Filosofía en español 
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La Cruz, revista religiosa de España en Madrid

A nuestros amigos y a nuestros adversarios

La Cruz, después de diez y seis años de publicación en Sevilla, viene a tomar plaza en la legión de los escritores católicos de Madrid.

Públicas son las razones que nos obligan a hacer esta traslación; y para que no se nos niegue la libertad que a todos se concede, y de que en Sevilla hemos carecido, y para que al menos se nos acoja con indulgencia hospitalaria, vamos a decir quién somos, qué queremos y qué haremos.

No es presunción declarar que no son desconocidos nuestro nombre, nuestras obras y nuestros servicios; ni es fingida modestia reconocer que, excepto en la fe, somos inferiores a todos cuantos antes que nosotros, con nosotros, y después de nosotros, se han afiliado bajo las banderas de los que pelean las batallas del Señor. Por esto pedimos el primer puesto en el día del peligro, y el último, con renuncia de toda humana recompensa, en el día de los triunfos.

Soldado de provincia, no traemos armas que deslumbren por [433] su riqueza ni por su brillo; pero tampoco están enmohecidas ni mal templadas, ni mucho menos envilecidas por haberlas empuñado para atacar lo que antes juramos defender, ni arrojado por temor, seducción o connivencia en lo recio de la pelea. En Madrid, como en Sevilla, en estas noches del diluvio social, como en los días claros y serenos, que en verdad no fueron muchos, defenderemos el Arca santa de las creencias, de las libertades y de las tradiciones católicas, luchando con valor y sin ensañamiento ni encono; defendiendo, no atacando; razonando, no escarneciendo; discutiendo, no disputando. Firmes en nuestro puesto de honor, no haremos invasiones injustas; pero con brío rechazaremos todo ataque a nuestro campo, venga de donde viniere, y cualquiera que sea el agresor. En nuestro baluarte estará siempre izada la bandera blanca de la paz, y abiertas estarán siempre sus puertas y extendidos nuestros brazos para acoger, para admirar, para enaltecer, y hasta para servir a los que del campo del error y de las tinieblas vengan con voluntad firme y resuelta al campo de la luz y de la verdad.

Nosotros no conocemos, no sabemos lo que son ni las emboscadas, ni las sorpresas, ni las estrategias con que el ingenio y la osadía triunfan del poco instruido o imprevisor. Nuestras armas son de buena ley, nuestros movimientos de frente, nuestras operaciones todas francas y leales, siempre a la luz del Mediodía; que solo en la noche se agitan los hijos de las tinieblas.

Cuando se nos obliga a luchar, en vez de gritos desenfrenados, invocamos a Dios; y al insulto, y a las ofensas, y a las calumnias, y a los improperios respondemos con ayes de compasión, con voces de amoroso llamamiento, con excitaciones de verdadera caridad.

Si Dios nos da la victoria, aclamaremos y pasearemos en triunfo a los que, apareciendo vencidos, son verdaderos vencedores, porque triunfaron de sí mismos, que es el mayor de los triunfos y el más insigne de los heroísmos; y si Dios permite que seamos oprimidos, con santa resignación besaremos las cadenas de nuestro cautiverio, [434] confiados en que al fin las fundirán nuestras oraciones y nuestras lágrimas, y bendeciremos los instrumentos del suplicio, seguros de que llegará un día en que Dios otorgará a otros mejores que nosotros la victoria a que no fuimos acreedores.

Entiéndanlo bien nuestros adversarios, porque nosotros no reconocemos enemigos: somos hijos de la Cruz; y así como ocultaremos los elogios que una lengua fácil y apasionada nos prodigue, así también opondremos un profundo silencio a los insultos y a las burlas que nos dirijan los labios agitados por la ira o el encono del neo-judaísmo. Quien esta conducta observó por espacio de diez y seis años, bien puede confiar en que Dios le otorgará la gracia de que en lo sucesivo necesita. No: no consumiremos en defensa propia las fuerzas y el tiempo, de que tanto necesitamos, para sostener el imperio absoluto de esa Cruz que hoy se quiere derribar. No, no, y mil veces no; no hemos venido a defender nuestra persona; hemos venido a defender la fe, la doctrina del catolicismo, cuanto cree y confiesa nuestra santa Madre la Iglesia, única, santa, católica, apostólica, romana, con sumisión ciega al Vicario de Jesucristo.

Ultraje y muerte de cruz sufrió el divino Maestro, y los que discípulos suyos nos llamamos, seguir debemos el ejemplo del que es luz, camino, verdad y vida verdadera.

La Cruz es nuestra bandera; nuestra ordenanza el catolicismo, y solo él; la paz, la verdadera paz de los hijos de Dios, nuestro fin; la caridad, nuestras armas.

Contando con la gracia de Dios, no tememos la muerte que nos sobrevenga, o por el decreto de un tirano, o por las iras de esas turbas, más dignas de compasión que de castigo, porque instrumento ciego son de las pasiones de los que por tantos medios y con tan falaces promesas las concitan.

Días son de pruebas, y de pruebas tan difíciles cual nunca jamás sobrevinieron a nuestra patria. Cae un Trono a impulso de los por él enaltecidos, y surge la anarquía, en que tienen tanta parte las exaltaciones de gente advenediza y extranjera. [435] Desaparecen legítimas celebridades, y brotan como hongos hombres y nombres enteramente desconocidos, o de triste nombradía: lo mismo se insulta y se escarnece a la señora que ayer se sentaba en el Trono, sin respeto a su desgracia, que a las esposas de Jesucristo, violentando su vocación y ultrajando sus virtudes. Como en la invasión de los bárbaros, los hijos de la civilización derriban y reducen a polvo los monumentos, gloria de las artes, celebrando su caída con la feroz algazara del salvaje que, para saborear el fruto, corta el árbol que le produce; y con menos tolerancia que los mahometanos, los que se llaman cristianos y no parecen españoles, arruinan sus propias iglesias y protegen la construcción de mezquitas y sinagogas.

Aquí, en nuestra España, donde aun tienen altares San Isidoro y San Fernando; donde estuvo el Trono de Isabel la Católica y Felipe II; aquí, donde se veneran las cunas y los sepulcros de Santa Teresa, de los tres Luises y de esa brillante pléyade de propagadores de la doctrina católica por el ejemplo, por la palabra y el libro; aquí, en este suelo donde brotaron las semillas de esos árboles gigantes que alimentaron al mundo con el pan de la doctrina y curaron las llagas de la humanidad con el bálsamo de la caridad, llevando a todas las regiones, no el libertinaje, sino la verdadera libertad; la fraternidad, no el fratricidio; la igualdad, levantando al caído hasta elevarle al seno de Dios, no derribando al encumbrado para arrastrarle por el lodo...: aquí, donde la unidad católica ha sido, es y SERÁ, a pesar del infierno, el germen de tantas y tan sublimes creaciones, de tan imperecederas glorias, de tan inmarcesibles triunfos, de tan universales y frecuentes heroísmos, aquí se ha levantado una voz que ha gritado: ¡Libertad de cultos! aquí se ha negado la existencia de Dios; aquí se han insultado y arrastrado las imágenes de Jesucristo y de María Santísima...!!!

¿Qué va a ser ¡Dios mío! de la tierra que esto ve y consiente? Hace dos meses se habría calificado de loco al que hubiera anunciado tales horrores, y hoy son, sin embargo, una realidad. [436] ¿Qué es hoy nuestra amada España? Como ciudad asentada sobre elevado monte que, agitado por terremotos y huracanes, se abre en múltiples volcanes, y vomitando torrentes de lava, arrasa pueblos, campiñas y generaciones.

Las materias inflamables, lenta y tenebrosamente hacinadas en el seno de la madre patria, hicieron al fin su explosión al contacto de la mecha que encendieron y arrimaron hombres más locos que atrevidos. La explosión fue horrible, y el espanto tanto mayor cuanto más imprevistas han sido la erupción y la dirección de los torrentes de lava; y ved cómo se explica el estupor que en los primeros momentos se apoderó de todas las almas y el estremecimiento que sintieron los cuerpos de los que, careciendo de alma y aun de entrañas, arrimaron el fuego a la mecha. En aquellos momentos supremos nadie pensó mas que en ponerse a salvo, y solo avanzaban los que cabalgaban en carros de fuego impelidos por los huracanes, y avanzaron arrollando a su paso campiñas y alquerías, casas y palacios, templos y altares hasta llegar a Dios, cuya existencia negaron con una ferocidad que ni la imaginación horriblemente fecunda de Milton se atrevió a crear para describir su Satanás.

¿Es esta España? ¿Son esos hijos suyos? ¿Cómo y por qué sucede hoy lo que nunca sucedió, lo que nadie pudo sospechar ni en la mayor agitación de los delirios del pesimismo? Sucede como justo castigo que merecemos. ¡Ah, sí! lo merecemos, porque todos hemos delinquido; quiénes por soberbia, quiénes por ambición, por envidia, por sensualismo, por cobardía, por indiferentismo unos, por sellar sus labios otros, por desenfreno de la lengua todos, todos somos reos de la gran catástrofe social y religiosa que aflige a nuestra patria, pudiendo aplicársenos aquel hermoso verso de la oda a la muerte de Jesús:

Todos en Él pusimos nuestras manos.

Todos, todos hemos delinquido; Dios ha permitido que, como se levantan las tormentas y las olas de los mares, se agiten ciertos [437] hombres, que, verdaderos abortos de los huracanes, no saben dónde van ni qué naves serán sumergidas; al paso que nosotros sabemos, o que se han de estrellar más pronto de lo que ellos creen en la roca inmóvil e inquebrantable de la Iglesia, o que como caña seca serán arrojados al fuego, después que hayan servido de instrumento de la divina Justicia, por los mismos que, aclamándolos hoy, escribirán mañana el principio de su pena y el fin de nuestro castigo.

Todos, todos hemos delinquido, y por eso no hay hoy en España mas que dos grandes y tristísimos grupos: el grupo de los verdugos, el grupo de las víctimas; todos con la mente henchida de tristes presentimientos; nadie con corazón sereno; nadie disfrutando de paz; nadie con conciencia tranquila.

Nosotros hemos creado esta situación; los caídos y los levantados, gobernantes y gobernados, pobres y ricos, sacerdotes y seglares, y hasta los Reyes de Europa; que pocos hay, si hay alguno, que no haya favorecido o acariciado a la Revolución, que no haya puesto sus manos en la Iglesia, que no haya atentado contra las libertades del catolicismo.

¿Cuándo acabará la gran plaga del siglo de las calamidades, míseramente enaltecido y llevado en triunfo con el nombre de Revolución? Cuando nosotros queramos; sí, cuando queramos; pero es preciso querer con eficacia; no basta llorar y gemir sobre los escombros de la ciudad desolada; no basta querer; es necesario hacer, hacer en sentido católico; no conspirando, no oponiendo fuerza física a fuerza brutal, no con rebeliones, no con intrigas, no con seducciones, no con armas de mala ley, que nunca manejamos los católicos, por mas repetidas que sean y propagadas en todos los tonos las calumnias de nuestros adversarios, sino trabajando quieta y pacíficamente por todos los medios legítimos y legales que Dios nos inspire, que César, pueblo o individuo nos otorgue, y que no se opongan a la moral del Evangelio.

Hijos somos de la Cruz, y su imperio se extendió por el mundo y lo atraerá todo a sí, enseñando, bendiciendo, amando, perdonando, y sin oponer a los tiranos, Reyes o turbas más resistencia [438] que la palabra Creo, lo mismo ante la seducción que ante los suplicios.

Creemos todo cuanto cree la Iglesia una, santa, católica, apostólica, romana.

Queremos el absoluto y exclusivo ejercicio de su culto público y privado.

Aspiramos a reivindicar todas las libertades, todos los bienes y derechos de que ha sido despojada por los liberales del absolutismo y por los déspotas de la libertad.

No hemos sido ni somos hombres políticos; somos solamente católicos, con absoluta independencia de toda forma de gobierno, de toda fracción, de todo partido político.

No venimos a luchar por el enaltecimiento de un hombre, ni de un grupo: defendemos exclusivamente la causa de Dios, la gloria de Dios.

No conspiramos; creemos y oramos: no aborrecemos a nuestros adversarios; los amamos: no aspiramos a mandar; preferimos obedecer.

Vengan hombres leales, caballeros, fieles a sus juramentos, honrados, verdaderos y buenos católicos, y proclamen en buen hora la forma de gobierno que mas convenga; dicten leyes basadas en la moral evangélica, que con tal que nos dejen nuestra unidad católica, respeten a Roma, obedezcan ciegamente a su Vicario, y nos restituyan las libertades y derechos de que la Iglesia ha sido despojada, dóciles y sumisos les prestaremos obediencia, siguiendo el precepto del Apóstol.

¿Cuándo vendrá la luz que ahuyente las tinieblas en que está sumida nuestra patria? Cuando queramos. Oremos y luchemos. Con la oración haremos violencia al cielo; con la lucha triunfaremos del hombre enemigo de Dios. Declarada está la guerra: allí, los apóstatas; aquí, los hijos de Dios. Si oramos y luchamos, la victoria es segura. Si tememos como mujeres y lloramos como niños, la muerte es cierta.

Españoles: optad entre la vida y la muerte.