El Clamor Público
Periódico político, literario e industrial
 
Madrid, martes 18 de noviembre de 1845
número 485, página 4

Sección literaria

Frenología y magnetismo

Lección V del señor Cubí

Sábado 15 de noviembre

Hecha la recapitulación de costumbre, habló así el señor Cubí:

«El cerebro se pone en movimiento y actividad de cuatro modos: 1.º Espontáneamente, valiéndose el alma de él como instrumento suyo para ejecutarlo. 2.º Presentando a los varios órganos los objetos que le son adecuados. 3.º Por medio de descripciones. Y 4.º por medio de la voluntad.»

«Hoy sólo hablaré de los dos primeros modos, dejando los restantes para la lección del lunes.»

«La mayor o menor actividad espontánea de los órganos cefálicos o del cerebro, y por consiguiente de las facultades mentales de que son éstos instrumentos, depende del mayor o menor desarrollo de aquellos, y de la cualidad estructural del cerebro, que puede apreciarse por señales externas, según más adelante demostraré. La sangre que circula por el cerebro, que, según unos, es la décima parte de toda la que circula por el organismo entero, y, según otros la sétima, junto con el fluido magnético o nervioso, que nuestra inmortal doña Oliva Sabuco de Nantes ya conoció con el nombre de suco nérreo, que se genera en el sistema nervioso, es la causa primitiva, material o instrumental de la actividad espontánea del cerebro. Cuanto mas grandes son los órganos, tanta más sangre acude a ellos y circula por ellos; y tanta mayor cantidad de fluido magnético generan, ceteris paribus; esto es, siendo todo lo demás gual; y por consiguiente tanto más espontánea actividad tienen. He aquí el principio de la intuición, conocimientos infusos o ideas exactas a priori, o sea antes de comprobarse y rectificarse o por la experiencia, que constituyen el origen de todos los descubrimientos y adelantos humanos.»

«Un hombre como Mangiamelo, que tiene los órganos de las matemáticas colosalmente desarrollados, tendrá espontánea actividad en ellos, y por consiguiente no pensará más que en números y cálculos aun antes de haber sabido por experiencia si había matemáticos en el mundo. Quien tenga los órganos de la música desarrollados en el grado en que se ven en Rossini, Paganini, Bellini y otros compositores y ejecutores de primer orden, tendrá, espontáneamente y a pesar suyo, afectos e ideas musicales,

Lo mismo puede decirse con respecto al que posea el órgano de la casualidad muy desarrollado, que naturalmente estará siempre sacando consecuencias lógicas, averiguando el por qué de las cosas, y descubriéndolo muchas veces, con solo la nativa y espontánea actividad de la parte superior de su frente. Por el mismo principio, la persona que tenga el órgano del aprecio de sí mismo muy grande, será orgulloso natural o espontáneamente, y quien así tenga el de la aprobatividad, será vanidoso.»

«No es extraño, pues, que haya hombres que sepan sin aprender. ¿Quién enseñó el alfabeto a Vaelmo? ¿Quién el arte de hacer su D. Quijote a Cervantes? ¿Quién la imprenta al que la descubrió? ¿Quién a nuestro Cuetos el modo de saber, sin contarlos, los garbanzos que había en un cesto? ¿Quién las leyes de la atracción a Newton? ¿Quién el ser orgulloso e indomable a los araucanos y mansos y apocados a los hindús? El organismo peculiar que Dios les concedió, por medio del cual el alma manifestaba en ellos aquellas cosas y sentía aquellos afectos naturalmente.»

«De este principio, del principio de que cuanto más desarrollados estén los órganos, tanto mayor es su actividad, se deducen doctrinas de suma importancia práctica. Si necesitamos una niñera, buscando aquella cuya filogenitura esté muy desarrollada, estaremos seguros que ella espontáneamente los tendrá apego, y naturalmente hallará un placer en prodigarles todos los cuidados maternales, sin incomodarse, ni enfadarse, sea cual fuere por otro lado su genio, por más que las criaturas la importunen e incomoden. Si necesitamos un criado fiel e inteligente, buscaremos uno cuya parte intelectual superior al menos esté bien desarrollada, y en cuya región superior descuellen la benevolencia, la justicia y la veneración. Con esta organización hallará un gusto especial, un placer espontáneo en cumplir con su deber, y tendrá naturalmente en sí los medios de ejecutarlo. Lo mismo puede decirse respecto a la elección de amigos, de esposa, &c. como más detalladamente explicaré cuando hable del examen práctico de cabezas.»

«Dios, señores, jamás creó deseos ni necesidades sin haber creado antes el poder de satisfacerlas. Así la historia sagrada como la profana comprueban esta verdad. Antes que la necesidad de respirar, había ya creado Dios el aire con que satisfacerla; y antes que los ojos el sol, con el cual están bella y sublimemente adaptados. Primero creó Dios el paraíso que sus moradores. Esta verdad que nos anuncian las Sagradas Escrituras nos la prueban filosóficamente los geólogos, los cuales no hallan en el globo, en las varias épocas de su formación, más que animales en completa concordancia con el estado actual en que se hallaba. Preparose, al fin, para satisfacer los deseos de un ser superior e inteligente, y sólo entonces fue cuando apareció en él la criatura predilecta del Criador, el hombre. Pero al hombre le concedió Dios el libre albedrío, esto es, el poder de usar o abusar de sus facultades, por cuya razón vemos con tanta frecuencia una completa falta de equilibrio , una desnivelación entre los deseos y el poder de satisfacerlos. Pero como ley general, el equilibrio siempre existe; porque si falta es en virtud de la trasgresión del hombre, a la cual está unido un irremisible castigo.»

«En los desiertos hay pocas criaturas humanas: y si las hay, más allá de los medios existentes para subsistir, perecen de hambre o sufren de diversos modos, como castigo por su trasgresión.»

«Yendo derechos al caso, señores, sin hacer rodeo alguno, vemos que para la satisfacción de la amatividad, Dios creó sexos opuestos; que para la satisfacción de la filogenitura, Dios instituyó la ley de la reproducción animal; que para la satisfacción de la adquisividad, la naturaleza nos ofrece por do quiera riquezas inmensas; que para la satisfacción de cada uno de nuestros órganos intelectuales, hay objetos externos especiales. De suerte que el hombre no tiene un solo deseo, para el cual antes que él, Dios no haya creado los medios de satisfacción. Y si a pesar de esto vemos entre los mortales tanta miseria e infelicidad, por falta o sobra de medios de satisfacción, es porque, repito, el hombre está sujeto a las leyes del libre albedrío, que no con poca frecuencia abusa, según más detalladamente explicaré en mi próxima lección. El gran principio es, pues, satisfacer templada y armoniosamente todos los órganos, ya sea disminuyendo su actividad, ya aumentando el poder de satisfacción. Ha sido menester hacer todas estas explicaciones para que que yo pudiera ser entendido con toda claridad cuando digo, que el segundo modo de excitar o poner en movimiento los órganos cerebrales, y por consiguiente las facultades mentales, es presentando a cada uno de ellos el objeto a que está adaptado; esto es, el objeto que le corresponde para su satisfacción.»

«A excepción de un gran desarrollo de la filogenitura, por el cual se excitaría naturalmente, nada puede activarla tanto como presentándole un hijo propio a una criatura tierna y débil. A excepción de un gran desarrollo del órgano de amatividad, en cuyo caso se oscilaría con mucho fervor por sí misma, nada la pondría en tan activo movimiento como presentándole una persona de sexo opuesto.»

«De este principio nacen doctrinas de utilidad sublime para la educación. Conocidos los órganos, y por consiguiente facultades mentales, en el momento mismo en que se quieran activar, y por consiguiente desarrollar, no les hemos de ir con fríos preceptos, sino presentarles los objetos que los pongan en movimiento.»

«Si queréis que vuestras hijas sean hacendosas y practiquen las virtudes domésticas, ponedlas de todo ello constantes ejemplos a la vista. Queréis educar su filogenitura, para que a su tiempo sean buenas madres, hacedlas cuidar con cariño y ternura sus hermanitos u otras criaturas en un estado de infancia. Queréis que lo hagan con toda la inteligencia de que es capaz el hombre, instruidlas en las reglas princicipales de la anatomía, fisiología y frenología como más extensamente manifestaré, cuando dirija la atención de Vds. a las grandes cuestiones de amaestramiento e instrucción.»

«Queréis que vuestros hijos sean religiosos, excitad con la práctica y por el ejemplo bien dirigidos, su veneración, su maravillosidad y su esperanza. Llevad vuestros hijos a los campos, al tráfico y movimiento de las ciudades, dirigid su atención a los astros que nos rodean, a todos los grandiosos objetos de la creación, en fin; y cuando se hallen extasiados de admiración y encanto, hacedles contemplar aquel Hacedor Supremo que de la nada creó tantas maravillas; y tendréis afectados, cual deben estarlo, sus órganos religiosos. Queréis luego que ejecuten sin fanatismo los ritos y prácticas de nuestra santa religión, no les habléis de los templos sino llevadles a ellos y sed vosotros los que a su presencia deis el ejemplo de humillaros, con toda reverencia y adoración, según las formas prescritas por la Iglesia.»

«Estad seguros que si todo esto lo hacéis con prudencia, con moderación, sin fanatismo y con inteligencia de lo que el hombre debe a Dios, al prójimo y a sí mismo de la misma manera lo harán ellos; que el órgano de la imitación es, en las criaturas, muy activo, y por esta razón hacen tanta más fuerza en ellos los ejemplos que los preceptos.»

«Este principio nos explica también la razón por qué hay muchos hombres que, al presentarles ciertos objetos como motivos de acción, se conmueven hasta el frenesí; al paso que los miran otros con suma frialdad. Presentad a un Kant, a un Jiménez de Cisneros, a un Newton la mujer más bella, y su amatividad no estará por eso conmovida: ¿por qué? porque se hallaban naturalmente en un desarrollo tan débil que no le era dado poderse excitar. ¿Cómo poder excitar la ambición de mando en el hombre que apenas tiene aprecio de sí mismo, o de gloria al que le falta una regular dosis de aprobatividad? ¿Por qué hay hombres que se irritan si se les quiere torcer por el dinero, y se tuercen con suma facilidad por las súplicas de un amigo? Porque en ellos la adquisividad es pequeña, la adhesividad grande; y la justicia dominada por los otros órganos. Y al contrario hay individuos para los cuales el único móvil es el dinero. Así es que, el frenólogo conoce por lo común cuál es el objeto que puede servir de motivo dominante al hombre con sólo mirarle la cabeza, como más extensamente demostraré cuando hable de intento sobre los motivos humanos

«De este principio la medicina práctica puede sacar ventajas incalculables. Conocidos los objetos externos que afectan directamente los órganos, cuya actividad deba aplacarse o excitarse, según exija la salud del enfermo, podrá todo esto ejecutarse con conocimiento de causa y efecto. A más de que ya van encontrándose medios físicos eficaces para estimular o calmar la actividad de los órganos. Ya se han curado varias linfomanías con aplicaciones calmantes a la nuca: el Doctor Catalá, de Tarragona, curó una nostalgia con la aplicación de sanguijuelas a la habitatividad. El doctor británico, William Gregory dice, que la solución de muriato de morfina estimula el lóbulo anterior del cerebro, pero con especialidad en el órgano del lenguaje. Si los médicos frenólogos, dice con mucha verdad este eminente facultativo, dirigiesen su atención a la acción específica de los varios remedios en la mente de sus enfermos, se abriría un nuevo campo de investigación, y acaso podría derramarse mucha luz sobre varios puntos de filosofía mental que en la actualidad se hallan en tinieblas

El señor Cubí pasó en seguida a la localización y explicación de los órganos, llamados: secretividad, adquisividad y constructividad.

En la anterior lección había explicado, la adhesividad, acometividad, destructividad y alimentividad.

Para comprender esta parte práctica de la ciencia, es menester asistir a las lecciones del catedrático, y oírle explicar sobre los varios cráneos y cabezas con que hace sus demostraciones. Al fin de las lecciones daremos, no obstante, la definición de todos los órganos y su correspondiente localidad en el cráneo, que no podrá menos de ser materia entretenida y útil a nuestros lectores.

No hay alumno que no sea entusiasta admirador de las explicaciones del señor Cubí, estando tan contentos todos de las lecciones ya dadas, que hablan de un segundo curso. No dudamos que si el señor Cubí consiente en repetir sus lecciones, tendrá un auditorio mucho más numeroso que el que ahora asiste a ellas.

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Mariano Cubí Soler
1840-1849
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