Nuestro Tiempo
Madrid, 25 septiembre 1905
 
año V, número 60
páginas 551-555

Mario Roso de Luna

[ Crítica a Manuel García Blanco sobre el Bhagavad-Gita ]
 

Archivo de Historia de la Filosofía, publicado por D. Adolfo Bonilla y San Martín, profesor de la asignatura en la Universidad Central (64 páginas).

Es el folleto científico de mayor relieve entre los escasos producidos en el mes actual. Hay que leerle despacio y por entero.

Encabézale un trabajo de D. Manuel García Blanco, titulado La doctrina sankhya-yoga en el Bhagavad-Gita, trabajo que merece seria consideración por no ser frecuente todavía entre nosotros, cual lo es ya en otros países cultos, el conceder a la menospreciada filosofía oriental el preeminente lugar a que tiene derecho. Esta filosofía, en efecto, tan antigua casi como el mundo, ha sido vista de un modo vago y nebuloso, a pesar de los esfuerzos de Max-Müller y otros sanscritistas, a través de un velo de filosofía cristiana y gnóstica, o de otro no menos tupido de filosofía greco-romana que la desnaturalizan en su grandeza primitiva.

Una obra memorable, que nos permitiremos no citar para no exponerla una vez más a las pasionales críticas de los doctos a la violeta, obra conocida ya por algunos inteligentes investigadores españoles, ha venido a conmover, hace pocos años, el deleznable edificio de nuestro orientalismo, que, respetable y todo, resulta para los verdaderos Maestros de las criptas del Himalaya tan infantil como plagado de inexactitudes.

A dicha obra tan fundamental, han seguido multitud de obras complementarias, principalmente en Inglaterra, donde la pluma genial de Annie Besant nos ha dado propedéuticas mentales tan prodigiosas como El poder del pensamiento, su dominio y cultura, Kanua y El Cristianismo esotérico y varias otras. También Sinnet en su Buddhismo esotérico, Franz Hartman en su Magia blanca y negra, Th. Pascal, Mead y muchos otros han aportado claves científicas muy suficientes para apreciar las sublimes doctrinas simbólica y literalmente contenidas en el Mahabharata y en el Ramayana, con más justicia que lo hace el aventajado filósofo Sr. García Blanco, no obstante el laudable esmero crítico que él ha hecho presidir a su trabajo.

Concede el Sr. Blanco a dichas epopeyas su carácter de reflejar con gran exactitud, bajo las magnificencias de la forma, «el grado de evolución que había alcanzado el gran pueblo ario, que en tiempos remotos se estableciera en la Península del Indostán.» Siendo, al par que los Vedas y el Manava-Dharma Tastra, «fuentes de valor inapreciable para el estudio del pensamiento indio.» Comenta luego las traducciones del Bhagavad-Gita, el mejor de los episodios del Mahabharata, alabando la del profesor de la Central D. José Alemany, sin mencionar la de un escritor modesto, Roviralta, que es, a nuestro juicio, muy superior a todas, por [553 el amor con que está hecha y el hondo conocimiento que en ella muestra de las teorías que encierra, teorías imposibles de apreciar en toda su profundidad transcendente sin previamente sentirlas, nota característica sine qua non para desentrañar las aparentes obscuridades de la filosofía de Oriente, tan distinta por sus símbolos y alegorías de todas las demás que conocemos.

Por faltarle al cultísimo pensador, discípulo del sabio Sr. Bonilla, esta última condición, a lo que parece ha tomado al pie de la letra el episodio del diálogo entre el bienaventurado Krixna y su discípulo Arjuna. Así hase fijado sólo en la vis histórica del poema sin parar mientes en la verdadera interpretación que los iniciados de Oriente, los conocedores prácticos de la filosofía Sankhya, le asignan. Ellos, cual todos los Vedantinos, y contra lo que el Sr. García Blanco imagina, prescinden del exotericismo histórico, mera cascara de la verdad para el profano grosero, hasta llevar los diálogos entre el Maestro, hijo del incognoscible spenceriano, y Arjuna, su catecúmeno, a la más excelsa esfera de los simbolismos religioso-científicos, en los que Krishna o Krixna, no es tal Krishna, ni Arjuna tal Arjuna, sino que entrambos representan, en la más deliciosa de las alegorías, a los dos principios que en todo hombre riñen perpetua y brutal lucha; el Yo superior, la Individualidad permanente, que reencarna y dura largos evones de tiempo, la Esencia, en fin, que cual el Sol a su sistema, centra y encauza todas las finalidades nouménicas del ser humano, y el Yo inferior, la carne perecedera, los principios racio-pasionales del hombre, esos que esclavizan a la tierra su personalidad, transitoria cual el heno:

a la mañana verde,
seco a la tarde,

según dijo inspiradamente otro poeta.

A estas alturas llevado el Bhagavad-Gita, con sus luchas brutales entre Pandús y Ghandarvas, es la imagen fiel de la humana tragedia, en la que ellos –las tendencias elevadas y las rastreras de la paradoja viviente que llamamos hombre– riñen sin igual batalla por la conquista de una celestial ciudad de Hâstinagura, que no tiene de mármol ni de ciclópeos sillares sus muros, sino que alza las altas torres de la humana idealidad hasta las regiones ignoradas en que el hombre se transforma y regenera, consiguiendo, por fin, su liberación por derecho de conquista sobre la Quimera de las cien garras, sobre la Esfinge de los mil enigmas, sobre ese Misterio sin nombre, sin fondo, sin orillas, que el hombre mortal bordea con sus esfuerzos científicos, con igual aturdimiento que el del nauta en noche borrascosa que lleva el barco de sus ilusiones deshecho por los embates de la vida, cosa que con todo su saber no creo [553] viese el Sr. Alemany ni otros esforzados comentaristas de El Canto del Señor, el himno excelso del hombre, por su noble esfuerzo redimido. Aunque nuestra pobre autoridad no nos permite por desgracia oficiar de orientalistas, nos permitimos dudar también respecto de lo que el señor García Blanco manifiesta acerca de la ortodoxia india de la Vedanta y la heterodoxia de la doctrina Sankhya y la del Raja Yoga. No, aunque existen seis ramas de investigación práctico-filosófica, a la libérrima investigación oriental no la aqueja, cual a nosotros los de Occidente, esa enfermedad mental que nos hace resellarnos unos a otros recíprocamente con los necios epítetos de ortodoxos y heterodoxos.

Hay, sí, una filosofía altísima, en mala hora entregada al vulgo ignaro, que degenerase –ley fatal de la ignorancia– en grosero exotericismo. De aquí los ídolos de Buddha y sus carnales fetichismos, análogos a no pocos europeos. Hay también, si no nos engañamos, ligeros matices diferenciales, o más bien, diversas propedéuticas, a la manera de los caminos encontrados que «en Roma se reúnen», llámense ellos devoción, mortificación sensata y libre de necios vapuleamientos, meditación, amor, &c., por los que las facultades humanas unas tras otras se regeneran y transcienden.

Después de las conferencias públicas en New York por el Svama Vivekananda, la filosofía de la escuela Yoga está ya al alcance de todo el mundo, hasta de los españoles, que ignoran el francés, gracias al editor catalán Sr. Maynadé, rara avis entre los de su clase. Pocas exposiciones hemos visto, en efecto, más sugestivas y sencillas de una nueva y práctica doctrina sobre la humana liberación.

Lo que Vivekananda enseña y el Bhagavad-Gita corrobora no es la rebajada práctica del Hatta-Yoga, la escuela de faquires clowns, días pasados ponderada por Bonafoux en uno de nuestros rotativos, sino la de aquellos profundos investigadores que han llegado a saber que la ciencia de la vida, la ciencia vencedora del misterio de nuestro existir, tiene un método, una façon de faire justa y adecuada, con principios fijos, leyes y cuadro de seria experimentación, no menos que la Química, la Biología o la Astronomía. Tales principios tienen, en efecto, por base, la que más sublime parece en nuestras religiones positivas para uso de pequeñuelos psíquicos, que a su pubertad moral aun no han llegado aunque igualen sus años con los pretendidos de los patriarcas bíblicos.

Conseguida esta base de perfecta moralidad, adornada con dotes selectas de circunspección, aseo, contento, mortificación de deseos frívolos y perniciosos, recomienda Vivekananda cierta regularidad o ritmo en los movimientos respiratorios, volante sui géneris de la máquina entera de los nervios, cosa de la que Europa sabia no puede escandalizarse, cuando ya hace más de un siglo que la higiene de ciertos médicos videntes, [554] nada sospechosos en la materia, recomendase algo muy parecido que no cabe hoy relatar aquí, y cuando ya está fuera de duda, además, la importancia que para la completa aireación de las celdillas terminales de los pulmones el respirar more jogi supone. La respiración recomendada por Vivekananda, con harta mayor escrupulosidad, método y advertencias de graves peligros, que la que el artículo en cuestión enuncia, y la respiración atropellada e inconsciente europea guardan cierta relación parecida a la que media entre los animales superiores de circulación doble y completa y la de aquellos otros, más bajos en la escala zoológica, en los que, por comunicarse entre sí las aurículas, mezclan en su circulación arterial, sangre oxigenada y pura, con sangre venosa, cargada de elementos secretados por las nutriciones.

Pero estos detalles carecen en definitiva de todo valor que no sea el de andamiajes para llegar a estados superiores de Dharama Dhyana y Shamadi, o sea de concentración y meditación y dominio del instrumento mente, expuestos con perfecta claridad europea y sin tecnicismos enojosos, en la citada obra de A. Besan El Poder del Pensamiento, obra que no podrá rechazar, por otra parte, el más exigente positivista científico.

Orientada así la práctica de la liberación, sus resultados nos llevan más lejos de lo que buenamente cree la filosofía de nuestro excelente y respetado comentarista Sr. García Blanco. No repugna, no, al buen sentido ni a la esencia sublime que late en el fondo de las religiones, como falces parciales que son ellas de la ignorada Religión primitiva, ni menos a los rigurosos procedimientos de las ciencias experimentales, que tan legítimos triunfos han conseguido en nuestros días. Son una verdad olvidada, que resurge hoy en día, cual algún día resurgirán quizás el Canon de proporción y el secreto de la púrpura de Tiro; pero verdad que no viene al palenque de la discusión, sino que se formula y demuestra cual el teorema geométrico de Pitágoras: con verlo tan sólo por la práctica, y que, o por la sola práctica, se descubre o yace ignorada por siglos, como si no existiese.

El hombre-héroe, el semidiós que a tan excelsa cumbre logra alcanzar por asperísima pendiente, descartando las equivocadas apreciaciones, muy disculpables, sin duda, del Sr. Blanco, sobre los inconvenientes y errores de la renunciación, sí que puede alcanzar a ser en su día aquel ente prodigioso, extraño, terrible de Krishna, transfigurado ante el espanto de Arpina; aquel ser nuevo, lleno de majestad y grandeza, dotado de poderes semi-infinitos, sin principio, medio ni fin, y que con la luz conjunta de millares de soles resplandece, esparciendo en su torno luz, fuego, energías, vivaces esplendores, dulce perfume y bienhechores efluvios… todo lo augusto, en fin, que transciende, cambia, purifica y diviniza… Un cielo de cielos incomprendido. [555]

Mas esto está muy lejos, por desgracia, para el pasional homúnculus sublunar, que amasa, a dosis de uno por un millón, sus ideales con sus bajas groserías.

M. Roso de Luna

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