuanto pertenece al católico. Bien saben ellos el por qué y nosotros también.

Para completar Jorge Saud el elogio de las sectas dice en la pág. 194: Era la voz del martirio calvinista, martirio sin éxtasis ni delirio, suplicio cuyos dolores se ven sofocados por austera altivez y augusta certidumbre.

En todas estas cartas se violan nuestros dogmas santos y los objetos de nuestro culto mezclándolos con profanidades, delirios heréticos o impudentes impiedades, juntando los nombres adorables de Dios y de su unigénito hijo Jesús, salvador del género humano, con los de los heresiarcas, ateos e impíos de mas nota, y queriendo amalgamar la doctrina sublime y pura del Evangelio (que la autora insolente llama divino poema) con los sistemas anárquicos y disolventes del orden religioso y civil soñados por Sansimon, Fourier, Lamennais y otros utopistas descreídos o lamentablemente extraviados.

Las cartas de un viajero, libro tan malo como todas las producciones de la misma pluma, están prohibidas por S. Santidad en decreto de 30 de Marzo de 1841; razón sola que basta para que todo buen católico le aparte de sí sin quererle abrir. Los que desprecian esta prohibición, regularmente despreciarán nuestras reflexiones, y leerán y permitirán leer a sus familias una obra de tan abominable doctrina: ellos tocarán pronto las consecuencias.

 


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