Filosofía en español 
Filosofía en español


Francisco Farreras

Perfil de las nuevas generaciones españolas

Veinte años en la vida de un pueblo son suficientes para que cambie su fisonomía. Poco importa que, en apariencia, no hayan variado las instituciones políticas ni las figuras que las representan. Por debajo de esta aparente continuidad existe una dinámica social interna impulsada por la fuerza incontenible de las generaciones que suben, presionando sobre las estructuras sociales en las que normalmente deberán alojarse.

En una sociedad bien organizada, cuya estabilidad se basa en el consenso de una gran mayoría de la población, las estructuras sociales poseen la necesaria flexibilidad para que el relevo de las generaciones se produzca automáticamente, de modo que el inevitable cambio no suponga rotura, sino continuidad que haga posible una renovación de los cuadros jerárquicos de la sociedad. Por el contrario, la pretendida continuidad basada en el inmovilismo de un sistema empeñado sólo en permanecer el mayor tiempo posible, no es tal continuidad, sino un proceso de envejecimiento progresivo en el que las nuevas generaciones pueden operar, bien activamente, con su oposición al sistema político imperante, bien pasivamente, desinteresándose por completo de él. En ambos casos tal sistema estará condenado a perecer en un plazo más o menos largo.

Esta certidumbre nos ahorraría ulteriores consideraciones si de analizar las posibilidades de supervivencia del régimen español se tratara. Pero los últimos veinte años transcurridos en España –como los cuarenta de régimen soviético en Rusia– plantean al observador de nuestro tiempo un problema cuyos datos, todavía oscuros e imprecisos, conviene esclarecer antes de todo intento para conjeturar una posible solución. Este elemento del problema lo constituyen las nuevas generaciones que van surgiendo en el curso de la historia y en las que se contienen los gérmenes que habrán de configurar el futuro inmediato. De cual sea la reacción de la juventud rusa comprendida entre los 20 y los 40 años, ante las formas de vida colectiva que le son propuestas ya hoy a la vuelta de la desestalinización iniciada por Kruschev, dependen el futuro de Rusia, del comunismo y tal vez del mundo entero. He aquí un tema para los especialistas de política internacional. Y, por lo que respecta a España, el curso próximo de los acontecimientos dependerá, asimismo, en gran parte, de los que habrán de ser sus protagonistas y han crecido bajo el régimen al que por paradoja vendrán a reemplazar. Valgan, pues, como primera aproximación al problema, estos apuntes para una radiografía de las nuevas generaciones españolas o, más concretamente, de aquella parcela de la juventud cuya actuación puede considerarse en cierto modo como «típica» de esta época, aunque se trate de sectores bastante minoritarios en relación a la gran masa anónima de la juventud que ha observado –por propia inhibición o por forzada exclusión– [61] una actitud pasiva a lo largo de estos 20 años.

Podemos dividir este lapso cronológico en varios períodos que coinciden, de modo aproximado, con los cuatro lustros que comprende. En unos casos la división vendrá determinada por acontecimientos históricos cuya repercusión dejó una impronta en la generación marcada con el signo de su época: tal es el caso de la primera generación –la primera en orden del proceso histórico que nos proponemos analizar– que comprende a los que alcanzaron su mayoría de edad entre 1939 y 1944. Esta es la generación que podríamos denominar totalitaria, cuyo protagonismo político tuvo más de «acompañamiento coreográfico» que de presencia efectiva en la vida española. De 1945 a 1950 aparece una generación puente, medio comprometida medio desorientada, a remolque de circunstancias exteriores a ella misma: la «conjura internacional contra España» la encierra en un forzado aislamiento, y como reacción todavía se considerará obligada a tomar parte en la manifestación de la plaza de Oriente de 1946 y en el referéndum de julio de 1947. A partir de 1950-51 y hasta 1956 arriban a las tranquilas aguas españolas –«esta charca feliz de aburrimiento que es la católica España», como se la oí definir a Ridruejo en la Universidad de Barcelona, allá por el año 1948– las flotillas avanzadas de los primeros rebeldes, los que, como afirmaba uno de ellos, Juan Goytisolo, en L'Express (29-5-1958), «comprendimos que nuestro deber más elemental era el de ser malos». El mundo se ha estabilizado, congelado por la guerra fría; no existe ninguna circunstancia exterior o interior que influya sobre la conciencia española, coaccionándola o amedrentándola. En 1956, el año que quedará grabado en la historia europea con el signo de la revolución húngara, los universitarios españoles, rebelándose contra el ambiente emponzoñado que les envuelve, toman la iniciativa y se lanzan a la calle. El régimen –los poderes públicos, con la complicidad de la sociedad que los sostiene con fingido disgusto– reaccionará dura y torpemente contra ellos, pero las nuevas generaciones, los que ahora cumplen los 18 o 20 años y los que entrarán en las aulas universitarias en los cursos próximos encontrarán ya una Universidad politizada, no por el régimen, sino al margen –y casi unánimemente en contra– de él. Para Franco ésta es una juventud perdida, para quienes siguen con atención el proceso de reactivación de la opinión española ésta nueva generación constituye una incógnita.

Juguete de una circunstancia excepcional, porque no se elige la época ni el país en que se nace, la generación que abrió sus sentidos a la vida pública en 1939 se vio envuelta por partida doble en el clima bélico de los rescoldos de nuestra guerra civil y en las implicaciones de la segunda guerra mundial. Guerras ideológicas ambas, cuya onda expansiva tenía que hacer impacto en la sensibilidad despierta de una juventud «llamada a los más altos destinos»… Aun sin haber tomado parte en la guerra civil, ésta generación debía enlazar psicológicamente con las promociones de combatientes licenciados del Ejército y reconvertidos a la vida civil, con toda su carga de ambiciones y desengaños. Por otra parte, al coincidir su desarrollo vital con la segunda guerra mundial y dentro de la órbita de las potencias del Eje, ésta es la primera y única generación totalitaria, anclada en las ideas primarias, directas y simplistas del fascismo y del nacionalsocialismo. Sobre ella se ejerce una presión propagandística delirante, que encubre la auténtica toma de posiciones por parte de unas fuerzas complacientes ante la razón suprema del vencedor y grandes vencedoras ellas mismas en la cruel matanza fratricida. Nadie se atreve a contarles «la verdad del cuento»… Con unos datos falsos, trucados, deducirán sus falsas conclusiones: hay que hacer la Revolución. Y, ante las resistencias que por todas partes les opone una sociedad reaccionaria, exigirán impacientes «el relevo»… Su indigencia política es absoluta: «desprecian cuanto ignoran» –y lo ignoran casi todo, porque la guerra que ha barrido al país les ha dejado sin maestros, y un inquisitorial expurgo de todas las bibliotecas, sin libros.

¿Cuál será el comportamiento en lo futuro de los hombres de esta generación? Probablemente nutrirán, como los del Movimiento Social Italiano, las filas nostálgicas de un neofascismo y seguirán desde [62] ellas soñando en una revolución imposible (que «no les dejaron hacer» y, por lo tanto, conserva para ellos todas sus reservas de posibilidades inéditas) y continuarán tercamente haciendo el juego a las derechas más reaccionarias, sin volver de sus desengaños, incapaces de aprender nada, ni siquiera de escarmentar en sus propias cabezas… Generación simplista, nutrida de tópicos, y condenada a dejarse engañar, a pesar de que cree con segura petulancia que no se engaña porque sólo ella está en posesión de la Verdad.

* * *

Entre 1945 y 1950 surgen unas promociones nuevas, serias, taciturnas, rigurosas y exigentes consigo mismas y para con todo lo demás. Sin la arrogancia vocinglera, la seguridad ofensiva y la alegre inconsistencia de las anteriores, pero todavía sin la rebeldía descarada de las siguientes. Parece como si hubiesen pasado de la adolescencia a la madurez sin solución de continuidad, en un mundo sin horizontes. Es también la primera generación que se plantea los problemas con espíritu crítico. La España imperial de Giménez Caballero, la España metafísica de Sánchez Mazas, la España poética de Pemán, ya no están tan claras para ellos. Se acercan como cachorros intelectuales a olfatear a Ortega, que ha vuelto a Madrid dispuesto a dialogar con la juventud –«ustedes y yo tenemos mucho que hablar»–, disposición que si fue sincera en el momento de cruzar la frontera, el régimen se encargó pronto de frustrar.

Frente a la anterior, que acepta en bloque la condenación oficial de la generación «derrotista» del 98, ésta promoción de 1945-50 redescubre a los abuelos del 98 y casi podría afirmarse que empalma con ellos por su rigor y su crudo realismo. Es la generación que empieza a «hacerse problema» del complejo ser de España. (Laín Entralgo, que puede ser considerado como su maestro, publicó en 1948 un ensayo titulado precisamente «España como problema».) Es la generación de la revista Alférez –los papeles mejor escritos en España desde 1939 hasta entonces– y del semanario universitario La Hora en su primera época.

El radicalismo falangista de la generación anterior es ya otro falangismo que busca en lo religioso una trascendencia que no tuvieron los mitos totalitarios. Es «la hora de la verdad» y de la autenticidad –frente a la ficción y la mentira de la propaganda–, y del diálogo, a través del cual quiere manifestarse aquella autenticidad, frente al monólogo de las consignas oficiales. Y es también la hora de los poetas, adelantados de la expresión de los sentimientos colectivos más profundos que «a la retórica vacua de la generación precedente oponen los problemas de carácter social o simplemente humanos» (Goytisolo). Pero todavía estamos en una pura reacción intelectual. El realismo que viene a sustituir al idealismo y a la exaltación retórica de las glorias del pasado de la generación anterior, es un realismo literario. La exposición de nuestros defectos tiene, ya lo hemos dicho, más de crítica noventayochista que de análisis de las condiciones objetivas de la realidad social y económica de España. Ésta será la aportación innovadora de la generación siguiente, aunque sin aquella generación puente no hubiese sido posible el despertar de las generaciones posteriores no conformistas y rebeldes, o tal vez la reacción de estas últimas hubiera sido más brutal, más instintiva y menos lúcida y firme. Pero será mejor dejar esto para cuando nos refiramos a ellas. Por ahora nos bastará con un intento de análisis de las posibilidades futuras de esta generación de 1945 que, repitámoslo, no es ya la misma de 1939, pero tampoco ha llegado en sus conclusiones –provisionales y revisables, como todo lo que es obra de juventud– al radicalismo de las siguientes. Si su escepticismo la incapacita para penetrar en el surco fecundo de las grandes tareas con que España habrá de enfrentarse a la salida de su actual situación, su rigor crítico puede constituir una garantía de que lo que se emprenda tendrá que ser algo realmente serio y constructivo, si ha de contar con su apoyo.

Aunque discrepantes del régimen porque nadie mejor que ellos se da cuenta de sus defectos, no prestarán su colaboración a los grupos de oposición, pues su pesimismo les impulsa a creer hoy que España tiene el [63] régimen político que merece, y, cara al mañana, que el país no tiene salvación. La razón de esta actitud inhibitoria tal vez esté en el hecho de que ésta fue una generación «comprometida». Incomprendida, franquista malgré elle, obligada a vivir de espaldas a Europa, cuando precisamente su rigor intelectual y su justa valoración de la importancia de la técnica en el mundo moderno la aleja de todo casticismo, es, en suma, una generación malograda.

* * *

En 1950-51 se inicia un proceso de fermentación y de agitación que se manifiesta a través de las huelgas de Barcelona de marzo de 1951 y culminará con los sucesos estudiantiles de Madrid en febrero de 1956. En este lustro se produce una politización de la vida española, tanto en los ambientes universitarios como en los medios obreros, de la que el propio régimen no parece darse cuenta. La situación internacional ha evolucionado favorablemente para él en su doble vertiente: la propiamente española, con el pacto militar con los Estados Unidos, sumado a algunas buenas cosechas y a una evolución más fluida de la actividad industrial y del intercambio comercial con el extranjero, y de otra parte la tensión creada en torno a la guerra de Corea, que aparta de España la atención mundial. Y puede parecer paradójico que sea precisamente en este período de relativo bienestar, en que diríase que el régimen ha remontado sus peores tiempos, cuando se produce la progresiva deterioración del frente interior. Pero no hay tal paradoja, sino una fuerte lógica política en el hecho de que a medida que el pueblo español va abandonando la posición de «plaza sitiada» y acercándose al logro de un relativo bienestar, y superada la preocupación cotidiana por satisfacer las necesidades más perentorias, empieza a tener tiempo para pensar y para exigir, precisamente en virtud del relativo mejoramiento de la situación, un trato digno, una atención más solícita por parte del gobierno, y el respeto de unos derechos ampliamente sometidos y conculcados. Es también el momento en que, lo mismo en el frente económico que en el sindical y en el intelectual como en el estrictamente político, el régimen tiene la oportunidad –la última– de intentar una evolución hacia formas menos arbitrarias y provisionales, para salvar sus principios esenciales a través de una continuidad estabilizadora. Pero que tal evolución era imposible lo demostró el fracaso del intento del equipo Ruiz-Giménez, porque está en la propia naturaleza del régimen el permanecer hasta su fin igual a sí mismo y porque en la conciencia íntima de sus hombres responsables existe la convicción –nada gratuita– de que la menor concesión en el sentido de esta maniobra evolutiva que se intentaba, entrañaría el principio de su propia desintegración. Y de esta resistencia cerrada a toda posible acción renovadora, que el propio instinto de conservación impone al régimen franquista, nacería la rebeldía de cuantos creían todavía en la posibilidad y en la necesidad de tal evolución y habían contribuido activamente a apresurarla. Así es como de una petición de convocatoria de un Congreso Nacional de Estudiantes, cursada por conducto reglamentario a las autoridades académicas, pasaron los universitarios a la acción en plena calle, que determinó el encarcelamiento de muchos de ellos. Del mismo modo que las reivindicaciones laborales formuladas en reiterados Congresos de Trabajadores y en el seno de las Juntas de los Sindicatos dentro de las normas regulares del sistema, al ser desoídas y burladas sistemáticamente, darían lugar a manifestaciones de protesta, pacíficas, pero unánimes, como las abstenciones de usuarios de transportes urbanos en Madrid y Barcelona y las huelgas en numerosas fábricas, minas y talleres de toda España. Todo ello tenía que producirse, a fin de que amplios sectores de la sociedad española se politizasen, creándose la necesaria receptividad para que las nuevas consignas políticas de oposición al régimen (nacidas del interior del país con indiscutible espontaneidad y con independencia de todo influjo externo, aunque fueran ampliamente compartidas y difundidas en el exterior) que propugnaban por el restablecimiento de la convivencia nacional con un espíritu superador de la guerra civil, pudieran arraigar en la conciencia de muchos españoles. Esta es la obra de una generación fraterna que se levanta contra otra [64] generación fratricida, para decirlo con la bella expresión de los universitarios vallisoletanos, exponentes auténticos de aquélla.

Los acontecimientos de los cuales ha sido protagonista esta generación son bastante recientes y han sido suficientemente divulgados y comentados en estas mismas páginas para que insistamos en ellos. Pero antes de hablar de lo que puedan representar para lo porvenir los hombres que la integran, merece la pena que nos detengamos un momento a considerar lo que han realizado ya en el presente. En primer lugar intentan neutralizar el trágico movimiento pendular de nuestra historia más reciente. Los hijos de los vencedores se funden con los hijos de los vencidos e impulsan a vencedores y vencidos a fundirse en una sola España. Esta iniciativa no podía partir de ninguna de las fuerzas políticas de uno u otro bando que tomaron parte en la guerra civil y defienden desde posiciones opuestas la legitimidad de su causa. Por sincera y por sentida que fuese, hubiera sido inaceptable para el otro bando. Sólo una nueva generación podía promover esta síntesis superadora de las distintas tesis en presencia. A esta iniciativa han respondido con ejemplar generosidad cuantos quieren servir el interés de España por encima de todo, y con la más cerrada intransigencia y una brutal represión los que anteponen sus intereses banderizos a la subsistencia misma de España. En esta posibilidad de rehacer juntos la común existencia española estriba el segundo gran servicio que esta generación ha prestado ya a España y a los españoles, aunque muchos de éstos todavía no se hayan dado cuenta de ello.

Y ya con la atención puesta en el mañana cabe preguntarse: ¿qué es lo que quiere, qué pretende esta juventud? Toda generalización es arriesgada y podría ser inexacta, teniendo en cuenta, además, la multiplicidad de grupos y tendencias que se producen aisladamente y en forzada incomunicación. Su nota esencial es el radicalismo, que si es común atributo de los jóvenes, se manifestará aún más enérgicamente a la salida de la actual situación. Nada tendrá de extraño que los más decididos encuentren en el comunismo la actitud que mejor traduzca su oposición al régimen, puesto que éste se proclama fundamentalmente opuesto a aquél. Desde este extremismo hasta las fórmulas políticas que pueda adoptar un catolicismo progresivo (que se está gestando incluso en las nuevas promociones de jóvenes sacerdotes y de seminaristas) se extiende el repertorio de actitudes políticas que asumirán en el futuro inmediato los españoles de entre 20 y 40 años. Como amplio denominador común todos admiten la necesidad de una profunda modificación de la actual estructura de la sociedad española, mediante un plan de acción acentuadamente socialista, pero que emane de una democracia auténtica, es decir, articulada de abajo arriba y no de la cúspide a la base.

Justicia a secas, rigor pedagógico, eficiencia técnica, apertura a todas las corrientes del pensamiento y de las grandes realizaciones modernas, industrialización y modernización del país, con las ayudas que sean menester, redistribución de la riqueza nacional a través de una reforma fiscal y de una efectiva reforma agraria, amplia descentralización de los servicios administrativos, que podrá llegar hasta la libre determinación de destino de los pueblos de España dentro de una comunidad impuesta por vínculos históricos y geográficos renovados libre y voluntariamente y, en definitiva, prioridad en la afirmación de los intereses colectivos sobre los individuales, tales son, en resumen y en líneas generales, las exigencias que formulan las nuevas generaciones para insertarse resueltamente en la continuidad histórica de España.

* * *

Esta visión de la juventud, un tanto superficial y apresurada, pecaría de incompleta y podría parecer deformada por una intelectualización exclusivista, sin una especial referencia a las promociones de hombres que en éstos 20 años, en pueblos y ciudades, han ingresado en los censos de trabajadores industriales o agrícolas: los jóvenes obreros y campesinos de España. Para ellos la vida se ha hecho problemática en el umbral de su juventud y es natural que esta apremiante prioridad les haya velado la visión de otros problemas: los problemas de los otros. Los otros son esos muchachos a los que nos hemos venido [65] refiriendo hasta ahora. En muchos casos sus problemas son comunes: el ambiente opresivo de una sociedad llena de egoísmo e hipocresía; estrechez de horizonte familiar; falta de ilusión por el trabajo; noviazgo prolongado por imposibilidad de encontrar una vivienda y los ingresos necesarios para sostener una familia; la evasión embrutecedora y multitudinaria del deporte-espectáculo; la privación de toda opción vocacional así en el oficio como en el estudio, y por encima de todo esto la común falta de libertad. Y si el estudiante se ha manifestado en forma más explícita contra el régimen no es porque tenga razones distintas para expresar su rebeldía, sino porque dispone de una independencia económica relativamente mayor que el trabajador vinculado de por vida a la nómina semanal. Pero además, si el régimen, fiel a una característica de todas las dictaduras, en su desprecio hacia la inteligencia, ha abandonado a la Universidad, al propio tiempo, por un criterio demagógico también común a todos los dictadores, ha venido practicando un reformismo paternalista con los trabajadores, del que se deriva la distinta actitud de éstos respecto a la de los estudiantes.

La compleja legislación social, confusa y muchas veces contradictoria, unida a la mala disposición de los empresarios a aplicarla, porque les es impuesta, porque es ajena a ellos y porque «lesiona» sus intereses, obliga al trabajador a formarse una mentalidad jurídica para la defensa de sus derechos. Veinte años de esta práctica leguleya han creado unas nuevas generaciones de trabajadores que se conocen la legislación laboral «al dedillo». La relación personal y directa obrero-patrono y obrero-sindicato se ha desviado hacia el Estado, que es el que regula las relaciones del trabajo y, en consecuencia, el trabajador, que tiene que resignarse a esperarlo todo de éste, ha perdido su antiguo espíritu de lucha por las conquistas sociales, aunque sus necesidades sean hoy más apremiantes que nunca.

Así, nada tiene de extraño que el sector más joven de la clase trabajadora sea políticamente escéptico. Escasean en él las vocaciones de dirigentes sindicales, y en cuanto al proselitismo ideológico la captación política del régimen ha sido nula. A los jóvenes sólo les interesa el cine, el fútbol o la novia, y si alguna preocupación sienten de otra índole, sus preferencias van hacia una formación profesional que sea productiva más que a la pura actividad cultural, artística o meramente recreativa. Las Escuelas del Trabajo y otros centros de formación profesional se ven frecuentados por millares de muchachos que, después de una jornada de trabajo agotadora, acuden a ellos para adquirir preparación técnica o perfeccionar un oficio que les permita mejorar su situación con respecto a la de sus padres. Esto demuestra, por otra parte, una seriedad y un sentido de responsabilidad que contrastan con la despreocupación que parece deducirse de nuestras anteriores afirmaciones. Y no es este el único contraste que encontramos en las nuevas masas obreras. El salto generacional es tal vez en ellas más profundo que en otros sectores de la juventud. Entre los «antiguos», con una experiencia sindical anterior a 1936 y los «nuevos», incorporados al mundo del trabajo después de 1939, se perfilan muy claramente dos fases del movimiento obrero que habrá que tener muy en cuenta cuando llegue el momento de efectuar la soldadura que dé continuidad a la vida sindical española. Paradójicamente, los primeros mantienen viva la conciencia revolucionaria (aunque muy amortiguada por el escarmiento de la guerra civil), conservan su conciencia de clase y son, por decirlo así, más jóvenes que los segundos. La mística de las viejas luchas sociales y el protagonismo activo que en ellas representaron dejó una impronta que no ha podido transmitirse a los jóvenes, más sumisos bajo la doble presión de un Estado autoritario y de las circunstancias ambientales de la sociedad española.

Los jóvenes han pasado de las aspiraciones genéricas –que suponen siempre una carga de abnegación y de altruismo– a las concretas; de las grandes ambiciones revolucionarias a las menudas exigencias cotidianas. En cuanto a su conciencia de clase, se difumina en una zona intermedia donde se alojan el técnico y el obrero especializado que están, pese a las precarias condiciones económicas generales, más próximos a las capas bajas de la pequeña [66] burguesía y de la clase media que al proletariado. (La extracción social de los alumnos de las Escuelas de Comercio y de las de Trabajo y Peritajes Industriales, es muy parecida.)

Otro elemento contradictorio: podría creerse que la seriedad en el comportamiento personal y en el trabajo, y la preferencia por lo concreto son signos de madurez, siendo así que, por el contrario, la mentalidad del joven obrero denota cierto infantilismo. La influencia del medio familiar hasta rebasada la adolescencia, la educación recibida y la permanente coacción del Estado prolongan la minoría de edad –para las responsabilidades personales y colectivas, para la conquista y el disfrute de la libertad– indefinidamente, y como consecuencia la rebeldía y la disconformidad, características típicamente juveniles, ceden al conformismo o, en el caso de llegar a estallar, se producen en forma de «gamberrismo» más propio de adolescentes que de hombres hechos. Este infantilismo se refleja en las lecturas: las historias del «Coyote» y policíacas, una inmunda prensa deportiva y hasta el inefable «T.B.O.» de nuestra infancia son pasto de su voracidad evasiva… Todo ello provoca una inhibición de su sentido crítico y un desinterés por las tareas colectivas y explica también el hecho de que la única manifestación de disconformidad y de protesta pública arrancada a su pasivo conformismo haya consistido en secundar –eso sí, con absoluta seriedad– manifestaciones pacíficas como la abstención de usuarios de transportes en Barcelona en 1951 y 1957.

Pero sería injusto, además de torpe, pretender achacar tales defectos a las condiciones morales de la juventud trabajadora. En realidad son consecuencia del impacto sobre sus jóvenes conciencias de una sociedad envilecida y, por otra parte, es fenómeno común a todas las juventudes europeas, según han puesto de manifiesto recientes encuestas. Si nos referimos a ello es porque creemos que estas circunstancias merecen ser tenidas en consideración cuando se intenta conjeturar las soluciones que habrá que dar en lo futuro a sus problemas concretos en cuanto a trabajadores españoles. Soluciones que en parte vendrán condicionadas por las realizaciones de estos veinte años últimos. Así, por ejemplo, la central sindical única (que si hoy no es eficaz ni representativa, como mero instrumento del Estado, constituye en cambio una realidad insoslayable) con sus instalaciones administrativas, educativas y deportivas; el vasto sistema de seguridad social y de prestaciones; los montepíos de previsión; la magistratura del Trabajo; el plus familiar, la participación en beneficios –más teórica que real–, los jurados de empresa –tímido remedo de los comités obreros de gestión–, todas éstas son realizaciones con las que habrá que contar, reformándolas, depurándolas y llenándolas de auténtico contenido, si no se quiere correr el riesgo de enfrentarse con la mayoría de ésta masa trabajadora.

Es probable que estas generaciones no sean ya dóciles a los viejos slogans políticos. A partir de las instituciones actuales –con todos sus defectos que habrá que corregir– y de las que existieron en el pasado y merezcan ser restauradas, se impondrá la realización de otras nuevas, mejores y más eficaces. En la ambiciosa tarea de dotar de contenido político y de encuadramiento orgánico en la sociedad a estas voluntades y exigencias está una de las posibilidades de integrar esa masa, hoy todavía apolítica, en la gran corriente renovadora, dinámica, seria y realista que España necesita. A falta de lo cual es ocioso decir a donde irán, en su mayoría, estos hombres que no conocieron el pasado y a quienes un régimen que se precia de ser el más anticomunista del mundo, lejos de haber permitido las condiciones de libertad necesarias para el desarrollo de una conciencia individual, libre y solidaria, los ha sometido durante 20 años al forzoso acatamiento de toda decisión del Estado autoritario. En un país de formas políticas superficiales y sin una estructura social profunda, si las cosas andan mal, siempre será más fácil cambiar el signo del Estado por un hábil golpe de mano que proponerse realizar una honda transformación del país y de la mentalidad de sus gentes mediante un proceso de educación para la convivencia en la libertad y el respeto mutuo.

F. Farreras