El Noroeste. Diario democrático independiente
Gijón, jueves 2 de julio de 1925
 
año XXIX, número 10.267
página 2

Antonio Dubois

La política y la escuela

En una interviú que acabamos de hacer para «La Libertad» el ilustre político y pedagogo mejicano José Vasconcelos nos ha dicho que toda su obra de laicismo ha tenido en la Iglesia y en los intereses, adyacentes un formidable frente enemigo. –Nos declaraban heréticos –decía–; hostilizaban a nuestros maestros misioneros.

Era el clero católico el más serio obstáculo a las reformas de la enseñanza primaria. El clero en Méjico, en Francia, como en España, dará formidables batallas a los que pretendan la neutralidad de la escuela; como que la escuela es la forja de las nuevas generaciones y, perdida para el ultramontanismo, perdería éste también el poder político.

El problema de Méjico es el problema de todos los pueblos latinos. Y no puede hacer honda renovación social sin que abran la escuela al viento de la libertad de conciencia. Todo el problema político español está ahí. Si las actuales generaciones han abdicado de todo honor cívico y de todo sentimiento de dignidad política, es porque se fraguaron en escuelas sombrías. Bien decía Vasconcelos cuando nos afirmaba que las únicas instituciones educacionales de España eran la Institución Libre de Enseñanza, la Residencia de Estudiantes y el Instituto-Escuela, y que, en torno a ese núcleo de hondo sentido humano y amplios horizontes, debe girar la reforma de nuestra enseñanza.

Habían de tener los nuevos políticos liberales, si algún día se logran, a la cabeza de su ideario y como iniciación de su política la reforma de la Escuela. Sin una escuela moderna que forme ciudadanos del Estado antes que siervos de la Iglesia, que despierte al niño a las emociones de la vida, que desarrolle los valores humanos y que ponga en cada espíritu la luz de la razón, todas las otras reformas políticas que se intenten no se incorporarán al organismo nacional. Seguirán saliendo generaciones tristes y siervas, sin vigor ni aliento, sin fe ni ideal. En distintos momentos de la Historia contemporánea han surgido escaramuzas entre el espíritu laico de los reformadores de la enseñanza y el frente reaccionario, pero la batalla, la gran batalla, está por librar y será el primer gran combate para liberar a España.

El problema del liberalismo es universal y es deber nuestro estar vigilantes ante las inquietudes y avances de otros pueblos. Por eso, cuando hombres como Vasconcelos nos muestran su corazón ardiente y su tenacidad y las luchas sostenidas por la secularización de la enseñanza, debemos mirarlo como un alto ejemplo. Y, por la misma razón, cuando Francia es sacudida por estos problemas, nuestros ojos van a ella y participamos de su hondo dramatismo, y a nadie como a un español afecta la más pequeña crisis del liberalismo en la gran república. De tal modo, que si peligraran los fueros de la razón humana, el vendaval se llevaría nuestra espiritualidad nacional de tan poca raigambre.

El clericalismo en todos los países se levanta airado contra todo intento de laicismo en la enseñanza. Las leyes de laicidad, ha dicho recientemente el Episcopado francés, en su célebre «Declaración», engañan la inteligencia del niño, pervierte su voluntad, falsea su corazón; proceden del ateísmo y a él conducen en el orden individual familiar y social. Es la misma posición que señala Vasconcelos al clero de Méjico, frente a sus reformas de la enseñanza.

El argumento es falaz, y conviene salir a su paso para que no sorprenda a los espíritus libérales. El laicismo no tiene parentesco alguno con el ateísmo. No es una postura religiosa ni antirreligiosa, sino una postura política que abre brecha en la intransigencia fanática y, proclamando la autonomía de la conciencia, coloca en un plano común todas las creencias y religiones bajo la soberanía del Estado. El laicismo es la expresión más reverente del respeto a la conciencia moral del hombre. El laicismo en la escuela, lejos, como decía el Arzobispado francés, de negar la libertad de los padres, la afirma al no disponer para sus hijos una enseñanza confesional, y es preciso que arraigue en la conciencia tímida de los españoles la creencia de que la escuela neutra no hace ateos, sino hombres dotados de razón y en plena libertad de profesar todas las religiones.

No consiste la solución del problema en aumentar el número de escuelas y de maestros. Desde hace bastantes años vienen creándose escuelas y el nivel de cultura del pueblo no sube. Hay que renovar la escuela, infundirle espíritu, iniciar una política pedagógica revolucionaria, y darles la batalla a los secuestradores de la educación nacional. La lucha es cruenta, pero debemos prepararnos para el empeño y seguir los ejemplos de los pueblos combatientes. El pedagogo mejicano nos mostraba su ardor y su fe en el éxito final de la campaña.

Cuatro años de campaña de escuela primaria no pueden vencer a cuatrocientos de abandono –nos decía–; pero hay que insistir tenazmente.

Y el liberalismo español debe prepararse para una gran cruzada que restituya al Estado la función docente, algo más de cuatrocientos años secuestrada por los elementos reaccionarios.

Todos los países de verdadera conciencia radical han abordado el gran problema de la enseñanza. Los partidos políticos han dado la batalla en la escuela. Los gobiernos han encendido sus programas con postulados pedagógicos. Francia ha ardido en lucha por la escuela laica. Méjico, en estos últimos años, combate bravamente. Sólo España se ha mostrado indiferente ante la usurpación de la más alta función del Estado. Y ello prueba que en nuestro país no ha habido partidos radicales, porque la esencia del radicalismo político es la revolución de la enseñanza. Cuatro años de campaña primaria no han podido vencer cuatrocientos de abandono. Pero, oyendo a Vasconcelos se da uno cuenta de la acción rápida y difusa de la educación popular, porque, si en esos cuatro años no ha renovado totalmente el Estado, influyó muy considerablemente en el carácter ciudadano.

Nuestros liberales, siempre preocupados con cuestiones puramente de forma o con reminiscencias de viejo liberalismo, o con problemas de otras épocas, o con declamatorias fórmulas insubstanciales, deben concentrar su atención en las grandes cuestiones que plantea la renovación de la escuela y renovar sus programas líricos y mustios orientando la educación nacional. Sólo así desplazarán del gobierno del país métodos políticos incompatibles con la civilización.

Antonio Dubois

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José Vasconcelos
1920-1929
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