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Luis Araquistain

Llamadas a la acción

Sobre una Universidad hispanoamericana

Con motivo de la conferencia panamericana que se celebró en Washington a fines del mes de Mayo y que señala un enérgico movimiento de atracción de los Estados Unidos sobre el resto de las Repúblicas de América, ha vuelto a resucitar en la Prensa española la idea, tantas veces suscitada, debatida y enterrada, de una Universidad hispanoamericana. Es una idea grande, y su realización sería en extremo ópima si cumpliese estas dos condiciones: que a través de ella penetrasen los americanos en la cultura europea, y que a través de ella se iniciasen los españoles en la pujante vida americana.

De estas condiciones la segunda parece la más practicable. No tenemos exacta noción del contenido científico de nuestros escasos americanistas docentes. Pero si en España no hubiese hombres capacitados para aleccionar a los españoles sobre las múltiples manifestaciones de la vida americana, seguro es que podría encontrárseles en América. Aún vivimos aquí en la falsa creencia de que el americano, en los momentos de su máxima tensión mental, no produce a lo sumo sino sonoros y vanos versos. Este es un error que conviene ir rectificando. Hace tiempo que el espíritu científico se aclimató en América, en la latina no menos que en la anglosajona, y no creo que sea nada difícil reunir un grupo de americanos que aquí, en España, pudieran dar a conocer profundamente la vida joven y tumultuosa de sus países respectivos.

La otra condición no es ya tan hacedera. España dista aún mucho de esa saturación cultural o, si esta palabra parece sospechosa en estos instantes, digamos saturación científica, requerida para que se la acepte como centro docente universal. La actividad científica española está aún en mantillas. Esta es la verdad, y sería candoroso negarla. Hay gloriosas excepciones individuales, pero son como capitanes sin ejército. Y en ciencia, como en toda actividad moderna, la eficacia depende de las masas numerosas y de su funcionamiento conforme a una metódica división del trabajo. En este sentido es tan endeble la actual ciencia española. Ese mismo aire de excusable arrogancia que anima a muchos de sus cultivadores –la natural arrogancia que una flor debe sentir viéndose en medio de un páramo– no es sino signo de juventud, casi de infancia científica.

Sería, pues, un intento de fraude querer reemplazar como equivalente el clima educativo de cualquier país centroeuropeo por el de España. Pero hay una circunstancia histórica que hace esa sustitución, si no equivalente, por lo menos lícita. No hay qué decir que esa circunstancia es la terrible guerra que tiene casi aislada a Europa del resto del mundo mediante un círculo de hierro y fuego. La emigración de estudiantes extranjeros a los países en guerra y a los neutrales situados entre los beligerantes está totalmente suspendida. Los centenares de estudiantes sudamericanos que solían acudir a las Universidades centroeuropeas han debido quedarse este año en sus casas, a menos de que hayan ido a las Universidades norteamericanas. ¿Se sabe que haya pasado alguno por las Universidades españolas? Pero, ¿cómo han de pasar si los propósitos de la España oficial parecen más bien encaminados a cerrarles la entrada?

Tres meses median de aquí al curso próximo. En ese tiempo se puede crear un mundo de cosas. A los eternos representantes del espíritu de la inacción que se encojan pasivamente de hombros ante la idea de que en tres meses pueda erigirse una Universidad hispanoamericana, no hay sino señalarles la agilidad, el esfuerzo, la adaptación y creación de que están dando pruebas los países en guerra. ¿No es un milagro de acción y organización ese ministerio de Municiones que acaba de crearse en Inglaterra y que en pocas semanas va a coordinar todas las industrias metalúrgicas del país para la producción de materiales de guerra? ¿No se nos contagiará a los españoles algo de ese elevado ritmo vital que anima hoy al centro de Europa? ¿No llegará hasta nosotros algún reflejo siquiera de esa exaltación del esfuerzo?

Si en España hubiera gentes que realmente sintieran toda la magnitud del problema iberoamericano ya se habrían reunido, aunque sólo fuera para dar carne urgentemente a este modesto programa de una Universidad hispanoamericana. El Gobierno no podría decorosamente negar su concurso económico. Nuestros profesores más cultos no podrían, sin oprobio para ellos, eludir su concurso en la organización y funcionamiento de la empresa. Y si en su modestia no se sentían con vigor suficiente para ser dignos transmisores de la novísima ciencia europea, ésta sería una ocasión única para traer a España profesores extranjeros a quienes la guerra ha dejado en una casi absoluta y forzada ociosidad profesional. Las Repúblicas americanas de lengua española se prestarían seguramente gustosas a secundar este proyecto.

Los momentos históricos son únicos. España se halla en una posición sumamente ventajosa para atraerse a la América latina, por lo menos en este aspecto cultural. Pero si deja huir esta oportunidad de oro, la definitiva derivación de las Repúblicas latino-americanas hacia la Gran República anglosajona será un hecho irremediable y fatal para el futuro de España. Y lo de menos es que en esa derivación señalada en la Conferencia panamericana de Washington se arriesgue nuestro porvenir económico en relación con América. En estos momentos está en peligro el mismo dominio de la lengua española en la América latina. Ya son muchos los sudamericanos cultos que hablan el inglés mejor que el español. Una Universidad hispanoamericana, aprovechando las favorables circunstancias presentes, podría contrarrestar la anglosajonización de América y fundamentar más sólidamente que hasta ahora la unidad espiritual de España con los pueblos americanos de lengua española.

Luis Araquistain