Filosofía en español 
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Lecturas

[ María Zambrano ]

El drama cátaro o la herejía necesaria

Una de las cuestiones más apasionantes de la historia de las religiones es la de las herejías. Su conflicto con la ortodoxia triunfante manifiesta un conflicto en el seno de la misma religión, y además pone de relieve las relaciones de la Iglesia –de toda Iglesia– con el poder político y aun podríamos decir con la “ortodoxia histórica”, de aquello –cultura, tradición, ética y formas de vida– que en la historia se está construyendo. Conflicto que constituye el centro mismo de la tragedia de la historia de Occidente.

El libro de Fernand Lequenne, Le Drame Cathare ou l’Hérésie Nécessaire cuenta la historia de una de las herejías más importantes y esenciales de Francia y aun de Italia y de su país de origen, Bulgaria. Es el equivalente del Iluminismo y Quietismo de la Península Ibérica. Los dos hunden sus raíces en el Oriente, se nos figura, porque en cuanto al catarismo es así y sobre todo porque… se aparta de la ortodoxia europea. Un fondo de gnosticismo supervive en las dos, pero lo que sentimos como más esencial e íntimo es que se trata de dos formas de cristianismo en que aparece en forma conmovedora –una voz que el corazón y la conciencia cristiana no pueden dejar de escuchar– una relación distinta del cristiano con el mundo, con el poder, con la historia; relación que depende naturalmente de la posición del cristiano.

Cátaro, como es sabido, quiere decir puro, perfecto: “Sed perfecto como vuestro Padre que está en los cielos” es la palabra del Evangelio que servía de respuesta a la pregunta de todo perplejo, de todo angustiado. Pues perplejidad y angustia han invadido a menudo la conciencia del hombre europeo. Maimónides escribió la Guía de perplejos y hoy echamos de menos una Guía de angustiados.

Mas, justamente el punto que trata de esclarecer el libro de Lequenne es ese de la supuesta exigencia de perfección. Según él, se trata de una aspiración, de un camino, no de una exigencia farisaica. La estructura íntima de la Iglesia cátara así lo manifiesta al recoger dentro de sí dos clases de fieles: los simplemente adheridos y aquellos otros que se habían considerado con fuerza para recibir el bautismo del Espíritu, lo que recuerda inevitablemente las dos clases de pitagóricos y lo que recuerda el “camino estrecho”, el “camino de perfección” de los místicos ortodoxos (quiero decir a lo absoluto de la exigencia no en cuanto a la forma de la exigencia misma).

Pero común a todos los cátaros era el desasimiento del poder, de los históricos quehaceres, o quizá, ¡quién sabe!, si el ensueño de una historia pura. Y esto, una historia pura, ¿no estará en el fondo también de todas o varias de las más importantes disidencias históricas de algunos de los países de Europa, España por ejemplo? Reiteradamente han sido derrotados grupos de hombres que en la apasionada historia de España parecen haber querido otra cosa que la “oficial”. Los últimos somos nosotros, los vencidos de esta guerra civil. Sería precipitar la cuestión –tan abismática, tan delicada– asimilarnos a los cátaros o a los quietistas. No es cosa simple, puesto que además fuimos y seguimos siendo exponentes de una conciencia histórica despierta y hasta de una voluntad de hacer o rehacer la historia desde ella; de una aceptación plena de la historia que nos librara de todo delirio de grandezas. Quédese el tema para otra ocasión… Sólo quería apuntar la honda angustia que este drama cátaro despierta, angustia que nos avisa de que se trata de algo que se relaciona con el centro de la historia de España y de Europa: el tener que hacer la historia con la violencia; a todo lo que obliga la conquista y la conservación del poder; el que algunos lo hayan perdido por no haber usado a tiempo de la violencia en cualquiera de sus grados y manifestaciones.

María Zambrano