La Vanguardia española
Barcelona, viernes 9 de abril de 1971
 
año LXXXVII, número 32.610
página 9

José Luis L. Aranguren

Entre España y América

«Crisis de vocaciones»

Hoy quisiera continuar con el tema de la sensibilidad religiosa española al que, con ocasión del muy valioso librito de Federico Sopeña he dedicado aquí mismo los dos artículos últimos; y, a la vez tender, una vez más, el puente «entre España y América».

La «ocasión» es, esta vez, el libro de Jorge Sans Vila, El Juego de las Ventanas. El lector atento recordará que mencioné a su autor, bien conocido en Barcelona, en relación con las actividades religiosas de los Operarios Diocesanos y, en especial, como director del libro-encuesta publicado bajo el título «Cómo ve usted al sacerdote? ¿Qué espera de él?», de gran difusión y repercusión en su época.

Jorge Sans Vila ha dedicado sus estudios a la vocación sacerdotal, a la pedagogía de la vocación y, frente a los psicologismos, a reservar su parte –parte esencial– al misterio de la vocación. El libro que ahora presenta es una «antología de textos vocacionales» en la que figuran algunos extranjeros y, entre los españoles, Lorenzo, Juan y Joaquín Gomis, Luis Rosales, Isidro Gomá, Corts Grau, el P. Llanos, J. L. Martín Descalzo, J. M. Javierre, el propio Sans Vila y hasta Pablo Neruda, con unas «Manos prodigiosas», traídas de la mano de J. M. Javierre. También yo. A mí, entre los católicos que no pueden ser llamados de izquierda, me ocurre, me suele ocurrir una cosa curiosa: o bien que se me considere «nefasto», etc., lo que a la larga es bastante aburrido; o bien que se me considere más «afín» de lo que realmente, según creo, soy. Este es, si no me equivoco, el caso de mi amigo Jorge Sans, que me llama «un cristiano muy cercano», toma a modo de lema, en su prólogo, unas palabras mías, considera «maravilloso» una especie de diario –más bien «quincenario»– religioso-intelectual que publiqué durante la segunda mitad de 1952 y el año 1953, y saca de él un breve texto, con respecto al que, cuando lo exhumó, respondí –y él transcribe esta respuesta– lo siguiente:

«No me ha parecido mal que haya transcrito esas líneas mías. Es verdad que del libro de que proceden –Catolicismo día tras día, semicondenado o poco menos, como usted sabe, en su día– me siento hoy bastante alejado. Pero las palabras fueron en efecto escritas por mí y todo el mundo tiene derecho a recordarlas, cuanto más usted.»

El texto, como el libro todo, se refiere a los modos menos obviamente «misteriosos» o directamente «vocativos» de llegar al sacerdocio y por lo mismo, más profundamente misteriosos –sin comillas– de lo que el romanticismo espiritista suele gustar. Yo hoy, como mi respuesta dio a entender, tendría que hacer bastantes reservas frente al texto transcrito. Pero no es de eso de lo que quiero hablar, sino de la crisis sacerdotal y de sus supuestos remedios.

La época en que empezó a ocuparse Sans Vila de vocaciones fue la de las vacas gordas del sacerdocio: todos los Seminarios estaban llenos y había que construir de nueva, novísima planta, grandes edificios para los candidatos al alba y la casulla. En los textos que en el libro se recogen hay algo, todavía, de «image d’Epinal», de cuentos santos para niños buenos a los que el cielo se les presenta, efectivamente, color de cielo. Incluso aun cuando, literariamente, se acude a la modestia –«los ‘gigantes aparentes’ llamados sacerdotes»–, o a la paradoja: «Tomados de entre los hombres, no fabricados con una pasta acaramelada previamente bendecida. De entre los hombres que son ingenieros, catedráticos, obreros, abogados... y gángsters».

Los tiempos se han vuelto del revés. (El padre Llanos, el más viejo de los colaboradores, por lo menos de los españoles, es, en sus dos artículos, el más actual.) Hoy ya a nadie le parecen «gigantes» los sacerdotes, los Seminarios se vacían y la preocupación en torno a la «crisis de vocaciones» acucia a los inquietos por estas cosas. Y claro, la solución se cree por los «avanzados» que ha de encontrarse en el matrimonio de los sacerdotes.

Permítaseme que, como punto de partida para estas reflexiones, me apoye en la bien conocida posición de Jesús Aguirre –aunque sin pretender hacerle compartir su responsabilidad más allá de lo que él ha dicho– y, en cierto modo, también en la de otro amigo –pero menos– el profesor protestante americano Frederick Sontag, para quien el problema es demasiado profundo para poder ser resuelto con la simple receta del matrimonio. Los católicos parecemos condenados desde poco después de la Reforma, a ir siempre «detrás». ¿Es que no hemos visto lo que ha pasado con los pastores protestantes? El matrimonio –que, no hay duda, bajo su forma actual, está también en crisis– les ha adaptado a la sociedad «moderna», convirtiéndoles en perfectos burgueses, en «funcionarios del ramo de las almas», bien instalados en la sociedad industrial y perfectamente instalables en la tecnológica. Javierre, autor del texto antes citado, hacía una pirueta al decir que los sacerdotes son tomados «de entre los gángsters». Quien lea su relato verá que los gángsters eran los cuatro hermanos del sacerdote, de ningún modo él. En cambio, para muchos, los curas verdaderamente actuales hoy, los curas de guerrillas, los curas radicales, los curas contestatarios son, más o menos, como gángsters. (Pero tampoco, lo que haría «bonito», gángsters convertidos, sino sacerdotes-gángsters). El jesuita americano Daniel Berrigan está, como se sabe, en la cárcel; y recientemente ha sido acusado de dirigir, desde ella, el intento de secuestro del ministro «real» de Nixon, Henry Kissinger, en tanto que su hermano Phil, jesuita también, andaba huido de la «justicia». Así es como marchan las cosas hoy, y en España se sabe bastante de eso. Aun cuando Graham Greene no esté ya de moda, su sacerdote alcoholizado y padre sacrílego de El Poder y la Gloria estaba, como «actitud» y «estilo de vida» (dos puntos anotados, con razón, por Sans Vila), pese a carecer de «engagement» social todavía, más en el cristianismo que en el cura solterón del pasado o el sacerdote casado del futuro.

Pero no quisiera que mi posición se confundiese de ningún modo con el moralismo, y por eso he citado a aquel pobre cura. (La novela es «ya», toda ella, convencional y, al final, el recibimiento del niño al nuevo e incógnito sacerdote que viene a reemplazar al fusilado, me recuerda las lejanas lecturas del colegio sobre esos gigantes reales, séanlo aparentemente o no, los sacerdotes.) Lo de menos es la castidad. Lo importante es la no-asimilación, la «protesta», la «búsqueda» (como dice Jesús Aguirre), es decir, el mantenerse soltero-suelto, separado. Parece –escribe Sontag– que el cristianismo requiere una falta de estabilidad para que pueda manifestarse su espíritu. Todos los grandes santos y los hombres de Dios, aunque no lo hayan sido, un Lutero, un Pascal, Kierkegaard, fueron así. Bonhoeffer, conspirando «prudentemente» contra Hitler y, a la postre, asesinado, es un caso en el que el destino colabora con la vida autentificándola… sin contar del todo con ella. No se objete con el matrimonio de Lutero. Casarse con una monja fue «entonces» el mayor desafío del orden social. (En Roma se seguía otro estilo para las relaciones sexuales clericales.) Y, con todo, el Lutero maduro no hay duda de que se aburguesó y se adaptó muy bien al nuevo orden socioeconómico establecido por los poderosos germánicos de entonces.

Pero se preguntará: ¿cuál puede ser el remedio? No lo tengo, no lo sé. Desde luego es necesaria la reducción drástica del sacerdocio y el aumento cuantitativo y cualitativo del diaconado (o como quiera llamársele). Apóstoles, hombres verdaderamente consagrados a Dios, nunca puede haber muchos y, en realidad, nunca los hubo. El problema digamos «técnico», es el de la Eucaristía. La práctica de una consagración en serie y el establecimiento de «bancos Eucarísticos» –distribuidos en «containers» por avión– paralelo al de los de sangre para su transfusión y, al de los de corazones y otras vísceras para su trasplante, constituiría un extraño cruce mágico-tecnológico de difícil aceptación salvo –¿quién sabe?– por los católicos pseudoavanzados.

En fin, puesto que hoy quería moverme muy especialmente entre España y América –o entre Sans Vila - Jesús Aguirre y F. Sontag - hermanos Berrigan– permítaseme terminar con las declaraciones de Daniel –el que está desde el principio en la cárcel– tal como las ha hecho en un artículo conversación con Robert Coles, que acaba de aparecer. Tras declararse inquebrantablemente católico continúa:

«Pero me parece que la identidad católico-romana en cuanto tal ha dejado de ser importante frente a los nuevos tiempos y sus problemas reales. Mi hermano y yo ya hemos perdido todo interés en lo que podrían llamarse cuestiones internas de la comunidad católica, ya sean la de las escuelas parroquiales, la de la limitación de la natalidad o la del celibato sacerdotal. Nosotros dirigimos nuestra atención a los problemas de una comunidad que va con retraso y que todavía no ha respondido a la invitación de Cristo para que todos los hombres, conservando sus diferencias, se unan a El y sean en El. Lo que a mi hermano Phil y a mí nos importa es una especie de crudo fundamentalismo (adviértase lo significativo en la elección de esta palabra, la más desacreditada entre los americanos partidarios del «aggiornamento») referido a la postura de la Iglesia frente al género humano. Queremos trabajar en «esa» dirección. Y estamos dispuestos a hacerlo con otras comunidades, católicas o no, religiosas o completamente seculares, con tal de que se manifiesten con seriedad y pasión.»

El problema, tal como yo lo veo, es éste: ¿Es posible hoy la supervivencia del sacerdote de Dios, o bien vamos a recaer en la vieja división y aun oposición de funciones, sacerdote-profeta, sacerdote-místico, sacerdote-hombre de Dios y para Dios?

José Luis L. Aranguren

Imprima esta pagina Informa de esta pagina por correo

www.filosofia.org
Proyecto Filosofía en español
© 2010 www.filosofia.org
José Luis López Aranguren
1970-1979
Hemeroteca