Cristiandad. Al Reino de Cristo por la devoción
a los Sagrados Corazones de Jesús y María
año XIII, nº 286, página 59
Barcelona, 15 de febrero de 1956

José Gómez del Cerro

El proceso psicológico en el espectador de cine

Dos recientes discursos de Pío XII, en los cuales analiza este complejísimo y decisivo fenómeno que es el cine en la Sociedad actual, han despertado gran interés en los medios católicos. Manifestación del mismo ha sido la reciente Semana de Información Cinematográfica Católica de Barcelona, cuya importancia ha repercutido en toda España.
Porque el film puede y debe participar, en la medida de su propia naturaleza y recursos, del ideal católico y ser asumido en consecuencia en la dinámica pontificia «Por un Mundo Mejor».

Es difícil hablar de un proceso psíquico general, único del individuo que asiste a la proyección de una película cinematográfica. Llaman la atención las diferencias culturales, caracterológicas, constitucionales... dependientes de la edad, del sexo, del país... etcétera, que hacen que este proceso sea tan vario. Y ello nada más que desde el punto de vista del espectador. Téngase en cuenta las múltiples clases de films y su diferente orientación, sentido y finalidad. A pesar de estas dificultades, y teniendo en cuenta estas diferencias, puede en teoría y en esquema hablarse del proceso psíquico del cine-espectador. Añadamos, para limitar aún más el concepto, que nos referimos preferentemente al espectador «standard», ese tipo medio –el hombre del siglo XX– que llena las salas de proyección de todo el mundo, y de este público, más especialmente de los jóvenes y humildes –un gran porcentaje–, que son, digamos, los más «puros» ante el cine como fenómeno psicológico, los más indefensos ante él, los más entregados, los que lo viven con mayores consecuencias vitales.

El hombre ante el fenómeno «Cine»

Se ha dicho que toda disquisición que se establezca sobre cine ha de partir de la ingente realidad siguiente: Durante el año 1954 asistieron, en todo el mundo, 12.000.000.000 de personas al cine. Es decir, el cine es un espectáculo de gran éxito. El hombre gusta de ver cintas cinematográficas. El porqué de esta fuerte atracción ha sido expuesto por S. S. el Papa, y estudiado «in extenso» bajo los títulos: Progreso técnico y perfeccionamiento artístico y Psicología del film. Señalemos algunos factores psicológicos en las relaciones hombre-cine. Y anticipemos que el cine está hecho para el hombre, a su medida; tiene todas las características para que englobe todas las esferas de la personalidad, estimulándolas, ejerciendo una atracción muchas veces irresistible. Veamos: en lo material, y previo el pago de una entrada que nunca parece excesivamente cara y que suele pagarse sin sentido de lo económico, el cine ofrece reposo en una butaca, relajación muscular, calor (nuestras clases más necesitadas reparten las tardes crudas de invierno entre el cine y las estaciones del metro), silencio, música y una o varias películas para recreo de la vista y olvido del tiempo. Desde el terreno personal y social es ser uno más en la obscuridad, sentirse espectador con «derechos» (los célebres «derechos de admisión», que ya conceden un derecho), es el olvido, la huída y el aplazamiento. Es también la educación y la cultura (hablamos de esferas inferiores). Posibilidades de aprender, frecuentemente perdidas. Pero también es la admiración ante algo mágico que lograron otros hombres, que el espectador no entiende pero aplaude como hombre, algo que le hace conocer, sentir, reír, llorar, pecar o perdonar. Algo que le hace soñar, elevarse por encima de sí mismo, conocer y sentir cosas que no sabía que estuvieran en él, que fueran él mismo, que no sabe explicar y que le hace volver una y otra vez al cine, como un rito inacabado que promete un final y una solución siempre inalcanzable. El cine habla a toda la inmensa capacidad de ensueño que hay en el hombre. Y, por último, tiene mucho de pseudorreligión, su mística, su fanatismo, la tentación y lo prohibido, la necesidad de un ideal en los hombres sin ideal, en un siglo sin ideales (los locales cinematográficos con su silencio, su obscuridad, sus ritos tendrían algo de ridículos templos acéfalos). (1. Siguiendo este camino, se penetraría en terrenos espirituales y morales ajenos a la intención de este trabajo.)

Vemos, pues, que el cine y el hombre de mediado el siglo XX están hechos para entenderse. El cine porque está hecho a su medida, y el hombre porque lo acepta, se conforma y sueña. No es extraño, pues, que los cines del mundo se llenen. Sigamos a un espectador, a nuestro espectador hasta su butaca de cine donde se dispone a contemplar una película.

* * *

Llega un momento en la visión de la película –previas condiciones de película y espectador– en que, personificándose con el protagonista y por un estado especial de consciencia, vive con él o contra él, pero lanzado ya en este proceso de imaginación e ilusionismo provocado, no sólo es protagonista –autor–, sino autor, creador, interpretándolo a su manera y dando un sentido especial a cuanto ocurre en la pantalla. Está claro que se dan una serie de grados en esta sugestión, dependientes fundamentalmente de la fuerza suasoria y sugestiva del film y de la personalidad del espectador, sobre todo en las esferas de la conciencia, imaginación y volición. También el grado de cultura es manifiestamente importante.

Así, el film, puede provocar, desencadenar o resolver, complejos, problemas subsconscientes –sobre todo infantiles– que modificaron y modifican el curso de la vida en muy diversos sentidos (perversiones, histeria, homosexualidad, angustia... y otros).

Las consecuencias de ver una película son múltiples y van desde un olvido, un placer, un conocimiento, a la realización de un acto. En este último caso, el más importante, los contenidos del film son tan intensos que estimulan la voluntad y desencadenan el acto. Éste es el camino que seguiría el proceder de muchos delincuentes que actúan por influencia del cine (el 26 por 100 de los delincuentes infantiles de Francia obran impulsados por lo que han visto o imaginado en el cine –datos de la UNESCO).

Señalemos que, sea uno u otro el final del proceso psíquico en el espectador, siempre es el hecho de haber visto una película más –otra– que sumar a las muchas que ha visto y verá, y así forma y deforma su personalidad, a la espera de nuevas cintas, que verá con la experiencia anterior.

El film ideal

Psicológicamente hemos visto las interferencias e influencias del binomio «film-espectador» y cómo cada uno da sentido al otro. Es difícil hablar de un film ideal, psicológicamente hablando, por cuanto esto depende del espectador –los millones de espectadores que verán aquella película. Aquí habría que considerar a lo psicológico como medio sustrato del fin y manifestación superiores que son lo cultural, lo espiritual y lo moral.

Un film ideal, psicológicamente hablando, sería el que lograra con medios eminentemente cinematográficos (técnica y artísticamente) estimular la mente del individuo para que, mediante la verdad, la belleza y la bondad, calmen, recreen o levanten el espíritu y logren perfeccionar al hombre y glorificar a Dios.

José Gómez del Cerro


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