La Censura. Revista mensual
Madrid, marzo de 1845
año I, número 9
páginas 70-71

Poesía

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Don Juan Tenorio,

drama religioso-fantástico en dos partes, por Don José Zorrilla.

El autor ha hecho bien de añadir al epíteto religioso con que quiso calificar su drama, el de fantástico, porque la fantasía del poeta se ha forjado allá a su modo un plan a todas luces irreligioso para quien considere la religión como una institución divina y no como una invención poética. En efecto solo dos desenlaces podía tener este drama, conformes con lo que exigen nuestra creencia, la sana razón y hasta las reglas rigurosas del arte, a saber, o que el impío y desalmado D. Juan acabase como había vivido recibiendo el merecido castigo de sus crímenes y de su ateísmo, o que arrepintiéndose a tiempo y en vista de los avisos del cielo expiase con una sincera y dura penitencia su vida licenciosa y criminal. Moliere adoptó el primer pensamiento en su Convidado de piedra; pero el autor del drama religioso-fantástico ni quiso imitar al poeta francés, ni seguir el otro camino dando diverso giro al asunto, sino que ideó otro desenlace que sobre extravagante e inverosímil repugna a nuestra fe. Lo probaremos.

D. Juan, después de haber cometido multitud de sacrílegos atentados y haber cansado la paciencia de Dios y de los hombres, cuando se ve agarrado de la mano por la estatua del comendador que le quiere arrastrar al infierno, [71] clama a la divina misericordia; pero la estatua insiste diciendo: Ya es tarde. Las sombras y esqueletos van a abalanzarse entonces sobre D. Juan; mas se abre la tumba de Doña Inés, aparece esta, y comunica a su amante que Dios le concede su salvación por ella. Cae D. Juan a los pies de Doña Inés, y mueren ambos: esto supone sin duda que Doña Inés resucitó en cuerpo y alma para venir con la embajada de salvación a su amante. No puede darse una interpretación más profana e irreligiosa al dogma católico de la comunión de los santos, por el cual creemos que Dios ha dispuesto en su infinita misericordia hacer mutuamente participantes de los bienes espirituales a los miembros de la iglesia militante, de la triunfante y de la paciente.

Por lo demás el poeta ha recargado el cuadro abultando en cantidad y calidad los crímenes de D. Juan, y dándole un carácter más marcado de impiedad y de osadía descarada, sin duda, por acomodarse a la escuela dominante que se complace en figurar de relieve y exagerar las miserias de la humanidad y los delitos propios de la época: raro modo de hacerlos aborrecibles cuando se presentan a la multitud como una fatalidad irresistible del hombre, o se pintan con cierto colorido halagüeño de valentía, heroísmo, galanteo &c.

Hay en el drama desafíos, homicidios, rapto de una novicia y de una doncella que estaba prometida a otro, profanación de lugares sagrados, todo esto no relatado en la exposición, sino ejecutado a vista del espectador, porque está en nuestros tiempos tan embotada la sensibilidad, que solo con tales golpes se la puede excitar.

Para que nuestros lectores puedan mejor formar concepto del drama llamado religioso, haremos alguna cita.

En la escena 2.ª del acto 1.º de la 2.ª parte (porque es de advertir que tiene dos partes y siete actos: adelantamientos de la época) dice el escultor:

¿Tan audaz ese hombre es,
que aun a los muertos se atreve?

D. Juan. ¿Qué respetos gastar debe
Con los que tendió a sus pies?

Escultor. Pero ¿no tiene conciencia
Ni alma ese hombre?

D. Juan. Tal vez no,
Que al cielo una vez llamó
Con voces de penitencia,
Y el cielo en trance tan fuerte
Allí mismo le metió,
Que a dos inocentes dio
Para salvarse la muerte.

En la escena 4.ª del mismo acto y parte se aparece a D. Juan la sombra de Doña Inés y le dice:

Yo soy Doña Inés, Don Juan,
Que te oyó en su sepultura.

D. Juan. ¿Con que vives?

Sombra. Para tí;
Mas tengo mi purgatorio
En ese mármol mortuorio

Que labraron para mí.
Yo a Dios mi alma ofrecí,
En precio de tu alma impura,
Y Dios al ver la ternura
Con que te amaba mi afán,
Me dijo: Espera a Don Juan
En tu misma sepultura.
Y pues quieres ser tan fiel
A un amor de Satanás,
Con Don Juan te salvarás,
O te perderás con él:
Por él vela; mas si cruel
Te desprecia tu ternura,
Y en su torpeza y locura
Sigue con bárbaro afán,
Llévese tu alma Don Juan
De tu misma sepultura.

Aquí se hace intervenir al mismo Dios, y ¡de qué manera! como un tercero, digámoslo así, en los sacrílegos amores de la insensata Doña Inés y del pertinazmente impío D. Juan. ¿Qué falta ya para que salga un histrión representando al Criador del universo? Un paso muy corto, y según caminamos, no será extraño que tarde poquísimo en darse: la licencia y la impiedad no tienen límites, como que se les ha quitado todo freno, y aun reciben aplausos y palmadas de una turba impía. ¡Y todavía llega la avilantez hasta decir que el teatro es la escuela de las costumbres! Sí, de las costumbres de los paganos, que adoraban la sensualidad, el adulterio, el hurto, todos los crímenes en fin personificados en sus ídolos infernales.

 


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