Nuestro Tiempo
Madrid, marzo de 1912
 
año XII, número 159
páginas 309-328

Eloy Luis André

El porvenir de la Filosofía científica
en España e Hispano-América
 

Nos ha movido un propósito grande a publicar «La Introducción a la Filosofía» del sabio maestro de ella Guillermo Wundt; y no nos arredra el que otros, estando en prensa nuestra traducción, se hayan adelantado a nuestra iniciativa. Es el propósito el de restaurar la especulación filosófica, basándola sobre los firmes sillares de la investigación científica. Y aunque las traducciones sirven más bien de estimulantes al pensamiento nacional, que de elementos constitutivos de dicho pensamiento, es el caso que el servicio principal que en este momento histórico pueden prestarnos, es el marcarnos la ruta más segura que debemos seguir, dado el espíritu de la época y dado el estado general de la cultura filosófica en aquellos países que, como Alemania, sirven sin discusión, de tutores o iteradores para otros pueblos más rezagados en el trabajo científico.

Aquí, a Alemania, hemos venido con el propósito de buscar instrumentos e iteración para el propio trabajo en nuestro hogar y solar espiritual. Esta ayuda y este apoyo no nos despersonaliza de ningún modo. Kant fué discípulo de Hume y Platón lo fué de los sabios egipcios. Nosotros, más modestos en nuestra labor, queremos indicar con esto, que el despertar a la vida espiritual de un pueblo, sólo se logra haciendo percutir en su ámbito mental los fuertes aldabonazos y el poderoso murmullo del tráfago científico de otro, que le sirva de mentor.

Los momentos son críticos para nuestra patria; son de verdadera penuria, de pobreza intelectual. La filosofía, entre nosotros, ha descendido tanto, que de reina de las ciencias se ha convertido en alcahueta de visionarios y retrógrados. Es un arma de combate, más bien que un campo de cultivo. [310] No es raro ver cómo los cerebros nacidos para repetir ecos del pensamiento ajeno, se improvisan en prestigiosos oráculos ante la mentalidad del vulgo, que sin distinguir de ruidos ni de sones, edifica celebridades sobre las columnas de un rotativo. Y así, sobre la ignorancia y sobre la mentira, pretende erguirse la nueva ciencia iteradora de nuestros destinos en el porvenir. En estas condiciones, la labor de la filosofía, que tiene como norma la soledad, el recogimiento, la modestia, al engarzar las cátedras universitarias con las redacciones de los periódicos, como cuentas de un mismo rosario, no es la más adecuada, ni para aquel vivere sub specie aeternitatis, que aconsejaba Espinosa, ni se ajusta tampoco a aquella norma del vivir para pensar, seguida con inimitable consecuencia en Koenigsberg, por Manuel Kant. El filósofo que es un espectador y un mentor de la vida, tiene que elevarse sobre sus impurezas y miserias. Si la filosofía se convierte en un arte de vivir, en el sentido vulgar de la palabra, la vida misma no estará nunca en condiciones para que de ella se escinda la ciencia del pensamiento.

La vida espiritual española ha entrado en pleno siglo XX con aquellas dos notas antagónicas que constituyeron toda la trama de nuestras luchas intelectuales y políticas durante el siglo XIX y los últimos años del siglo XVIII. Los movimientos de nuestra mentalidad fueron movimientos convulsivos, seguidos de estados de postración; y estos movimientos persisten, porque la mentalidad nacional se ha convertido por los europeizantes en receptáculo de lo extraño, y por los falsos españolizantes en receptáculo del pasado. Y tanto dista de nosotros la tradición muerta como el progreso personal ajeno.

Si hemos de crear o instaurar un presente nacional propio, preciso es que los avanzados dejen de ser sepultureros de lo vivo, y los retrógrados desenterradores de cadáveres. La tradición viva está inmanente en nuestro estado histórico contemporáneo. No hay más que roturar la corteza de ignorancia que envuelve como irrompible caparazón la mentalidad de la raza, para que ésta ostente su genialidad, su carácter, su fisonomía. Y lo ajeno, que puede llegar a ser nuestro por asimilación, ha de lograrse por contactos y fusiones, por interversiones y cambios entre nuestra propia mentalidad y la de los pueblos [311] europeos, concretamente observados y vividos en su propia vida, sumergiendo en ella el alma de nuestra juventud, para que en sus aguas lustrales cobre fragancia y pureza de espíritu, no con el concepto abstracto de la europeización fraguado por hombres sedentarios y confinados en una biblioteca llena de libros y revistas extranjeras.

En esta labor de personalización característica, a que deben aspirar los pueblos hispano-americanos, se impone como condición la emancipación de tutelas onerosas ejercidas por pueblos, que se llaman hermanos nuestros, y que creen pertenecer a la misma raza. Los pueblos, como las tierras, dan una cosecha tanto mejor cuanto más extraña para ellos parece ser la semilla. Busquemos, pues, semillas nuevas para nuestra alma, si queremos renovar su fertilidad. Y tratándose de recoger cosechas nuevas en el campo del pensamiento, busquémoslas en aquella orientación filosófica y científica que más responde al espíritu de la época y a la historia de nuestro propio espíritu.

No en aquellas huellas del siglo pasado, las cuales, a excepción de la personalidad filosófica de Balmes (un tanto supeditado al espíritu francés y al espíritu escocés), nos muestran la lucha encarnizada entre escolásticos y krausistas, luchas de las cuales resultaron no pocos híbridos, como un difunto profesor de psicología de Badajoz y un catedrático de metafísica de Valencia; híbridos de escolasticismo y krausismo, de gente que, a imitación de Fox Morcillo, que quiso hacer un pisto con Platón y con Aristóteles, pretendieron lograr lo mismo con las rancias doctrinas de los escolásticos italianos personificadas en Ortí y Lara, y las enrevesadas doctrinas de Krause, profesadas en la Universidad de Madrid por Sanz del Río. Pero los escolásticos españoles, escudados unos instantes en el P. Zeferino González, que es un comentarista profundo, pero nada más que comentarista de Santo Tomás, abandonaron bien pronto el campo, poniéndose en las filas más avanzadas del neotomismo de Mercier.

Una pléyade de profesores entusiastas trabaja en este terreno (Arnáiz, Zaragüeta, &c., y el más entusiasta de todos, el laborioso y cultísimo sacerdote Dr. Gómez Izquierdo, profesor de Lógica fundamental de la Universidad de Granada). Los krausistas, a la muerte de Sanz del Río, que dejó póstumo su sistema, [312] hicieron con él lo que los generales de Alejandro con su Imperio.

Tres personalidades de relieve intelectual, Salmerón, Giner y Castro, orientaron su labor por el camino de la política y del positivismo, de la historia de la filosofía y de la pedagogía y ciencia social. Salmerón, con ocupar la cátedra de Metafísica de la Universidad Central, sólo ha dejado en González Serrano (muerto antes que él) un discípulo, que en fuerza de pensamiento y cultura filosófica aventajó al maestro. De Castro se titulan discípulos muchos, pero su obra ha muerto con él. Y de Giner, que ha escrito de todo y para todos, la labor más positiva no es la condensada en sus obras, que reflejan el momento histórico cultural en que fueron escritas, más bien que su propia personalidad. De Giner arranca el movimiento pedagógico radical de España y la labor de propaganda cultural concomitante con los apóstoles de la tercera república de Francia (Lavisse, Melón, &c., etcétera). Obra suya es la Universidad de Oviedo, la Institución libre de enseñanza y el Museo Pedagógico, y obra de un vástago suyo, de Azcárate, son el Instituto de Reformas Sociales y el Instituto Nacional de Previsión (al menos por él inspirada). ¡Cuánto dista este ideal de constituir un Estado pedagógico dentro del Estado civil, dentro del Estado único, y no sabemos si frente a él, de aquel ideal cultural de Fichte, que vio en el Estado nacional alemán el centro de gravedad de la historia de un pueblo, de la unidad de raza y del poder de la cultura! Las coincidencias entre la labor de la Institución libre de Enseñanza, que ha inspirado y seguirá inspirando, directa o indirectamente a muchos ministros de Instrucción pública en España, con la labor de las avanzadas del radicalismo español, son poco resaltantes, pero no dejan de ser reales.

Hoy, la Institución libre adoptó posiciones dentro del kantismo y del positivismo, y es su lema puede decirse: «seguir la corriente central del pensamiento europeo y europeizar a España». Hasta qué punto sea su labor labor de cultura nacional, dados los rumbos por donde camina y el método de trabajo que siguen sus apóstoles, lo confirmarán, más que con lo que digan, con lo que logren hacer. No puede negárseles perseverancia y obstinación judaica en sus propósitos, ni unánime solidaridad en [313] su defensa. ¡Ojalá que los neutros, colocados en un punto de vista nacional, netamente español, inspirándose en el espíritu histórico del gran Menéndez Pelayo, en el de investigación científica del insigne Cajal y en el idealismo poético del maestro Unamuno, llegasen a asimilar no más, que el espíritu de proselitismo de compagnonage y de reclamo de los secuaces y admiradores de Giner!

Como se ve, pues, por esta breve reseña, la filosofía en el campo del krausismo ha degenerado en acción pedagógico-social y en el del escolasticismo, más lejano que nunca de las esferas de la política pedagógica, se ha transformado en neo-tomismo o neo-escolasticismo.

En España, como aquí en Alemania, se presentan en lucha dos mundos: el mundo de la soberanía de la razón y de la voluntad, y el de la razón y de la voluntad humanas, moderadas en su actividad históricamente por la autoridad y la revelación. Hasta en nosotros, por remedar a los profesionales de la filosofía de Alemania, se ha gritado también Zurück zu Kant.

Y esta vuelta a Kant se ha hecho, no como aquí en Alemania, a paso, sino más bien en aeroplano.

¡Ya veremos los frutos que resultan de tan feliz viaje! Desde luego, no son muy consecuentes en su pensar los inspiradores del retroceso, sabiendo que en Alemania hay continuadores del idealismo de Krause, cuya crítica filosófica no coincidía desde luego con la de Kant. Pero como no se trata de hacer germinar entre nosotros escuelas filosóficas capaces de lograr una vida y un desenvolvimiento histórico, sino de formar agrupaciones personales, constelaciones en torno a un centro solar más o menos fijo en su pensamiento, no es extraño que del exceso de erudición salgan estos frutos de la volubilidad intelectual, que da a la mentalidad española un temperamento femenino, ansioso de encontrar en las vicisitudes de la novedad y de las modas literarias extranjeras su satisfacción.

En lo que a la mentalidad de la raza latina en Sud-América se refiere, es de observar cómo a excepción de Chile y Méjico, todas las demás repúblicas latino-americanas están principalmente influidas por Francia. Tal vez la más afrancesada de todas sea la Argentina, que económica y socialmente es la mejor [314] preparada para los procesos de asimilación cultural. La República Argentina, a pesar de todo, ha tenido el honor de llamar a las aulas de la Universidad de Buenos Aires, al que es hoy Profesor de Filosofía de la Universidad de Halle, Dr. Félix Krueger, y las teorías de la Psicología científica de Wundt, maestro de Félix Krueger, fueron por éste expuestas en los años 1906 a 1908 en aquella Universidad. Sin embargo, las teorías filosóficas con criterio genuinamente científico, siguen tropezando en Sud-América con aquella conformación que el espíritu francés logró imprimirles, en detrimento del carácter genuinamente ibérico que las distinguía, anterior a la época de la emancipación colonial, y es que el espíritu de nacionalidad no se improvisa históricamente. Habrá que crearlo con el espíritu de la Revolución francesa y con el espíritu de protesta contra la Metrópoli antigua, tendencias que encarnan perfectamente en el alma de Sarmiento, que en América, antes que Costa en España, fué el verbo de la europeización argentina. Aún hoy mismo, uno de los jóvenes más notables de la Argentina, Manuel Ugarte, en una conferencia dada recientemente en la Sorbona sobre «Las ideas francesas en la América latina» y que forma parte de una serie organizada por el grupo de Universidades y grandes centros científicos de Francia y por el Comité «Francia-América» pone bien de manifiesto esta hegemonía del espíritu francés en América, cuyo verbo espiritual encarna durante el siglo XIX la declaración de los derechos del hombre y el positivismo de Augusto Comte. Oigamos a Manuel Ugarte:

«Al debilitarse los lazos que nos unían con España, al abrirse las ventanas, las ideas francesas comenzaron a penetrar entre nosotros tumultuosamente. En su aspecto político, el principio de la independencia religiosa nos lleva, desde luego, a separar la Iglesia del Estado en Méjico, a proclamar el divorcio en el Uruguay y a decretar en todas partes la libertad de cultos. Las tendencias democráticas nos impulsaron también a suprimir los títulos de nobleza y a abandonar las fórmulas solemnes que están aún en uso en España. Y el resultado más importante después de todo, fué la forma de gobierno republicana, tal vez algo prematura en alguna de nuestras democracias inexpertas, pero susceptible de dar más tarde los resultados más felices, [315] como ya comienza a hacerlo. Bajo el punto de vista intelectual y moral, la influencia francesa se traduce en una viva curiosidad por las cosas del espíritu, en la disminución de los prejuicios, en una necesidad creciente de exactitud, de claridad de método, en una tendencia hacia la simplificación y a la armonía y en una flexibilidad que nos prepara para comprender todas las civilizaciones... Después de la independencia, durante un siglo, Francia ha estado presente en nuestra vida. Nuestros grandes hombres, entonces desconocidos, como San Martín, que murió en «Boulogne», y como Alberdi y Sarmiento, que permanecieron grandes temporadas en París, vinieron con frecuencia a reconfortarse en esta fuente de ideal. Hemos enviado a estudiar aquí generaciones enteras, que llevaron al volver a nuestro país un noble sello en el corazón. Vuestra literatura impera entre nosotros sin disputa, como la expresión que más se aproxima en la novela, en la poesía y en el teatro a nuestras palpitaciones más íntimas. Vuestras inspiraciones ejercen en nuestra intelectualidad naciente una influencia indiscutible y definitiva. Algunos de vuestros espíritus más eminentes han sido llamados por nuestros gobiernos y nuestras Universidades para proporcionarnos directamente el oxígeno de vuestras cimas, y hasta en lo que concierne a la política interior después de medio siglo, vivimos por decirlo así vuestras propias inquietudes, porque estamos unidos a Francia por lazos tan misteriosos y estrechos, que a pesar de la distancia enorme, cada una de vuestras sacudidas encuentra su resonancia inmediata entre nosotros; como estos fenómenos terrestres que conmueven al mismo tiempo las antípodas... Yo no sé si se me acusará de ser un soñador, pero creo firmemente, que la riqueza vigorosa que se desenvuelve y crece en el Río de la Plata y en las Costas del Atlántico, se irradiará cada vez más a los países vecinos, traspasará cada vez más nuestras fronteras convencionales y que no está lejano el día en que después de haber cubierto la mitad del continente con nuestra mejor cosecha, podamos volvernos como en el apólogo bíblico hacia la Francia inmortal, para decirle ante la prosperidad del mundo: ‘Ahí tienes lo que hicimos con tu semilla y con tu arado’.»

No comprendo como Manuel Ugarte, que está llamado a ser [316] un cerebro director en América, si orienta su mentalidad por rumbos que respondan al verdadero espíritu americano, se atreve a contradecir en este discurso, no pocos pasajes de la obra publicada en España y titulada El porvenir de la América latina. Se explica que las naciones en su infancia traten de imitar y escuden su debilidad en la autoridad de alguna otra culturalmente superior. Lo que no se comprende es esa decapitación absoluta, esa adjetivación de la propia mentalidad a la de otra nación en quien según Helmholtz (Vorträge und Reden, pág. 191 y siguiente) se han conmovido los baluartes de la independencia en la investigación científica, guarecida en sus Universidades, sometidas primero a las influencias eclesiásticas y después a las influencias del Estado, que mermaron su libertad. Y es que se confunde la libertad interior con la libertad política, la libertad de dudar que a lo sumo hace escépticos, con la libertad de pensar, que engendra en el cerebro y en el corazón del hombre convicciones. El espíritu imitativo, tiene, según el mismo Tarde, que estudió sus leyes (Tarde, Les lois de l'imitation, París—Alcan) un límite preciso en la oposición, en la independencia de criterio, en la originalidad, en la crítica. Los pueblos que se sienten mozos o adolescentes sienten la sugestión inmediata de la autonomía. Los americanos del Norte interpretan el americanismo brutalmente, sí, pero de un modo más vital y práctico que nuestros hermanos del Sur, que hipotecan el suelo y las aduanas a los judíos de Inglaterra, y la organización interna y económica del Estado y el pensamiento del individuo a los judíos de Francia. Lograron los americanos del Sur romper los vínculos políticos con España. Los lazos de la sangre no podrán romperlos jamás, por más que Francia les dé el arado y la simiente, es decir, constituciones políticas y dinero para cubrir sus empréstitos. La América del Sur es y debe ser el asilo de todos los ideales de la raza latina, el refugio de nuestras masas depauperadas de Europa, para el porvenir, de esas manos que abren el surco en la tierra para depositar la simiente, y que pulsan la mancera del arado para guardarla en su seno y hacerla germinar. ¿Pero a título de qué esas promesas de gratitud a Francia y esos ofrecimientos de las primicias de la primera cosecha? ¿Surge acaso la cultura, la verdadera [317] cultura espiritual y material de un pueblo, como instrumento personalizador y emancipador de su raza, buscando modelos en quien más dista de su temperamento? ¿Acaso las ideas, es decir, tratándose de Sud-América, el rotativo y la Banca, son las únicas que vinculan los elementos de la cultura nacional? Si América ha de ser en el porvenir una nacionalidad característica, es preciso que saque de sus entrañas lo que tenga de propio, no que ampute su tradición, que es su carácter secular, para convertirse en vez de homo sapiens, a que puede y debe llegar, en un simio vestido a la francesa y con la cabeza amueblada con las viejas ideas del espíritu de la Revolución de 1789. Es preciso que se sume a la evolución integral de la cultura, poniendo en ella su planta y dejando en ella su huella. Es preciso que camine hacia adelante, es decir, que progrese, con la mente fija en el pasado y con el corazón en el porvenir, sin lemas ni divisas exóticas, sin remedos ni aun de la propia madre que lo engendró, con aquella energía de espíritu, con aquella fe y con aquella esperanza de llegar a ser en el porvenir lo que se cree poder ser en el presente, mirando al semillero cultural de la propia tierra y de la propia raza. Que solo en el propio solar de la tierra y en el propio hogar del espíritu se forjan esas potentes vibraciones del alma y del cuerpo de una comunidad nacional, donde las ideas de la mente y la sangre de las venas, forman un sonido armónico, como notas de una orquestación sinfónica, que oídas desde lejos, producen la ilusión de ser exhaladas por un instrumento único. La verdadera semilla del progreso y de la caracterización original de un pueblo, han de darla los ideales que aletean adormecidos en su propio corazón. Las convulsiones ajenas pueden despertarle. Pero el mejor estímulo es la necesidad de vivir y de pervivir. Y en esta necesidad de lucha y de pervivencia, no debemos convertir las palabras y consejos de maestros y tutores en oráculo, sino en motivo de meditación y de crítica. El mal que critica Helmholtz en los maestros de la mentalidad francesa, es el carácter eternamente receptivo a que condenan al alumno. «Die Art des französischen Unterricht ist gut geecignet um Solüler auch von mässiger Begabung, ausreichende Kenntnise für di Ratine ihres Berufes zugeben». El alumno que se concreta a imitar al maestro, [318] conviértese en rutinario, por contentarse primero con ser un maniquí. La cera, por ser blanda, puede tener todas las formas, pero no tiene una propia y característica. Y como sólo libertad y originalidad engendran libertad, sólo maestros verdaderamente libres y señores de su espíritu, podrán apacentar en el difícil y poco abundante campo de las rebeldías de la conciencia, a las mansas ovejas de la juventud, que al llegar a la adolescencia y a la virilidad no debe contentarse con vivir como borrego en rebaño.

En el discurso duodécimo de Fichte (Reden an die Deutsche Nation) relativo a los medios más adecuados para alcanzar el fin principal que el filósofo desea para su pueblo, es decir, la creación o instauración del Estado nacional alemán, dice él:

«debemos, ante todo, colocarnos en condiciones de ser lo que sin duda alguna debemos ser: alemanes. No debemos someter a otro pueblo nuestro espíritu. Por eso, ante todo, debemos crear un espíritu que sea firme y real; debemos hacernos serios en todas las cosas, dejando de ser ligeros, estando dispuestos solamente a la broma; debemos forjar para nosotros principios o convicciones duraderas e inconmovibles, que nos sirvan de firme línea de conducta para el resto de nuestros pensamientos y de nuestras acciones, debiendo ser para nosotros vida y pensamiento un mismo todo, sólido e independiente, que se abra paso por sí mismo; en el pensamiento y en la vida debemos ajustamos a la naturaleza y a la verdad, arrojando de nuestro espíritu todo elemento extraño; en una palabra: debemos crearnos un carácter; tener carácter y ser alemanes significa, indudablemente, lo mismo, y esto no tiene en nuestra lengua un nombre especial, porque independientemente de nuestro conocimiento y de nuestra vida afectiva, debe forjarse inmediatamente en las entrañas de nuestro propio ser.»

Dejémonos, pues, de entonar himnos de alabanza a la Francia decadente y desnacionalizada, por los mismos elementos económicos y espirituales que marcan la ruta que van siguiendo o quieren seguir, mejor dicho, las democracias americanas. Aquel peligro de la influencia yankee en Méjico, a que alude Ugarte, sólo se salva buscando Méjico y todas las Repúblicas hispano-americanas los elementos de cultura moderna (ciencia, técnica, ética y economía) en los pueblos que [319] han inspirado a los mismos yankees, organizando su vida universitaria, instituyendo sus escuelas populares, o imprimiendo a la vida económica o industrial un espíritu generalmente práctico, lleno de originalidad y de expansividad.

Preciso es que América, como España, vean en Francia, a lo sumo, un elemento integrante de la cultura latina, pero sin reconocer esa supremacía espiritual que ella se arroga, después de haberse estancado en una filosofía que no es creación genial del propio espíritu, sino el resultado último de las ideas capitales de la mentalidad moderna, que comenzó a germinar en Italia, en España y en Inglaterra, en los primeros albores del Renacimiento. Italia, Bélgica, Rumania, Portugal y España en Europa, es decir, cerca de cien millones de latinos al lado de Francia, deben constituir una constelación espiritual y no un sistema planetario, en el cual aquélla solamente haya de ser la estrella fija. Ha llegado la hora de poner término a esa dirección de orquesta, en la cual el que maneja la batuta hace mucho tiempo que la tiene alquilada.

Por este análisis de la mentalidad española y de la mentalidad americana, bien se comprende que ha de ser temeraria toda empresa de lanzar al público un programa filosófico para el presente y para el porvenir de nuestra comunidad espiritual. Tal vez el corifeo de este movimiento, a la vez positivista en el método o idealista en la tendencia, hubiese de ser Ardigó. Pero el nombre del filósofo italiano está más bien vinculado al de Italia, y su posición en el campo de la ciencia, adoptada por contraposición de su antiguo estado eclesiástico, no es la más favorable para armonizarle con el nuevo espíritu de la filosofía científica. Las ideas de Ardigó, sin dejar de ser originales, oscilan entre la filosofía de Spencer y las de Kant. Con ser un pensador de gran talla, no reúne, como filósofo, aquellas condiciones que exige la filosofía científica; es decir, no es un investigador en el verdadero sentido de la palabra. Su filosofía, como la de Spencer, resiéntese de cierto exceso de especulativismo. Un programa de filosofía moderna para el espíritu latino, que creó el escolasticismo y a la vez moldeó en él su mentalidad, ha de ser algo que le presente las ideas con aquella claridad meridiana con que la luz del sol dibuja en nuestro ambiente físico las cosas; pero [320] la claridad no ha de ser tan fascinadora que borre sus relieves naturales, ni deje anfractuosidades del panorama sin iluminar, para que el espectador pueda enterarse de la armonía que surge, del misterio en contraste con la evidencia, y para que se convenza también de que todo el esfuerzo de la investigación ha de encauzarse de un modo infatigable a iluminar con los rayos de luz de la evidencia las sombras de lo ignorado; pero no debe ser una filosofía solamente de paisajes regulares, simétricos y armónicos, como los jardines en la época de Luis XIV, sino una obra viva, un árbol corpulento y arrogante que se yerga hacia el cielo con tallo firme y vigoroso, profundamente enraizado en la tierra; debe ser una filosofía con esqueleto y musculatura masculina, regularmente vestida en sus partes constitutivas, formando un sistema, un organismo, que tenga valor universal; no debe dar solamente claridad a la razón y plasticismos a la imaginación; debe descender al corazón del hombre para humanizar lo más posible su naturaleza. Y este humanismo cordial, que funde con admirable panestesis la vida de la voluntad y la vida del pensamiento, que hace repercutir en cada hombre las vibraciones de la especulación del pensador, haciendo que éste sea, a la vez un reóforo de la mentalidad popular, se hermana perfectamente con el programa de filosofía científica, trazado por Wundt al pueblo alemán, aunque en algunas cosas vaya más lejos y en otras la rectifique. La mentalidad latina necesita, ante todo y sobre todo, encontrar en el realismo idealista, en el objetivismo científico y en el criticismo, cortapisas poderosas al exceso de frondosidad y de verdura que ha brotado de su seno. Hay que podar sabiamente el árbol y hay que enderezar fuertemente su tallo. La imaginación divagadora hay que hacerla poética y científica; la razón raciocinante, razón especulativa, el exceso de intelectualismo, compensarlo con los valores de la voluntad y del sentimiento; la falsa sociología con la verdadera psicología y filosofía de la naturaleza.

Preciso es que la labor filosófica vaya siempre precedida de lentos y largos períodos de gestación intelectual. La filosofía no debe ser un águila que se cierne sobre la ciencia, sino más bien el esqueleto y la sangre de la ciencia misma. El filósofo y el pensador han de buscar en la ciencia algo nuevo y algo eterno. [321] Algo en donde pueda quedar inmortalizada su persona. Quien no se sienta con hambre de eternidad, que enmudezca, o que se contente con ser sacerdote del credo que adopte para vivir de su culto. La vitalidad espiritual en la especulación, más bien se sumerge en dudas dolorosas, que descansa en las almohadas de los fáciles convencionalismos. Y si todo pensador debe ser hombre de su tiempo, preciso es que vea en el momento presente que la ciencia y la vida no van descaminadas, sino que fluyen paralelas como el espíritu y la naturaleza. Son ríos que se encauzan al mismo mar. Y aunque la ciencia tiene valor propio y substantivo y no debe preocuparse de forjar nuevos credos ni de destruir viejos dogmas, por muy alta que sea la misión que se arrogue, no dejará de tener misteriosas conexiones con la vida de donde brota. El pensamiento más ideal, las formas más transcendentes de la vida del espíritu se pueden esquematizar siempre en el arco reflejo. Desde las alturas es donde mejor se divisa el panorama terrestre. Por eso, la humanización de la ciencia surge de las propias condiciones de su producción y es su corolario moral. La división del trabajo científico crea una especie de solidaridad de medios en los investigadores; y estos medios se coordenan armónicamente a una única finalidad. La filosofía científica es, pues, en último término, el más seguro baluarte de la vida moral, baluarte que viene al suelo al querer dislocarse de ella. Nadie mejor que el gran Wundt, maestro de maestros, para aleccionar al público español en las bases y en el contenido de la filosofía científica. Aquí, donde tanta semilla ha dejado el Aristóteles genuino, el griego, justo es que pensemos en naturalizar el Aristóteles alemán contemporáneo, cobijándonos en una filosofía para cuya contemplación tengamos que elevar los ojos hacia arriba y no volverlos hacia atrás. Porque el mismo Aristóteles y el mismo Kant, si hoy vivieran, ¿suscribirían tal vez íntegra toda su labor intelectual? El peligro mayor de todos los neo-filosofismos radica, a mi ver, en que parten de aquel prejuicio que hirió de muerte la poderosa mentalidad de Hegel: el creer que los sistemas de los corifeos que se siguen agotan la materia filosófica y que la evolución científica se paraliza en ellos, de tal modo, que la especulación de la posteridad se reduce a un comentario filosófico del pasado. Una legión inmensa [322] de profesionales acarrearán del campo de la filología, de la historia, de las matemáticas y de las ciencias naturales, como cosecha propia, la mies que investigadores ingenuos han sembrado, esforzándose en hacer ver que todo estaba en las páginas del maestro. Así, pues, la escuela de la especulación libre y personal (pues así ha de serlo, si ha de ser especulación filosófica), transfórmase lentamente en una secta y los epígonos en un sacerdocio, que aspira más a que perdure el culto, que a hacer fructífera la labor.

Aquí, en España, hoy por hoy, no se nos ofrece más filosofía que la de los profesionales. Y como el espíritu de investigación no ha arraigado aún, el profesionalismo filosófico tiene un carácter más bien literario que científico, cosa análoga a lo que sucede en Francia, en donde, como entre nosotros, se expiden títulos de Doctor en Filosofía y en Letras al mismo tiempo. La lucha entre la filosofía literaria y la filosofía científica en Alemania, ha dado la victoria a esta última. La lucha entre el espíritu de investigación de un Cajal y la de los profesionales de su rama científica, fué lucha cruenta y penosa. Si llegase a escribir sus memorias, serían un estimable monumento ético para la juventud. Algo de sus torturas transparenta el hermosísimo discurso acerca de las Reglas y métodos de la investigación biológica.

Wundt, que en 1909 ha entrado a formar parte de la Academia de Ciencias de Washington, encontrará seguramente en la América latina la misma o mayor aceptación, si cabe, que en la América del Norte, donde cuenta con admiradores que ya son notables maestros, como Titchener, Judd, Urban, &c. Casi todos los grandes psicólogos de Norte-América han desfilado por el Laboratorio y la Cátedra de Wundt, en Leipzig. En dicha Cátedra, que se compone de un público cosmopolita, abundan los japoneses y los norte-americanos; Wundt, que es un alemán de entusiasmos serenos, pero firmes, de entusiasmos sin desmayo, pero también sin los arrebatos de la pasión, sostiene un programa filosófico, que coincide perfectamente con la fase de expansión mundial, que caracteriza hoy al espíritu alemán. De sus labios hemos oído que la filosofía y la ciencia, en la época moderna, que es la época de las comunicaciones y de la técnica, [323] son y deben ser de tendencias internacionales, humanizantes, sin negar por eso el gran valor nacional, que posee la cultura y la investigación científica en sus modalidades concretas. Precisamente, el fin de la cultura es personalizar característicamente a los individuos y a los pueblos, integrándolos sin anularlos en la gran idea colectiva de humanidad. El fin de la cultura, es el seguir paso a paso, pero sin desmayar, este camino ideal, que conduce a la humanidad. De este modo, la filosofía de Wundt que, sin dejar de llevar el cuño germánico, se presenta con aspiraciones mundiales, es la más adecuada para pasar las fronteras, que el neo-kantismo, del cual se han apoderado los teólogos protestantes y los socialistas teóricos más o menos influidos por el renacimiento del semitismo. El nombre de Kant es hoy en Alemania una bandera en torno a la cual se agrupan una pléyade de filósofos universitarios, o mejor dicho, de profesores de filosofía de la Universidad. Y esta bandera, que ha servido a Paulsen primeramente para dar la batalla al clericalismo alemán; a Eucken después, para contemplar el antagonismo entre dos mundos; a Chamberlain, para ver en su personalidad y en su filosofía la encarnación de la raza germánica, y a Vorländer y Vaihinger para encontrar en su mentalidad los orígenes del marxismo y de la democracia social alemana (véase Kant und Marx, de uno de ellos) entra en España, no con aire de triunfo, porque nadie le sale al paso, pero sí con altivez napoleónica, para hacernos abdicar en capitulaciones más o menos parecidas a las célebres de Bayona, de todo aquello que signifique en España espíritu genuinamente nacional. El neokantismo en España, comienza siendo, en las cátedras de Filosofía y en las cátedras de Derecho político, de las cuales se va apoderando, (con la indulgencia de muchos que, siendo en el fondo eclécticos, militan en la grey conservadora) algo más exigente que su antecesor el Krausismo, muerto por consunción y enterrado furtivamente por sus primeros secuaces. Y es una filosofía cuya característica fundamental es negar el valor cultural de la tradición científica española, y el adaptarse resueltamente al criterio de la acción y de la propaganda. ¡Qué enorme diferencia entre el espíritu de esta filosofía neokantiana y la genuina filosofía de Kant, de aquel solitario de Konegsberg, lleno de [324] torturas hasta los 47 años, y fustigado aún después por su espíritu rebelde a las propias insinuaciones de los reyes!

La enorme crisis porque atraviesan los pueblos latinos que, educados en la «Declaración de los Derechos del hombre», parecen haberse olvidado del freno moral, que se impone a la fantasía y a la pasión en un régimen de derechos y deberes, nace precisamente de este exceso de vida pública, de esta adjetivación del espíritu de investigación científica y de especulación racional, a la voluntad impulsiva y embriagada con bélicos instintos. Nuestro espíritu público, parece ser la encarnación de aquella actividad ateniense del Agora. La soberanía del pueblo falsamente interpretada, ha servido más bien para poner en entredicho su dignidad intrínseca, que para educar su voluntad y su corazón para la verdadera ciudadanía.

Más bien se apeló a la aversión y la envidia y el encono en los espíritus inferiores, que la generosidad para engrandecer a los humildes. Pues no se otorga grandeza con palabras y concesiones gratuitas, sino con procedimientos educativos, que a la personalidad como a la planta le hagan medrar con la propia savia.

Esta crisis es precisamente la última cosecha de aquel espíritu de la Revolución, encarnada en la Declaración de los derechos del hombre, que exalta teóricamente la personalidad individual con derechos para uncirse después, como se unce un buey al carro del Estado, confundiendo con la esfera de éste la de aquél. La organización económica moderna es el contraste más grande con aquellas ingenuas intenciones de los filósofos precursores de la Revolución. El individualismo económico y el individualismo político no fueron paralelos. El individualismo político se termina en el socialismo y en el anarquismo; el individualismo económico, en esa oligarquía financiera de carácter internacional, con táctica y funcionarios hábiles para atacar el espíritu de nacionalidad en los programas del socialismo y fortalecerlos aparentemente en los del militarismo exagerado de algunos elementos conservadores. Esta internacionalización de la vida económica, y esta condensación de grandes masas de capital en pocas manos, crea una nueva forma de absolutismo ante el cual se doblegan todos los parlamentarismos [325] de la tierra, que como ante la sombra de Alejandro, tiembla en su presencia.

Y como no hay un mundo interior, un reino libre del espíritu, donde las energías y valores de la cultura puramente ideal no sufran cortapisa alguna, tampoco es posible contemplar con mirada serena o imperturbable ese estado de felicidad relativa, en que no hay codicia de lo ajeno ni soberbia de lo propio. Este es precisamente el valor humanizante de todos los estudios especulativos. Son estadios que redimen al hombre de la lucha servil y exhausta de principios éticos a que se entrega cuando le domina una pasión. Y hasta prácticamente considerados, su utilidad no consiste en dar valor a lo supérfluo, como diría Schopenhauer, sino en forjar el hombre completo, redimiéndole con las armas de la voluntad y de la razón del influjo de los instintos. Si cada generación no contara con un número reducido de poetas y filósofos, de bípedos implumes capaces de volar, es seguro que la evolución habría de hacerse en sentido regresivo, y que dominando la bestia al ángel de que nos hablaba Pascal, terminase también anulándolo completamente. Y es curioso observar cómo en el mismo pueblo que prohijó la Declaración de los Derechos del hombre, fué el que medio siglo más tarde hacía concebir a Augusto Comte su sistema de Filosofía positiva, que siendo antimetafísica y antireligiosa, había de servir de pábulo al gran espíritu metafísico de Spencer y al gran espíritu crítico de Stuart Mill. La filosofía social, que para su constitución de Derecho político, Sociología, Filosofía de la Historia, Economía política, &c., ha prescindido completamente de los postulados científicos de la Ética, es la misma que con sus exageraciones llegó a poner en entredicho la Metafísica. Y aunque coincide en parte con el espíritu de Kant en sus propósitos, no sucede lo mismo en sus actos, pues la obra filosófica de Kant es, ante todo, de carácter lógico y metafísico. También en esto, la filosofía científica de Wundt pone de manifiesto, cómo es posible conciliar el criticismo de Kant, el positivismo de Spencer y el idealismo de Leibniz. El mérito más grande del filósofo de Leipzig consiste en haber dignificado la Metafísica, segregando de ella lo que tiene de poesía, y poniéndola al amparo de los resultados de la investigación científica. [326] No considera Wundt la Metafísica como un Irrgarten, sino como un Gewordene Wissen, como un saber que es producto de los resultados de la investigación y, por lo tanto, como una sistematización temporal de sus principios e hipótesis. Pero nadie como Wundt ha encarecido el carácter sustantivo de la especulación filosófica, esforzándose hasta la exageración en conservarle exento de las impurezas de la realidad, es decir, de los influjos de la pasión y de las miserias de la vida. De este carácter majestuoso y austero, pero al mismo tiempo sencillo, de su labor infatigable y de su propia vida, arranca el soberano influjo que ejerce sobre sus discípulos.

A aquel grito de que se hizo eco Paulsen de «Volvamos a Kant», en un artículo publicado con el título «Qué es lo que debe ser Kant para nosotros», respondió Wundt con otro coleccionado en sus Kleine Schriften, y que se titula «Qué es lo que Kant no debe ser para nosotros», crítica la más sólida y más severa de los secuaces irreflexivos de Kant. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que deje de rendir culto al nombre del filósofo; pero como la forma más noble de la oración en el cerebro del sabio es el trabajo, los labios del gran maestro, esclavos solos del espíritu de la verdad, no son los más adecuados para cerrar los ojos y entonar jaculatorias o himnos de alabanza. Todo lo que el kantismo tiene de vivo, que es su espíritu crítico y la segura posición criteriológica que adopta en el planteamiento de los problemas, lo ha incorporado Wundt a su programa de Filosofía científica, completándolo con los resultados de la investigación en el campo de las ciencias naturales y de la psicología, que son precisamente las lagunas de que adolece el kantismo y aún más el de los neokantianos, algunos de los cuales llegaron a atreverse a negar valor científico a los resultados de la psicología experimental, y, en cambio, no se andan con ambages para afirmar que el pensamiento crea la realidad de los objetos al pensarlos, y que, para pensar concretamente un número, es preciso pensar también toda la serie de que forma parte. La filosofía científica no se contenta con un seguro planteamiento de los problemas en el dominio de la teoría del conocimiento y de la lógica pura. Más bien en el análisis concreto y experimental de los procesos y de las cosas de la experiencia ve [327] la realización e instancia (in-stare) de dichos principios y postulados. No parte, por lo tanto, de un a priori criteriológico que sirva de base a toda la ciencia positiva, sino que, por medio del análisis, primero, y después por la inducción y por la crítica, procura separar del campo de la experiencia todo aquello que en cierto modo parece transcender de ella, pero que también en ella existe de un modo inmanente y virtual.

De este modo, la filosofía científica ve en la ciencia positiva la materia primera y la corroboración última de sus postulados y principios, mientras que la ciencia, a su vez, encuentra en la filosofía la forma organizante y estructural, el elemento sistematizador y sintético por excelencia. Ciencia y filosofía, no son, después de todo, más que una misma cosa con diferentes nombres y con alguna variación en su método y en sus formas abstractivas. Los resultados estimables que la filosofía científica ha logrado en el campo de la ciencia psicológica, se habrán de extender seguramente a la ciencia de la Naturaleza propiamente dicha, a la Lógica y a la Moral. La aplicación de los métodos experimentales a la misma psicología de los pueblos, traerán como resultado el establecer las verdaderas bases de lo que hoy se llama sociología, disciplina en la cual gran parte de la producción tiene más de labor de dilettantismo y eruditismo, que de pensamiento propio y de propia investigación. Establecidas sobre seguras bases las leyes económicas, aplicado el procedimiento experimental a sus procesos, la economía deja de ser la Biblia de los negociantes para convertirse en la fisiología y la histología de los sociólogos. Esta fuerza y poder de renovación que lleva en sí la filosofía científica, es lo que más acreedora la hace del aprecio y de la estimación de aquellos que rindan un puro y desinteresado culto a la verdad.

¿Lograremos nosotros con estas insinuaciones a la juventud estudiosa y con este programa, interesarle en el verdadero culto a la ciencia y a la filosofía, hermanadas con el espíritu nuevo y con su propia tradición? A este propósito ha respondido la cuarta parte que hemos añadido a la traducción de la «Introducción a la Filosofía», y que comprende los estudios siguientes: 1.º Metodología filosófica; 2.º El concepto de la Metafísica, según la Filosofía científica; 3.º Las relaciones entre la Filosofía [328] y la ciencia; 4.° Las bases y precedentes históricos de la Moral científica. Esta labor, así como la disposición de las partes de la traducción, ha sido hecha de acuerdo con el propio autor del libro. Así, creemos haber realizado un doble propósito: al traducir el libro de Wundt, poner al neófito en condiciones para que llegue hasta la puerta del templo: lo dice Wundt en el prólogo de la obra, que tal es su propósito; y al añadirle los cuatro trabajos, en un todo armónico, darle la llave de la propia filosofía de Wundt, para que penetre dentro, y, si se siente con fuerzas, se ponga en condiciones de poder oficiar un día de sacerdote.

El complemento obligado de esta obra es, seguramente, el «Sistema de Filosofía», que no dudamos ha de lograr en el público que habla castellano, los mismos éxitos que logró en el público alemán.

Ahora, ya puede vislumbrar el lector cual fué nuestro propósito de traducir a Wundt al castellano: poner la mentalidad española o hispano-americana en condiciones de que, con un método seguro, y una segura norma, logre imprimir a los estudios filosóficos propio vuelo, en las propias regiones libres de la especulación personal.

Eloy Luis André
Leipzig (Alemania) Septiembre de 1911.

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