Filosofía en español 
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La generación espontanea según el materialismo y según el catolicismo

Es sabido que en el agua estadiza y sobre todo en el vinagre nacen, sin saber de donde provienen, una porción de animalillos, sabiamente llamados infusorios. Estos insectos se producen a si mismos, han dicho ciertos observadores; luego la existencia de todos los animales, incluso el hombre, puede explicarse por un poder oculto de la materia, por cierta fuerza generadora de la tierra, del agua, del aire, &c. Luego la creación de los seres organizados, sobre todo la creación del hombre, no es un acto libre de la voluntad de Dios, sino un desarrollo fatal de la materia, que contiene en sí misma el poder generador.

Esta teoría no niega directamente la existencia de Dios, [54] pero ataca abiertamente la obra de los seis días, el relato de la Escritura, y por consiguiente la revelación cristiana entera. Peca por la base, y supone incontestable el hecho de esta generación espontánea de los insectos. Y este hecho es no solo contestable y contestado, sino que experimentos recientes practicados por algunos químicos, entre los que se cuentan los ilustres profesores Chevreul y Pastor, han demolido completamente el sistema.

Estos experimentos han demostrado que los insectos que se forman en el vinagre o en el agua estadiza no son el resultado de una generación espontánea, como tampoco lo son los pollos ni los patos. Estos insectos nacen de gérmenes imperceptibles, de huevecillos suspendidos en el aire y que se desarrollan por los medios que les son más favorables. La prueba de este hecho es muy sencilla: la química orgánica ha adquirido la certeza de que la vida animal es absolutamente imposible en una atmósfera cuya temperatura pasa de 80 grados.

Bajo dos campanas de vidrio se han colocado dos vasijas con vinagre: la primera campana encerraba aire ordinario; la segunda, privada de aire por el pistón de una máquina pneumática, fue rellena de aire pasado a través de un tubo candente. Bajo la primera campana los insectos aparecieron, y el pretendido fenómeno de la generación espontánea tuvo lugar, como de costumbre; bajo la segunda, ni el mas pequeño insecto turbó la limpidez del vinagre. Al pasar por la atmósfera abrasada, los gérmenes se habían quemado, y la albúmina que constituye en gran parte toda la sustancia animal se había desecado enteramente. Repetido el mismo experimento muchas veces, dio invariablemente el mismo resultado, ya en el agua estadiza, ya en el vinagre, ya en la leche, ya en cualquier otro líquido que contuviese en disolución materias animales.

En fin, para completar la certeza del experimento, se empleó [55] el frío del mismo modo que se había empleado el calor, y dio la certeza de que a cierta intensidad de frío la vida animal es tan imposible como a la misma intensidad de calor. El resultado fue igual: los gérmenes se congelaron y murieron en uno de los vasos, mientras en el otro produjeron su efecto natural mostrándose los infusorios.

Luego no hay generación espontánea, luego los animales y el hombre no han podido nacer por sí solos de la tierra, como triunfalmente lo decían los doctos rebuscadores de insectos, muy inocentes de sus sistemas impíos. Luego nada prueba científicamente que la creación de los peces, de los pájaros, de los animales ni tampoco del hombre, no haya sido tal cual lo cuenta la Escritura, no haya sido un acto libre de la voluntad del Criador.

De buen o mal grado siempre hay necesidad de buscar o la gallina que pone un huevo, o al huevo que produce a la gallina; así, pues, es preciso un poder infinito para producir una gallina y aun para producir un huevo. Es duro justificarlo; pero así sucede. Este poder infinito se llama Dios, y el Génesis cuenta como Él creó todo lo existente de la nada, y como formó diversos órdenes de criaturas, escalonadas las unas sobre las otras hasta llegar al hombre.