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Exposiciones

El arte de Juan Soriano

por María Zambrano

Todo lo que es creación hunde sus raíces en el sueño. El movimiento surrealista hizo de esta verdad una tesis y lo que es más grave, una intención. También un método. Lo cual es empezar a hacer ya lo contrario, mostrar desconfianza en las leyes del sueño bien soñado.

Porque la conciencia sólo debe intervenir en el sueño para abrirle cauce. Y esa forma extrema de la conciencia que es la razón, especie de conciencia desprendida, le abre camino y aun le presta instrumento. No basta con soñar para que la creación humana surja; nace más bien de una cierta relación entre el sueño y la vigilia de la razón. Diríase que el pintor, si de pintura como en el caso de Juan Soriano se trata, debe pensar y ver despierto y pintar como en sueños, dejando atrás juicio y cuidado en un acto de pura libertad que es al par obediencia. El hacerlo así es cuestión de ética que ninguna actividad humana puede estar sustraída a ella. Y si esa actividad es creadora, diríamos que es la viva encarnación de una ética, no por informulada menos actuante.

Es la impresión primera y no borrada por reiterada contemplación, que producen las obras de Juan Soriano, pintor de México que en estos días expone su labor última en una galería romana.

No es frecuente recibir esta impresión de estar ante una obra de sustancia moral, y menos frecuente todavía el enunciarlo, pues ¿qué tiene que hacer la ética con el arte? ¿Acaso no se liberó ya el arte de todo para quedar a solas consigo mismo? –se dirá. Justamente: por haberse quedado a solas consigo mismo, y más aún, por entero en quienes tienen la decisión de desprenderse de toda consideración sobre el “éxito”, el arte encuentra su propia ética; la que podríamos llamar ética del sueño bien soñado, que ni aun despierto se pierde.

Son estos cuadros de Soriano obras ya desprendidas de la mano de su autor, figuras y cifras de un mundo que ha penado mucho por salir al encuentro de la luz y que han salido sin esfuerzo porque pueden dignamente afrontarla.

Y cuando esto sucede, lo que primero se gana es la unidad, la unidad de cada cuadro, la unidad de todos ellos que hace ver que se trata de una obra. Sólo aparece la obra cuando cada cuadro siendo uno aparece a la vez como fragmento que hace alusión a un todo, a una unidad definida y abierta. Y llegar a esto es más que lograr eso que se llama una personalidad.

En la obra de Juan Soriano diríase que las máscaras de su México dejan ver el rostro encondido que las habita. Por eso no necesita pintarlas, sino contrariamente deja que aparezca ese misterio que celaba su forma. Virtud es del arte más que dar a ver, dejar que cierta zona de la realidad aún no vista, se dé a ver. Como si fuera ella misma y no la intención del pintor quien las saca a la luz. El arte se logra en la medida en que se hace invisible, en que se [113] convierte en puro medio, donde las cosas aparecen.

Juan Soriano
Juan Soriano: “Espejo azul” (Oleo)

El culto de la personalidad –de origen romántico– es el escollo en este camino, que la ética vence. La ética propia del artista que vierte su pasión no en crear una imagen de sí mismo, sino un medio de visibilidad donde la realidad puede instalarse, mostrarse, respirar. Respira esa realidad que llena los cuadros de Juan Soriano lo que no se logró dentro de los cánones del surrealismo, sino en momentos excepcionales. Porque el sueño puramente transcripto, en la obra de arte, viene a nuestro encuentro, como la verdad, el amor o la muerte y es una nota más de la objetividad de la obra, que es vida, porque la obra desprendida de su autor comienza a vivir por su cuenta, entra en el futuro.

Que un joven pintor, aunque de larga historia, llegue a este lindero, es un indicio a recoger acerca de un suceso que por todas partes asoma y que se hace igualmente visible, si atendemos a otras manifestaciones de la vida, y es que está al acabar la época que pudiéramos llamar crítica o problemática del arte moderno. Y como el arte es sueño profético, es signo de que estemos entrando en el alborear –no sin angustia– de una nueva época.

No podemos aquí extendernos en esta consideración. Mas, en lo que hace al arte, el momento en que se inicia el “cubismo” y “fauvismo” y tantos otros “movimientos”, con sus declaraciones y manifiestos, marca una extraña situación que nunca se había producido en el arte occidental. Es la época de los “ismos”, en que la teoría antecede a la obra, en que la obra ha tenido tan a menudo carácter experimental y especulativo, momento de máxima conciencia en la creación artística y de ella. Jamás el hombre ha tenido una conciencia tan clara de su creación, ni se ha planteado, por tanto, los problemas que a ella conciernen y que en cada uno de sus dominios particulares se hacían ostensibles hasta el punto de que algunos artistas han consumido su vida en la problematicidad; mas sus obras oscurecidas hoy serán revisadas un día a esta luz y serán incorporadas a la historia del arte y aun a la historia total de Occidente, como documento de una gran aventura humana.

En el desdén que algunas gentes muestran por los “ismos”, se esconde el olvido, si no el desconocimiento, de esta situación de que en la historia hay momentos en que todo se hace problemático, todo, hasta el hombre mismo. Es lo que ha tocado vivir al europeo de este medio siglo. Nunca, de lo que sabemos, en cultura alguna el hombre ha tenido la conciencia histórica tan aguzada como la que cada día, con mayor acuidad, se ha ido desarrollando entre nosotros a partir de la primera década de este siglo –aunque sus raíces filosóficas son mucho más profundas. A la acusación de falta de originalidad que a menudo a nuestro siglo se le hace, bastaría, para desmentirla, señalar este acrecentamiento de la conciencia histórica. La conciencia histórica nace de la preocupación acerca del propio destino; de la angustia producida por un mundo lleno de formas acabadas y de realidades oscuras; de la inadecuación entre la cultura y el hombre, asfixiado y al par desamparado bajo ella.

En el momento presente la situación es tal que el artista dotado de conciencia histórica, de la problematicidad del arte y del hombre mismo, no puede ya adscribirle [114] de pleno a ninguno de esos “ismos”, no por desconocimiento ni desdén, sino como Juan Soriano por asimilación, por superación verdadera. Y así el arte de Soriano no es encasillable; viene después del surrealismo y lo arrastra consigo mas sin la restricción metódica que lo envaraba; conoce el valor del cubismo y de la abstracción. Es figurativo, mas ¿en qué modo? En el modo diríamos en que se es algo cuando se ha recogido la experiencia de su destrucción.

No hubieran podido nacer estos cuadros de Juan Soriano si la figura, la humana en primer término, no hubiera sido destruida, pulverizada. Pues parece que en la aventura actual del arte –y quién sabe si de algunas otras cosas más–, sólo se pueda salvar lo que haya atravesado el fuego de la destrucción; lo que tras de ella renazca, en un alba.

Pues todo se nos podrá quitar menos aquello que soñemos. De esa actividad primaria que es el soñar renacerá todo, pues todo nació de ella un día. Lo que hace del hombre ser aparte de la naturaleza es la capacidad de plasmar sus sueños; el sueño creador.

Que el arte de Juan Soriano tiene su origen en esta fuente del sueño creador lo atestigua su unidad, ya apuntada al comienzo de estas líneas. Y en ella el espacio y el modo de figuración.

Un error de la psicología ha sido el dar por sentado que el espacio llamado físico –de la física anterior a Einstein– sea el real para el hombre, sea el espacio humano. Una cuidadosa investigación descubriría que existe un espacio previo para el hombre, un espacio entrañable cualitativo, que proyectamos bajo el espacio llamado real, percibido. Por ser cualitativo es desigual, discontinuo; rodea a ciertas figuras destacándolas. Trasunto de él, es la “almendra mágica” en que los bizantinos envolvían a las figuras divinas; el halo de los santos, la especial claridad o la caverna de donde emergen algunos retratos clásicos, tal “Pablillo el de Valladolid” de Velázquez; el espacio propio o “lugar natural” de la figura de la persona amada, admirada, odiada, del árbol entre todos, de la estrella que luce sólo para nosotros. El espacio que modula y cualifica, el mismo de los sueños que subsiste en la visión diurna, sin que de ello nos demos cuenta.

Es el espacio en que las figuras de estos cuadros de Soriano aparecen. Espacio abierto en una interioridad, espacio abierto en la realidad inmensa como una herida, cual si el alma humana fuese la sangrante herida de la creación, todos aluden al nacimiento del hombre o a la pasión del hombre, pasión de un alba inacabable.

El arte occidental a partir del Renacimiento, y sobre todo en él, ha cumplido un proceso de exteriorización de las formas, del espacio y aun de la luz. Habíamos olvidado el arte de las culturas orientales o ultraoccidentales, como las que poblaron un día el México de Juan Soriano. En ellas el “arte” –hay que ponerlo entre comillas porque había de cumplir función muy diferente que en la nuestra– figuraba el mundo no de la visión, sino el de las entrañas que ascendía a ser corazón, ese corazón que los sacerdotes ofrecían al Sol arrancándolo al elegido sacrificado. Arte religioso, sacrificial. Hoy el proceso destructivo del arte de Occidente hace posible que dentro de su ámbito, aparezca un arte como el de Soriano. La cultura que sacrificaba fué a su vez sacrificada por los occidentales, por el país más sacrificial: España. País también de sacrificio. Mas la grandeza de la cultura occidental consiste en que en ella se abre un camino para que la historia humana se sobreponga al sacrificio, un camino por el cual la historia humana traspase algún día ese umbral del sacrificio en que hasta ahora se ha desenvuelto. El arte, seguidor en ella del pensamiento, es parte de ese camino. Y a él llegan, están llegando las figuraciones de las viejas culturas entrañables, los sueños de su relegado mas no abatido corazón. No ha necesitado Juan Soriano recurrir a la representación del indio que en el silencio espera la palabra, que vive sumergido en un sueño que clama por el despertar en pensamiento y luz, para abrirle amplio espacio en su pintura. Su herida, esa que se confunde con todo su ser, ha dejado su impronta en el arte de Soriano, que es parte de la Verónica que necesita el alma de una raza sagrada.

María Zambrano